domingo, 21 de mayo de 2017

Los coleccionistas


No podemos saber quiénes somos si no nos conocemos y entendemos quién fue Goya y por qué pintó lienzos como “El fusilamiento del 3 de mayo”. Tampoco podemos comprender el siglo XVII sin obras como “El Quijote” de Quevedo.

(Genoveva Casanova al recibir un premio por promover la cultura como directora de proyectos de la Casa de Alba).




En las últimas semanas han ocurrido cosas interesantes en las subastas de arte. Hace un par de días este cuadro sin título de Basquiat se vendió por 99 millones de euros (a los que habrá que sumar comisiones e impuestos). 



   Sin duda se trata de una obra impactante. Ha sido adquirida por el millonario japonés Yusako Maezawa, el cual se dedica al comercio electrónico a través de internet. El anterior dueño del cuadro había pagado por él 19.000 dólares en 1984. Es decir que el cuadro en cuestión se ha revalorizado a un ritmo cercano al 200% al año desde entonces. Eso es lo que se llama una buena inversión. 

   La semana ya había empezado fuerte porque el pasado día quince esta obra de Picasso fue vendida por 41 millones de euros. 



   Pura belleza. El mismo día esta escultura barnizada en bronce de más abajo, obra del rumano Constantin Brancusi (1876-1957), alcanzó los 52 millones de euros pese a que ni siquiera es una pieza única ya que forma parte de una serie de media docena de obras iguales, las cuales a su vez son copia de una gran cabeza en mármol que se encuentra en un museo estadounidense.  



   Sin embargo a mí me interesa otra venta de una escultura, en parte parecida a las de Brancusi, aunque mucho más antigua. En concreto el día 28 del mes pasado salió a la venta esta pieza de la colección Guennol y rápidamente se vendió por más de 13 millones de euros. 



Se trata de una extraña figurilla religiosa elaborada entre el 3.000 y el 2.200 a.n.e. en tierras de la actual Turquía y que se conoce como “El astrónomo Guennol”. En el mundo existen solo quince de estas esculturas (conocidas como ídolos de Kiliya), las cuales pertenecen a un período y una cultura de la que no se sabe gran cosa. El resto de estatuillas parecidas existentes o se encuentran en museos o se han vendido por cifras muy inferiores, en torno al millón de euros. Sin embargo en este caso podría decirse pese a todo que la compra ha sido una "ganga" (vamos a obviar por una vez el tema de la evidente inflación de los precios del arte porque en este caso hablamos más bien de un resto arqueológico). De hecho en el año 2007 esta otra estatuilla de la misma colección, al parecer la representación de una ¿diosa? irania de hace 5.000 años y conocida como la “Leona Guennol”, alcanzó en subasta un precio de 40 millones de euros.


Así que hoy se me ha ocurrido hacer una entrada rápida para explicaros brevemente qué es eso de la colección Guennol, de la que seguro que los interesados en estas cuestiones seguiremos oyendo hablar en el futuro.

La "colección Guennol" nació en 1947 y es simplemente un conjunto de piezas reunidas de forma privada por el matrimonio formado por Alastair Bradley Martin y su esposa Edith Park. El nombre de la misma proviene de una palabra galesa, gwennol usada para referirse a varias cosas, entre ellas a un pájaro que nosotros llamamos "golondrina", creo. El caso es que la palabra en cuestión gustó mucho a la señora Martin durante su viaje de luna de miel por aquellas tierras y por eso acabó denominando al pasatiempo favorito del matrimonio durante los siguientes años: su colección de objetos de arte.

Hay que decir que la pareja podía permitirse adquirir obras de arte casi a voluntad porque tenía dinero, mucho dinero. Y tiempo libre para gastarlo. Alastair en concreto fue un exitoso hombre de negocios de los EE.UU. descendiente de una importante familia de la costa Este (su abuelo fue socio de Andrew Carnegie). Además era una persona que no se limitó a centrarse en el mundo de los negocios, ni mucho menos, tal es así que incluso llegó a ser toda una personalidad en el mundo del tenis amateur. De tal forma Alastair sumó a la posesión de dinero una energía y una buena estrella muy particulares que brillaron con luz propia en lo referido a sus actividades lúdicas y filantrópicas, entre las que empezó a incluirse la adquisición de piezas de arte a finales de los años 40 como ya expliqué.

Llegados a este punto podría argumentarse que reunir montones de obras de arte no es algo para nada extraordinario, muchos millonarios han hecho lo mismo y lo siguen haciendo en la actualidad. Por ello lo que separa la colección Guennol de otras es su enfoque muy particular y el desmedido éxito del mismo, producto quizás del buen gusto, quizás de la suerte.

En primer lugar el matrimonio renunció a coleccionar pintura moderna, como empezaba a resultar habitual ya en aquella época y es muy común en la actualidad. En cambio los Martin se centraron en piezas de valor arqueológico a la vez que artístico, sobre todo piezas de cerámica, orfebrería y esculturas del período Calcolítico y la Edad de los Metales en general, a las que con el tiempo sumaron también objetos procedentes del medievo, esculturas de obsidiana precolombinas, o de jade realizadas en Asia, e incluso arte africano, siempre con preeminencia como digo de esculturas realizadas en bloque y de pequeño tamaño con formas próximas al arte abstracto de nuestro tiempo pero que en muchos casos fueron manufacturadas hace varios siglos o milenios.
  







  

Más allá de ese criterio muy general el matrimonio Martin prescindió de cualquier enfoque organizado, no se centraron en períodos concretos ni en una cultura determinada. En cambio se dedicaron a comprar piezas sueltas, no demasiadas, del orden de cinco o diez cada año hasta que les fueron surgiendo nuevas pasiones (por ejemplo la pareja se interesó durante los años 70 por la protección de los animales), todo ello mientras mantenían como principal criterio el que sus adquisiciones fuesen básicamente “bonitas” según su opinión particular. 

Lo anterior les llevó por ejemplo a adquirir algunas piezas que en aquel momento estaban en el mercado al no conocerse en detalle su origen o su período de elaboración y a las que por tanto casi nadie prestó atención. Y lo inesperado es que con el tiempo, tal vez debido al puro azar o quizás porque el matrimonio poseía un oculto sexto sentido para identificar obras notables, lo cierto es que la mayor parte de objetos reunidos en la colección han ido adquiriendo un renombre, un valor y, en ocasiones, un interés histórico importante. Con ello la cotización de algunas piezas se ha disparado a muchos millones desde las cifras a veces irrisorias (en bastantes ocasiones apenas varios cientos de dólares de la época) pagados en su momento por el matrimonio para hacerse con ellas.

Finalmente Edith falleció en 1989 y Alistair murió en 2010 por lo que desde hace un tiempo la colección se desintegra poco a poco entre cesiones a varios museos y el interés de los herederos por obtener "cash" de vez en cuando.

Por ello deseo aprovechar para dejar constancia aquí de mis ambivalentes sensaciones al respecto de esta colección que me resulta fascinante pese a sus matices un tanto perversos e inmorales. A fin de cuentas se trató del capricho de dos pijos de la alta sociedad con ínfulas artísticas que se dedicaron a adquirir restos antiguos casi al azar, sin pretensión de centrarse en el legado de civilización alguna, ni importarles demasiado el contexto en que habían aparecido los objetos en cuestión (por ejemplo el Gobierno turco piensa impugnar la venta en subasta de “El astrónomo” lo que va a dar lugar sin duda a un pleito interesante). En ese sentido su colección transpira un espíritu casi próximo a los “gabinetes de curiosidades” que poseían algunos nobles y monarcas europeos de hace varios siglos, cuando los jerarcas reunían en sus palacios, acumulándolas sin aparente lógica, piezas diversas pertenecientes a períodos y lugares variados, siempre bajo el único común denominador de que los objetos en cuestión les resultaban hermosos o intrigantes.

Resulta muy extraño ver en pleno s. XX  algo así, tan caótico, pero lo cierto es que paradójicamente este enfoque, por lo que sea, dio lugar a una colección bastante más interesante que otras reunidas siguiendo métodos mucho más científicos y cartesianos.

Por otro lado todo esto me trae a la mente otras reflexiones. A fin de cuentas en fechas todavía no muy lejanas las clases privilegiadas aspiraban, con mayor o menor éxito, a diferenciarse del "maloliente populacho" no solo a través del control de la riqueza sino también mediante la posesión de cultura, entendida como un signo distintivo más. De ahí que las élites de ciertos países (en ese sentido las élites ibéricas y latinoamericanas desde hace tiempo se han distinguido de otras por su vulgaridad y desgana hasta en lo relativo a este aspecto) entendiesen casi como algo consustancial al mantenimiento y justificación de su posición privilegiada la necesidad de dotarse de unos conocimientos mínimos sobre arte, historia, literatura o filosofía (campos de conocimiento sin una utilidad inmediata a los que no podían bajo ningún concepto dedicar su tiempo las personas "vulgares" que debían trabajar para ganarse la vida) y a la vez realizar de vez en cuando actos de evergetismo y de cierto "buen gusto" relacionados con esa dimensión cultural de la que hablo: desde el pago de una nueva biblioteca para una institución educativa a la donación de una colección de arte al final de sus vidas. "Desgraciadamente" durante las últimas décadas el acceso masivo a la educación, incluso universitaria, por parte de los hijos de la "plebe" ha devaluado a los ojos de esas castas dirigentes la posesión de una amplia base cultural como signo distintivo y muestra de sofisticación. Tal es así que hoy en día las universidades de élite sirven a esos grupos apenas para establecer redes de contactos, no tanto para adquirir una pátina de refinamiento humanístico que a los retoños de la aristocracia capitalista ya no les resulta indispensable al modo en que lo era para las élites victorianas o austrohúngaras de antaño. 

   Por eso, desde hace un par de décadas, estamos evolucionando hacia un mundo chabacano donde los grupos sociales que controlan el grueso de la riqueza ya no sienten siquiera la necesidad de distinguirse de sus siervos manteniendo la ficción de una pretendida superioridad intelectual en sentido amplio, es decir relacionada con la posesión de una cierta erudición o el papel de guardianes de un legado inmaterial. Muy al contrario, ahora los grupos sociales que acaparan los recursos entienden que, antes que dedicarse al patronazgo cultural, es mucho más útil para sus intereses hacerse por ejemplo con el control de los medios de comunicación o con la dirección de franquicias deportivas como vía que les proporcione popularidad, beneficios, y a la vez contribuya al mantenimiento de una paz social muy conveniente para sus intereses. 

En fin. Dejadme por tanto con mi nostalgia irracional y probablemente incoherente de una época en que a buena parte de los amos les interesaba al menos de forma ocasional el ejercer como mecenas de artistas realmente talentosos o adquirir objetos antiguos y bellos. Hoy somos todos tan libres e iguales que nuestros dueños ya ni siquiera necesitan gastar unas monedas en esas cosas salvo para blanquear partidas de dinero dudosas o lograr exenciones fiscales. Así que son malos tiempos para todo el que no sea un mediapunta talentoso o no sepa gruñir con ritmo mientras muestra a cámara su hermosa y blanca sonrisa. 

                       

viernes, 5 de mayo de 2017

Siempre hay tres en la colina


Sé exactamente a que te refieres. Déjame decirte por qué estás aquí. Estás aquí porque intuyes algo. No lo puedes explicar, pero lo sientes. Lo has sentido toda tu vida. Hay algo equivocado en el mundo. No sabes lo que es, pero está ahí, clavado como una astilla en tu mente, volviéndote loco. Es este sentimiento el que te ha traído hasta mí. ¿Sabes de qué estoy hablando?

Morfeo en “Matrix”


Llamémoslo serendipia, aunque no es un término exacto de cara a definir el fenómeno en cuestión. El caso es que cuando uno comienza a interesarse de verdad por el pasado histórico y dedica muchos años a leer sobre ello inevitablemente acumula un respetable volumen de información que le permite proyectarse sobre ciertos acontecimientos de tiempos pretéritos, visualizar escenas, ambientes, realidades... y tomar nota de algunos aspectos peculiares que se intuyen tras todo ello.  

Una de las ideas que primero se asumen al respecto, después de mucho repensar sobre la lógica de la Historia, es que el mundo no solo se divide entre ricos y pobres sino que de una forma un poco más sutil se encuentra dividido entre las personas que cuentan, las que están llamadas a pasar a la Historia, por un lado, y por otro las personas irrelevantes como tú y como yo, es decir los individuos con existencias que, lo admitamos o no, resultan totalmente irrelevantes cuando se piensa en el global de la Humanidad.

Lo interesante, lo curioso, es que cuando además uno escarba en las biografías de esas personas que cuentan comienza a apreciar algo parecido a una tendencia, como una regularidad: y es que la mayor parte de tales individuos se conocen entre sí desde su más tierna infancia.


Por supuesto existen factores que lo explican. Os podéis imaginar. Desde siempre existen linajes de privilegiados ocupando la cúspide de la pirámide social y los retoños de tales grupos suelen estudiar y frecuentar los mismos ambientes, establecer ya desde ese momento redes de contactos y una vez llegan a la edad adulta perpetúan dicho estado de cosas de forma natural. En todos los países se puede rastrear esto porque es algo que ocurre desde la noche de los tiempos. Más o menos desde cuando un puñado de alumnos instruidos por Aristóteles en la corte macedonia de Pella acabaron repartiéndose el mundo helenístico e iniciando diversas dinastías centenarias.   

Pero no es necesario irse tan lejos en el tiempo para hablar de estas cosas. Hoy en día en Francia todo el mundo conoce el poder de los énarques. Es decir los graduados en la prestigiosa Ecole Nationale d’Administration (ENA). La mayoría de los políticos y grandes empresarios franceses, da igual su afiliación política, han pasado por esa escuela en algún momento de sus vidas. Desde Alain Juppé a Michel Rocard, Lionel Jospin, Laurent Fabius o Edouard Balladur. Todos estudiaron en la ENA. 

Por eso resulta muy gracioso analizar el panorama político francés de hace algunos años y de repente descubrir que Francois Hollande, Segolene Royal o Dominique de Villepin no solo proceden todos de la misma institución educativa, es que además fueron compañeros de aula. De hecho será casualidad pero entre los más o menos 80 compañeros que se licenciaron el mismo año que ellos (camada que se conoce bajo el apelativo de promoción Voltaire), nada menos que otros cuatro acabaron siendo ministros (Jean-Pierre Jouyet, Renaud Donnedieu de Vabres, Michel Sapin y Frederique Bredin). Además en su clase también estaba gente como Michel Cadot, actual prefecto de policía de París; Yvon Robert, alcalde de Rouen; Marie-Françoise Bechtel, ahora diputada; Philippe Carré, antiguo embajador de Francia en Austria; Jean-Maurice Ripert, quien ha ocupado diversos puestos de diplomático y embajador, entre ellos representante de Francia ante la ONU y también ante la Federación Rusa. Una trayectoria en parte parecida a la de Pierre Duquesne o Henri Fissore, Sylvie Hubac, Jean Pierre Hughes, Michel Gagneux, Jean Lefebvre de Laboulaye, Pierre-René Lemas, Pierre Mongin o Jean-Maurice Ripert, todos ellos altos embajadores, diputados, o políticos de trayectoria, en muchos casos colocados a dedo en sus puestos por otros compañeros de colegio suyos. Mientras tanto en el mundo empresarial entre los compañeros de estudios de los anteriores aparece gente como Henri de Castries, hasta hace poco presidente de la aseguradora Axa, o Jean Marc Janaillac, de Air France.


¿A que no ocurrió lo mismo con vuestros compañeros de Universidad?

Lo cierto es que la ENA fue creada en 1945 como una institución teóricamente meritocrática, dentro de lo posible. Tal es así que en los años cincuenta más o menos uno de cada tres estudiantes en sus aulas pertenecían a las clases bajas. En los años 90 sin embargo ese porcentaje ya era inferior al 10% y seguía bajando en la medida en que los ecos de su éxito llevaron a la Ecole a ser colonizada por los hijos de las "mejores" familias galas como una plataforma desde la que acceder al control del Estado. De hecho el ahora de moda Emmanuel Macron, cómo no, también es un enarca, ya que se licenció en la ENA en 2004, igual que Najat Vallaud, la actual ministra de Educación, o Gaspard Gantzer actual consejero de comunicación de la presidencia de la República. 

Y si eso pasa en un país oficialmente poco "clasista" como Francia imaginaros lo que ocurre en Gran Bretaña donde la práctica totalidad de su élite política y de sus hombres de finanzas estudiaron en Harrow o bien en Eton (casi 40.000 euros de matrícula por curso ejercen de barrera frente a los plebeyos en cuanto al acceso a este y otros centros parecidos) y luego pasaron por las universidades de Oxford o Cambridge. Allí es por tanto normal advertir que casi todos los que cuentan y/o tienen dinero fueron compañeros de clase en algún momento de sus vidas.



En España ocurre algo parecido con los compañeros de estudios de Jose María Aznar, pero también con los de Alfredo Pérez Rubalcaba. Todos ellos exalumnos del colegio de Nuestra Señora del Pilar, un centro privado católico ubicado en Madrid del que han salido nueve ministros, una docena de embajadores, un par de presidentes de Telefónica y otros tantos directores generales de RTVE, así como numerosos altos cargos y grandes empresarios de este país. Por dicho colegio pasaron Juan Villalonga, Alberto Cortina, Javier Rupérez, Fernando Schwartz, Antonio Garrigues Walker, Álvaro del Portillo, Jaime Lissavetzky, Javier Solana, Pío García Escudero, Rafael Arias Salgado, Mikel Buesa, Miguel Ángel Fernández Ordóñez, Javier Elorza, Juan Miguel Villar-Mir, Juan Abelló, Alberto Alcócer, Luis María Ansón, Juan Luis Cebrián, Alfonso Ussía, Jaime Lamo de Espinosa, Fernando Savater o Fernando Sánchez Dragó entre otros muchos.


Uno podría pensar que la Transición en el fondo se explica perfectamente si tenemos en cuenta que una gran parte de las élites políticas, judiciales, económicas y también intelectuales (esto último siempre lo olvidamos) que dieron forma al actual "sistema" en el fondo estudiaron juntas y a título personal son buenos amigos más allá de sus supuestos enfrentamientos públicos de cara a la galería. A fin de cuentas gran parte de los dirigentes de UCD, AP, luego del PP, también del Opus Dei, pero asimismo del PSOE y de los principales periódicos españoles de hace unos años fueron todos compañeros en los mismos colegios privados que alojaban a los retoños de las escasas clases medias y altas de la España de los años 50 y 60, colegios como el de Nuestra Señora del Pilar ya citado, o el de Santa María del Pilar por el que pasó gente como Ignacio Wert o Luis de Guindos.

A ese respecto me llama la atención una cosa un tanto sorprendente, al menos si analizamos el fenómeno desde una cierta ingenuidad. A fin de cuentas la moderna “izquierda” española que dio forma a la Transición en el fondo muestra orígenes igual de endogámicos que sus contrapartes de la derecha. Me refiero a que buena parte de los integrantes de la cúpula socialista hasta hace bien poco procedían de colegios como los mencionados, o bien formaron parte de los personajes que figuraron o estuvieron en su momento relacionados con la famosa foto de la tortilla tomada en unos pinares de Puebla del Río en 1974 y en la cual podemos distinguir entre otros a unos jóvenes Alfonso Guerra, Felipe González, Manuel Chaves y Luis Yáñez (además la persona que hizo la foto fue Manuel del Valle, que luego sería alcalde de Sevilla), cuando ya conspiraban para suplantar a los dirigentes históricos del socialismo español (aquellos que de alguna manera sí habían luchado contra el franquismo) con la intención de ponerse ellos en su lugar y repartirse la tortilla, que ya por entonces se intuía suculenta.  


Y sin embargo yo no he venido hoy a hablar solo de esto. Porque todo lo anterior en el fondo ya lo sabemos. Lo podemos observar cada día a nuestro alrededor aunque luego pretendamos ignorarlo para poder descansar por las noches. En cambio este es un blog complicado, retorcido, desgraciado, tortuoso. 

A donde quiero llegar es que las cosas en realidad no son sencillas porque a veces en la historia encontramos el azar. O peor que el azar, lo intangible, lo ilógico, lo incomprensible. Algo que no sigue las reglas, o que sigue reglas que no deberían existir.

Por ejemplo, cuanto más estudio el pasado más me convenzo de que existe una especie de atracción invisible entre las personalidades geniales o los idiotas llamados a ser importantes, igual da. Hay un algo intangible e inextricable que tiende a unir y aproximar las personalidades fuera de lo común, a juntar los destinos excepcionales, para bien o para mal. Por eso, de cara a explicar tal misterio, no basta recurrir a la lógica de la afinidad entre miembros de los mismos grupos sociales, o de las personas con las mismas ideas, o a los procesos que hacen que escritores, músicos o pintores de estilos semejantes que conviven dentro de una misma época acaben formando movimientos intelectuales organizados y relacionándose y estableciendo vínculos entre sí. Tampoco es suficiente con tomar en consideración la existencia de movimientos menos conocidos, dentro de la ciencia o las universidades, tendentes a hacer converger en grupúsculos a las élites del pensamiento públicamente aceptado de cada momento de forma un tanto parecida a como lo hacen sus homólogos en los mundos de la política o la empresa.


(La imagen de encima es una foto de la llamada Conferencia Solvay celebrada en octubre de 1927. Diecisiete de las personas en esa fotografía han pasado a la historia como ganadores del Premio Nobel de Física o Química).

Aquello de lo que hablo es más complicado y extraño todavía. Algo muy irritante para una mente fría y lógica como la mía atada a los imperativos impuestos por la demografía o la infraestructura productiva.

Por ejemplo. En 1842, Nathaniel Hawthorne, quien llegaría a ser considerado uno de los principales escritores estadounidenses de aquel siglo, contrajo matrimonio y se mudó a Massachusetts. Dio la casualidad de que precisamente en la misma barriada sin especial interés en la que compró su casa vivían por entonces Ralph Waldo Emerson y un tal Henry David Thoreau el cual daba clases a los niños de la vecindad y ejercía de jardinero. Con el tiempo resulta que ambos personajes estaban llamados a ser también dos de los principales escritores y pensadores estadounidenses de esa época. 

   A comienzos del año 1900 en una colina de Sudáfrica tuvo lugar una batalla entre británicos y afrikaners en el contexto de lo que se conoció como Segunda Guerra Bóer. Resulta que uno de los poco más de 20.000 hombres que combatieron allí era Louis Botha, quien luego sería presidente de la moderna República de Sudáfrica y uno de los padres del racismo contemporáneo. Simultáneamente, ejerciendo como enlace de inteligencia y correo del bando británico, se encontraba en la zona un jovencísimo Winston Churchill. Mientras que como oficial médico también participó en la batalla un tal Mohandas Gandhi. Tres de las principales figuras políticas del siglo XX, por muy distintos motivos, en cierta forma puede decirse que empezaron su vida adulta, esa que los llevaría a ser mundialmente conocidos, durante las semanas en que sin saberlo coincidieron por casualidad en una abandonada colina del interior de Sudáfrica.

Poco después en la Realschule de Linz, contra toda lógica, Ludwig Wittgenstein y Adolf Hitler acabaron siendo compañeros de estudios cuando ambos tenían quince años de edad. Wittgenstein era un niño rico de ascendencia en parte judía, hijo de un industrial del acero por cuya casa era frecuente el paso de intelectuales y artistas de todo tipo como Brahms y Mahler. Pasados los años, mientras Adolf Hitler accedía al poder, Ludwig Wittgenstein se convirtió en uno de los intelectuales más enigmáticos del s. XX, quizás uno de los principales filósofos contemporáneos, pero también un matemático y lingüista notable. 

Antes de eso, a comienzos de 1913, Adolf Hitler se desplazó a residir en Viena y en ese breve período hizo acto de presencia en la ciudad, de incógnito, un tal Joseph Dzhugashvili (luego conocido como Stalin), con la intención de visitar a un revolucionario ruso que vivía exiliado allí desde hacía seis años, un tal Lev Bronstejn (más conocido como Trotsky). Durante unas semanas todos ellos y un joven inmigrante yugoslavo, de nombre Josif Broz (Tito), el cual trabajaba por entonces en una factoría de las afueras, coincidieron en la ciudad, apenas a unos kilómetros de distancia unos de otros. En mayo Tito entró en el ejército austrohúngaro y Hitler se fue a vivir a Munich, pero antes de eso probablemente se cruzaron alguna vez en el centro de aquella urbe, obviamente sin darse cuenta de la ironía.   

No se cómo explicarlo, pero cuanto más estudio el pasado con una actitud cartesiana y racionalista, intentando explicar las cosas con lógica y en base a grandes dinámicas socioeconómicas, más convencido estoy de que además de lo anterior, como para compensar, hay un azar no azaroso, como una fuerza parecida a la atracción gravitatoria, pero que en este caso tiende a aproximar entre sí a aquellos individuos llamados a convertirse en personas "que cuentan". Existe algo parecido a un impulso misterioso que lleva a los hombres y mujeres llamados a ser especiales no solo a frecuentar cuando son adultos o famosos las mismas tertulias culturales y los mismos movimientos políticos, porque eso a fin de cuentas tiene cierta lógica, sino también a por ejemplo vivir en los mismos lugares y cruzarse en la calle de las mismas ciudades mucho tiempo antes de ocupar su papel en la historia. 

Asimismo algo ajeno a ellos mismos les hace acabar compartiendo pupitres o aulas en el colegio, como Mick Jagger y Keith Richards, o a escoger las mismas aficiones, a manifestar excentricidades equivalentes, o a frecuentar los mismos lugares de ocio aún antes de que sean una moda. Como cuando el 4 de junio de 1976 en un garito de Manchester unas cien personas asistieron a la actuación de una banda alternativa y aún no muy famosa llamada Sex Pistols y con el tiempo resultó que entre los por entonces anónimos espectadores que estaban allí aquel día un poco por casualidad se contaban los futuros impulsores de al menos otras tres bandas famosas y el que sería el creador de una de las principales discográficas del período.

Hay algo que se me escapa que lleva a algunos individuos a encontrarse una y otra vez hasta casi chocar, siempre en el instante preciso en el lugar oportuno, siempre en el centro del tornado, en el origen de la tempestad. O quizás todo es producto de la estadística, de las leyes de la probabilidad. Pero me da que detrás de todo esto que hoy os he contado hay al menos alguna cosa que no encaja en los parámetros de la normalidad.  

Desgraciadamente por el momento lo único que he podido deducir de tal revelación es que vosotros y yo nunca seremos protagonistas de ello, solo testigos pasivos condenados a contemplar en silencio el gran espectáculo desde las gradas en penumbra reservadas para los que no importamos.