sábado, 25 de junio de 2016

Mayaceno


La sangre nutre el mundo.
La sangre hace caer la lluvia.
La sangre hace germinar la tierra
y en la sangre los hombres nacen y mueren.
La sangre es el alimento de los dioses…
…del inframundo.

(“Alexander revisited”)




Hace más de dos años, en los primeros tiempos de este blog, dediqué al mundo maya una extensa entrada. Sin embargo dicha aproximación quedó incompleta ya que el potencial de la temática convertía aquel solitario texto, pese a su complejidad, en poco menos que una introducción al tema. Por eso prometí entonces volver a revisitar y ampliar la cuestión en un futuro. Pues bien, ese momento ha llegado. 

Crisis (en plural)

La civilización maya alcanzó su apogeo durante el llamado Período Clásico que se extendió entre los años 250 a 900 aproximadamente. En su momento de plenitud dentro de dicho período, momento que podemos ubicar en torno al año 750 de nuestra era, el mundo maya albergaba una población de más de cuatro millones de personas. Sin embargo alrededor del año 900 los mayas cesaron de realizar inscripciones en sus monumentos y en general de construir grandes estructuras arquitectónicas. De hecho por aquel entonces la mayoría de sus grandes centros urbanos entraron en un proceso de crisis y fueron abandonados, perdiendo muchos territorios entre el 75 y el 90% de su población previa. 

  Ese es el famoso "Colapso Maya" al que se refieren múltiples publicaciones y que se ha intentado explicar de todas las maneras posibles, recurriendo para ello a terremotos u otras catástrofes naturales, a invasiones de pueblos guerreros procedentes de la zona de México, revueltas internas protagonizadas por las clases bajas sometidas a una situación de fuerte explotación, el efecto de alguna gran epidemia parecida a la Peste Negra europea de 1348, o las consecuencias de repentinos cambios climáticos en el área. Todo ello sin que ninguna de las hipótesis lanzadas haya suscitado un consenso total entre los especialistas.

Aún así pretendo familiarizaros con los detalles de este fascinante debate. De cara a ello vamos a empezar por tener en cuenta algunas precisiones apuntadas durante las últimas décadas por los expertos en el mundo maya, las cuales han llevado a reconsiderar los términos del problema.  

En primer lugar es muy probable que el famoso Colapso Maya no fuese un fenómeno tan repentino como se creyó hasta hace unas décadas. Seduce la idea de fantasear con inmensas ciudades mayas despobladas y abandonadas a la jungla de un día para otro; una imagen que se formó en la mente de los primeros estudiosos de la cultura maya al percatarse del abrupto corte que desde luego se atisba en los registros arqueológicos a comienzos del s. X, en concreto a partir del año 909. Pero que de un año para otro se dejasen de construir grandes templos o erigir estelas grabadas no quiere decir que eso implicase un despoblamiento igual de súbito. Por ello es probable que el proceso de “colapso” del que hablamos se extendiese a lo largo de una etapa cronológica más amplia de lo que inicialmente se pensó. En otras palabras, quizás el declive del mundo clásico maya se incubase durante buena parte del s. IX y primeros años del s. X, momento a partir del cual no cabe duda de que se abandonaron diversas grandes ciudades y se produjeron importantes migraciones que dieron lugar a una reconfiguración política y urbanística total del mundo maya clásico. El porqué de tales sucesos sigue siendo un misterio fascinante, pero más aquilatado que un supuesto colapso sobrevenido de forma abrupta de un año para otro.

De hecho, como es bien sabido, tras esa crisis de principios del s. X la civilización maya no desapareció por completo, ni mucho menos. Al contrario, se inició entonces el llamado Período Post-Clásico. Durante el mismo el centro de gravedad del mundo maya se trasladó desde las llamadas Tierras Bajas del Sur hacia la Península de Yucatán. Allí, aunque fuese con menor intensidad que durante el esplendor clásico, diversos núcleos como Chichén Itzá, Mayapán o Uxmal, prosperaron pese a todo.

Es más, si bien el citado colapso del s. X fue la etapa de declive más repentina y misteriosa de todas las que golpearon al mundo maya, no es menos cierto que no fue la única. En realidad la crisis fue una constante en las sociedades mayas.

Tal es así que el propio nacimiento del mundo maya Clásico vino precedido de otro período de involución y problemas aún más desconocido para nosotros, el cual se extendió entre los años 150 y 200, momento que también coincidió con el abandono de algunas ciudades preclásicas como Kaminaljuyú. No obstante como por entonces el mundo maya no había alcanzado su cenit esa etapa de declive no dejó para la posteridad grandes enigmas equiparables a lo ocurrido en torno al año 900. De esa forma durante un tiempo los arqueólogos del presente consideraron que en su momento los pequeños asentamientos preclásicos simplemente habían sido abandonados para construir otros más grandes y mejores, en concreto las famosas ciudades mayas del mundo clásico cuyas grandes ruinas podemos contemplar en la actualidad. Pero esa idea está en revisión y hoy se opina que muchos de esos primeros abandonos de ciudades distaron de ser voluntarios. Al contrario, quizás fueron el resultado de problemas endémicos a los que los mayas tuvieron que enfrentarse varias veces a lo largo de su historia a medida que el volumen de su población crecía y sus urbes se hacían más y más grandes. 

Y es que algo parecido se ocurrió nuevamente en pleno mundo maya clásico. Me refiero al llamado Hiato ocurrido entre los años 530 y 590, momento durante el cual se aprecia un fuerte parón en las construcciones y el crecimiento urbano. En parte es debido a ello que el período Clásico maya se suele subdividir a su vez en dos fases, iniciándose la segunda de las mismas en torno al año 600.

Finalmente no conviene olvidar que el verdadero colapso del mundo maya urbano se produjo en torno a los años 1440-1460 cuando las grandes ciudades Postclásicas mayas, construidas en la zona de Yucatán, resultaron también abandonadas y el mundo maya en general dejó de ser urbano para desintegrarse en una amalgama de pequeños poblados diseminados por la selva, en el seno de los cuales fueron progresivamente olvidados hasta perderse casi por completo todos los conocimientos sobre escritura, escultura o astronomía alcanzados por los sacerdotes y artesanos mayas de los períodos previos.

Teniendo todo esto en cuenta los parámetros en torno a los que se venía analizando el problema cambian por completo. No hubo un Colapso maya, hubo al menos CUATRO ocurridos respectivamente entre los años 150 y 200, entre el 530 y 590, en torno al año 900 y finalmente durante el período 1440-1460. Incluso algunos especialistas apuntan a diversos sucesos ocurridos en torno al año 1200 como otro posible "cuello de botella" en la trayectoria histórica de la cultura maya. De tal forma sería buena idea estudiar en conjunto las causas de los repetidos “colapsos” mayas entendiendo que lo ocurrido en torno al año 900 no fue un hecho tan misterioso como nos pueda parecer a simple vista, ni tampoco algo relacionado con sucesos excepcionales sino con problemas estructurales endémicos dentro del mundo maya. Da la impresión de que los mayas chocaron una y otra vez contra una misma barrera invisible cada vez que su crecimiento urbano y demográfico traspasaba unos determinados límites. Pero claro, precisar con argumentos exactamente cual era la naturaleza de dicha "barrera" resulta complicado.

Es así como, de cara a analizar esta fascinante cuestión, será bueno empezar por algunas reflexiones sobre agricultura y urbanismo. Dos conceptos fundamentales para aproximarnos luego con más propiedad a los términos de la problemática que pudo afectar a los mayas.


Agricultura y civilización

El tránsito entre la Prehistoria y la Historia, entre las tribus "primitivas" y las sociedades urbanas evolucionadas, es indisociable del proceso de expansión del neolítico. En otras palabras, para que exista civilización tal y como la entendemos es necesario que previamente exista un sistema económico lo suficientemente evolucionado (aunque visto desde la perspectiva actual nos parezca primitivo) como para permitir que buena parte del grupo humano pueda dedicarse a tareas no relacionadas con la producción de comida. Y dicho sistema lo aporta la agricultura a gran escala ya que únicamente cuando una parte no sustancial de la población es capaz por sí sola de producir comida para ellos mismos y también para todo el resto del grupo se convierte entonces en una posibilidad que cantidades importantes de gente se especialicen en tareas complejas convirtiéndose en artesanos, comerciantes, guerreros, sacerdotes, astrónomos, escribas o artistas. Además al fin y al cabo para que el crecimiento cultural que eso implica pueda acumularse en un lugar es necesario el sedentarismo.

La caza-recolección requiere en comparación menores esfuerzos del grupo para conseguir comida, pero esa comida (carne fundamentalmente) no puede almacenarse demasiado tiempo, por lo que el aporte es muy irregular y en general se necesitan grandes territorios para mantener volúmenes de población relativamente bajos sin que el ecosistema se resienta y quede agotado rápidamente. Es por esto que la caza y la recolección de frutos silvestres no proporcionan con regularidad comida suficiente para alimentar grandes grupos humanos, ni tampoco garantizan el sedentarismo. Es decir, no posibilitan el suministro de grandes densidades de población concentradas en lo que se entiende como ciudades. En cambio unas pocas hectáreas de terreno cultivado pueden llegar a alimentar a más gente que la posible caza repartida a lo largo de un bosque de docenas de kilómetros cuadrados de extensión. Por su parte la ganadería, cuando se convierte en la base del sistema productivo, sin apoyo de la agricultura como complemento, requiere rebaños gigantescos y esto a su vez implica nomadismo, siempre en busca de nuevos pastos. Y  un nómada no tiene tiempo ni motivación para elaborar frágiles obras de arte o bien construir grandes estructuras arquitectónicas fijas, entre otras cosas. 

Por tanto la agricultura, y en concreto la agricultura basada en cultivos con altos rendimientos en los cuales de cada semilla sembrada germinan múltiples granos, es el único sistema capaz de que -aún trabajando sobre un territorio relativamente reducido- diez personas sean capaces de alimentar a veinte, treinta o cuarenta. Con ello se ponen las condiciones para que tarde o temprano se produzca un boom demográfico y que luego gran parte de esa población creciente se dedique a construir cosas, a pensar, a realizar obras de arte, a rezar continuamente a realidades imaginarias y en última instancia que florezca, como digo, la civilización en el sentido en que la entendemos, la cual implica que una parte del grupo humano pueda gastar ingentes cantidades de tiempo y energía en labores básicamente "inútiles" no relacionadas con producir comida. 

   De tal forma una civilización preindustrial será más pujante y construirá más y mayores estructuras o elaborará sistemas de pensamiento más complejos siempre en relación con la productividad de su sistema agrícola, es decir la capacidad de este para alimentar a mucha gente y, a ser posible, hacerlo usando para ello solo el trabajo de un porcentaje limitado de la población, lo que implica eximir a buena parte de la misma de esas labores de cara a que puedan dedicarse a tareas más sofisticadas. Es decir, en lo tocante a los primeros experimentos humanos encaminados a levantar ciudades, imperios, redes comerciales, sistemas de pensamiento y en general todo eso que llamamos civilización, la clave ha sido la agricultura. En el tránsito entre las tribus prehistóricas de cazadores y los modernos Estados es la agricultura la que permite avanzar en la división social del trabajo a gran escala. Y de ahí viene todo lo demás incluida la guerra mediante grandes ejércitos de guerreros especializados, o la existencia de religiones organizadas por un clero amplio, con rituales periódicos y complejos celebrados en torno a sofisticadas construcciones. Para que todo eso sea posible, insisto, el grupo tiene que ser capaz de alimentarse dedicando cada vez menos tiempo y gente a la “vulgar” tarea de generar comida, liberando de esa forma recursos y mano de obra para emplearlos en todo lo demás, es decir en ir sofisticando progresivamente eso que llamamos “cultura”.

De hecho todas estas cosas que la agricultura hace posibles también se vuelven necesarias porque debido al crecimiento de la población, la progresiva acumulación de abundantes excedentes que intercambiar, así como la creciente disponibilidad de sofisticados productos artísticos y artesanales que atesorar, es como se van afirmando las primeras diferencias sociales relevantes. Luego, de esa incipiente estratificación social, surgen élites estables que pasan a controlar el gobierno y llegado un momento necesitan legitimar de cara al resto del grupo su posición de primacía, o al menos mantener a los miembros menos favorecidos del grupo ocupados para que no se rebelen. Y de esa necesidad emanan de forman natural cultos religiosos que asocian el favor de las divinidades a la supuesta labor de intermediación que llevan a cabo los líderes de la sociedad. De ahí sale también la necesidad de llevar a cabo inmensas construcciones que reafirmen de modo simbólico esos rituales y la posición de privilegio de los individuos que luego van a vivir o al menos a realizar ceremonias en ellos. De ahí también la necesidad de desarrollar complejos códigos de leyes que regulen la vida cotidiana. O que surjan grupos de guerreros para el mantenimiento del orden público y la protección frente a otros grupos, así como burócratas especializados en la gestión de esos códigos de leyes y la coordinación de las tareas constructivas y agrícolas que se van haciendo cada vez más y más sofisticadas. Finalmente todo esto desemboca por pura necesidad en la invención de calendarios o de sistemas de escritura, lo que a su vez implica por ejemplo llevar a cabo observaciones astronómicas. De esa forma más y más gente va siendo sustraída del aparato productivo de base para pasar a desempeñar otras labores como partes de un mecanismo cada vez más complejo que llegado a un cierto punto cobra vida propia.

En resumen, la agricultura permite que la población crezca, que los pequeños clanes familiares de cuarenta o cincuenta miembros propios de las sociedades cazadoras-recolectoras se conviertan en grupos de docenas o cientos de miles de personas en el seno de los cuales se acumulan grandes desigualdades porque ya no hay un simple jefe o un chamán a cargo de las tareas de dirección política y/o espiritual, sino castas enteras poseedoras de un poder y riqueza inmensos y unos saberes cada vez más sofisticados. Las primeras monarquías y ejércitos, la cerámica, la escritura, o la existencia de artistas exclusivamente dedicados a satisfacer las necesidades de ocio del colectivo, derivan y a la vez dependen al final de eso que he dicho: el sedentarismo en torno a un sistema agrícola que proporcione alimento para toda esa gente “inútil”.

Pero claro, de aquí se deduce algo muy importante. Si por cualquier cosa en un momento crítico el sistema productivo, del que emana de forma natural todo lo anterior, empieza a fallar a la hora de suministrar alimentos suficientes, entonces todo el resto del engranaje humano descrito falla. Y si ese fallo se prolonga demasiado tiempo la civilización en cuestión colapsa, teniendo que dispersarse sus habitantes por el terreno, dedicándose de nuevo la mayoría de ellos a tareas básicas relacionadas con la búsqueda de comida, sin tiempo ni recursos para emplear en actividades más complejas. En otras palabras, durante las etapas iniciales de todo este proceso de sofisticación de la cultura humana siempre estuvo muy presente el riesgo de tener que regresar a la casilla de salida si en algún momento el sistema agrícola, es decir la pieza que sostenía todo el castillo de naipes, colapsaba debido a cualquier razón. A fin de cuentas, en aquella época aún no se poseían la tecnología o la acumulación de conocimientos necesarias para revertir o compensar tal problema.


Acrópolis en la jungla

Vamos ahora a analizar un poco el tejido urbano maya. A ese respecto hemos de tener en cuenta varias cosas.

Para empezar el mundo maya era el de una civilización basada en ciudades-Estado (entre cincuenta y cien según el período del que hablemos) regidas por monarcas (denominados ajaw) en perpetua competencia. Nunca hubo un imperio maya unificado a semejanza del azteca o el inca. Esto dio lugar a un panorama dominado por tensiones constantes y unas relaciones entre centros urbanos basadas en la dominación, el vasallaje, o bien las el establecimiento de alianzas temporales.


Inevitablemente existieron ciudades gobernadas por soberanos particularmente poderosos (K´uhul ajaw) que a través de la guerra o la imposición de una dependencia diplomática y/o económica lograron extender su poder sobre otros centros urbanos menores a los que obligaban a pagar tributo. Por ejemplo en la estela nº 31 de Tikal, esculpida durante la primera mitad del s. V, se representa a un gobernante maya ricamente ataviado conocido con el nombre de “Cielo Tormentoso” bajo cuyo liderazgo Tikal llegó a controlar otras importantes ciudades.

De hecho por aquel entonces muchos centros urbanos mayas comenzaron a formar parte de un sistema de alianzas encabezadas por dos poderosas dinastías: los Yax Mutal, de Tikal, frente a los Kaanul (serpientes), dinastía que posiblemente residió primero en El Mirador y después se asentó en la ciudad de Calakmul. Tikal y Calakmul se convirtieron así en las dos "superpotencias" del momento. Eventualmente Calakmul aliada con Caracol consiguió derrotar los ejércitos de Tikal en una gran batalla ocurrida en el año 562, pero no logró destruir dicha ciudad. Gracias a ello Tikal sobrevivió y con el tiempo recuperó su pujanza hasta convertirse, en torno al año 700, en el centro de poder hegemónico de la época, mientras su vieja enemiga se hundía. Todo ello a la vez que otras ciudades como Palenque y Copán aprovechaban para hacerse también con el control de algunos centros menores emplazados en sus proximidades.

Más al Norte, a partir del s. VIII, en la Península de Yucatán los dirigentes de Uxmal y Chichén Itzá, las dos principales ciudades de la zona, se repartieron el territorio. Los Xiu de Uxmal al Oeste y los Itzá en el Este. Luego a partir del siglo X y debido al progresivo abandono de las Tierras Bajas, las más afectadas por el Colapso del año 900, el centro neurálgico del mundo maya se desplazó a esa zona de Yucatán, a la cual empezaron a llegar inmigrantes provenientes del Sur (y quizás también de la zona de México) que se encaminaron principalmente hacia Chichén Itzá. Es así como esta última ciudad logró una cierta primacía que mantuvo hasta el año 1200 aproximadamente, momento en que emergió una nueva potencia regional, la ciudad de Mayapán, gobernada por el linaje Cocom.

Finalmente la caída de Mayapán se produjo entre el 1441 y el 1461. A partir de ese momento las grandes ciudades fueron abandonadas definitivamente y cada grupo étnico maya se apoderó de una pequeña área de terreno a lo largo de la Península de Yucatán. Así, decadentes y sumidos en interminables disputas internas, es como los encontraron los españoles quienes conquistaron esa región a mediados del s. XVI. Aunque algunas poblaciones mayas resistieron en sus selvas originarias, mucho más al Sur, en la zona de la actual Guatemala, hasta bien entrado el s. XVII.

Podría decirse pues que el mundo maya se parecía al de la Grecia antigua y sus polis, hablamos por tanto de una amalgama de ciudades, de mayor o menor tamaño y población, que frecuentemente guerreaban entre sí por el control del territorio y sus recursos y en general para obtener la primacía unas sobre otras al modo de Esparta, Tebas o Atenas, sin que nunca ninguna de ellas lograse imponerse por completo a todas las demás. Sin embargo, al igual que ocurría con la Hélade, ese conglomerado de ciudades mayas estaba unido por una koiné cultural. En otras palabras la población de todos los grandes centros urbanos mayas compartía una cultura semejante difundida a través de un sistema lingüístico compuesto por varias lenguas y dialectos distintos, pero con una raíz común. Además existía una especie de lengua franca hablada por las élites, probable ancestro de la rama actual de las lenguas mayas llamada Cholan, que en cierta forma operaba como un equivalente al latín europeo. Dado que las élites mayas también usaban un mismo sistema numérico y de escritura eso sirvió para mantener funcionando a lo largo de todo el espacio maya una visión del mundo conjunta, estructurada en torno a determinados mitos religiosos, así como una ciencia, un arte y por supuesto una arquitectura y urbanismo semejantes de una ciudad para otra.

Ahora bien lo que nosotros llamamos ciudades mayas, o más bien los restos de las mismas que es posible apreciar hoy en día, no se corresponden exactamente con el concepto de ciudad. En realidad solo contemplamos las espinas del pez, el esqueleto del fósil, los escasos restos de piedra que han sobrevivido al paso del tiempo sobre lo que en su momento fueron núcleos mucho más amplios.


En otras palabras, las ruinas que nosotros vemos en la actualidad y denominamos “ciudades” mayas en sentido estricto solo son “acrópolis". Se trata de los restos de algunos edificios monumentales dispuestos en torno a espaciosas plazas en las que se reunía la gente los días de mercado o cuando había alguna celebración pública. Al final era en dichas zonas donde se concentraban las funciones administrativas y de gobierno, pero sobre todo el lugar donde se realizaban las principales ceremonias religiosas de cara a la población que se aglomeraba a lo largo de kilómetros alrededor de esos complejos. 


Esas eran las únicas edificaciones que los mayas construían en piedra, un bien escaso en medio de la jungla. De hecho ni siquiera las levantaban totalmente en piedra sino que la misma ejercía de recubrimiento meramente exterior, para otorgar durabilidad y valor al conjunto, mientras que por debajo de la misma en vez de sillares muchas veces se empleaban tierra, barro y cascotes (a diferencia de las egipcias buena parte de las pirámides mesoamericanas solo contienen bloques de piedra en su exterior).

Luego, a corta distancia, en torno a esas “acrópolis” donde se ubicaban los templos y algunos edificios públicos como los "juegos de pelota", habitaban los gobernantes residiendo en grandes casas y palacios, en ocasiones también construidos con piedra recubierta de estuco (capa que sin embargo hoy las ruinas han perdido). Era allí donde se concentraba la "corte" del monarca de turno.


Por último, en un anillo externo de edificaciones más alejadas de ese núcleo es donde vivía realmente la población, hacinada en miles y miles de chozas de estacas y ramas recubiertas de barro, o bien de paredes de lodo enlucidas con cal, con techos de paja y hojas de palma, sin chimeneas ni ventanas. Lo que ocurre es que esas precarias viviendas apenas han dejado rastro al estar construidas con materiales perecederos y por ello hoy en día no podemos percibir a simple vista sus restos.


Relojes de piedra

Llegados aquí resulta necesario tocar otra cuestión peculiar relacionada con los mayas: su organización del espacio controlada por ideas religiosas que, a su vez, respondían a una funcionalidad política. Con esto quiero decir que las decisiones sobre qué construir en piedra, cómo construirlo, y sobre todo cuándo hacerlo, estaban determinadas por la particular concepción de la historia, del universo y del más allá en general que poseían como pueblo.

En primer lugar los mayas construían fundamentalmente templos recubiertos de relieves (y conjuntos pictóricos en su interior, aunque la mayor parte se hayan perdido), dedicados a exaltar grandes acontecimientos políticos, religiosos y astronómicos. A esos templos los rodeaban asimismo con estelas que albergaban representaciones de dioses y soberanos así como inscripciones relativas a sucesos históricos relacionados con las dinastías gobernantes en la ciudad.




Dicho de otra forma, la sociedad maya era una sociedad muy desigual, muy jerarquizada, en la cual las élites políticas gobernantes necesitaban la sanción religiosa para garantizar su poder. Por ello lo que los mayas construían en piedra consistía fundamentalmente en propaganda político-religiosa. Como ocurría con los antiguos egipcios por ejemplo.

De hecho la propia consolidación de la cultura y la sociedad maya parece fuertemente conectada con toda esa actividad constructiva. Según diversos autores es muy posible que durante II y el Ier milenio antes de nuestra era en las tierras mayas viviesen primitivos grupos de cazadores y recolectores seminómadas diseminados por precarias aldeas emplazadas en puntos dispersos de la selva. Ahora bien, esas comunidades empezaron a reunirse periódicamente en torno a lugares emblemáticos donde realizaban ceremonias y en los que comenzaron a construir primitivos templos con tierra o madera. Con el tiempo dichos contactos facilitaron asimismo la difusión y posterior consolidación de la actividad agrícola a lo largo de la región por lo que en último término, debido a los cambios que implica la adopción de la agricultura, la población comenzó a aumentar de tamaño y su estructura social a hacerse más compleja. De esa forma las interacciones colectivas entre gentes diversas de la zona, mientras construían complejos ceremoniales, fueron lo que acabó dando lugar al establecimiento de las primeras ciudades en el área maya.

Por tanto, si esa teoría es cierta, no fueron únicamente cuestiones estratégicas, intereses económicos, o liderazgos carismáticos, los que dieron forma al mundo urbano maya, sino muy especialmente la “necesidad” obsesiva de construir templos la que acabó dando lugar a protociudades alrededor de esos complejos ceremoniales. Luego en torno a esos núcleos fueron tomando forma unas fronteras políticas más o menos claras, a la vez que en el interior de tales emplazamientos diversos linajes se hicieron más ricos y poderosos que el resto y finalmente se alzaron con el poder convirtiéndose en élites hereditarias.

Surge entonces la cuestión de qué sentido tenía la construcción de esos templos o al menos qué lógica seguía su construcción. A ese respecto hay que tener en cuenta en primer lugar que las ciudades mayas en conjunto no eran planificadas. Los edificios se iban acumulando en ellas de forma espontánea según las necesidades del momento y sin que un trazado de calles organizado comunicase las distintas partes del asentamiento. Ahora bien, una vez se decidía construir algún edificio nuevo dentro de la “acrópolis” donde se ubicaban los templos y palacios edificados específicamente en piedra entonces pasaban a tener gran importancia cuestiones relacionadas con la direccionalidad de la futura construcción respecto a los puntos cardinales, las estrellas, ríos, montañas, el sol en el equinoccio, etc. Es decir los edificios clave de los núcleos ceremoniales mayas o al menos el eje central de esa zona de sus ciudades (aunque luego los edificios acumulados a su alrededor se dispusiesen de forma asimétrica) se orientaban intentando buscar la alineación con algunos cuerpos celestes, los puntos cardinales o, menos frecuentemente, con accidentes geográficos. 



En cuanto a la dimensión temporal parece ser que el cuándo se construía era importante para los mayas, ya que buena parte de sus construcciones respondía a una lógica calendárica. Como es bien sabido los mayas poseían un elaborado sistema de cómputo del tiempo basado en un método de cuenta “histórica” de los años llamada “cuenta larga” que puede remontarse a finales del IV milenio antes de nuestra era. En concreto para los antiguos mayas el punto de partida de la historia (como lo es para nosotros el nacimiento de Cristo) era una fecha que dentro de nuestro calendario gregoriano correspondería al año 3.114 antes de Cristo y curiosamente estaba llamada terminar después de 1.872.000 días a finales del pasado año 2012.

Por otro lado toda esa “cuenta larga” se sustentaba sobre la base de un calendario anual subdividido a su vez en dos calendarios: uno sagrado de 260 días (Tzolk´in) dividido en trece meses de 20 días 



   y otro solar de 365 días (Haab) muy exacto, dividido a su vez en dieciocho meses de 20 días más un período terminal de cinco días (uayeb). 



   La combinación de esos dos calendarios daba lugar a su vez a un ciclo de 18.980 días (52 años) al término del cual ambos calendarios (el sagrado de 260 días y el “civil” de 365) coincidían. Tras eso se reiniciaba el ciclo.


Asimismo en relación a diversos cuerpos celestes o a cuestiones rituales parece ser que los mayas manejaban otros cómputos de tiempo secundarios. Por ejemplo el ciclo de Venus de 584 días, el cual coincidía a su vez con los otros dos ciclos calendáricos cada 104 años.

Pues bien cada vez que se cumplía uno de esos períodos de 52 años u otros ciclos mayores o menores, por ejemplo veinte ciclos de 260 días (recordemos que los mayas usaban un sistema de numeración vigesimal por lo cual el número 20 era la base de su sistema como el diez lo es del nuestro) como conmemoración se añadían nuevos niveles a los templos grandes, o se construían parejas de templetes pequeños, o incluso nuevos templos enteros.

No está claro si esos ciclos de construcción-reconstrucción se llevaban a cabo también por ejemplo con la llegada al poder de un nuevo gobernante, o el triunfo en una guerra decisiva, pero lo que está constatado es que los mayas vivían insertos en un interminable proceso de elaboración de nuevas plataformas para sus principales templos y de reconstrucción de los más antiguos. Aquí debajo podemos ver, por ejemplo, las ocho etapas de construcción que experimentó entre los años 200 y 900 un grupo de templos ubicado en el emplazamiento de Uaxactún, muy cerca de Tikal. 



   Cada nueva adición o reconstrucción de una estructura o de un sector de la misma tendía a poseer una lógica matemática y/o política, si bien, claro está, ni mucho menos todos los edificios de todas las ciudades en cualquier período respondían a una especie de rígida fórmula secreta que daría sentido a todo el urbanismo maya. 

   Además los mayas, como ha ocurrido en Occidente, se vieron obligados a realizar cambios y correcciones sobre la marcha de sus concepciones matemáticas y astronómicas. Así el calendario de 365 días tuvo que sufrir una leve corrección parecida a nuestra reforma gregoriana del calendario juliano. Dicha reforma se incubó fuera del mundo maya, en Xochicalco, en México, en el entorno de la gran ciudad de Teotihuacán, a lo largo de algún momento entre el año 650 y el 700 y desde allí se expandió luego hasta el mundo maya dando a veces lugar a modificaciones de fechas en estelas.

Pero como digo sabemos que ese tipo de lógica del que he hablado estaba presente en la mente de los arquitectos mayas y en algunos asentamientos se ha podido corroborar. Por ejemplo en nuestro año 682, bajo el gobierno de un rey cuyo nombre exacto no conocemos, en la ciudad de Tikal se inició, por razones que tampoco conocemos, la práctica de erigir pequeñas pirámides gemelas para celebrar los finales de cada período de 20 años de 365 días cada uno. Mientras tanto en otras ciudades de menor importancia los gobernantes erigían cada veinte años al menos una estela, lo cual, por cierto, ha permitido a los arqueólogos datar muy bien la historia de dichos emplazamientos. 

Lo que debemos retener en definitiva es que los mayas, en cuanto a realizar sus construcciones y en general de cara a organizar casi todos los aspectos de su día a día, no solo atendían a criterios prácticos, sino también a otros de tipo religioso. Ahora bien si para el Egipto faraónico la idea de la muerte resultaba central, igual que el pecado lo era para el mundo cristiano medieval, los mayas vivían obsesionados sobre todo por la idea de tiempo, más en concreto por la existencia de repetitivos ciclos de creación y destrucción. De tal forma para los mayas resultaba muy importante el cómputo numérico preciso del paso de los días y los años dentro de esos ciclos, de cara a adaptarse a ellos. Es por eso que si las catedrales góticas del medievo europeo poseían sobre todo una lógica espacial (por ejemplo muchas reproducen la forma de una cruz en su planta y su interior estaba diseñado para que los fieles pudiesen transitarlo de una forma precisa al final de sus peregrinaciones) los templos mayas en cambio poseían una cierta lógica temporal ajena a su forma o estructura precisa. Ahora bien, no conviene olvidar que ambos tipos de edificios simultaneaban lo anterior con una función ideológica encaminada a sostener un determinado orden social injusto recubierto a través de una fundamentación religiosa. En definitiva tanto los sacerdotes cristianos, como los egipcios, como los mayas, aseguraban a sus masas de campesinos afamados y sometidos que las cosas eran de una determinada manera porque así es como tenían que ser y en relación con ello los templos que se levantaban por todas partes servían para agradar a los dioses. 


Redes de poblamiento

Por todo ello las grandes ciudades mayas no tenían, como he mencionado, una función prioritariamente económica y residencial, como las nuestras. Alojaban desde luego a las élites monárquicas y sacerdotales, así como a gran parte del pueblo llano, pero su razón de ser última era sobre todo albergar los grandes templos en los que periódicamente se realizaban ceremonias que daban cohesión al grupo.

En cambio el grueso del sistema productivo que sostenía a las élites residentes en las ciudades, y que proporcionaba los alimentos para la fuerza de trabajo que construía sus grandes templos y palacios, se distribuía alrededor de la “ciudad-estado”, a lo largo de un amplio hinterland donde la selva y el terreno cultivado se sucedían y mezclaban. La población diseminada por todo ese espacio se dedicaba a tareas agrícolas durante la mayor parte del año hasta que durante la “estación seca”, antes de la cosecha, los gobernantes llevaban a cabo programas de obras públicas, lo cual concentraba a gran parte de la población del entorno en el extrarradio del núcleo principal para servir durante algunos meses de apoyo al esfuerzo constructivo.

De tal forma en torno a las urbes que ejercían de “capitales” digamos administrativas y religiosas, dentro de un radio de tamaño variable según la importancia del asentamiento en cuestión, existían otros muchos pequeños subnúcleos. Esas aldeas, formadas por cabañas que no han dejado rastro, dependían políticamente de la gran ciudad más próxima, con la cual establecían relaciones de interdependencia y complementariedad económica. De hecho bastantes centros subsidiarios se encontraban comunicados con las urbes principales gracias a una red de calzadas pavimentadas con estuco blanco y denominadas sacbe (o sacbeob en plural) las cuales discurrían a través de la jungla.

Por tanto no conviene olvidar que en ese sentido la civilización maya era urbana en la misma medida que podía serlo por ejemplo la cultura ciudadana de la Europa renacentista. En nuestros libros lo que aparece sobre dicho período son los trabajos de los grandes artistas como Miguel Ángel, menciones a la expansión de la imprenta, las intrigas nobiliarias, los pactos diplomáticos, las grandes batallas, etc. En las ciudades tenían ya por entonces su sede el poder y la cultura, las decisiones importantes se tomaban allí y en ellas se desarrollaba la vida intelectual. Pero no nos engañemos, hasta prácticamente el s. XIX la historia de Europa en particular y de la Humanidad en general es una historia rural en la medida en que la mayor parte de la gente vivía en el campo produciendo las necesarias subsistencias para que un porcentaje siempre inferior a la mitad y a veces incluso a un tercio o una cuarta parte de la población total pudiese residir en las ciudades haciendo las cosas que hoy son las que aparecen en nuestros libros de texto.

En ese sentido, las ciudades mayas no podían subsistir sin un complejo entramado agrícola, centrado en el cultivo de maíz, que se desarrollaba en las proximidades de las mismas y articulado en torno a una red de docenas de pequeños enclaves rurales en los cuales residía de facto buena parte de la población.


Dentro de ese área de influencia, sumando la población de la gran urbe principal a la que vivía esparcida por el territorio circundante, se llega a cifras muy elevadas en cuanto a las densidad de personas por kilómetro cuadrado. Por ejemplo, la ciudad de Caracol a mediados del s. VII podía extender su control sobre un área de hasta 170 km2 a lo largo de la cual vivían diseminadas más de 100.000 personas pese a que el núcleo urbano propiamente dicho abarcaba menos de 8 km2 y dentro de él la “acrópolis” donde se hallaba condensada la arquitectura monumental ocupaba apenas siete hectáreas, que son las que se pueden contemplar hoy en día como yacimiento turístico. Para el caso de Tikal, por aquellas fechas probablemente la ciudad más populosa del área maya, se han llegado a calcular densidades de población entre 200 y 400 habitantes por kilómetro cuadrado. En otras palabras en el entorno bajo influencia directa de las principales ciudades de finales del período Clásico, entre los años 600 y 900, podían darse elevadas densidades de población, lo cual suponía a su vez un desafío logístico de cara al suministro de alimentos y de agua para todos esos habitantes.


Siervos de Chaac

No conviene olvidar a ese respecto que a diferencia de otras grandes civilizaciones primitivas los mayas no disponían en su entorno de grandes ríos que les aportasen un suministro de agua regular. A esa desventaja habría que añadir una de las grandes peculiaridades del continente americano previo a la llegada de los españoles: la fauna del continente no había proporcionado grandes herbívoros domesticables, lo que a su vez suponía una importante carencia de abonos naturales para las tierras de labor. Además los mayas sabían trabajar el metal pero eran sobre todo orfebres, no eran buenos metalúrgicos y por tanto no contaban con herramientas de hierro. Por ello la falta de animales de tiro, sumada a la limitación anterior, hizo que el arado como invento tampoco se desarrollase en el mundo precolombino.

Así pues los mayas dependían de una agricultura intensiva para alimentar a la enorme población de las ciudades, pero no contaban ni con abundantes cursos de agua, ni con abonos, ni con un utillaje agrícola desarrollado más allá de algunas azadas de madera y picos de obsidiana. Sus agricultores se enfrentaban por tanto a un imposible. Y aun así durante cierto tiempo fueron capaces de sostener la apuesta.

De cara a ello coexistían dos sistemas de trabajo de la tierra. El más burdo consistía en talar o quemar extensiones de selva, después de eso los agricultores mayas elaboraban superficialmente el futuro suelo de cultivo en el que perforaban agujeros para sembrar el maíz mediante unas picas puntiagudas. El resultado podía ser en el mejor de los casos una producción de unos 400 kilos de maíz por hectárea (como comparación, en el Egipto faraónico, mucho menos poblado, se obtenía el doble o el triple de rendimiento por hectárea sembrada con trigo). La cuestión además es que en el caso maya, tras cultivar así durante tres o cuatro años seguidos una zona, el suelo de la misma precisaba un dilatado período de barbecho, de entre cinco y diez años, de cara a recuperar sus nutrientes.

Por tanto el inconveniente de ese sistema era triple. Por un lado a medida que las ciudades crecían y las tierras más cercanas a las mismas se agotaban los mayas debían seguir roturando tierras más y más lejos. Por otro lado eso inevitablemente llevaba a poner en cultivo campos de calidad inferior a los que ya se explotaban antes. En último lugar la deforestación resultante de la quema y roturación continua de enormes extensiones provocaba daños en el ecosistema que podían demostrarse fatales a largo plazo, al aumentar la erosión.

En consecuencia, de forma paralela a ese sistema de tala y quema, los mayas también usaban una agricultura de irrigación intensiva que podía dar dos o incluso tres cosechas al año sin resultar demasiado dañina para el entorno. De cara a ello en zonas del extrarradio de sus ciudades delimitaban huertas regadas por canales y donde se usaban las heces humanas o el lodo de pantanos como fertilizante de una combinación variada de cultivos diferenciados que incluían no solo algo de maíz sino muchas hortalizas, tubérculos y árboles frutales.

La cuestión es que dicho método de cultivo consumía mucha agua, lo que nos devuelve al problema antes citado de que los mayas no disponían de grandes ríos en su entorno. En sus regiones de origen había algunos lagos y pequeños ríos como el Motagua y el Usumacinta, pero nada parecido al Indo, el Éufrates o el Nilo. He de anotar que la diferencia entre unos y otros no solo es de caudal, sino de longitud y esto tiene sus consecuencias. Los grandes ríos en torno a los que surgieron las grandes civilizaciones agrícolas de Oriente Medio y Asia nacen en grandes cadenas montañosas del Cáucaso, el Centro de África o el Himalaya donde las precipitaciones y el deshielo de las nieves proporcionan unos aportes de agua regulares independientemente del clima concreto en las regiones que luego bañan en su curso medio o bajo. Esto implica algo muy importante. Por ejemplo una sequía en Egipto no tiene por qué reflejarse directamente en el Nilo ya que este nace en los Grandes Lagos africanos y además posee un segundo afluente de importancia procedente de las montañas etíopes que ejerce como válvula de seguridad. En cambio los ríos mayas nacen, discurren y mueren en unos pocos cientos de kilómetros a lo largo de las regiones que abastecen de agua, se nutren de la lluvia que cae en ellas y su curso es además de mucho menor calado que los anteriores. Una sequía en la zona por tanto convierte al río de turno en un hilo de agua. 


Lo que es más, aunque la imagen habitual de las actuales ruinas mayas invadidas por una densa selva da la falsa impresión de que el agua abunda en toda la región, lo cierto es que ni mucho menos es así. 




   La región de Yucatán al Norte es bastante árida y el resto del territorio donde se asentaron en su día los mayas, aunque recibe importantes precipitaciones en el conjunto anual, dichas precipitaciones no siempre son regulares, sobre todo entre enero y mayo, momento en que disminuyen drásticamente. 

   Por ello, durante las épocas en que el aporte de lluvias disminuye, la vegetación se nutre del agua almacenada en el subsuelo en verdaderos canales que fluyen bajo tierra. Algo especialmente importante en la Península de Yucatán, muy árida y rica en terrenos calcáreos porosos pero carente de ríos. Allí el agua se filtra por la piedra caliza creando una red hidráulica subterránea a la que se puede acceder a través de grandes pozos naturales llamados cenotes, considerados lugares sagrados por los mayas.



Ya lo decía Diego de Landa cuando en 1566 escribió que:

La naturaleza funciona de forma tan diferente en este lugar en materia de ríos y arroyos que mientras en el resto del mundo corren sobre la tierra, aquí en este país fluyen a través de pasajes secretos bajo ella. 

El problema era que los mayas carecían de tecnología para cavar pozos de muchos metros de profundidad. Sí sabían construir presas con finalidad agrícola y también cisternas para almacenar el agua, así como pequeños pantanos artificiales ubicados en depresiones del terreno que se impermeabilizaban con arcilla. Pero el agua para esas cisternas y pantanos provenía de fuentes de agua en superficie o bien de la lluvia. Como digo los mayas no poseían la capacidad de extraer la abundante agua que se almacenaba a docenas o cientos de metros de profundidad en el subsuelo de sus tierras. 

En consecuencia si el sistema productivo maya descansaba en la agricultura esta a su vez dependía de los aportes de agua en forma de precipitaciones que servían para irrigar directamente los cultivos y para abastecer las cisternas en que se almacenaba el precioso líquido de cara al consumo humano. 

   También de la lluvia dependía, como he dicho, el caudal de los escasos cursos de agua de la región desde los cuales se desviaba cuando se podía parte del flujo hacia las ciudades. Como en esta trinchera que vemos en la imagen que servía para suministrar agua a los palacios y plazas del centro de Palenque desde un río cercano.


Ahora bien, si las precipitaciones se interrumpían o bajaban de intensidad durante demasiados meses, todo el sistema de riego agrícola colapsaba mientras que incluso el abastecimiento humano se ponía en peligro en tanto los riachuelos de la zona se secaban y el agua almacenada, si pasaba demasiadas semanas o meses estancada sin renovarse, se volvía insalubre. Se entiende así que el dios maya de la lluvia, Chaac, fuese un motivo omnipresente en la arquitectura maya y destinatario predilecto de múltiples sacrificios humanos.

Por el contrario, en relación con su particular cosmogonía, al parecer los mayas consideraban determinados cuerpos de agua como entradas potenciales al inframundo. Esa es quizás la explicación de que, pese a su crónica necesidad de suministros de agua, muchas de las mayores ciudades mayas como Tikal, Caracol o Calakmul, se ubicasen en zonas alejadas de los escasos ríos y lagos existentes en la región. Aunque esa es solo una hipótesis ya que no sabemos con seguridad las razones de lo anterior. 

   Lo que sí sabemos es que de ahí derivaba el carácter sagrado que se atribuía a los cenotes y que por ello se realizasen en ellos frecuentes sacrificios humanos. Curiosamente las víctimas de dichos sacrificios no eran doncellas vírgenes (como se creyó hasta hace poco al encontrarse sus restos habitualmente adornados con joyas de jade) sino niños y hombres jóvenes. Hace algunos años un estudio del arqueólogo Guillermo de Anda, de la U. de Yucatán, tras analizar los huesos de 127 esqueletos descubiertos en el fondo del cenote sagrado de Chichén Itzá encontró que el 80% de ellos resultaron corresponder a niños de entre tres y once años de edad la mayoría de los cuales habían sido arrojados vivos al pozo para que se ahogaran en él, si bien unos pocos fueron ejecutados, despellejados y desmembrados previamente. En cualquier caso, doncellas, hombres o niños, ese tipo de práctica lo único que lograba en vez de atraer la lluvia era contaminar el agua de los cenotes, cuando podrían haberse usado dichas cavidades subterráneas para abastecerse del preciado líquido.

Asimismo en los propios asentamientos urbanos los mayas seguramente debieron enfrentarse a graves problemas de salubridad relacionados con la presencia de importantes densidades de población hacinada en un mismo lugar. Todo ello, unido a unos sistemas de almacenamiento del agua disponible a través de cisternas y lagunas abiertas en las que el agua no fluía y resultaba muy fácil que se contaminase, hacen muy probable que los mayas resultasen vulnerables a enfermedades transmitidas por el agua en los períodos en que la propia escasez de la misma no era el problema más acuciante.


Mayaceno

Hasta aquí hemos visto que los mayas dependían del buen funcionamiento de su sistema agrícola para alimentar a los grupos de artesanos y a las élites políticas y sacerdotales que residían en las ciudades, así como el resto de la abundante población del entorno, la cual servía de mano de obra para llevar a cabo las grandes construcciones que albergaban dichas urbes. No obstante toda esa población y el sistema agrícola en general precisaban del suministro regular de agua, sobre todo a través de la lluvia. Pero, ¿de qué dependía la lluvia?. Desde luego no de las plegarias de los pobres mayas, sino de los ciclos climáticos. Es por esto que, ya desde los años 30 del pasado siglo, abundan las teorías que han buscado explicar el Colapso maya de inicios del s. X, o incluso también el resto de sus otros “colapsos”, poniéndolos en relación con cambios en el clima de la región, particularmente sequías prolongadas. A destacar muy especialmente The Great Maya Droughts, una obra de Richardson B. Gill, publicada hace unos quince años y que contiene posiblemente la argumentación más sólida hasta la fecha entre todas las que inciden en ese tipo de cuestiones.

Años antes de la publicación del libro de Gill unos geólogos de la Universidad de Florida recogieron muestras de sedimentos de lodo en el lecho de diversos pequeños lagos de la región de Yucatán. El resultado del posterior análisis indicó que el período entre los años 800 y 1000 de nuestra era fue el más seco experimentado por aquella región en los últimos 7.000 años. A su vez Richardson Gill en su libro aportó evidencias de cuatro fases de sequía que habrían afectado los asentamientos mayas entre los años 760 y 910, todas ellas relacionadas, paradójicamente, con fases de enfriamiento en otras latitudes, algo que habría afectado a la circulación atmosférica general y repercutido en menos aportes de lluvias precisamente en el área ocupada por los mayas.

Desde entonces otros especialistas han corroborado ese tipo de datos o los han completado a través, por ejemplo, de estudios basados en el análisis de isótopos de Oxígeno contenido en estalagmitas de cuevas de la zona, a través de lo cual también se han encontrado evidencias de graves sequías en los territorios mayas durante otros períodos.

Para poner esos datos en contexto resulta interesante un artículo publicado en 2012 en la revista Science por parte del profesor Martín Medina-Elizalde del Yucatan Center for Scientific Research y titulado “Collapse of Classic Maya Civilization Related to Modest Reduction in Precipitation”. Cuando hablamos de grandes sequías que se extendieron por períodos de un siglo o más no es necesario imaginarse cien años seguidos sin apenas lluvias. Eso es imposible ya que tras algo así Centroamérica habría quedado convertida en un desierto, algo que obviamente sabemos que no ha ocurrido. En el caso de las tierras donde se establecieron los mayas según Elizalde bastaría que a lo largo de un siglo cualquiera se sucediesen de forma cercana en el tiempo, por ejemplo en el transcurso de un par de generaciones humanas, otros tantos períodos de cuatro o cinco años seguidos durante los cuales el volumen de lluvias se redujese entre un 25 y un 40%. "Solo" con eso ya sería suficiente para que los sistemas de almacenamiento de los mayas de las Tierras Bajas fuesen incapaces de dar de beber a toda la población de la zona y simultaneamente aportar la necesaria agua de riego para que los cultivos le proporcionasen alimento a esa población. En ese contexto recortar agua de uno de esos dos aspectos para dedicarla al otro no solucionaba el problema de fondo. O una parte de la población se moría de sed para regar los cultivos, o bien una parte de la población se moría de hambre al derivar agua destinada al riego para consumo humano. 

Pero explicar el colapso maya de inicios del s. X en base exclusivamente a la sequía tiene un problema. En general los mayas tuvieron que adaptarse históricamente a tres ecosistemas diferentes pertenecientes a las tres regiones distintas en las que se asentaron según épocas:


  


   En el Preclásico la mayoría de sus ciudades relevantes se encontraban emplazadas en regiones montañosas y de húmedas selvas tropicales, al Sur, en la zona de la actual Guatemala. 

   Tras el abandono de esas “Tierras Altas”, con posterioridad a la primera gran crisis experimentada por los mayas (durante el s. II) las grandes aglomeraciones urbanas del Período Clásico (años 250-900) se ubicaron fundamentalmente en las llamadas Tierras Bajas, donde se alternaban las zonas de selva  (Guatemala, Belice, Sur de Campeche) con otras de clima lluvioso más templado (frontera entre Chiapas y Tabasco). En general las precipitaciones en esta zona eran más reducidas y es en dicha área donde, como he dicho, se encontraban localizadas la mayor parte de las ciudades que fueron abandonadas tras el colapso de finales del s. IX y principios del s. X (si bien, la cuestión es compleja porque ya existían algunos núcleos urbanos mayas ubicados en este área durante el Preclásico los cuales ya fueron abandonados al final de dicha etapa, caso de El Mirador).

Pero lo curioso es que tras producirse dicho colapso (fuese debido a la sequía o fuese por otras razones), el centro neurálgico de la civilización maya se desplazó hacia el Norte, hacia la Península de Yucatán, una región semiárida con lluvias débiles, la región más seca de todas las que poblaron los mayas de hecho.

Por tanto debería ser en la zona de Yucatán donde los mayas tendrían que haber experimentado más problemas para obtener un suministro de agua ya que esa región era con diferencia aún más seca que las Tierras Bajas que los mayas se vieron obligados a abandonar para asentarse allí. Y sin embargo tras el colapso del s. X la cultura maya se recuperó en la zona de Yucatán, las ciudades de dicha Península crecieron y, si bien pocas alcanzaron el esplendor que habían experimentado los mayores centros mayas del Período Clásico, la vida urbana en la zona aguantó hasta mediados del s. XV. Momento del declive maya definitivo.

¿Cómo es posible por tanto que ciudades ubicadas en zonas más secas y con menos precipitaciones que las que experimentaron el colapso de comienzos del s. X sobreviviesen a la teórica sequía que supuestamente acabó con el mundo maya clásico?

Resta además otra cuestión problemática. Los mayas no solo sufrieron sequías por mala suerte. Algunos autores plantean que alteraron lo suficiente sus ecosistemas como para provocar, o al menos reforzar, los efectos de las sequías que sufrieron sus tierras. Es el caso de Jared Diamond en Collapso (2005), por ejemplo.

Robert Oglesby, en un estudio publicado en 2010 en Journal of Geophysical Research, calculó una reducción entre el 15 y el 30% de precipitaciones en regiones del área maya que hubiesen sido completamente deforestadas. La tala de la jungla en torno a las ciudades mayas pasaría así a ser un nuevo elemento a tener en cuenta de cara a explicar los problemas que pudieron afectar a la civilización maya.

¿Y por qué los mayas talaban la jungla?. Pues porque no les quedaba más remedio. Primero para hacer sitio a nuevas tierras de cultivo. A medida que crecía la población se hacía necesario cultivar más y más terreno, sobre todo a medida que parte del mismo se iba agotando, perdía fertilidad y resultaba necesario dejarlo varios lustros en barbecho ya que, como he mencionado más atrás, los mayas no disponían de buenos abonos.

Por otro lado los mayas empleaban la madera talada como material de construcción para las cabañas en que vivía la población más humiles. Usaban asimismo dicha madera para producir la cal y el enlucido que recubría parte de esas mismas viviendas y también sus calzadas o sus templos. De hecho los mayas empleaban como impermeabilizante de sus edificios una especie de yeso o estuco formado a partir de derretir piedra caliza. Y para eso necesitaban mucha madera con la que alimentar sus primitivos hornos y calderas. Como resultado Thomas Sever, un arqueólogo de la Universidad de Alabama, calculó en 2010 que los mayas habrían necesitado talar (como material de construcción, para leña, o como espacio agrícola) unos veinte grandes árboles por cada metro cuadrado de terreno urbano en sus ciudades.

Recapitulando. El mantenimiento de la vida urbana por parte de la civilización maya requería cultivar grandes extensiones de tierra a través de las cuales alimentar a las enormes masas de población que periódicamente construían los templos en torno a los que se levantaban las ciudades. Esa agricultura dependía sin embargo o bien de talar y quemar enormes extensiones de bosque o bien de irrigar intensivamente los mejores terrenos. Esto último necesitaba mucha agua, que era recogida fundamentalmente de la lluvia, pero el régimen de lluvias se veía afectado por la deforestación de la zona, o al menos la capacidad del suelo para resistir la erosión y retener el agua en superficie. Sin embargo los mayas se veían obligados a talar la jungla también para obtener material de construcción. Un círculo vicioso del que los mayas no habrían sabido salir por culpa de su limitada tecnología y debido también a las decisiones erróneas tomadas por sus dirigentes.


Continuará

Pero ¿qué decisiones fueron esas?, ¿cómo se solventan algunas de las dudas planteadas a lo largo de esta entrada sobre puntos que no parecen encajar dentro de las teorías expuestas?. Volveré sobre ello en una última entrada sobre el mundo maya que publicaré dentro de unos días.

De todas formas en el fondo no se trata de aprender nada en concreto sobre los mayas. Sino de usar su caso, el de una sociedad relativamente “simple”, para aprender cómo funcionan a gran escala los engranajes de la historia. En la línea con lo que comento en la Presentación de este blog la historia como disciplina no es una secuencia de anécdotas divertidas, ni de hechos militares. Es una forma de pensar. Una lógica. Un mecano donde hay que ordenar las piezas que nos proporcionan la arqueología o la paleografía. Todo ello de cara a dar un sentido a procesos que comienzan por cambios ecológicos, tecnológicos o demográficos y acaban desembocando en modificaciones de las estructuras políticas y, más importante, de los modos de pensamiento.

Las crisis de esas construcciones, los momentos en que culturas enteras se desintegran de un día para otro resultan, de forma paradójica, particularmente indicados para entender las reglas que históricamente han permitido funcionar a los grandes grupos humanos del pasado. Es durante su derrumbe cuando resulta más fácil identificar la función de cada pieza dentro de una civilización.

Por eso podría haber dedicado varias entradas de este blog a presentaros en detalle un análisis sobre el colapso del Imperio romano en Occidente, sobre como las formas del colonato romano derivaron parcialmente en las estructuras feudales del medievo, sobre el propio tránsito entre el feudalismo y el capitalismo, o sobre el fracaso de la industrialización en determinados países. Al final he escogido la cuestión maya por su exotismo, el cual puede servir como estímulo suficiente para que seáis capaces de pasar por el árido proceso de leer en profundidad todo lo necesario para tener elementos de juicio en una cuestión así. No se pueden resumir estos debates en unos pocos párrafos, eso solo sirve para ofrecernos la falsa impresión de comprender los términos de problemas que rara vez resultan simples hasta ese extremo. Me viene a la cabeza el hoax que recorrió hace poco Internet sobre un adolescente canadiense que habría encontrado una ciudad maya perdida porque el poblamiento maya supuestamente se alineaba con determinadas constelaciones. Simple y fácil, pero engañoso e inútil en último término. Un conocimiento vacío que no aporta material para la reflexión. Justo el tipo de texto "de historia" falsamente profundo y de consumo rápido que nuestros tiempos y los nuevos medios requieren. 

  En cambio al final es a través de un aburrido, duro, tremendamente complejo análisis de múltiples variables económicas, orográficas, climáticas, jurídicas o ideológicas, como la historia deja de ser un cuento inútil que solo sirve para pasar el tiempo y se convierte en algo más. Lo veremos en una próxima entrega donde, como he prometido, concluiré esta panorámica sobre el mundo maya

9 comentarios:

  1. Muchas gracias por publicar este interesante texto

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  2. He releído el texto del 2014 y he seguido del tirón con este artículo, una gran lectura (en todos los sentidos). Ahora me quedo esperando el siguiente, que me da la impresión es a donde quieres llegar de verdad (aparte del tema del colapso ecológico que has tratado alguna otra vez).

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  3. Si, para que os hagáis una idea de como va esto, en principio iba a dedicar una segunda entrada al mundo maya al estilo "Las ciudades englutidas" centrada en la tesis del colapso climático siguiendo las ideas de Richardson B. Gill en concreto. Porque además es un tipo muy interesante. Un banquero que dejó su trabajo en los años 80 y se dedicó a investigar sobre el mundo maya de forma autodidacta hasta publicar un libro que luego es el que han seguido en parte otros divulgadores en los últimos 15 años en los que las tesis de tipo climático están cada vez más en boga.

    Pero una vez que me puse con la cuestión empecé a ver que la hipótesis climática aunque puede explicar el 70% de lo que pasó, por sí sola no basta. Hay que considerar otras cuestiones, otros problemas. Y eso ha hecho que me lleve dos años más de los que pensaba en un principio estar listo para poder hablar más o menos con propiedad de este tema. Así que mientras tanto he ido tocando otros que tenía más claros en la cabeza.

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    1. Magnífico blog, y magnífica entrada. Me hace recordar otros libros sobre historia, arqueología y pervivencia de sucesos en la memoria. Un ejemplo de la dificultad de la interpretación es el cambio de la altura del mar entre la Edad Media y hoy en día (por lo que leí, ha cambiado en muchas zonas del Atlántico debido a fenómenos como la pequeña edad de Hielo) y todo eso quizás se puede ver en algunos edificios (hay palacios con salidas "a puerto" en sitios como Avilés que dan hoy en día a seco) a y ciudades (como Brujas) que cambiaron su suerte por razones como esta.

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  4. Muy bueno, como de costumbre. Añado este enlace, que también trata del tema, que seguro que resulta complementario.

    https://chemazdamundi.wordpress.com/2011/01/06/ejemplos-de-crecimiento-economico-que-acabaron-en-desastre-ii-el-colapso-de-la-civilizacion-clasica-maya/

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  5. Muy bueno!, pero, tendremos que esperar otros dos años para la siguiente entrega? xD

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  6. Muy interesante, permite reflexionar. Un apunte añado, esta zona es castigada por huracanes y grandes tormentas tropicales que pueden influir enel colapso.

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  7. La tecnología LIDAR está cambiando la imagen que teníamos del sistema de comunicaciones maya al facilitarnos encontrar en el presente rastros de antiguas calzadas en la jungla. Parece que eran más anchas y largas y sobre todo mucho más numerosas y antiguas de lo que se pensaba hasta hace poco.

    http://www.seeker.com/ancient-mayan-superhighways-found-in-the-guatemala-jungle-2219303581.html

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    1. En la zona de El Mirador han encontrado rastros de 17 calzadas que recorrían un total de unos 240 km, algunas de hasta 40 metros de ancho. Y hablamos de una zona habitada en el Preclásico, es decir antes del s. III, en fechas bastante tempranas por tanto.

      https://archaeologynewsnetwork.blogspot.lt/2017/02/ancient-maya-developed-super-highways.html#bEPfqdzLvzI4RE1o.97

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