lunes, 16 de mayo de 2016

El libro de las torres


   “No hay escrituras indescifrables, cualquier sistema de escritura creado por el hombre puede ser leído por el hombre”

Yuri Valentinovich Knorozov





Cuando se habla de desciframiento de escrituras antiguas a la mayor parte de la gente le suelen venir a la cabeza la piedra de Rosetta y el hallazgo de las claves acerca de la escritura jeroglífica por parte del francés Champollion. Sin embargo la arqueología nos ha proporcionado otras muchas inscripciones emblemáticas como el Decreto de Canopo, la Piedra de Gabriel o la inscripción de Azatiwada en Karatepe. Luego, a partir de ellas, diversos eruditos y estudiosos del pasado nos han legado asimismo hermosas historias basadas en sus intentos por desentrañar misterios de tiempos remotos, como ya hemos visto en otras entradas.

Una de esas historias, mi favorita de hecho, incluye los primeros esfuerzos llevados a cabo con el fin de desentrañar las claves de la escritura cuneiforme. Hablamos de la forma de escritura más antigua en aparecer y que por ello evolucionó en complejidad a lo largo del tiempo adaptándose por el camino a diversas lenguas desde el sumerio al persa pasando por el acadio (de la misma forma que hoy en día con el alfabeto latino podemos leer y escribir idiomas diversos). Su longevidad (más de 3.000 años), así como el hecho de haber sido empleada en diverso grado por muchos de los múltiples imperios que se crearon a lo largo de la antigüedad en tierras de Oriente Medio, hacen que su legado sea muy amplio. Por ejemplo, solo entre los fondos del Museo Británico se conservan más de 100.000 tabletas escritas mediante cuneiforme (algunos ejemplos de las cuales podéis ver en las imágenes que acompañan este texto). Debido a ello resulta fácil entender lo importante que resultó en su día para lingüistas e historiadores el desvelar los misterios de tal sistema de escritura. 

Lo cierto es que las primeras copias de escritura cuneiforme que llegaron a Europa contra lo que se podría esperar no procedían del territorio mesopotámico, es decir la región de origen de tal sistema de escritura. En cambio fue en tierras del actual Irán donde algunos aventureros occidentales se toparon con rastros de la misma en fechas más tempranas. Además esos primeros vestigios cuneiformes que llamaron la atención de los viajeros europeos no consistían en pequeñas tablillas garabateadas sino en inscripciones de cierto tamaño apreciables entre los restos de construcciones antiguas. A destacar una gigantesca inscripción de quince metros de alto por veinticinco de largo grabada en la roca en un monte cercano a las ruinas de la antigua ciudad de Persépolis, arrasada en tiempos de Alejandro Magno. Se trataba del monte Bisotoun, o Behistún, y los relieves en cuestión se ubicaban en una de sus laderas, precisamente la que resultaba visible desde la antigua ruta que unía la propia Persépolis y las grandes ciudades de Babilonia y Ecbatana, en suma los tres grandes centros de poder de Mesopotamia y Persia en la época.


Durante siglos los escasos exploradores occidentales que pudieron acceder al lugar confundieron las figuras que se podían apreciar en la roca con antiguas imágenes de los apóstoles o de las tribus de Israel, mientras que los extraños símbolos que las acompañaban a modo de un amplio texto fueron identificados como simples elementos decorativos. Pero, claro está, lo importante eran esos signos y no las figuras del relieve que coronaban el conjunto, las cuales además no tenían nada que ver con tradiciones judeocristianas, obviamente.

Hoy sabemos que esas famosas inscripciones talladas corresponden a un texto que ordenó difundir el monarca Darío el Grande en algún momento entre el año de su coronación en el 522 a.n.e. y el año de su muerte, el 486 a.n.e. En él se narra cómo Darío ascendió al poder, enumerando sus victorias militares y en particular el aplastamiento de una rebelión encabezada por el "mago" Gaumata. Propaganda, básicamente. Lo que ocurre es que para la mejor comprensión de dicha propaganda la misma se grabó por triplicado, usando tres de las lenguas más importantes del período. Así las inscripciones de Behistún consisten en sucesivas columnas con múltiples líneas de texto, dedicadas a transcribir en idioma babilonio, elamita y persa antiguo, mediante signos cuneiformes, toda la historia antes mencionada. 

A finales del s. XVIII, en el transcurso de un viaje de exploración por Oriente que llevó a cabo entre 1761 y 1767, un viajero danés llamado Carsten Niebuhr consiguió llegar hasta la zona y hacer copias de algunos de aquellos extraños “garabatos” que se podían apreciar inscritos en muros y paredes de las ruinas antiguas de la región. Luego, tras su regreso a Dinamarca, publicó durante los años setenta diversos libros sobre su viaje en los cuales se detallaban los datos recogidos en el transcurso del mismo, entre ellos diversas copias de tales inscripciones. Y esas “inscripciones de Persépolis” pronto despertaron el interés de los lingüistas del período. 

Claro está a finales del s. XVIII los primeros especialistas que se enfrentaron a aquel maremagnun de símbolos no tenían nada clara su naturaleza. Lo que más o menos pudieron deducir fue que en los textos copiados por Niebuhr convivían tres tipos de escritura cuneifome que correspondían a la puesta por escrito de tres lenguas también distintas. Asimismo parecía claro que al menos una parte de los grabados en cuestión eran de época Aqueménida y por tanto el texto central de muchas de tales inscripciones con toda probabilidad estaba grabado en alguna forma de persa antiguo (entonces denominada simplemente como escritura Tipo I), padre del persa de los documentos medievales y a su vez abuelo del persa moderno que se habla hoy en día. Esa era por tanto la parte por la que había que comenzar todo intento de desciframiento al ser la única lengua, entre las tres que aparecían en las inscripciones, de la cual se tenían ciertas nociones por entonces, aunque fuesen mínimas.

De cara a ello Carsten Niebuhr ya había propuesto en su día (basándose en la orientación de los trazos) que la dirección de lectura que se tenía que utilizar para leer los textos que había copiado debía ser probablemente de izquierda a derecha, como hacemos actualmente (algo que, aunque nos parezca natural, no todas las culturas han compartido a lo largo de la historia, existiendo escrituras que se leen de arriba hacia abajo o desde la derecha hacia la izquierda, caso de la antigua escritura del valle del Indo). Por otro lado un obispo de Copenhague había postulado a su vez que las palabras en aquellas inscripciones parecían divididas por una especie de cuña oblicua que no dejaba de aparecer a lo largo del texto. Finalmente un anciano profesor de hebreo en la universidad de Rostock llamado Olaus Gerhard Tychesen había lanzado la suposición de que los caracteres en la parte del escrito que se creía redactada en persa antiguo correspondían probablemente a signos alfabéticos (y no silábicos o a ideogramas), es decir cada uno de los caracteres equivalía a una letra o sonido diferente.

Y eso era todo lo que se sabía al respecto de aquellas inscripciones en torno al año 1802. Ese año se encontraron reunidos en una taberna de la Baja Sajonia varios amigos que se habían conocido en época universitaria y desempeñaban por entonces pequeños puestos en la administración o la enseñanza de la región. Hay que tener en cuenta además que en aquellos tiempos durante las sobremesas nocturnas no cabía la posibilidad de discutir posibles teorías sobre la paternidad de John Snow, si los superhéroes de Marvel son mejores que los de DC (es obvio que no), o si Gareth Bale es mejor que Neymar (algo evidente, por otra parte). Es por ello que durante la velada a la que me refiero la conversación alcanzó un elevado nivel intelectual y derivó en comentarios sobre lo último que se sabía acerca de inscripciones orientales antiguas. 

 Uno de los comensales se llamaba Georg Friedrich Grotefend, tenía 27 años por entonces y era maestro auxiliar en una escuela comunal. Pues bien en cierto momento un Grotefend al parecer algo ebrio apostó a voces que él, que había estudiado Lenguas Clásicas en la Universidad de Gotinga y era tenido por un buen conocedor de la gramática del latín y de algunos dialectos itálicos extintos, era capaz de descifrar aquellas misteriosas inscripciones de las que no paraban de hablar los filólogos de la época. Yo, de hecho, cuando imagino la escena, no puedo resistirme a añadir en la hipotética conversación algún hispánico exabrupto como “con la punta del nabo” o “me juego los cojones”, los cual en idioma tedesco seguro que suena de forma satisfactoriamente rotunda.

En cualquier caso la reunión terminó y en los días siguientes, ya sobrio, Grotefend asumió sus palabras y a solas en su domicilio se puso a intentar resolver la tarea que se había autoimpuesto. Primero comprobó que realmente la dirección de lectura de las famosas inscripciones era de izquierda a derecha. Algo que, como dije antes, no es tan lógico como nos pueda parecer ya que la mayoría de idiomas orientales (como el árabe o el hebreo) realmente se leen en sentido contrario. Para ello se basó en pequeñas pistas respecto a la orientación de los ángulos con que parecían trazados los símbolos o la dirección predominante en las cuñas que se reflejaban en los mismos.


Aclarado eso Grotefend se fijó en las primeras líneas del texto e identificó un grupo de símbolos que se repetían ostensiblemente. Era una palabra que hacía acto de presencia una y otra vez a lo largo de todo el documento asociada además con otros dos grupos de símbolos que también aparecían en las primeras líneas. Grotefend en una intuición genial se planteó la hipótesis de que esa palabra podía ser la empleada para designar al soberano o “rey” de los persas y que los otros grupos de signos que aparecían siempre al lado de ella y solo de ella a lo largo del texto eran nombres. Nombres de soberanos persas por tanto. Y lo más probable era que, como aparecían citados uno después del otro, debería tratarse de padre e hijo.

Llegados a ese punto Grotefend aún no era capaz de traducir nada, pero en un plano puramente teórico había identificado una estructura de signos que según él venía a significar algo parecido a: Felipe, rey, hijo de Juan Carlos, rey. Pero eso era solo una especulación. Necesitaba algo más. De hecho en las primeras líneas del escrito dicha fórmula se repetía dos veces, pero con un matiz, la primera de las veces faltaban los símbolos que Grotefend había identificado para la palabra rey.

La estructura de la frase por tanto resultaba ser algo así como

B, rey, hijo de A
C, rey, hijo de B, rey.

Esta anomalía le tuvo varios días pensando qué podía fallar. Hasta que lo vió. Si su hipótesis era cierta se encontraba ante una pequeña genealogía. Tenía toda la lógica, el encabezado del texto enunciaba una breve sucesión de generaciones —abuelo, padre e hijo—, de los cuales el padre y el hijo fueron reyes, pero el abuelo no. Si sus hipótesis de partida eran ciertas (que estaba por ver) Grotefend se encontraba ante un edicto o una proclama del estilo

Juan Carlos, rey, hijo de Juan.
Felipe, rey, hijo de Juan Carlos, rey.

Restaba verificar tal presentimiento. Para ello Grotefend se valió de que gracias a los historiadores griegos de la antigüedad los nombres helenizados de los soberanos persas y sus historias personales eran datos más o menos conocidos en su época. Grotefend se dispuso por tanto a buscar dos soberanos persas que descendiesen de un tercer personaje que en cambio no hubiese ostentado el poder supremo y encontró que existían solo un par de posibilidades. Pero además Grotefend observó que los símbolos que, según él, tenían que corresponder a los nombres de esos monarcas escritos en cuneiforme no comenzaban por la misma letra ni diferían demasiado en el número de las mismas. Luego no podía tratarse de Ciro y Cambises. Por tanto los dos monarcas citados eran sin duda Darío y Jerjes (Darío había ascendido al poder siendo el hijo de un simple gobernador de provincia aprovechándose de un período de caos y guerra civil en el seno del Imperio persa) y las líneas de texto mencionadas se traducirían como

Darío, rey, hijo de Histaspes
Jerjes, rey, hijo de Darío, rey

Si eso era cierto ahora solo quedaba sustituir los símbolos por letras. Claro está había una salvedad. Yo estoy transcribiendo todo esto con nombres castellanizados y en su momento Grotefend había partido del uso de información legada por los griegos. Estos llamaban a Darío como Dareios y a su hijo Xerxes. Pero Grotefend era consciente de que eso eran adaptaciones al griego de los nombres originales de tales soberanos pronunciados en persa antiguo, precisamente el idioma en que estaba redactado el documento que intentaba descifrar. Por ejemplo, dentro del escrito en cuestión, justo en el lugar donde se supone que estaba el nombre de Histaspes, solo se veían siete símbolos, es decir siete letras o sonidos. Esto se explica porque según diversas fuentes antiguas se sabía que la pronunciación correcta del nombre Histaspes dado por los griegos era en persa algo parecido a Kistasp.

Faltaba por tanto identificar cuáles eran las correctas pronunciaciones de los nombres de Darío y Jerjes en el idioma persa antiguo y en base a ello sustituir los símbolos de esas dos líneas de la inscripción que Grotefend creía haber descifrado por las correspondientes letras. Luego solo restaría reemplazar a lo largo del extenso relato esas mismas letras cada vez que apareciesen sus símbolos correspondientes, buscar alguna palabra nueva que tras hacer eso quedase casi por completo desvelada a falta solo de una o dos letras y seguir el proceso de deducción hasta descifrar todos los sonidos del persa antiguo (que resultaron ser cerca de cuarenta, más diversos signos específicos para precisar por ejemplo la pronunciación de vocales largas y cortas), identificar su equivalencia en escritura cuneiforme y finalmente a partir de ahí llevar a cabo la traducción del idioma al completo. Iba a ser un camino largo, pero los primeros pasos estaban dados.

Pronto surgieron las complicaciones pese a todo. A finales del año 1802 Grotefend presentó una memoria de sus descubrimientos a la Academia de Gotinga, pero esta rehusó publicar sus conclusiones. El trabajo deductivo llevado a cabo por Grotefend, que más o menos he intentado resumir muy por encima en los párrafos previos, les parecía demasiado especulativo y cogido con pinzas. Grotefend sin embargo persistió y consiguió publicar sus teorías años después, en torno a 1815, pero la mayor parte de investigadores de su tiempo las obviaron por completo, hasta que décadas después, a mediados de los años 30, el francés Eugene Burnouf y el noruego Christian Lassen establecieron que los nombres de Darío y Xerxes en su lengua original eran algo así como Daryavus y XsyarsaA partir de entonces se tenían casi todos los elementos para descifrar el persa antiguo puesto que sumando a la argumentación de Grotefend las aportaciones de Lassen y Burnouf era posible deducir de forma directa más o menos un tercio de las letras de aquel lenguaje y a partir de ellas el resto.

No obstante tuvo que ser otra persona la que diese el paso, en este caso un militar británico llamado Henry Rawlinson destinado en Oriente al servicio de la British East India Company. Entre misión y misión, a caballo entre 1837 y 1843, Rawlinson se hizo descender con cuerdas por la ladera de la montaña donde se hallaba la famosa inscripción de Behistún y realizó una copia exacta de la misma. Luego, apoyándose en los trabajos de Grotefend, Lassen y Burnouf, llevó a cabo la primera traducción completa de dicho texto, lo que a su vez implicó casi de facto el definitivo desciframiento del persa antiguo y de los mecanismos para su transcripción en cuneiforme. Acto seguido Rawlinson publicó en dos partes, entre los años 1847 y 1849, una memoria dando cuenta de sus hallazgos, tras lo cual el mundo académico de la época se aprestó a dar el siguiente paso: ya se sabía por tanto lo que ponía la parte en persa de la inscripción, a continuación se trataba de desentrañar las otras dos lenguas que aparecían grabadas en la roca y que, por fuerza, contenían exactamente el mismo texto. 

Pero llegado ese punto surgieron nuevos problemas y desafíos. Al examinar los otros tipos de escritura se hizo pronto un descubrimiento decepcionante: el tipo I (el persa antiguo) era una escritura que se podía comparar en cierta forma con nuestro alfabeto actual, donde cada signo equivale a un sonido; es decir como ya he mencionado en el caso de los fragmentos de escritura cuneiforme transcribiendo persa antiguo cada signo cuneiforme, por regla general, equivalía también a una letra, lo que en última instancia había facilitado mucho el desciframiento. Pero en los otros tipos de escritura presentes en la inscripción de Behistún cada signo representaba frecuentemente una sílaba, e incluso a veces una palabra. Peor aún, había ocasiones –y no pocas precisamente- en las cuales un solo signo cambiaba su significado en función del resto de signos con los que se encontrase asociado. Así por ejemplo varios signos silábicos que en ciertos casos servían para representar un sonido determinado, al aparecer unidos formando un grupo perdían su valor original y pasaban a expresar un concepto general. Es decir un mismo signo podía tener múltiples traducciones dependiendo del contexto y de los signos que lo rodeaban dentro de una frase.

Descifrar ese puzzle iba a ser una pesadilla. Sin embargo pronto sucedieron varias cosas positivas que ayudaron a superar los problemas. En primer lugar a la carrera para desentrañar la siguiente pieza del rompecabezas se sumó en ese momento el irlandés Edward Hincks y, en segundo lugar, tanto él como el propio Rawlinson contaron con la ayuda de diversos descubrimientos arqueológicos llevados a cabo en aquellos años.

En 1842 Paul Emile Botta, por entonces cónsul francés en la ciudad de Mosul, halló las ruinas de una antigua ciudad que confundió con la bíblica Nínive. En realidad se trataba de la ciudad asiria de Dur-Sharrukin (Khorsabad), pero en cualquier caso el equívoco sirvió para estimular la llegada a la zona de curiosos, arqueólogos y aventureros, interesados en buscar restos en el subsuelo de las planicies de la ribera Este del río Tigris en su curso alto, en tierras del actual Irak. Uno de ellos era el británico Austen Henry Layard que solo cinco años después descubrió no muy lejos de donde había excavado Botta, bajo un montículo llamado Kouyunjik, las verdaderas ruinas de Nínive y en ellas diversos palacios pertenecientes a los míticos reyes Senaquerib y Asurbanipal. En dichos palacios aparecieron luego dos grandes montones de tabletas de barro conteniendo escritos en cuneiforme, los cuales en conjunto forman lo que se vino en llamar como “biblioteca de Asurbanipal”. De allí proceden narraciones como el famoso poema de Gilgamesh o el Enuma Elish, el mito babilonio de la creación, del cual procede a su vez casi todo el relato del Génesis adoptado por los judíos y luego por los cristianos (aunque desentrañar todo eso llevaría aún décadas). Pero en cualquier caso lo que nos interesa hoy es que de las excavaciones en aquel sitio empezaron a fluir, a partir de 1849 aproximadamente, miles de tablillas conteniendo textos caligrafiados a través de diversos sistemas de cuneiforme. Toda esa documentación proporcionó a los investigadores que seguían la pista del cuneiforme un amplio material de trabajo con el que realizar comparaciones y verificaciones.

Gracias a ello en 1851 Hincks y Rawlinson ya eran capaces de traducir con éxito unos 200 signos de otro de los tipos de escritura presentes en la inscripción de Behistún, en este caso la versión del texto en babilonio. Y a partir de ahí se podía seguir tirando del hilo. El antiguo babilonio constituía, junto con el asirio, una variante, una derivación, del aún más antiguo idioma acadio y a su vez el elamita cuneiforme (tercer idioma presente en la inscripción de Behistún) era una adaptación del cuneiforme acadio. Por tanto a partir de la traducción persa resuelta se podían así ir deduciendo el resto de idiomas empleados en Oriente Medio durante la antigüedad.

Asimismo durante los siguientes años se unieron al esfuerzo llevado a cabo por Rawlinson y Hicks otros especialistas como el francoalemán de orígenes judíos Julius Oppert, quien aportó conocimientos de sánscrito que podían resultar útiles para aquilatar aún más la transcripción del persa antiguo, así como el inventor británico William Henry Fox Talbot, conocido luego por ser uno de los pioneros de la técnica fotográfica.

Finalmente en 1857 los cuatro hombres se encontraron en Londres para una legendaria reunión en la sede de la Royal Asiatic Society. El secretario de la institución por entonces, Edwin Norris, entregó a cada uno de ellos una copia de una inscripción en acadio descubierta hacía poco en Qalat Shergat y procedente del reinado del monarca Tiglatpileser, soberano de Asiria entre los años 1114 y 1076 a.n.e. A continuación los cuatro hombres procedieron a intentar traducirla, cada uno por separado, tras lo cual se realizó una comparación de los resultados. Y los mismos básicamente coincidieron, lo que constituía una prueba de que los especialistas contaban a partir de entonces con su particular máquina Enigma para descifrar los documentos antiguos escritos en prácticamente todas las posibles variedades de cuneiforme. 

  Culminaban así décadas de aventura intelectual durante las cuales, a través de un proceso deductivo impecable y genial, se había desentrañado la lógica de un sistema de escritura desconocido y casi toda la panoplia de lenguas extintas asociadas al mismo. Acto seguido, partiendo de esa base, se llevaría a cabo la deducción de la (supuesta) historia de las culturas asociadas a dichas lenguas mediante la traducción de sus restos documentales y el análisis de sus vestigios arqueológicos. Todavía en 1974 el italiano Paolo Pettinato descifró una nueva lengua asociada al cuneiforme y hasta entonces desconocida: el eblaita. Pero, por una vez, este segundo proceso casi desmerece al humilde esfuerzo de los lingüistas que lo precedieron y que se impusieron al enigma de partida como quien cruza un caudaloso torrente saltando de piedra en piedra. 

2 comentarios:

  1. Añadamos a esta bonita historia a Samuel N. Kramer.

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  2. Y el ibero ahí anda ...sin saberse apenas nada ,pese a su similitud con el etrusco ..y a las Runas del norte de Europa

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