sábado, 23 de abril de 2016

La poética de Aristóteles


Durante cientos de años los monjes han escrito lo que tomamos por nuestra historia. Creo que en cambio han suprimido nuestra verdadera historia y escrito una que le es favorable a Roma.

Interesante reflexión salida de la boca del personaje de Thomas Cromwell (Mark Rylance) durante el capítulo segundo de “Wolf Hall”






El Monasterio de Santa Catalina está situado a los pies del Monte Sinaí en el lugar donde ciertas tradiciones afirman que Moisés habló con Dios bajo la forma de una zarza que ardía sin consumirse (si bien no existe ningún tipo de evidencia probatoria de que tal hecho sea algo más que una fantasía). Su fundación se remonta al primer tercio del s. VI, en la época del emperador bizantino Justiniano, aunque por entonces se tomó como punto de partida de las obras una pequeña capilla previamente existente y que había sido construida a su vez por iniciativa de la madre del emperador romano Constantino durante la primera mitad del s. IV. En la actualidad el lugar pertenece a la jurisdicción de la Iglesia Ortodoxa.


Es un lugar muy interesante por varias razones. En primer lugar porque posee una de las mayores colecciones de códices medievales del orbe cristiano, solo superada por los fondos ubicados en el Vaticano. Asimismo en el terreno del arte su colección de iconos antiguos no tiene parangón en todo el mundo ortodoxo gracias a que, merced a su ubicación geográfica aislada, el monasterio se libró de las destrucciones de obras que el movimiento iconoclasta llevó a cabo durante los siglos VIII y IX.

Sin embargo hay una última peculiaridad que explica el esplendor que dicho monasterio llegó a alcanzar en tiempos medievales y sobre todo el que lograse sobrevivir en territorio musulmán hasta el presente sin haber sufrido daños relevantes ni saqueos.

Y es que debió ser grande la sorpresa de las tropas musulmanas cuando tras conquistar la región (años después de la muerte de Mahoma) y acercarse al monasterio descubrieron que el Profeta había sido un grandísimo amigo de los monjes del lugar como “demostraba” una especie de carta de privilegios firmada a favor de estos últimos por el mismísimo Mahoma. Documento que los hermanos de la congregación se apresuraron a mostrar a los invasores como prueba de tal amistad.

Al parecer Mahoma había sido muy aficionado a visitar el enclave para discutir en secreto con los monjes del lugar cuestiones teológicas. Por ello en el documento citado, se supone que en previsión (es lo que tiene ser un profeta) de un futuro próximo en que él ya no estuviera en este mundo pero sus tropas ocupasen Egipto, concedía a los cristianos de la zona en general y a los monjes de Santa Catalina muy en particular, una protección total y, cómo no, una generosa exención fiscal de ciertos impuestos. Faltaría más.

Obviamente, por decirlo de un modo suave, dicho texto es con toda probabilidad una impresentable falsificación. Curiosamente es en el mundo musulmán donde rara vez se ha desafiado la autenticidad de tal documento debido a la escasa costumbre de revisar de forma crítica tradiciones o historias relativas a la persona de Mahoma o sus supuestos viajes fuera de Arabia. Por el contrario dentro del mundo occidental no han faltado los investigadores que han puesto de manifiesto las incongruencias acumuladas en torno al mencionado "salvoconducto". Para empezar resulta improbable, por decirlo de algún modo, que Mahoma, un personaje histórico del que existen dudas de que supiese siquiera leer o escribir y que en todo caso no dejó tras de sí documento alguno explicitando cosas tan importantes como los términos de su sucesión, su herencia, o su pensamiento (de tal forma que el Corán y en general todas las primeras tradiciones islámicas fueron puestas por escrito con posterioridad a su muerte y por boca de personas que aseguraban haber conocido o escuchado al Profeta), se hubiese molestado en cambio en legar para la posteridad un escrito dedicado a un tema muy menor.

Eso a la vez que el pergamino en cuestión está decorado entre otras cosas con el dibujo de una primitiva mezquita con minarete, como ambientación, pese a que hoy sabemos que los minaretes no se empezaron a emplear hasta mucho tiempo después de la muerte de Mahoma.

Lo curioso del caso, además, es que a rebufo de ese texto pronto aparecieron otros sospechosamente parecidos a lo largo de Oriente Medio, como una supuesta carta de Mahoma que protegió durante algún tiempo a los cristianos nestorianos de Najrán en el actual Yemen, al Sur de la Península Arábiga.

En cierta forma la “jugada” fue devuelta a finales del s. XVI a través de los famosos Plomos del Sacromonte, una serie de planchas circulares de plomo grabadas con dibujos indescifrables y textos en latín acompañados de extraños caracteres árabes. Esos "plomos" fueron hallados en Granada e interpretados como una especie de nuevo Evangelio que habría sido revelado en árabe por la Virgen para ser divulgado específicamente en España.

Parece claro hoy en día que se trató de una falsificación, realizada por moriscos de alta posición social, en un intento de limar asperezas y conciliar el cristianismo con el Islam, todo ello durante el período posterior a la rebelión de las Alpujarras y previo a la posterior expulsión de dicha comunidad de España unas décadas después.  

No obstante fue en el seno de la sociedad cristiana durante la Edad Media donde este tipo de fraudes resultaron más frecuentes. Uno de los más famosos es la Donatio Constantini, un supuesto decreto imperial atribuido a Constantino I según el cual, como signo de gratitud por haber sido milagrosamente curado de la lepra (de lo cual, por supuesto, no existe evidencia histórica alguna), se donaba al Papado en tiempos de Silvestre I, durante el primer tercio del s. IV, el gobierno de la ciudad de Roma y sus alrededores en el centro de Italia, así como también el derecho para intervenir en asuntos temporales relativos al gobierno de todo el resto del territorio italiano y en general de las provincias del Imperio Romano de Occidente.

Dicho documento celosamente guardado en el Vaticano se usó para estimular y a la vez legitimar la donación de importantes extensiones de terreno en el centro de Italia por parte de los monarcas francos Pipino el Breve (Donación de Pipino) y Carlomagno entre finales del s. VIII y principios del s. IX. Territorios que en adelante pasaron a ser controlados por la Iglesia como dominios particulares en algunos casos hasta el s. XIX.

Y sin embargo que tal “Donación” era un fraude ya fue probado por el humanista italiano Lorenzo Valla (1407-1457) en torno al año 1440 en su obra De falso credita et ementita Constantini Donatione declamatio. Sin necesidad de métodos o conocimientos como los que tenemos en la actualidad, a través de sencillos argumentos filológicos, Valla razonó que el lenguaje y en concreto muchas de las palabras usadas en el documento simplemente no existían en el latín de los años finales del Imperio Romano, o de existir lo hacían con un significado distinto al que se les da en el texto, en el cual es posible además apreciar giros verbales y expresiones propias de mediados del s. VIII. Todo ello imposibilita que la "Donación" fuese redactada por iniciativa de Constantino o algún otro emperador o funcionario tardoimperial. Interpretación que se mantiene hasta hoy. 

Por supuesto en su día lo denunciado por Lorenzo Valla no cambió gran cosa. Solo unas décadas después un burócrata al servicio del Vaticano dio luz a otra elaborada falsificación, en este caso conocida actualmente como el Pseudo-Beroso. El amaño consistió en el hallazgo sorprendente de una serie de textos supuestamente perdidos procedentes de una fuente clásica real, Beroso, un sacerdote mesopotámico de época Helenística activo a comienzos del s. III a.n.e. en el Imperio Seleúcida bajo el reinado de Antíoco I Soter. Todo ello con la intención de solucionar diversas lagunas en relatos bíblicos y contrastarlos con fuentes antiguas independientes en apariencia.

En general existen docenas sino cientos de amaños documentales (que sepamos) llevados a cabo por abades, obispos y escribanos de todo tipo al servicio de la Iglesia, sacando partido político y/o económico al hecho de que durante los siglos medievales, y aun durante los comienzos de la Edad Moderna, dicha institución controlaba la cultura y la mayor parte de documentos de propiedad en un tiempo donde poca gente entre la población civil, incluidos los nobles, sabía siquiera leer. A lo largo de casi un milenio resultó muy tentador para la jerarquía eclesiástica el aprovecharse de ello cada vez que se encontraba frente a desafíos políticos o necesidades pecuniarias. 

Por ejemplo, en la Península Ibérica el Monasterio de Sant Quirze de Colera en Cataluña, ante las presiones del conde de Empúries, se sacó de la manga en la primera mitad el s. IX un supuesto precepto real de Carlomagno autorizando la fundación del enclave y otorgándole diversas posesiones.

Incluso en ocasiones los fraudes no provenían propiamente de la Iglesia como institución sino que eran encargadas por el propio poder político, principalmente las monarquías del período, mientras que los hombres de Iglesia de tal o cual región, como escribanos especializados de la época, se limitaban a llevar a cabo el encargo a veces contra los propios intereses de su institución en otras partes. Es el caso de una supuesta bula de Nicolás IV falsificada por encargo del rey Sancho IV de Castilla a finales del s. XIII.

Del espinoso tema de las reliquias falsificadas y los milagros inventados en el período mejor no hablar, porque además es un tema bien conocido. Hoy sabemos que la inmensa mayoría, por no decir la totalidad, de las reliquias halladas durante la época eran falsas. Asimismo gran parte de los santos canonizados a lo largo del medievo ni siquiera existieron, un problema que hoy en día afecta hasta a las propias Iglesias católica y ortodoxa que, todo hay que decirlo, intentan desde hace décadas poner orden y expurgar un tanto las inmensas listas de mártires del período separando los auténticos de los falsos. Tarea titánica en la que les deseo suerte.

El propio monasterio de Santa Catalina del que hablaba el comienzo de este texto tuvo la fortuna de que en el s. X apareciesen muy oportunamente las reliquias de Santa Catalina de Alejandría en una cueva cercana, lo cual convirtió al monasterio en un próspero centro de peregrinaje. Conociendo a los monjes del lugar no carece de sentido el mostrarse susceptible en extremo ante sus continuos golpes de buena suerte. Igual que sucede con Santiago de Compostela, el ejemplo por excelencia de lucrativo y exitoso centro de culto y peregrinación surgido en torno a un fraude. Aunque a menor escala este tipo de fenómenos se reprodujeron por doquier. Es el caso de la Abadía de Glastonbury en Inglaterra. Dicha abadía sufrió un gravísimo incendio en 1184 tras el cual los monjes del lugar se encontraron ante graves problemas para encontrar los fondos necesarios de cara a una necesaria reconstrucción. Qué afortunada casualidad sin embargo cuando unos pocos años después esos mismos monjes se toparon con las tumbas del rey Arturo y su esposa Ginebra, lo cual ayudó a que el enclave se convirtiese de nuevo en uno de los más ricos del entorno.

Obviamente Arturo y Ginebra son obra del mito construido, entre otros, por Geoffrey de Monmouth, pero ha resultado muy difícil separar la leyenda de la realidad histórica hasta casi tiempos recientes. Eso ha sido debido a que el mismo Geoffrey de Monmouth, a través de su Historia Regum Britanniae, es una de las pocas fuentes documentales que poseemos para reconstruir la historia de aquellos tiempos, aunque su legado consista en textos profundamente fantasiosos, inexactos e ideologizados.

Y llego a lo que deseaba situar en la palestra hoy. En lo relativo al problemático rol de la Iglesia, en particular durante los siglos medievales, es muy común cierto tipo de discurso centrado en resaltar el papel de dicha institución como baluarte que mediante su incesante labor de copia, desarrollada en los monasterios distribuidos por todo Occidente, permitió la conservación de la mayor parte del saber procedente de la antigüedad.

A ese respecto creo que comienza a ser la hora de realizar tres importantes puntualizaciones de cara a matizar de forma significativa dicho discurso.

1) En primer lugar, buena parte del saber de la antigüedad no se perdió debido a las destrucciones y saqueos que ocurrieron durante las invasiones "bárbaras" que aquejaron al Imperio romano en su fase final, o más adelante a manos de húngaros, vikingos o musulmanes durante las llamadas “segundas invasiones” acaecidas durante los s. VIII y IX. Por supuesto todo lo anterior influyó. Influyó mucho. Pero existió un proceso previo desarrollado en la tardorromanidad en paralelo a la institucionalización de la Iglesia católica y su simbiosis con el poder político romano. Y es que, aunque poca gente gusta de recordarlo, de cara a culminar de forma satisfactoria su paso desde la clandestinidad a la cúspide del poder, la propia Iglesia se mostró muy interesada en eliminar a sus rivales de aquel tiempo, en particular diversas instituciones “paganas” que eran las que por entonces controlaban la cultura.

Es decir si la Iglesia se convirtió a comienzos de la época medieval en la gran guardiana de los libros y del conocimiento en Occidente fue entre otras cosas porque previamente se dedicó, durante los siglos IV y V especialmente, a estimular la destrucción de bibliotecas y el cierre de prácticamente toda institución asociada al saber científico por entonces, en tanto que dichas instituciones estaban controladas por filósofos, retóricos y eruditos de cultura esencialmente pagana lo cual representaba una amenaza para la pujante Iglesia en ascenso. En cierta forma hablamos de una olvidada purga de intelectuales, que como digo en aquella época aún se mantenían en su mayoría apegados al “saber pagano” sobre todo en las zonas orientales del Imperio, llevada a cabo por las clases bajas urbanas de algunas zonas del mundo romano, por entonces ya mayoritariamente cristianas y en buena parte semianalfabetas.


A ese respecto, por poner una fecha de comienzo al proceso, en el año 346 se produjeron persecuciones a gran escala contra los paganos en Constantinopla las cuales entre otras cosas implicaron el destierro del famoso orador Libanio acusado de “mago”. Años después, en el 354, en paralelo a un edicto contra los templos paganos se produjo una primera quema de bibliotecas de varias ciudades del Imperio. A rebufo de lo anterior en el año 364 el fugaz emperador cristiano Joviano ordenó la quema de la biblioteca de Antioquía. Poco después fue quemado vivo el filósofo Simónides y decapitado el filósofo Máximo. En el 381 se produjo una nueva oleada de quema y saqueo de bibliotecas paganas. En el 388 el emperador Teodosio (aunque en casi todos estos casos es evidente qué institución favorecía y presionaba desde la sombra en favor de la adopción de este tipo de medidas), decretó a su vez la prohibición de charlas públicas sobre temas religiosos (lo que de facto impidió en adelante a cualquier filósofo o historiador pagano del período difundir abiertamente tesis contrarias a las enseñanzas de la Iglesia).

En esa línea, en torno al 391, una multitud de cristianos enfervorizados destruyeron el Serapeum de Alejandría. Con ello desaparecieron los últimos grandes conjuntos de rollos de papiro que sobrevivían por entonces de lo que una vez fueron los fondos de la famosa Biblioteca de Alejandría.

En el Cuarto Concilio Ecleasiástico celebrado en Cartago en el año 398 se prohibió además el estudio de los libros de los paganos. En torno al 415 o 416 fue asesinada Hipatia en Alejandría (el instigador de su muerte, el patriarca Cirilo, acabaría siendo considerado uno de los Doctores de la Iglesia) y junto con ella desapareció además todo rastro de su biblioteca personal, que no debía ser nada despreciable. Más adelante, en el año 448, en la parte oriental del Imperio, Teodosio II ordenó una nueva quema de libros no cristianos. En las décadas siguientes se sucedieron las persecuciones esporádicas de pensadores que se mantenían aferrados al paganismo, entre ellos el médico Jacobo y el filósofo Gesio. En el año 529 fue clausurada la famosa Academia de filosofía de Atenas (donde había enseñado Platón) y se confiscaron sus propiedades. Todo ello hasta que a mediados de ese siglo ardieron las últimas bibliotecas paganas importantes (lo que por entonces equivalía a decir las últimas bibliotecas a secas) que resistían en el entorno mediterráneo. 

Como se ve la Iglesia en origen hizo bastante más que los ostrogodos o los francos para poner en jaque el saber clásico que luego se arrogó la tarea de “proteger”.

2) En realidad la “conservación” de parte de la cultura de la antigüedad en manos de la Iglesia fue en realidad una purga, en tanto que la Iglesia se dedicó, una vez conseguido el control absoluto de la cultura en Europa llegado el s. VI más o menos, a destruir todo tratado que hubiese sobrevivido a ese proceso descrito y que se considerase que albergaba teorías o saberes “peligrosos” o contrarios a las enseñanzas cristianas. Es así como la Iglesia católica (luego también la ortodoxa en Oriente a partir del cisma del s. XI), centró sus esfuerzos en copiar y conservar esencialmente libros que no entraban en confrontación con su doctrina. Y, más aún, libros sobre todo de materias determinadas, como la filosofía o las grandes crónicas históricas, mientras que los tratados antiguos de geometría, agrimensura o medicina eran en muchos casos ignorados, ya que no “servían” de cara a los intereses de la Iglesia focalizada en acumular y difundir un saber teológico completamente desvinculado de las necesidades prácticas de la sociedad de su tiempo.

Es muy interesante al respecto la cuestión de los palimpsestos. Ante la escasez y el precio del pergamino, al menos durante los primeros siglos de la Edad Media (antes de que los musulmanes introdujesen en Europa el invento del papel, procedente de China, mucho más barato y fácil de producir), fue frecuente que los monjes cristianos raspasen viejos tratados sobre papiro o pergamino, para borrar la tinta y poder escribir encima los textos que de verdad les importaban. Es una cuestión muy significativa digo, porque hoy en día se han desarrollado algunas técnicas para intentar leer los restos de escritura borrada. Es así como se han logrado recuperar muchos trabajos de jurisconsultos romanos, como las Instituciones de Gayo (un trabajo de referencia en la enseñanza del Derecho en la antigua Roma) raspadas para escribir encima las obras de San Jerónimo, también De re publica de Cicerón, los Elementos de Euclides raspados a su vez para transcribir encima textos de un predicador cristiano de Antioquía, o el famoso Palimpsesto de Arquímedes, una copia de un tratado desconocido del celebérrimo Arquímedes que fue borrada en el s. XIII para redactar sobre ella un compendio de oraciones.

Por tanto si han sobrevivido hasta nuestros días varios de los estudios donde se contiene la parte quizás auténticamente relevante del saber antiguo, al menos en el terreno práctico, en muchos casos ha sido debido no tanto a los copistas cristianos, sino al puro azar o la intermediación de los musulmanes asentados en territorios de la antigua parte oriental del Imperio y muy interesados por las matemáticas, la medicina, o la astronomía, gracias a lo cual ayudaron a conservar múltiples obras en griego que cayeron en sus manos.

3) Pero en última instancia lo peor de la labor de "conservación de la cultura" llevaba a cabo por la Iglesia no es que implicase ocasionalmente la purga y destrucción, así como una fuerte limitación para el surgimiento de nuevas ideas (aspecto del que ni me voy a dignar hablar), sino que, como me he dedicado a contar al comienzo de estas líneas, frecuentemente supuso sobre todo la contaminación. Por un lado a través de la invención pura y simple de documentos y por otro mediante la adulteración de documentos ya existentes, borrando o cambiando cosas o incrustando añadidos al texto para que se adaptase mejor a los intereses de la Iglesia.  

Un ejemplo son los pasajes de Tácito en los que se resalta que las víctimas de la llamada persecución de Nerón fueron los cristianos. Sin embargo resulta que a comienzos del s. II, cuando Tácito supuestamente escribió eso, el término cristiano no solía usarse para designar a los seguidores de cierto profeta judío. Es más, en la época del incendio de Roma durante el reinado de Nerón el número de “cristianos” en la ciudad debía ser insignificante por decir algo (a ese respecto resultan además muy dudosos mitos como el de que Pedro visitó Roma en aquellos tiempos y fue martirizado allí, leyenda difundida mucho tiempo después debido a intereses políticos del patriarca de Roma de cara a hacerse con la supremacía y el control de la creciente burocracia de la Iglesia en detrimento de otras posibles sedes, como Antioquía o la propia Jerusalén).

Claro está los quince libros de los Anales de Tácito nos han llegado no en su forma original sino a través de copias posteriores realizadas por monjes y escribas medievales. Así que es muy probable que donde se decía “judíos” se cambiase la palabra por “cristianos”. Planteaos la relevancia de ese cambio, si es que se produjo, de cara a interpretar las famosas persecuciones de “cristianos” del s. I y sus hipotéticos martirios en el circo, en una época en que como digo su presencia en Roma resultaba por completo minoritaria y eran los judíos (por entonces recientes protagonistas de una virulenta revuelta contra el Imperio aplastada a sangre y fuego) así como los últimos druidas celtas los objetivos favoritos de las persecuciones religiosas romanas. De hecho no es descartable a la luz de lo anterior que históricamente parte de las "terribles" persecuciones a cristianos que nos relatan algunos padres de la Iglesia solo se hubieran producido en su imaginación. A fin de cuentas las estamos dando por buenas en función de referencias documentales muy escasas transcritas además por fuentes muy interesadas en el asunto, por decir algo.

Surge así la incómoda cuestión. ¿Cómo podemos hoy en día separar lo verdadero de lo falso en la masa documental que pasó por las manos de los copistas eclesiásticos durante los siglos medievales?. El problema es monstruoso para los historiadores, particularmente debido a que existen siglos enteros de la historia del período donde las exiguas referencias textuales que hasta hoy se han ido dando por buenas (a falta de otra cosa) proceden en exclusiva de fuentes eclesiásticas profundamente contaminadas por todo esto que acabo de decir. Pensemos por ejemplo en lo que toca a España. Hasta hace poco casi todo el relato sobre el fin del reino visigodo de Toledo y la génesis del proceso de Reconquista durante el s. VIII se ha construido dando más o menos por ciertas las famosas Crónicas Asturianas (Albeldense, Profética y Rotense o ad Sebastianum), las cuales además de ser escritas avanzado el s. IX, con bastante posterioridad a los sucesos que pretenden reflejar, manifiestan un trasfondo de intereses políticos y condicionamientos ideológicos como poco muy evidente. Encima para buena parte de los siglos posteriores contamos con narraciones de tipo semejante como la Historia Compostellana, es decir materiales que por así decirlo cojean del mismo pie, todos ellos redactados por eclesiásticos del período imbuidos de tremendos prejuicios ideológicos, limitados en bastantes casos por una falta total de datos probados y referencias directas sobre aquello que pretenden narrarnos, e insertos en un red de intereses políticos muy importante.  

Estamos hablando de que para siglos enteros de nuestra historia el único material escrito que ha sobrevivido ha sido el que ha tenido a bien legarnos la Iglesia medieval, institución que como aquí se ha apuntado someramente, practicaba casi por sistema la manipulación, alteración, falsificación o expurgación de todo texto que pasaba por sus manos para adaptarlo a sus intereses y peculiares puntos de vista. Ante eso, en el presente, solo nos resta usar como defensa la pura lógica y la recensión desde una perspectiva muy crítica de todo el material que nos ha llegado a través de fuentes eclesiásticas. Algo que no siempre se ha hecho, al menos hasta tiempos recientes. 

10 comentarios:

  1. Buenísimo artículo. Menos extenso que otros que has publicado pero mucho más concreto. Casi excelente. Además plantea algo que siempre es interesante. La duda.

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    1. La duda exactamente. Por eso lo peor de esto que he comentado hoy no es la pérdida de tratados y saberes mediante la purga o destrucción, sino que es la alteración o falsificación de otros documentos. Porque eso ahora nos obliga siendo rigurosos a dudar de casi todo lo que nos ha llegado, incluso de documentos que quizás son auténticos o más o menos exactos. Pero es que en buena parte de los casos no podemos estar realmente seguros de eso.

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  2. Lo primero enhorabuena por el artículo John Surena, siempre es un placer leerte. ¿Podrías concretar más sobre Santiago de Compostela? Yo tengo un amigo que apunta a que en realidad está enterrado allí (en la localidad) que se trata de Prisciliano, el de la herejía.

    También comentar que me resulta interesante la hipótesis que apuntas de sustituir "cristianos" por "judíos"; pero es una pena que no puedas respaldar estas teorías, creo que te encuentras en el mismo punto de los que nieguen todo lo que dices.

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    1. Sobre Santiago de Compostela no me voy a extender. Es una cuestión como puede ser la de la Sábana Santa. Hay información de sobra para el que esté interesado, aunque es verdad que mezclada, al menos en la red, con todo el misticismo religioso y turístico que envuelve esas cuestiones. Es posible que el lugar de culto surja en torno a un enterramiento de alguna personalidad importante anterior o no, algún proceso de sincretismo… pero desde luego esa hipotética personalidad enterrada allí no se corresponde con el apóstol citado en los Evangelios.

      Sobre el resto es que no espero poder demostrar nada. De hecho no creo que se pueda. Esta ha sido una entrada digamos liviana donde no pretendo ilustrar en detalle un tema, solo volcar dos o tres ideas muy generales. Y de cara a sustentarlas un poco he puesto algunos ejemplos sueltos.

      La cuestión es simple. No se puede probar que tal o cual texto antiguo sea falso (o quizás algunos se puede, a través del razonamiento o la comparación con fuentes alternativas cuando estas existen). Pero es que el problema es que tampoco se puede probar que sea verdadero porque apenas existen materiales con los que contrastar la mayor parte de crónicas “históricas” que se han dado por buenas durante mucho tiempo.

      Es más existen más probabilidades de que ese tipo de textos y autores mientan que de lo contrario porque existen evidencias de lo profundamente ideologizados que estaban.

      En Historia hay como una mentalidad de fiarse de mala gana (y con razón) de la arqueología hasta que POR FIN tenemos textos. Aleluya. Y el caso es que los textos hasta bien entrada la Edad Moderna, como poco, son una trampa mortal.

      Hoy he cargado mis tintas contra los cronistas monásticos medievales. Que es evidente que mienten y jamás trabajaban de forma imparcial sino que se dedicaban a glorificar el linaje de sus señores feudales o el papel de la Iglesia. Pero es que los autores griegos y romanos, de los cuales nos fiamos a veces con los ojos cerrados (si lo dicen Polibio o Herodoto será verdad), en realidad no tienen visos de ser mucho más fiables. Los historiadores romanos por ejemplo son meros esclavos al servicio de la glorificación del poder y los griegos lo son al servicio de la propia gloria de los helenos y de glosar su superioridad respecto a los “bárbaros”. Y pese a ello el relato que hacen griegos y romanos de las Guerra Médicas o de las guerras púnicas nos lo tragamos casi en su totalidad.

      Como nos tragamos luego lo que nos cuentan de la Reconquista sus herederos.

      O las crónicas de la conquista (y esto es tremendo) que escriben los conquistadores españoles en América.

      Si hoy no nos podemos fiar de lo que escriben en nuestras narices los periodistas de El País o el ABC ¿vosotros os creéis que nos podemos fiar de lo que escribe toda esa gente?

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  3. Esta entrada me ha venido como anillo al dedo. Precisamente el domingo charlaba con un amigo precisamente sobre esto. Me refiero al valor que algunos historiadores dan a ciertos documentos, como prueba de que las cosas pasaron del modo que describen. Puestos a dudar, lo cual siempre es saludable, sometamos también a escrutinio las fuentes documentales.

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  4. Una gran entrada, ha sido un goce leerla. Pero cuando la he leído me ha surgido una duda: la palabra sátrapa no existía en latín,¿ pero los sátrapas y las satrapías no existían desde mucho antes? Desde la total ignorancia pregunto.

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    1. Excelente pregunta porque además me permite darme cuenta y aclarar un fallo mío al intentar poner dos ejemplos rápidos.

      Antes de nada, para que lo veáis vosotros mismos. Aquí está el texto de la Donación de Constantino en latín con su traducción al inglés.

      http://history.hanover.edu/texts/vallapart1.html

      Y aquí podéis consultar el texto original de la crítica de Valla en latín con traducción al inglés a la derecha.

      http://history.hanover.edu/texts/vallapart2.html

      Lo que dice Valla es un poco más complejo de lo que he pretendido resumir a la carrera y de ahí la confusión. Básicamente que en el texto de la Donación hay palabras que no existían en el latín de su época y otras que sí existían pero que en la Donación se usan con un contexto o un sentido que no era propio de los documentos tardorromanos sino del lenguaje de mediados del s. VIII.

      La palabra sátrapa sí existía en el mundo romano. Fallo mío al explicarlo. El problema es que en el texto de la Donación (casi al principio) se usa como sinónimo de funcionario romano, concretamente en la frase:


      Utile iudicavimus una cum omnibus SATRAPIS nostris, et universo senatu optimatibusque meis, etiam et cuncto populo Romanae gloriae imperio subiacenti

      Y esto es algo que simplemente no puede ser. Un emperador o un burócrata romano, siquiera al final del Imperio, jamás habría denominado “sátrapas” a magistrados o gobernadores provinciales propios.

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    2. Gracias por aclarar mi duda. Espero que tus próximas entradas sean tan interesantes como ésta.

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  5. Si es que en realidad el trabajo de Lorenzo Valla desenmascarando falsos del período, daría perfectamente para una entrada parecida a la que he escrito sobre el desciframiento del Lineal B, por ejemplo. Se podría hablar en detalle del razonamiento seguido o del contexto político de la época. Esto último resulta muy interesante, ya que hay que enmarcar el trabajo de Valla dentro de la pugna entre Alfonso V de Aragón (el patrón de Lorenzo en aquel momento) contra el Papa. Alfonso estaba interesado en hacerse con el reino de Nápoles y el Pontífice en impedírselo. De ahí que el monarca use al intelectual como un arma de guerra más, en cierta forma como un primitivo departamento de propaganda. Solo que una propaganda en este caso cierta basada en desenmascarar una superchería del rival. Pero no estamos hablando de una cuestión puramente filológica sin importancia sino de una lucha política sorda y encubierta.

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