sábado, 5 de marzo de 2016

La ciudad húmeda


No es lo que no sabes lo que te pone en problemas, es lo que crees que sabes cuando resulta que no es así.

Mark Twain. 





A comienzos de cada mes suelo repasar una lista de páginas y revistas de arqueología que he ido seleccionando con el tiempo, todo ello con el propósito de ponerme al día periódicamente acerca de lo que se va publicando y ya de paso tomar nota de referencias que me puedan resultar útiles por ejemplo de cara a este blog.

En cuanto a eso último rara vez me deslumbran los descubrimientos puntuales en sí mismos sino que me esfuerzo más bien por encontrar ideas o teorías que posean un segundo nivel de interpretación, una vuelta de tuerca que darles, relacionada con las grandes cuestiones que me preocupan. Por ejemplo ya sabéis que me interesa mucho analizar cómo habitualmente a la hora de recuperar el pasado lo que en realidad solemos hacer es reinventarlo en función de nuestras obsesiones e intereses del presente.

El caso es que, en ese sentido, este mes me ha llamado la atención una nueva teoría lanzada por investigadores acerca del colapso de Cahokia. Y por tanto de eso es de lo que voy a hablaros hoy. Claro está, como siempre, daré algunas vueltas antes de llegar al meollo de la cuestión, todo ello con la intención de que durante el trayecto disfrutéis del paisaje y de paso, sin esfuerzo, os vayáis haciendo con los datos necesarios para poder comprender el contexto del problema y consecuentemente la belleza y miserias de su posible solución. 

Los obispos, el fraile y el esclavo

Durante la Edad Media se difundió por tierras del actual Portugal una leyenda sobre siete obispos de Oporto que, huyendo del avance musulmán, se hicieron a la mar para establecerse en una tierra desconocida ubicada al Oeste, más allá del océano, donde cada uno de los clérigos habría fundado su propia ciudad. Obviamente tal cosa jamás sucedió pero en cualquier caso, con el tiempo, tras la emancipación de las tierras de lo que sería el reino de Portugal de la Corona de León, en la zona de Castilla se readaptó el mito para apropiárselo y con ello en la narración se cambió Oporto por la ciudad de Mérida. No obstante el resto del cuento se mantuvo más o menos en sus grandes líneas y así fue recogido en algunas historias de caballería muy comunes al final del periodo medieval en la Península Ibérica.

Ya en el s. XVI en torno a 1528 se produjo la fallida expedición a Florida de Pánfilo de Narváez. De los trescientos hombres que integraban la misma a su comienzo solo sobrevivieron cuatro, los cuales tras errar penosamente durante ocho años por el Sur de los EE.UU. lograron regresar a territorio hispano en México.


Uno de esos supervivientes fue el celebérrimo Álvar Núñez Cabeza de Vaca quien dejó escrita una no menos famosa crónica de lo sucedido titulada Naufragios y comentarios. Menos conocido resulta sin embargo otro de los cuatro supervivientes, un esclavo africano al que llamaban Estebanico ("negro alárabe natural de Azamor", según el relato de Cabeza de Vaca), propiedad de un tal Andrés Dorantes de Carranza quien lo había llevado consigo a la expedición.

Mientras tanto, en México, con posterioridad a la conquista, los españoles habían comenzado a familiarizarse con el folklore de los vencidos y, siempre en busca de más tesoros, se sintieron atraídos por la mítica isla de Aztlán, situada en algún lugar en el lejano Norte, de donde se supone que provenían los ancestros de los aztecas. 

   Es así como a finales de los años 30 del s. XVI el virrey Antonio de Mendoza organizó una expedición cuyo cometido sería explorar precisamente la región semidesértica más al Norte de las tierras conquistadas a los aztecas, de cara a verificar las leyendas sobre la supuesta existencia de otros pueblos de gran riqueza en aquella dirección. Al cargo de dicha expedición se colocó a un fraile franciscano llamado Marcos de Niza y dado que dicho clérigo ni conocía las lenguas nativas ni tenía demasiada experiencia como explorador se ordenó al pobre Estebanico, quien no hacía mucho que había regresado de su penoso periplo por las tierras entonces desconocidas de lo que hoy es el Centro-Sur de los EE. UU., que ejerciese de guía e intérprete de la columna. Seguramente Estebanico no tenía muchas ganas, pero al ser esclavo no lo quedó más remedio que obedecer.

Estebanico nunca regresó de aquel viaje. Por supuesto fray Marcos sí e informó que durante su trayecto, en un emplazamiento que denominó Vacapa (probablemente algún lugar del estado de Sonora) Estebanico había oído a los nativos confirmar los rumores y hablar de la existencia más al Norte de ciudades colmadas de riquezas.

No sabemos si eso era realmente cierto, si por contra fray Marcos se lo imaginó, o si se trató de un error de traducción o incluso de una pura invención de Estebanico para dar por finalizada la penosa y a todas luces estúpida búsqueda y poder regresar a México. Como digo Estebanico no volvió de aquel viaje para dar su punto de vista ya que según parece, poco después de transmitirle la información antes mencionada a fray Marcos, murió mientras avanzaba por delante del grupo en una zona donde se encontraron con indios hostiles.

Lo que nos interesa es que cuando más adelante fray Marco refirió la historia en cuestión la asoció con la leyenda medieval de la que antes hice mención. Es decir fray Marcos intentó dar sentido a los rumores sobre la supuesta existencia de grandes ciudades en las llanuras de Norteamérica en base al caos de referencias mitológicas, geográficas e históricas que tenía en la cabeza como casi todo buen religioso semianalfabeto de la época. Así pues, bajo su punto de vista, si había grandes ciudades en Norteamérica y de gran riqueza, la “lógica” le decía que tenían que ser obra de gentes de la Biblia, no de paganos (porque los paganos son estúpidos, pese a la evidencia que los conquistadores se habían encontrado en Tenochtitlán) y de cara a ello lo más "razonable" es que las urbes en cuestión se tratasen de las ciudades de cuento creadas por los míticos obispos fugados de la Península Ibérica tras la invasión islámica. Nacía así la leyenda de Las Siete Ciudades de Oro, dos de las cuales en adelante tendrían hasta nombre: Cíbola y Quivira

   En cuanto a esto último hoy sabemos que cíbolo es una palabra que los nativos de la zona usaban para denominar a los bisontes, lo que pone un poco en duda qué es lo que los miembros de la expedición escucharon, qué es lo que entendieron y qué es lo que imaginaron. Pero bueno, ya se sabe que nunca hay que dejar que los detalles estropeen una buena historia.

El caso es que a su regreso a la Ciudad de México fray Marcos informó al virrey Mendoza de sus “hallazgos”, el cual rápidamente organizó una nueva expedición de mayor tamaño y a cargo de un militar experimentado: Francisco Vázquez de Coronado. Asimismo, dado que Estebanico había muerto o desaparecido, esta vez sería el propio fray Marcos quien ejerciese de guía.


Como no podía ser de otra forma, después de atravesar los actuales estados de Arizona y Nuevo México, Coronado no encontró absolutamente ninguna evidencia de que en la región pudiesen existir fastuosas urbes de riqueza inigualable o algo parecido, debido a lo cual ordenó dar media vuelta. Pero en todo caso el mito pervivió y todavía planeó sobre los esfuerzos de otros conquistadores del período, como Hernando de Soto, muerto en las riberas del Mississippi en 1542.


De esa forma si en América del Sur se asentó en el imaginario colectivo de los conquistadores la leyenda de El Dorado en América del Norte serían las famosas Siete Ciudades la quimera favorita de exploradores y militares de fortuna, quizás junto con el producto de otro potaje de referencias: la famosa Fuente de la Juventud, inventada por Herodoto (quien la ubicó en algún lugar de “Etiopía”, refiriéndose más bien a tierras de lo que hoy conocemos como Sudán), pasando luego a ser citada en las Novelas de Alejandro muy populares en la Edad Media y otros relatos de caballería donde el concepto se acabó mezclando con otras entelequias como la historia del Preste Juan.

Al respecto de todo eso resulta muy interesante comprobar como los conquistadores castellanos y portugueses operaron durante finales del s. XV y principios del s. XVI mezclando la realidad geográfica y etnográfica que podían observar y verificar con abundantes exageraciones, cuentos y datos a todas luces inventados, en su mayor parte procedentes de historias narradas por juglares durante la Edad Media o perpetuadas por novelas de caballería.

No obstante hay un aspecto concreto de la leyenda de las Siete Ciudades que llama la atención. Si bien como acabamos de ver el origen de dicho mito fue completamente fantasioso y externo al propio continente americano, eso no impide que algunos de los reiterados rumores que diversos conquistadores aseguraron haber escuchado de los nativos sobre la existencia de ciudades en Norteamérica tuviesen una cierta base, lo que habría contribuido a cimentar la confusión.

¿Y cómo podría ser tal cosa?, os preguntaréis, a fin de cuentas durante el s. XVI en tierras de los actuales EE.UU. la vida urbana brillaba por su ausencia. Lo que ocurre es que esto no había sido siempre así. Ya hablé aquí de los poblados Anasazi en el Oeste. Pero, de hecho, los Anasazi no fueron la única cultura de la región que intentó dar el salto hacia la agricultura a gran escala y la vida urbana.

A la orilla del agua

En las riberas del Mississippi, concretamente en el Estado de Illinois, se han encontrado ruinas de una estructura urbana plagada de grandes construcciones que a finales del s. XII de nuestra era llegó a albergar en torno a 10.000 habitantes, los cuales ocupaban cientos de chozas distribuidas a lo largo de un amplio espacio de más de 15 kilómetros cuadrados. Todo ello mientras otras miles de personas residían diseminadas por la cuenca del gran río, en villas conectadas de alguna forma con el gran asentamiento y dedicadas a proveerlo de materiales de construcción o mercadear con las artesanías elaboradas en él.


La existencia de restos de cerámica muy parecidos entre sí y difundidos en un radio amplio en torno a la zona, o la evidente planificación urbanística del núcleo central del gran poblado en relación con varias estructuras defensivas, necrópolis y grandes templos, hacen evidente que en aquel lugar se asentó durante algún tiempo una sociedad bastante compleja y organizada. En realidad podemos hablar ya de una ciudad o protociudad, la cual pudo ser el centro de una amplia red de comercio que se extendió fugazmente desde los Grandes Lagos al Golfo de México usando como vía de comunicación el curso del propio Mississippi, su afluente el río Illinois y el río Missouri. De hecho ese enclave -que se denominó a posteriori como Cahokia tomando el nombre de una tribu india que vivía en la región en torno al año 1600, por lo que en realidad no sabemos cómo lo llamaban sus pobladores originales- se ubicaba estratégicamente cerca del punto en que convergen los tres cursos de agua.


Lo que sabemos de la historia de Cahokia pese a todo resulta bastante exiguo y lleno de vacíos. Al parecer todo empezó en torno al año 1050. Por entonces en el lugar sobre el que luego se extendió la posterior urbe ya existía un embrionario asentamiento de unos pocos cientos de moradores. En torno al mismo, sin que esté muy claro el porqué, durante los siguientes cincuenta años esa cifra de población se multiplicó por más de cinco, para luego no dejar de crecer durante el siglo siguiente. De esta forma Cahokia se convirtió alrededor del año 1200 en una aglomeración donde vivían millares de personas organizadas bajo la dirección de algún tipo élite gubernamental ya que, como he mencionado más atrás, existen amplias evidencias de trabajo colectivo complejo llevado a cabo en el entorno.

Entre esas evidencias destaca la presencia de más de cien montículos artificiales (la mayor parte de ellos construidos acumulando tierra y escombros) en cuyas cimas se emplazaban los templos y las viviendas de los posibles jefes. 



   Todas ellas distribuidas en torno a un gran montículo central de más de cinco hectáreas y 30 metros de alto, elevado frente a una gran plaza equivalente a varios campos de fútbol actuales en cuanto a tamaño. 



   También llaman la atención los remanentes de una serie de plazas rectangulares alineadas con los cuatro puntos cardinales. Así como diferentes tumbas diseminadas por las inmediaciones en las que se han encontrado restos de casi 300 personas, algunas de ellas mujeres jóvenes sacrificadas ritualmente, también varios enterramientos de guerreros mutilados tras su muerte, diversos cadáveres de individuos que posiblemente fueron enterrados vivos y muy especialmente los restos de un hombre de unos 45 años –probablemente un gran jefe, quizás uno de los fundadores- dispuesto sobre un lecho de 20.000 conchas marinas (importadas de la zona del Golfo) dibujando la silueta de un ave de caza.

Aunque los vestigios más enigmáticos encontrados en el perímetro del sitio son los de una gran estructura circular de madera (conformada en realidad por un juego de cinco series de troncos relacionadas) cuyo anillo principal hoy parcialmente reconstruido constaba de 48 grandes troncos distribuidos formando una circunferencia de 125 metros, a la que se le han llegado a atribuir fines calendáricos o relacionados con la observación astronómica de solsticios y equinoccios.


La mayor parte del núcleo del lugar, básicamente su centro ceremonial y el área donde residían las jefaturas, se hallaba protegido por una gran cerca de madera con torres de guardia. Hablamos de una empalizada de más de 3 kilómetros de perímetro para cuya construcción se estiman unas 200.000 horas de trabajo. A ese respecto se ha especulado con que su función, además de proteger el sector más importante del enclave, consistiría en separar del extrarradio -donde moraba el pueblo “llano”- la zona donde vivían las clases altas y se realizaban los grandes rituales o los intercambios comerciales.


De hecho la lógica urbana era bastante sofisticada. Las élites de la sociedad de la zona vivían en la parte “amurallada” del emplazamiento, separadas físicamente del resto de los residentes en el entorno, y rodeadas por templos que de alguna forma seguían algún tipo de alineación o lógica espacial, quizás con un sentido religioso. Luego, tanto los templos como las viviendas de esos jefes, se elevaban del suelo circundante sobre montículos con clara simbología jerárquica.


En cuanto a la base económica que sustentaba todo eso, descansaba sobre una embrionaria agricultura del maíz complementada con la pesca. De cara a lo cual resultaba decisiva la ubicación geográfica de Cahokia cerca del río, es decir próxima a tierras lacustres fértiles. Se trataba de una posición ideal para llevar a cabo de forma sencilla labores de irrigación, lo cual explicaría que con técnicas muy primitivas (sin nada parecido a arados, solo se empleaban primitivas azadas de madera para preparar el suelo, sin animales de tiro y sin el abono de los mismos) se lograse obtener rendimientos aceptables.

Quizás la razón del boom demográfico en el entorno a partir del s. XI se deba precisamente a esa posición especialmente ventajosa. Cuando la agricultura empezó a asentarse en el territorio circundante pronto resultó claro que el entorno de Cahokia era el más adaptado para ello y poco a poco la gente se fue concentrando en él de grado o por la fuerza. Tal vez la gran urbe llegó a ser incluso la cabeza política de un embrionario miniestado con autoridad sobre un amplio área. 



   O tal vez la influencia de Cahokia sobre su entorno cercano fue solo cultural. Todo son preguntas. En cualquier caso parece razonable pensar que la abundancia de alimentos disponibles gracias a la implantación en aquellas tierras de primitivas labores agrícolas aumentó el atractivo del lugar y esto a su vez llevó a un crecimiento exponencial de la población.

Más adelante, sobre esa base se habría hecho posible una embrionaria división del trabajo, consiguientemente eso facilitó la subsistencia de algunos primitivos artesanos instalados en la urbe y en definitiva todo ello permitió con el tiempo que aquella especie de poblado grande siguiese creciendo y se convirtiese en foco de atracción para los habitantes de las primitivas villas del entorno, así como en el posible lugar de mercado que servía de eje para una cierta red de comercio de esos productos extendida a lo largo de la cuenca del Mississippi.


A ese respecto en la zona incluso han aparecido evidencias de una primitiva metalurgia del cobre (usando material proveniente de minas cercanas al Lago Superior) centrada en elaborar productos suntuarios, principalmente trabajos de orfebrería. 



   Estamos pues ante una sociedad relativamente compleja y jerarquizada, donde el comercio o la religión empezaban a sofisticarse. Un estadio evolutivo en definitiva parecido en cierta manera a lo que serían las poblaciones europeas al comienzo de la Edad de los Metales, o las sociedades del Próximo Oriente en una fase temprana del proceso de neolitización. Sin duda se trató de la manifestación más compleja del fenómeno urbano acaecida al Norte de Mesoamérica. De haberse consolidado aquella pequeña chispa de civilización a la llegada de los españoles éstos podrían haberse encontrado en la zona con uno o varios núcleos comparables a algunos de rango secundario que existían más al Sur, por ejemplo al nivel de algunas ciudades-estado tlaxcaltecas.

Si quieres múltiples respuestas incompatibles pregunta a varios arqueólogos distintos

Pero no fue así. Durante la primera mitad del s. XIII el emplazamiento sufrió un rápido declive hasta que repentinamente, en torno al año 1250, todo rastro de “civilización” en la zona desapareció de forma tan rápida como había surgido, un poco a la manera de lo que ocurrió siglos antes con las ciudades mayas al final del Período Clásico.

Con todo es posible que Cahokia dejase tras de sí un cierto recuerdo en el subconsciente colectivo de las tribus de la zona, el cual, tal vez, sería la base de algunos testimonios sobre la presencia de ciudades en las praderas que pudieron confundir a los miembros de algunas expediciones españolas mientras recorrían el interior de los EE.UU. tres siglos después. Aunque de haber llegado esos conquistadores hasta el lugar donde se había ubicado antiguamente Cahokia apenas habrían encontrado montículos de tierra recubiertos de árboles y hierba que no les hubieran llamado para nada la atención. Lo cierto es que el principal material de construcción de los habitantes de Cahokia fue la madera y eso hizo que ya muy poco tiempo después de su abandono de la ciudad no quedase apenas rastro apreciable a simple vista.  


De hecho sus vestigios no fueron redescubiertos hasta una serie de excavaciones llevadas a cabo en los años 40 y 50 por Albert Spaulding y James Bennett Griffin, y más adelante sobre todo por el Dr. Warren Wittry entre 1960 y 1985 después del afortunado hallazgo de algunos utensilios en la tierra de la zona mientras se perforaba para la construcción de una carretera. 

Surge de esa forma, una vez más, la fascinante y recurrente pregunta de siempre: ¿qué es lo que ocurrió?. En este caso concreto, ¿qué falló para que en un arco de menos de cincuenta años todo aquel complejo de edificaciones así como el sistema productivo construido en torno a ellas fuese drásticamente abandonado y la sociedad del entorno sufriese una regresión cultural hasta un estadio de cazadores-recolectores seminómadas?

Bien, lo cierto es que no lo sabemos. Como suele suceder en estos casos se han propuesto varias teorías, cada una de las cuales tiene sus pros y sus contras.

Se ha especulado por ejemplo con una invasión del territorio por parte de tribus de indios menos desarrollados. Aunque no existen rastros de un gran conflicto, como incendios o acumulación de restos de armas y esqueletos en el registro arqueológico del lugar, sí existen evidencias de que la gran empalizada que protegía el sector principal del asentamiento fue reconstruida varias veces a partir del año 1175.

Otra explicación posible sería que la relativamente alta densidad poblacional del sitio hubiese dado lugar a algún brote epidémico particularmente grave. De hecho las gentes de Cahokia jamás llegaron a desarrollar conceptos como la escritura o el empleo de moneda, pero más importante que eso es que no implantaron ningún sistema para evacuar la basura, los residuos o la materia defecada, lo que constituyó sin duda una auténtica bomba bacteriológica a medida que pasaba el tiempo y se iban a acumulando en el entorno más gente y más basura. Si algo de eso fue lo que ocurrió de paso explicaría la razón por la cual los terrenos de la antigua ciudad no volvieron a ser ocupados por las tribus que más adelante se asentaron en las cercanías. La memoria de tal epidemia habría convertido en tabú un emplazamiento que de otra manera resultaba especialmente adecuado para establecerse.

   Una teoría distinta de la anterior, que me resulta muy interesante, parte de simplificar las cosas e invertir el razonamiento habitual. Así desde el punto de vista de algunos investigadores no es imprescindible que algo terrible ocurriese para que el "experimento social" llevado a cabo en Cahokia fallase. Simplemente hoy en día no somos conscientes de lo irracionales (al menos a corto plazo) que han sido históricamente muchas de las decisiones tomadas a lo largo del camino que lleva a niveles superiores de civilización. En ese sentido llegado a un punto es posible que, a medida que en Cahokia se puso en marcha el eterno proceso de jerarquización social y concentración del poder y la riqueza en unas pocas manos que parece acompañar invariablemente al progreso, la vida en la gran ciudad perdiese atractivo para muchos de sus habitantes que en algún momento aún habían podido experimentar la vida seminómada, cazando, en contacto directo con la naturaleza y sin estar sometidos a jefaturas rígidas o ningún tipo de disciplina. A fin de cuentas el desarrollo suele implicar poco tiempo libre, duro trabajo tanto individual como a veces también colectivo y en general una pérdida de libertad y de equidad. ¿Qué sentido tenía pasar todo el tiempo construyendo empalizadas, templos y montículos, a mayor gloria de unos jefes cada vez más soberbios y a cambio de unos platos de maíz, cuando se podía vivir una vida sin ataduras, ni tantos rituales, comiendo buena carne de ciervo y de bisonte cazado por uno mismo en compañía de sus iguales?. Es posible que simplemente las poblaciones del entorno de Cahokia, tras poder comparar, llegasen a la conclusión de que eran más felices como tribus atrasadas que ocupando el ingrato primer estadio de desarrollo de una civilización urbana. 

  También se han propuesto, obviamente, causas medioambientales, como una fuerte deforestación del entorno debido a la sobreexplotación de los bosques próximos para obtener madera (que como se ha mencionado era el material con el que se construyeron todas las edificaciones y los utensilios agrícolas). Asimismo se ha teorizado la posibilidad de que detrás del misterio se encuentren las consecuencias de varios años de sequías y malas cosechas. No obstante contra lo anterior opera la evidencia de que el momento de esplendor del asentamiento coincidió con un período en general árido mientras que el despoblamiento del mismo se documenta ya en una etapa de enfriamiento.

Aunque la explicación que más fuerza había cobrado hasta hace poco era la basada en los efectos de una o varias grandes inundaciones debidas al desbordamiento del río sobre los terrenos agrícolas circundantes. Este razonamiento posee la ventaja de encajar con lo apuntado en el párrafo anterior, sobre que el momento de esplendor del asentamiento coincidió con un período en general caluroso y seco. 

   En esa época de aridez el caudal del Mississippi habría sido bajo preservando de los efectos de crecidas los terrenos agrícolas en torno a Cahokia ubicados en una planicie particularmente vulnerable a los desbordamientos. En cambio cuando el ciclo de sequedad finalizó y las precipitaciones hicieron subir el nivel del río este volvió a inundar los terrenos limítrofes. Dado que los habitantes de Cahokia, debido a su nivel todavía embrionario de desarrollo, desconocían a lo que parece las técnicas más elementales para construir diques y también carecían asimismo de una clase de burócratas lo suficientemente instruida como para desarrollar una reestructuración a gran escala de la agrimensura de la zona, el resultado fue una catástrofe. La primitiva agricultura que había sostenido el despegue demográfico en el área descansaba en la ocupación intensiva y un tanto al azar de los mejores terrenos próximos al río. Cuando esto dejó de ser posible, tierra adentro el suelo resultó ser menos fértil, más duro y más complicado de regar. Eso a su vez disminuyó los rendimientos agrícolas sobre los que se sostenía el suministro de alimentos para un bloque de población tan amplio como el que se alojaba en Cahokia y sus proximidades. Lo siguiente serían la hambruna, los disturbios sociales, la quiebra de la autoridad constituida y finalmente el abandono del asentamiento y la dispersión de su población la cual optaría por regresar a modelos productivos más simples pero también mejor adaptados al entorno.

  Es curioso porque teorías parecidas se ha propuesto para explicar el declive de algunas ciudades de la cultura Harappa situadas en el curso bajo del Indo. Hasta hace poco se creía que dicha civilización colapsó por motivo de una invasión externa, pero mediante el trabajo arqueológico se han encontrado huellas de inundaciones repetidas y de un declive prolongado en alguno de sus asentamientos en relación con lo que parecen ser antiguos desbordamientos del río Indo. 

En cualquier caso hablamos de un proceso típico en aquellas sociedades primitivas y tecnológicamente poco avanzadas que de vez en cuando consiguen despegar, siempre en torno a bases muy precarias, gracias a unas condiciones climáticas óptimas u otra concatenación de circunstancias favorables. Debido a ello, en el momento que alguno de los factores ideales en que se ha basado su prosperidad empeora ligeramente, el más mínimo descenso en el aporte de alimentos durante unos pocos años quiebra el precario equilibrio entre población y recursos sobre el que se sustentaba todo el castillo de naipes.

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Hasta aquí un estado de la cuestión. Sin embargo, retomando lo que comentaba al principio de esta entrada, estos días me ha llamado la atención una nueva hipótesis propuesta. Veamos. Hace un par de años salió a la luz un estudio de los niveles de estroncio en los dientes de 87 cadáveres de habitantes de Cahokia, procedentes de los enterramientos en el lugar. Mediante un procedimiento en el que no me voy a detener esos índices sirven para identificar sujetos que nacieron en el entorno de Cahokia y diferenciarlos de otros que pasaron su infancia en un lugar diferente y luego migraron en algún momento anterior a los 16-18 años hacia el enclave en cuestión. Es por así decirlo una forma de investigar el número de inmigrantes presentes en el asentamiento, tirando por lo bajo eso sí, ya que hay individuos que emigraron hacia el sector ya adultos y que por tanto no se distinguen bien mediante esta técnica. En todo caso el estudio arrojó que como mínimo un tercio de los 87 sujetos analizados habían emigrado hacia Cahokia durante su niñez o adolescencia, procedentes de áreas alejadas del valle fluvial en que se ubicaba el asentamiento. Y como digo esa es una estimación necesariamente a la baja porque son todos los que están pero no están todos los que son.

En otras palabras esto sugería que el crecimiento de Cahokia se produjo en gran medida por efecto de una fuerte emigración de las poblaciones seminómadas del espacio circundante hacia la ciudad una vez su fama se fue expandiendo. Una especie de éxodo rural primitivo, lo cual explicaría el súbito incremento poblacional que se detecta en la breve historia del emplazamiento.

Pues bien, hace un par de semanas, salió a la luz una nueva teoría sobre el declive de Cahokia que emplea como premisa la realidad anterior. Los investigadores detrás de la nueva hipótesis en cuestión consideran que la causa del súbito colapso de Cahokia solo pudo ser el alto porcentaje de inmigrantes entre sus pobladores. Tales inmigrantes representarían por fuerza según ellos a grupos cultural, étnica y lingüísticamente diferenciados de la población autóctona original, lo que llegado a un punto habría destruido la cohesión política y religiosa de la sociedad en la zona, habría causado la desintegración en facciones de la misma y, en última instancia, el caos. Es una teoría original en la medida que plantea la diversidad étnica en sí misma como motor de decadencia en sociedades primitivas que no conocían los avanzados métodos de integración acelerada de poblaciones que hoy en día se poseen (y que tampoco está muy claro que funcionen).

Por supuesto es una teoría con un trasfondo ideológico… interesante. Y por eso me ha llamado la atención, debido a lo bien que se ajusta al “espíritu de nuestro tiempo”. Una muestra más de que las ideas, acertadas o no, que se nos van ocurriendo para interpretar las cuestiones más aparentemente nimias del pasado en muchos casos suelen ser producto de las propias modas ideológicas de nuestro presente. Como no podía ser de otra forma, claro.

5 comentarios:

  1. Muchas gracias por esta entrada, que es muy esclarecedora y me ha servido mucho. El año pasado tuve la oportunidad de visitar Emerald Mound, uno de los principales emplazamientos de la cultura Plaquemine en el bajo Mississipi (muy cerca de Natchez). El parecido con Cahokia es total (aunque a una escala muy menor) y ahora entiendo que es fruto directo de su herencia, ya que Plaquemine arranca a partir de 1200 y Emerald Mound, concretamente, a partir de 1500, como si fueran los últimos coletazos de una civilización en desbandada. Parece ser que, en este caso, la cultura Plaquemine terminó con la llegada de Soto y los conquistadores…

    Y, por otro lado, efectivamente, todo este tema tiene bastante paralelismo con el (aparente) fin de los Anasazi y su transformación / evolución en los indios Pueblo. Los Hopis –una de las tribus que más claramente descienden de ellos--, los llaman “hisatsinom” / “ancestros”, mientras que el término “anasazi” es navajo y significa “antiguos enemigos”. La rivalidad entre las dos etnias persiste en la actualidad.

    Y, para acabar, un par de chorradas: Actualmente Cibola es una localidad de Arizona, pero sobre todo es un condado de New Mexico, colindante con el de Valencia (y seguro que extremadamente corrupto) y justo al lado de la localización exacta del restaurante Los Pollos Hermanos, frecuentado por el gran Walter White, jajajajja….

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    1. Gracias a ti, por tu interesante comentario. Lo de Cibola y Los Pollos Hermanos es un puntazo de anécdota.

      Lo cierto es que esta entrada da para bastante más de lo que parece a simple vista. Por ejemplo para plantear dos cosas.

      Por un lado la cuestión de que las civilizaciones precolombinas americanas más exitosas no se ubican donde “deberían” estar. Por un lado tenemos un importante foco de civilización en torno a zonas andinas donde diversas culturas acabaron floreciendo bien en áreas cercanas a desiertos o más habitualmente en zonas de alta montaña. Mientras tanto los mayas se asientan en plena jungla (en una zona con muchos problemas como veremos un día, espero, cuando retome una cuestión que abrí casi al comienzo de este blog) mientras que otro foco importante en el área mesoamericana tiene su centro en torno al altiplano mexicano.

      Ninguno de estos entornos se parece en nada a los habituales valles fluviales en llanura en torno a las que surgieron las primeras civilizaciones en Oriente Medio, Egipto, la India o China. De hecho a primera vista en América del Sur la zona de Argentina/Uruguay en torno al Río de la Plata o la cuenca del Mississippi en el caso norteamericano parecen a priori enclaves mucho más lógicos y apropiados para haber protagonizado el asentamiento de grandes masas de población y a la eclosión de la vida urbana. Lo que ocurre es que en esas zonas el salto hacia los primeros niveles complejos de civilización falló en su momento por variadas razones. La historia en ese sentido resulta azarosa y a veces impredecible.

      En segundo lugar está la cuestión de que la historia precolombina del territorio norteamericano es más compleja de lo que parece a simple vista ya que durante las edades antigua y media, según la nomenclatura europea, en aquella zona se sucedieron varios estratos culturales muy variados e interesantes. Me vienen ahora a la cabeza Serpent Mound, en Ohio, un diseño tumular de unos 400 metros contemporáneo a la época de los castros en la Península Ibérica. En cierta forma es como si una vez salidos de la Prehistoria (Clovis, Folsom, etc.) a lo largo de una segunda fase de su historia los pueblos nativos norteamericanos hubiesen realizado en diversas regiones, como el Mississippi, el entorno de los Grandes Lagos o la cuenca alta del Río Grande varios ensayos para acceder a niveles “superiores” o al menos más sofisticados de evolución cultural. Y por lo que sea todos esos intentos, aunque tenían su lógica, fracasaron por razones diversas, mientras que más al Sur, en zonas mucho más improbables, esos mismos esfuerzos sí fructificaron.

      Finalmente es como si unos siglos antes de la llegada de los europeos los pueblos nativos norteamericanos hubieran tirado la toalla, dando lugar a la amalgama de tribus indias que se volverían famosas resistiendo (con escaso éxito todo sea dicho) la conquista, exterminio y aculturación por parte de los colonos recién llegados. Pero esa última parte de su historia oculta una fase anterior en la trayectoria de esos pueblos nativos que me parece de hecho bastante más interesante, de largo, que esa fase final que hoy en día es más conocida y con la que ellos mismos se identifican.

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  2. Impresionante, como siempre.

    Pero falta una pieza en el puzzle y es determinante. En la consolidación de este tipo de sociedades nacientes tiene que haber un mecanismo digamos "hipoteca", que ate de alguna manera a los que van a formar del proletariado, digámoslo así, mecanismos por ejemplo que están perfectamente identificados (bueno, al menos propuestos con base empírica aunque desde luego siguen siendo discutibles) en los casos de Oriente Próximo y el antiguo Egipto. Porque si no, acaba pasando exactamente como sugieres: que el tinglado colapsa porque la peña se abre, y fin de la cita. Y de hecho ya ha sucedido así en no pocas ocasiones. Es una historia que vale la pena de retomar, porque de alguna manera estructuras sociales preexistentes y sin duda más igualitarias se imponen a las más desigualitarias que en general las sociedades "civilizadas" suelen traer.

    Y no sabemos qué mecanimos para sujetar a la gente tenían, por tanto no sabemos cómo pueden colapsar, porque eso es lo que al final tuvo que pasar. Porque de los datos se infiere que la afluencia de gente era incesante, así que posiblemente el éxodo de gente huyendo de sus hipotecas no sería negligible.

    El tema de que en América haya resultado complejo crear este tipo de estructuras hay que buscarlo en la falta de animales domesticables para facilitar los trabajos muy duros y la particular geografía: como bien dices es difícil atar a la gente cuando puede largarse sin más, algo que también pasaba en los bosques europeos hasta que la civilización romana hizo un estropicio a escala tricontinental. Por eso las culturas surgen en las montañas andinas y en las selvas centroamericanas, no en las amplias llanuras o los bosques atlánticos donde efectivamente vivir sin hipotecas es posible.

    Oriente Medio y los valles hindustanos, junto con el del Nilo, los valles chinos y el continente europeo (una colección de penínsulas) se volvieron trampas geográficas. El colapso de la Britania romana es también esclarecedor en este punto: los intentos de las elites no romanizadas de ganar de nuevo por la mano se vieron abortados por la tecnología de guerra (a todos los niveles, no sólo armas sino organización social) importada de los anglos, sajones, jutos y demás tropa que debían ya llevar siglos en la costa del canal (el Litus Saxonicus se documenta ya en el año 200), y al desatarse el caos pues se armó eso: el caos. Lo único que se saca en limpio es que la huella romana hubiera desaparecido en larguísima medida de no ser por la única estructura que le sobrevivió: la Iglesia, que en esas islas no tenía mucho poder.

    En fin, que los problemas los crean siempre los civilizados, algo que ya sabíamos de sobra xD

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  3. Realmente esa última hipótesis coincide con la climática, ante condiciones áridas, la gente migra a orillas de los ríos. Ocurrió con Egipto, y probablemente aquí también. En esa época hubo varios ciclos de cien años de sequía y lluvias que seguro debieron dificultar los asentamientos a largo plazo. A donde voy, es que nunca es una sola causa y muchas veces la climática es solo la iniciadora, que produce descontento social, migraciones, etc.

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  4. Los arqueólogos empiezan a prestar más atención a los cadáveres de mujeres enterrados en el montículo 72 de Cahokia. Puede que al ser Cahokia una sociedad agrícola las mujeres y no solo la casta de guerreros masculinos tuviesen un papel destacado en la sociedad.

    https://www.eurekalert.org/pub_releases/2016-08/priu-fla080516.php

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