sábado, 9 de enero de 2016

Los que acechan en las sombras


Decididamente todo lo interesante ocurre en la sombra. Uno nunca sabe nada de la verdadera historia de los hombres.

Louis Ferdinand Celine, "Voyage au bout de la nuit" 





Hoy voy a hablaros de conspiraciones. Pero no de esas estúpidas conjuras imaginarias con las que la gente se divierte fantaseando. No. Voy a hablaros de conspiraciones muy reales. De las de verdad. De esas orquestadas por los que acechan en las sombras.

Crónica de una muerte anunciada

Seguramente a casi todos los lectores españoles del blog os suene Fuenteovejuna, la obra teatral de Lope de Vega escrita hacia el año 1613 (en realidad hay otra obra sobre el suceso redactada también durante el s. XVII, en este caso por Cristobal de Monroy, pero es prácticamente desconocida).

Como es bien sabido de cara a redactar dicha obra Lope se inspiró en un incidente real ocurrido en el pueblo cordobés de Fuenteovejuna durante el mes de abril de 1476 si bien, como no podía ser de otra manera, cambió los detalles de lo que realmente sucedió, simplificando los hechos para convertirlos en algo que pudiese entender fácilmente el populacho que seguía fielmente sus obras y a la vez (complaciente como era Lope) el relato no le causase problemas con los poderosos de la época pese a tratar un tema incómodo.

No obstante la ficción creada por Lope de Vega gozó de tal éxito que su versión edulcorada y maniquea de los acontecimientos suplantó completamente en la memoria popular el recuerdo del episodio histórico en sí, es decir el relato verídico de los hechos. Algo muy común por otra parte. Por ello lo que usualmente nos evoca hoy en día el nombre de Fuenteovejuna es que, hace mucho tiempo, los habitantes de dicho lugar se levantaron "todos a una" contra el dominio tiránico del malvado y corrupto comendador Fernán Gómez de Guzmán, quien no contento con imponer múltiples exacciones y humillaciones a los aldeanos también intentó forzar a tener relaciones sexuales con él a una virtuosa joven del pueblo, Laurencia, hecho que se convirtió en la gota que colmó el vaso de la paciencia entre los lugareños. Finalmente esos aldeanos se unieron para asesinar al perverso tirano, confabulándose luego para mantener silencio y no delatarse ante las autoridades encargadas de investigar lo sucedido, lo que en último término les sirvió para librarse de recibir un castigo.

No obstante yo voy a plantearos hoy una reconstrucción distinta y menos edificante de tales hechos. 

Empecemos, como siempre, por el contexto. En la segunda mitad del s. XV Fuenteovejuna era un enclave económicamente muy importante dentro de la región de Córdoba, beneficiado además por encontrarse ubicado en la ruta entre Toledo y Sevilla. Tenía unos 4.500 habitantes (cifra importante para la época) y su riqueza provenía de la producción de lana así como de la abundancia de colmenas en la comarca. Recordemos que, hasta la conquista de América y la instalación de grandes plantaciones en aquel continente, el azúcar no era un producto generalizado en Europa habida cuenta de su escasez y alto precio con lo cual la miel era el edulcorante más difundido, mientras que la cera asociada a su producción también resultaba un producto de primera necesidad para la iluminación en forma de velas. Por ello de esas dos fuentes de riqueza (la lana y la miel así como otros bienes derivados) proviene seguramente el topónimo original de la villa, el cual en tiempos medievales habría podido ser tanto Fuente Obejuna como quizás Fuente Abejuna.

El caso es que en la segunda mitad del s. XV buena parte de dicha región de Córdoba se encontraba bajo dominio directo de la Corona, era lo que se llamaban territorios de realengo, siendo gestionada la zona no obstante por los poderes locales, en este caso un cabildo municipal. Pero conviene tener presente, no obstante, que en esos tiempos finales de la Edad Media buena parte de la Península aún formaba parte de señoríos feudales de diverso tipo. Y eso era lo que ocurría con Fuenteovejuna en concreto, localidad que pese a hallarse a menos de 100 kilómetros de la ciudad de Córdoba pertenecía en cambio a la jurisdicción de una orden militar, la Orden de Calatrava, la cual administraba el pueblo y sus tierras circundantes y percibía las rentas provenientes del área, algo que no gustaba ni a la Corona (que durante las siguiente décadas fue absorbiendo poco a poco la administración de casi todos los maestrazgos pertenecientes a las Órdenes Militares que operaban en territorios del reino de Castilla), ni tampoco era una situación que agradase a los poderes locales de la ciudad de Córdoba en concreto, quienes se veían de esa forma privados de los beneficios de controlar una de las localidades más ricas de su entorno por entonces.

Como esta cuestión administrativa y pecuniaria resulta central para entender el asunto voy a explicar un poco más en detalle cómo se había llegado a ella.

En época del monarca Juan II (1426-1454) parte del territorio de Fuenteovejuna quedó en posesión de Gutierre de Sotomayor, por entonces maestre de la Orden de Alcántara, otra orden militar de la época. Sin embargo para el campesino de a pie no resultaba demasiado cómodo vivir bajo el yugo de una encomienda militar y por ello en 1453 los vecinos de la villa de Fuenteovejuna se rebelaron contra Gutierre instigados desde Córdoba, siendo derrotados. Ojo a ese dato porque es otro detalle a tener muy en cuenta para entender todo lo que ocurrió años después.

En 1460, ya durante el reinado de Enrique IV, Fuenteovejuna acabó en manos de Pedro Girón, maestre de la Orden de Calatrava en aquel momento. Eso a pesar de la consabida oposición tanto de los poderosos de la ciudad de Córdoba (interesados, ya se ha dicho, en controlar los recursos de la rica villa) como de los vecinos de Fuenteovejuna quienes preferían estar bajo la autoridad de un gobierno municipal cordobés compuesto por conocidos y en ocasiones hasta familiares antes que bajo el mando de un duro señor feudal. Por ello el mismo monarca tuvo que personarse en la zona para aplacar a los descontentos. Sin embargo cinco años más tarde y por razones en las que no voy a entrar, relacionadas con la famosa “Farsa de Ávila”, el mismo Enrique IV anuló todas las donaciones hechas sobre las tierras de Fuenteovejuna, tanto a la Orden de Alcántara primero como a la de Calatrava después, y autorizó al gobierno local de la ciudad de Córdoba mediante Real Cédula a que recuperase en su nombre el control de la zona.

Esa proclama en su momento fue más una recomendación que otra cosa porque los lugareños no tenían forma de expulsar de sus dominios, por las malas, a los aguerridos seguidores de la Orden, como había demostrado el fracaso en la intentona de 1453. Tal es así que en 1474 el monarca ya a punto de morir volvió a instar a los vecinos de Córdoba a que recuperasen para la jurisdicción real la villa en cuestión. Pero nuevamente nada ocurrió. Por el momento.

Al año siguiente, en mayo de 1475, unos meses después de la muerte de Enrique IV, estalló finalmente la Guerra de Sucesión Castellana que enfrentó a Juana, la legítima heredera, con la intrigante usurpadora Isabel de Castilla. Eso desembocó a su vez en que por todo el reino y también Córdoba se formasen bandos de partidarios de una u otra mujer. Y así, aprovechando el caos producido por la guerra, se preparó el drama que estallaría a comienzos del año siguiente.

Pero antes de extenderme sobre esto último conviene ahora -que ya tenemos claro el contexto de la complicada situación administrativa de la villa de Fuenteovejuna, así como la delicada situación política del reino en aquellos años- familiarizarse también con los protagonistas de lo ocurrido. A ese respecto puede decirse que en aquel momento en el entorno de Fuenteovejuna y la cercana Córdoba las piezas relevantes en el tablero de juego eran tres.

Por un lado el propio Fernán Gómez de Guzmán, por entonces Comendador mayor de la Orden de Calatrava. Debido a ello y como delegado de la misma era quien administraba las posesiones de la orden en Fuenteovejuna desde aproximadamente 1468. Él es el malo oficial de la historia pese a que las escasas crónicas del período que lo citan, como la Gesta Hispaniensia de Alfonso de Palencia, lo presentan como una persona competente, culta, valerosa y justa. Nada que ver con la leyenda negra que le cayó encima después de los sucesos de que sería protagonista a su pesar. Pues bien un dato a tener en cuenta es que, respecto a la Guerra Civil que se estaba disputando, Fernán apoyaba al bando de Isabel en contra de las preferencias del maestre de su Orden por aquellos años, Rodrigo Téllez Girón, partidario de Juana.

Vamos ahora con la mano que mecía la cuna en la región: Alonso de Aguilar. Él era el gran cacique local que desde la sombra controlaba en aquel momento la ciudad de Córdoba, de ahí sus otros apellidos: "Fernández de Córdoba", que nos suenan de algo porque estoy hablando de quien fue el hermano mayor del famoso militar encumbrado años después. Se trataba por tanto de un señor feudal de rancia cuna y amistades poderosas en las altas esferas. Y ahora dos datos que ayudan a entender más su posible relación con los hechos.

Don Pedro, el propio padre de Alonso de Aguilar (y de su hermano Gonzalo, "el Gran Capitán"), fue quien orquestó desde Córdoba la revuelta de Fuenteovejuna de 1453 e incluso llegó a alistar hombres en la ciudad para tomar al asalto el pueblo y arrebatarlo en aquel tiempo a la Orden de Alcántara. Pero fracasó estrepitosamente. Un fracaso y una humillación que lo persiguió durante el resto de su corta vida

Además Alonso –junto con su cuñado el marqués de Villena- al comienzo de la guerra era partidario de Juana. Aunque precisamente en aquellos momentos iba a cambiar de bando (la gente poderosa llega a serlo por algo) para pasarse al de Isabel, la vencedora final de la disputa, como hizo más adelante en otros temas ya que al parecer Alonso ejercía en aquella época también de agente encubierto de los nazaríes de Granada a los que, de hacer caso a diversos rumores, pasaba información ocasionalmente.

El tercer hombre en discordia era Pedro Solier, Obispo de Córdoba. En cuanto a su relación con Fuenteovejuna hay un dato que habla por sí solo: en los años que llevaba en el cargo de comendador de la villa el bueno de Fernán Gómez de Guzmán éste último había sido excomulgado no una sino dos veces por el obispado, pero no porque Fernán fuese un depredador sexual o una mala persona sino debido a cuestiones mucho más mundanas, en esencia por sus conflictos con el alto clero de Córdoba. En una de las ocasiones se le excomulgó por retener el pago de los diezmos de su encomienda al obispo y otra por una oscura cuestión de herencias en el seno de la familia de un clérigo de la catedral. En juego estaba una cantidad nada despreciable: en concreto 800.000 maravedíes.

   Y así es como llegamos a los hechos ocurridos en abril de 1476 en el que una revuelta “espontánea” del populacho (por lo demás sorprendentemente bien planificada y ejecutada) acabó de forma brutal con la vida de Fernán Gómez de Guzmán. Tras ello, solo seis días después de su muerte, y aprovechando el momentáneo vacío de poder que se había creado, Fuenteovejuna (con sus cuantiosas rentas) fue absorbida administrativamente por Córdoba de forma fulgurante, amparándose para ello como cortina legal en los viejos decretos de época de Enrique IV en que se exhortaba a la ciudad a hacerse con el control de la villa de Fuenteovejuna. Alonso de Aguilar podía estar contento, había triunfado donde en cambio su padre había fracasado y de paso se había hecho con el control indirecto de una fuente de importantes ingresos. 

   Por su parte el obispado de Córdoba veía como se desbloqueaba el pago de las sumas “atrasadas” que Fernán Gómez de Guzmán les negaba cobrar. En cuanto a Rodrigo Téllez Girón, el superior directo de Fernán en la Orden de Calatrava, no hizo nada al respecto de los sucesos de Fuenteovejuna. ¿Por qué?, recordemos que igual que la mayoría de la Orden de Calatrava apoyaba a Juana, mientras que Fernán Gómez era más partidario de la causa de Isabel. Desde su punto de vista la insurrección le había costado una villa pero a cambio le había librado de uno de sus principales opositores en el seno de la Orden. Finalmente, por su parte, la reina Isabel perdía un partidario en la figura de Fernán, pero a cambio ganaba para la jurisdicción real una villa muy rica que antes estaba nominalmente en manos de sus enemigos y de paso Alonso de Aguilar, uno de los grandes poderes de la región, se confirmaba como nuevo aliado suyo. Por eso el Procurador y un Alcalde Mayor que envío a la zona no hicieron otra cosa que ratificar los cambios ocurridos y cerrar sin detenidos toda investigación sobre el asesinato del desgraciado Fernán Gómez, seguramente un buen tipo pero que molestaba a demasiada gente poderosa, de tal forma que todo el mundo obtenía algo con su muerte. En resumen, cuando escuchéis lo de:

- ¿Quién mató al Comendador?.
- Fuenteovejuna, señor.

No os emocionéis demasiado, no es ningún canto a la insumisión popular. Todo lo contrario. Las gentes de Fuenteovejuna hicieron exactamente lo que esperaban de ellas los titiriteros que movieron los hilos de una sublevación pretendidamente “espontánea” que en realidad fue una revuelta inducida y orquestada por los poderosos señores de la zona, como ha quedado claro ya hace años a través de varios estudios en profundidad del episodio y las fuentes disponibles al respecto.

El chiste del dentista

Vamos a dar ahora un salto en el tiempo hasta otra conocida revuelta “espontánea” ocurrida en este caso en marzo de 1766 siendo rey Carlos III. Me refiero, cómo no, al conocido “Motín de Esquilache”. 

Como la mayoría habréis leído en vuestros viejos libros de texto escolares el detonante del levantamiento fue la orden dada a los madrileños de sustituir sus tradicionales capas largas y sombreros de ala ancha por capas cortas y sombreros de tres picos, todo ello con la finalidad de facilitar la identificación de posibles malhechores y dificultar que estos ocultasen a pleno día y mientras circulaban por la villa dagas o puñales bajo sus mantos.

A partir de la resistencia del pueblo raso madrileño ante un cambio tan aparentemente trivial se desencadenó una revuelta en la capital que luego se propagó con gran rapidez a otras veinticinco ciudades de la Península entre ellas Zaragoza, Coruña, Barcelona o Cádiz. Mientras tanto en Madrid los amotinados asaltaron y saquearon la residencia de Esquilache (donde hoy se halla el Ministerio de Cultura) para luego congregarse en torno el Palacio Real obligando a intervenir a la llamada Guardia Valona, con un resultado de unos cuarenta muertos. 

Inicialmente para explicar una reacción tan desproporcionada del populacho los primeros estudios sobre el suceso recurrieron a ponerla en relación con las malas cosechas de los años anteriores, sumadas a la carestía desatada por la decisión de Esquilache (en conjunción, todo sea dicho, con otros dignatarios de la Corte) de intentar liberalizar el comercio de cereales en la Península. Esta última había sido una medida razonable, sobre el papel, que sin embargo acabó produciendo resultados desastrosos por causa de las malas comunicaciones interiores y, sobre todo, debido a que los grandes propietarios aprovecharon la coyuntura para iniciar una ola de especulación con el precio del pan y otros productos de primera necesidad, todo lo cual dejó en manos de los acaparadores pingües beneficios pero en detrimento de un abastecimiento fluido de alimentos básicos para el pueblo llano. Por ejemplo, si en el año 1761 una fanega de trigo costaba en Castilla 843 maravedíes en 1765 esa cifra se había elevado hasta los 1657 maravedíes.

Ese habría sido, según diversos autores, el verdadero caldo de cultivo del famoso motín (es decir, el encarecimiento del precio de varios productos básicos)habiendo estallado luego el descontento a raíz de una cuestión nimia, la de los sombreros y capas, que se debería interpretar sencillamente como la gota que colmó el vaso y sirvió de excusa para prender la chispa de un malestar acumulado desde hacía tiempo en función de motivos más profundos.

No obstante la cuestión ha generado durante el último siglo una inmensa bibliografía y podría decirse que hoy en día casi ningún especialista serio defiende que el famoso Motín de Esquilache fuese realmente un simple motín de subsistencias. De ahí, por cierto, lo apasionante del asunto. En el mejor de los casos hay autores que lo consideran un estallido realmente espontáneo (producto del lógico malestar que compartía por entonces buena parte de la población en relación con la situación de carestía apuntada) pero que pronto fue instrumentalizado en secreto desde las altas esferas. Mientras hay quienes defienden incluso que el motín fue desde un principio el producto de una manipulación política. 

¿De dónde sale esto?. Ya en su momento los embajadores extranjeros presentes en Madrid durante los hechos que iniciaron la revuelta señalaron cosas extrañas respecto a lo ocurrido en la capital aquellos días. Por ejemplo la peculiar organización y comportamiento de algunos grupos de amotinados en el seno de los cuales se distinguía la presencia de sujetos anónimos a los que el resto de la turba parecía obedecer, sujetos que pagaban generosamente en cantinas y tabernas abundante bebida y comida para todo el que se adhería a los que protestaban. También resultaba intrigante la extraña tranquilidad de algunos notables de la Corte que durante los días de apogeo de los tumultos no parecían en lo más mínimo preocupados por posibles saqueos de sus propiedades. Más aún, en los pasquines que comenzaron a circular por Madrid y otras ciudades al poco de comenzadas las protestas populares no fueron pocos los que notaron el uso de un léxico muy rico y una cuidada ortografía.  

Pongámonos en situación. Cuando Carlos III accedió al trono español a finales de 1759 se trajo consigo un grupo de personas de confianza con las que había entrado en contacto en sus anteriores etapas como Duque de Parma y luego como Rey de Nápoles y Sicilia entre 1734 y 1759. Debido a ello el nuevo monarca nada más tomar posesión del trono de España comenzó a colocar a dicha camarilla en puestos de responsabilidad. En ese contexto es como el genovés Marqués de Grimaldi (el cual, todo sea dicho, ya había desempeñado diversos cargos durante el reinado anterior), o el siciliano Leopoldo di Gregorio, Marqués de Squillace o Esquilache, se hicieron con algunos de los puestos de más poder (y potencial para enriquecerse) de la Corte. Además, los miembros de ese grupo de extranjeros no solo se quedaron con una parte de los puestos políticos sino también con otro tipo de empleos de responsabilidad muy prestigiosos e influyentes, como es el caso del arquitecto Francesco Sabatini a quien se nombró Maestro Mayor de las Obras Reales y miembro de la Academia de Bellas Artes de San Fernando. 

Por si fuera poco esos hombres de confianza, en muchos casos de orígenes no demasiado elevados (gracias a lo cual habían sido ennoblecidos por el monarca al que le debían todo), pusieron en marcha un programa de reformas ilustradas que sobre el papel amenazó numerosos intereses económicos y políticos de la nobleza y la alta jerarquía eclesiástica en España. Se intentó así el reincorporar tierras a la Corona, se racionalizó el presupuesto y la caótica amalgama de puestos honoríficos en la Corte, se intentó poner freno a la independencia de la Iglesia respecto al poder real, etc.

No es descabellado pensar que, ante esa tesitura, algunos de los grandes nobles españoles desplazados de su posición de poder durante los primeros momentos del reinado de Carlos III aprovecharon el estallido del descontento popular contra Esquilache (o incluso lo provocaron), haciéndose al poco de su inicio y de forma subrepticia con el control de la revuelta mediante subalternos a su servicio infiltrados en el seno de la turba para dirigir las protestas de la misma contra objetivos concretos (como un grupo de cabestros guiando una manada de toros). Todo ello encaminado a echar un pulso al monarca de cara a que se deshiciera de su séquito de "advenedizos" y colocase a los integrantes de los grupos de poder tradicionales en la Corte de nuevo en los puestos de mayor prestigio, desde los cuales ya de paso podrían controlar también la dirección de las reformas a adoptar, "suavizándolas".

Incluso se ha especulado con la colaboración en la sombra, para financiar esos planes, del embajador francés o bien del embajador inglés, interesados quizás en aumentar su influencia en la Corte o bien debilitar a un potencial rival respectivamente.

El resultado en todo caso fue ambiguo. El Motín finalizó con la concesión por parte del monarca de diversas demandas de los amotinados, muy especialmente la expulsión de Esquilache de la Península, a lo que siguió una importante remodelación en los puestos de poder. Poco a poco los odiados ministros extranjeros fueron apartados de la mayoría de sus cargos y sustituidos por españoles, aunque en muchos casos se trató nuevamente de letrados y funcionarios de cuna no demasiado elevada –como el asturiano Campomanes- quienes siguieron por tanto siendo esencialmente fieles al monarca. Los viejos nobles de alto rango que esperaban verse restablecidos en puestos de poder con la salida de los “italianos” se llevaron una sorpresa. El disgusto fue especialmente grande en el caso del Marqués de la Ensenada, poderosa figura en reinados anteriores degradado a una posición secundaria durante los años previos y al que tras el famoso motín se le ordenó exiliarse en Medina del Campo. Mientras tanto personajes con los que nadie contaba, caso de los condes de Aranda y Floridablanca, saltaron al primer plano como resultado de todo lo ocurrido.

Asimismo al año siguiente, en febrero de 1767, mediante una Pragmática Sanción se expulsó a los jesuitas de España y sus posesiones americanas (2.641 sacerdotes de la orden fueron expulsados de la Península y 2.630 de América, lugar donde controlaban importantes reducciones en la zona de Paraguay) y además se confiscó buena parte de sus posesiones (solo en España poseían 146 edificios) algo que desde el principio se interpretó como una represalia por la hipotética implicación de la orden en la preparación y dirección del Motín desde un segundo plano.

Hay quien asegura que los jesuitas fueron en cambio una cabeza de turco y simplemente se aprovechó la excusa para deshacerse de un grupo de poder influyente por sus conexiones políticas o su control de la educación. En cualquier caso, aún de haber estado implicados en el motín algunos de sus miembros, no está claro que los jesuitas fuesen los únicos ejecutores, ni siquiera los dirigentes del complot. Tal vez habrían aportado su colaboración para -mediante su red interna- extender la revuelta desde Madrid a otras áreas, todo ello debido a su especial lealtad al Papado y por ello su oposición a la política regalista (intervención de la Corona en el control de los nombramientos y las rentas percibidas por la Iglesia del reino) adoptada por varios ministros ilustrados de Carlos III. Pero aun así, como he dicho, no está nada claro que ellos fuesen los que instrumentalizaron el motín en la capital, ni que cuanto menos se tratase del grupo de poder más interesado en el mismo, o al menos el único. Por ejemplo fue un estrafalario monje franciscano quien llevó ante el rey las peticiones de los amotinados en Madrid.

Es interesante también anotar otros dos datos más respecto a la expulsión llevada a cabo con los jesuitas. El primero, que un argumento decisivo en su condena fue una supuesta carta en donde el superior de los jesuitas, padre Ricci, afirmaba que Carlos III era en realidad el producto de una infidelidad de Isabel de Farnesio con el cardenal Alberoni. El segundo, que décadas después fue Fernando VII (verdadero adicto a la instrumentalización de golpes de efecto y “motines”, del cual voy a hablar más adelante), quien permitió la vuelta a España de la orden.

De todo esto surge la apasionante polémica historiográfica. Se especuló mucho en el pasado con que el gran “elefante blanco” del movimiento subversivo era el antes citado Marqués de la Ensenada (muy buen amigo, por cierto, de la orden jesuita), aunque de un tiempo a esta parte se han propuesto otros nombres como grandes instigadores en la sombra de todo lo ocurrido, caso de Fernando de Silva, XIIº Duque de Alba. Con todo probabilidad el anterior es un enigma que nunca se resolverá a ciencia cierta.

Por otro lado y pese a que Carlos III aparentemente consiguió reafirmar su autoridad después de todo lo ocurrido no es menos cierto que el hipotético programa reformista Ilustrado con el que había iniciado su reinado nunca recuperó su brío inicial. Tras los tumultos quedó muy patente que las reformas de verdad en materias sensibles que afectasen los intereses de los grandes nobles o la Iglesia eran en aquel momento imposibles en España o incluso en territorio americano donde la política de los Borbones levantaba también grandes recelos entre los potentados locales. Merced a ello durante el resto de los años de reinado de Carlos III en España se realizaron modificaciones fundamentalmente epidérmicas del sistema social y político, las cuales no afectaron prácticamente en nada a los privilegios fiscales o judiciales de los grupos más favorecidos, a la vez que la mayoría de proyectos diseñados por los brillantes ministros ilustrados de la Corte se quedaron en eso, en proyectos, que luego rara vez se plasmaban sobre el terreno al ser modificados en tal o cual Gabinete o Consejo, al verse desprovistos de fondos necesarios para su aplicación en la práctica, o resultar paralizados por intereses locales durante el intento de ser llevados a término.

Tal es así que al final del reinado de Carlos III, y pese a que en Madrid se habían realizado para entonces algunas obras públicas muy bonitas, la España de la época seguía siendo en el día a día un país atrasado, inculto, ridículamente conservador, y carcomido por las severas diferencias sociales entre las grandes masas de desposeídos frente a la riqueza obscena de la que hacían gala los ociosos e improductivos nobles y eclesiásticos de alto rango que monopolizaban por completo la inmensa mayoría de los puestos de decisión. Todo ello sin que una por entonces casi inexistente burguesía mercantil y urbana ofreciese alternativas sólidas de cara a modernizar la estancada economía patria o liberalizar el sistema político, a diferencia de lo que ya empezaba a ocurrir en otros países más desarrollados del entorno. 

En suma, como he intentado explicar, actualmente la historiografía considera el famoso Motín de Esquilache un movimiento popular (espontáneo o no) que, de alguna manera no muy clara, sufrió una instrumentalización política evidente en medio de una lucha por el poder entre diversas facciones dentro de la Corte. Quizás se habría tratado de un “aviso” a la Corona planteado desde sectores de privilegiados que se sentían desplazados de los órganos de decisión y amenazados en sus intereses de clase por la política ilustrada de reformas que se intentaba llevar a cabo en aquellos años. Lo cual en el futuro desembocó en la paralización de toda medida "demasiado" ambiciosa en esa dirección.

En cierta forma el Motín de Esquilache sería respecto a la Ilustración española como el famoso chiste del señor que va al dentista y antes de que este último comience su trabajo le agarra los testículos, lo mira directamente y le espeta con voz calmada: ¿No nos vamos a hacer daño, verdad?.

Obviamente, llegado aquí, tengo que recomendaros la magnífica película sobre todo este asunto rodada por Josefina Molina en 1989 basándose en la obra de Antonio Buero Vallejo, Un soñador para un pueblo (1958). No es que todo lo que cuenta la película en cuestión sea exacto, ni que se deba idealizar la figura del pobre Esquilache tanto como se hace en la misma, pero el guión refleja muy bien el trasfondo de lo sucedido y de la verdadera realidad del Despotismo Ilustrado en España (esa frase final de Ángela Molina: “No tienes otra cosa que darme que grandes palabras”), a la vez que resulta de una actualidad demoledora en tanto que reflexión sobre cómo funcionan algunos mecanismos políticos en este país desde tiempo inmemorial.

El pueblo unido jamás será vencido

De hecho si existen dudas sobre lo ocurrido realmente en el Motín de Esquilache en cambio existen muy pocas sobre lo que sucedió unos años después durante los sucesos del conocido como Motín de Aranjuez. Voy a detenerme un momento en él porque unido a lo que he contado sobre el Motín de Esquilache me sirve para establecer un patrón.

Oficialmente entre el 17 y el 19 de marzo de 1808 estalló en Aranjuez una revuelta espontánea del pueblo motivada por el odio que despertaba el favorito real Manuel Godoy, siendo este último depuesto a raíz de todo ello. Ese es el resumen rápido de la crónica oficial, como digo. En cambio la realidad última de los hechos resulta ser un poco más compleja.

El día 16 de marzo la guarnición que protegía la zona fue relevada y dado que Aranjuez por entonces no contaba con una cantidad de población importante un número indeterminado de alborotadores empezaron a llegar a la villa desde otras poblaciones del entorno. Entre ellos se encontraban disimulados muchos criados y personal de cámara al servicio de nobles afines al futuro Fernando VII, encabezados por un embozado que se hacía llamar “tío Pedro”, el cual distribuía generosamente dinero entre todo el que aceptara seguirle, ya que se trataba en realidad de Eugenio de Palafox y Portocarrero, octavo Conde de Montijo, disfrazado de campesino manchego.

Preparado así el terreno durante el día 17 empezaron a circular por la villa rumores interesados difundidos por miembros del llamado “partido fernandino” lo que desembocó en un asalto a la residencia de Godoy por parte de la turba, siendo capturado el propio Godoy –quien se encontraba escondido en la misma- a las pocas horas, suceso que precipitó definitivamente los acontecimientos. Al día siguiente el acorralado Carlos IV destituyó a Godoy de sus cargos como paso previo a abdicar en su hijo Fernando cuyos partidarios habían organizado en realidad toda la puesta en escena descrita. 

   Pese a ello, inicialmente, todo lo ocurrido se interpretó como un suceso puramente espontáneo en cierta forma motivado, como dije antes, por el odio popular (cierto, sin duda) contra Godoy, a semejanza del que sufrió Esquilache décadas antes. No obstante hoy sabemos en realidad que toda aquella farsa no fue sino un primitivo golpe de Estado, eso sí perfectamente planeado y ejecutado (explotando la inquina del populacho contra el valido), a diferencia de la llamada Conjura de El Escorial, un fracasado intento de hacer lo mismo que sin embargo había sido abortado en octubre del año anterior.

Y me acerco así a la cuestión más complicada de la entrada de hoy. Creo haber mostrado hasta aquí la existencia de un patrón mediante el cual las élites conservadoras en la España del Antiguo Régimen tenían por costumbre instrumentalizar “revueltas” populares como elemento de presión política de cara a la defensa de sus propios intereses.

Planteado eso vamos por tanto a seguir en el año 1808 y saltar apenas mes y medio en el tiempo hasta el momento en que las tropas francesas ocupaban parte de la Península y en ese contexto en pleno Madrid la nación "espontáneamente" se levantó contra el invasor. 

Existe una hipótesis muy interesante que juega con la posibilidad de que el origen de ese famoso alzamiento del Dos de Mayo estuviese en partidarios de Fernando VII quienes habrían intentado repetir la experiencia del motín de Aranjuez temerosos de que Napoleón devolviese el trono a Carlos IV o bien nombrase -como así ocurrió- a su propio hermano como rey, amenazando de paso con trasladar a España el programa de reformas derivado de la revolución francesa, lo cual pondría en cuestión a su vez los fuertes privilegios que aún mantenían por entonces la nobleza y la Iglesia españolas. Por ello ciertos miembros de esos dos estamentos se habrían dedicado a sembrar el germen de la revuelta en sus días previos, con la esperanza de que si el golpe de mano salía bien tal vez Murat informase a Napoleón de la necesidad de contar con Fernando VII y sus leales para mantener calmada la Península. Para dichas élites se trataría por tanto de dar una muestra de su hipotético poder movilizador, en base al cual luego obtener una cierta posición de fuerza desde la que negociar con los franceses el mantenimiento en España de los privilegios del alto clero y la nobleza de sangre a cambio de ayudar en mantener calmada a la turba en el futuro. Algo parecido a lo que más o menos había funcionado en 1766.  

Respecto a tal hipótesis hay una obra un siglo posterior a los acontecimientos del famoso Dos de Mayo, publicada en 1908 por Juan Pérez Guzmán, en la cual se ofrecían ya una serie de datos muy reveladores a la luz de todo lo que hemos aprendido sobre motines del período, como los que he ido diseccionando en esta entrada de hoy. En particular Pérez Guzmán desgranaba una relación de víctimas de la represión francesa en la que destaca sobremanera el predominio de criados y subalternos de los Reales Sitios, es decir integrantes de la servidumbre de confianza de la nobleza. Es más de los 409 muertos censados al final de la revuelta en Madrid, 159 no eran propiamente madrileños. Se trataba de asturianos, leoneses y gallegos adscritos a oficios de servicio en Aranjuez o pueblos de las cercanías como Miraflores o Navalcarnero. Todos esos individuos al parecer tuvieron la idea de abandonar sus puestos y acercase a Madrid el mismo día, en el cual se sabía de antemano que los ánimos populares iban a estar particularmente caldeados.

Precisamente la jornada anterior, domingo uno de mayo, se había celebrado una feria en la ciudad, dedicada a Santiago el Verde, y mucha gente que salió de sus casas para hacer compras así como muchos campesinos que acudieron a Madrid aquella mañana desde los pueblos cercanos se habían encontrado por diversos rincones de la capital con unos enigmáticos pasquines señalando que se acercaba la hora en que se iba a “alzar el telón”. Era una especie de consigna para que la gente se congregase frente al Palacio Real el día siguiente, lunes dos de mayo. El que escribió eso tenía información de Palacio presagiando que María Luisa, hermana de Fernando VII, y sobre todo el joven infante Francisco de Paula, el hijo menor de los reyes, iban a ser trasladados a Francia con la mayor discreción precisamente en esa fecha. ¿Quién sabía eso y lo difundió por la capital?. No mucha gente tenía conocimiento, pues se pretendía mantenerlo en secreto para no excitar aún más la inquina de la población. 

   Lo que es más, el ciudadano que desató los primeros tumultos frente al propio Palacio Real gritando consignas de "¡Que nos lo llevan¡"¡Traición¡ ¡muerte a los franceses¡" se llamaba José Blas Molina, un cerrajero de negocios turbios, siempre al servicio de miembros del partido fernandino para los que ocasionalmente ejercía de esbirro, a tal punto que había sido uno de los implicados en el motín de Aranjuez. 

Por su parte las autoridades, tanto francesas como las españolas colaboracionistas, intuían desde hacía tiempo que algo se preparaba. Así, desde el 24 de abril, estaban prohibidas las concentraciones de gente en las calles y asimismo el capitán general de Madrid, el afrancesado Francisco Javier Negrete y Adorno, había ordenado expresamente en los días previos que ningún soldado u oficial español saliese de su acuartelamiento. Lo cual explica que en el famoso dos de mayo solo siete capitanes (entre ellos claro está los famosos Luis Daoíz y Pedro Velarde), cuatro tenientes (entre ellos el más conocido Jacinto Ruiz), seis suboficiales menores (como el cadete Juan Manuel Vázquez, de solo doce años de edad) y unos 70 soldados españoles en total (de los 3.000 estacionados en Madrid o sus proximidades) se sumasen a la revuelta contra el invasor. 

 Todo esto permite especular sobre una posible reconstrucción de los hechos a la luz de lo que hoy sabemos. En ese sentido parece claro que detrás del levantamiento del 2 de mayo existió una preparación previa y que dicha preparación procedió toda o en parte de figuras del llamado “partido fernandino”. Por supuesto desde el mismo no se planteaba una revuelta masiva, solo espolear los ánimos del populacho para mostrar a los franceses la necesidad de contar con su grupo a la hora de llevar a cabo toda política en la Península. De cara a tal objetivo probablemente se usó como peones del movimiento a personal de servicio muy fiel, desplazado a zonas clave de la ciudad con la misión de excitar los ánimos del populacho y encabezar las protestas, algo que como he intentado explicar a lo largo de la entrada ya se había puesto en práctica otras veces. 

   En cambio no se contó para nada con la implicación de los militares porque, a diferencia del reducto de conservadurismo rancio en que se convertiría posteriormente el ejército español, durante la primera mitad del s. XIX los cuerpos de oficiales resultaban un avispero relativamente progresista del que salieron muchos liberales y afrancesados en esos años. Por tanto los grupos conservadores que componían la camarilla fernandina no poseían suficiente predicamento en esos sectores como para fiarse. Y además no se preveía un golpe de mano de una escala excesiva ni de tipo puramente militar, se trataba de llevar a cabo algo más sutil. En ese punto con toda probabilidad los conspiradores perdieron de vista que el enemigo al que se enfrentaban no se parecía, en cuanto a su determinación, a nada con lo que hubieran tratado anteriormente. 

   Mientras tanto no es descartable que los principales oficiales del ejército de ocupación, informados por colaboradores afrancesados o por sus propios espías, estuviesen muy al tanto de lo que se preparaba y a pesar de ello dejasen el plan seguir su curso con el fin de hacer una demostración de fuerza y dar un escarmiento. El propio Pérez Guzmán ya lanzaba en su día una hipótesis parecida, en el sentido de que la preparación del levantamiento en Madrid hubiese sido tolerada por los franceses, quienes estarían más o menos al corriente de la misma a través de sus agentes en la capital, todo ello con el fin de precipitar un estallido de cólera popular -por otra parte inevitable tarde o temprano- en un momento en que la fuerte concentración de tropas que poseían en la ciudad y su entorno (unos 30.000 hombres bien pertrechados y experimentados) hacía que dicha revuelta estuviese condenada de antemano al fracaso. Por tanto vigilando, o incluso espoleando, la llegada de lo inevitable los militares franceses se aseguraban que la rebelión estallase cuando a ellos les convenía, es decir cuando contaban con abundantes tropas estacionadas en el perímetro de la ciudad, y no cuando esas mismas tropas estuvieran ocupadas en algún frente lejano. Además, tras la consiguiente victoria sobre el motín, podrían aprovechar para “hacer limpieza” en la capital una vez los opositores más virulentos al nuevo estado de cosas se hubiesen descubierto y desenmascarado a sí mismos.

Seguramente sin embargo una vez prendida la chispa el resultado sorprendió a todas las partes implicadas. La respuesta que tuvo entre el pueblo llano la explosión de un fenómeno nuevo, el patriotismo, hizo que el resultado logrado en realidad tampoco se pareciese a nada que se hubiese visto con anterioridad. Pese a enfrentarse básicamente a población civil casi desarmada los franceses habrían perdido unos 50 hombres durante los combates, aunque sufrirían también más de 100 heridos sobre un total de unos 20.000 hombres movilizados con la misión de reprimir la revuelta (otras fuentes, por supuesto españolas, elevan tales bajas hasta el millar). En cuanto a las bajas españolas estudios recientes como los de Ronald Fraser confirman en cierta forma los datos manejados ya en su día por Pérez Guzmán, incluso reduciendo un poco las cifras de la represión francesa y por tanto dejando las bajas de aquellos eventos en un total de 375 muertos (incluidos los ejecutados) por parte del bando español, a los que habría que sumar unos 200 heridos (de todos los cuales solo 39 muertos y 28 heridos corresponderían a militares).  

   De hecho en los días siguientes la nobleza conservadora española, incluso no afrancesada, quizás entre ella parte de los implicados en el desencadenamiento de los hechos, se mostraba horrorizada por el nivel de virulencia que habían acabado alcanzando los combates. Tomando conciencia por primera vez esas clases sociales de lo peligroso que podía ser despertar a las masas dormidas en pleno mundo contemporáneo.

Como he mantenido hasta aquí la chispa inicial de todo lo ocurrido probablemente fue planificada mientras que por el contrario la explosión subsiguiente entre las clases populares tras la llamada a la revuelta fue imprevista y espontánea. Pero todo junto además confluyó con otro proceso distinto cuando diversos miembros de una pequeña conspiración militar independiente se unieron a la revuelta civil. Me refiero a los integrantes de la “Confabulación de los artilleros”, un grupo de conspiradores de poca monta (Daoíz y Velarde, Francisco Novella o Antonio Almira) integrado sobre todo por oficiales de mediana categoría quienes por su cuenta llevaban días planificando alguna acción de resistencia. Los acontecimientos del Dos de Mayo los cogieron por sorpresa y algunos de sus miembros, de forma puramente emocional, se precipitaron a unirse a los combates proporcionando las páginas más épicas del día, aunque por otra parte también las más inútiles y abocadas al fracaso desde el principio.

Luego, a lo largo de las décadas siguientes, escritores como Muñoz Maldonado, el conde de Toreno, Modesto Lafuente o el propio Galdós, así como múltiples pintores, canonizaron una interpretación totalmente mitificada y glorificadora en clave nacional de los eventos ocurridos durante el levantamiento de Madrid. Capa de exageraciones, rumores, leyendas y mentiras que hace hoy verdaderamente difícil desentrañar la verdadera naturaleza de gran parte de lo ocurrido. A fin de cuentas lo que yo acabo de exponer es solo una hipótesis, imposible de probar a ciencia cierta como otras muchas que se han lanzado.
  
Por poneros un ejemplo de mitificación sobre el período que sí se puede más o menos verificar me centraré en el caso de la famosa Manuela Malasaña quien supuestamente murió mientras recargaba el fusil de su padre el cual luchaba frente al parque de artillería de Monteleón, único cuartel que se sumó abiertamente a los insurrectos (de hecho hubo unidades regulares españolas que incluso participaron codo con codo con los franceses en la represión de sus compatriotas). Según la tradición Manuela fue abatida por una bala y una vez muerta su padre siguió luchando sobre el cadáver de su hija. Hermosa historia y poderosa escena que ha sido recreada en pinturas como la que muestra la imagen anexa. Pero de hecho es imposible que esto sucediese, para empezar porque Manuela –que sí existió- era huérfana algo que refleja su partida de defunción: “hija legítima de Juan Manuel Malasaña, difunto, y María Oñoro”. Lo cierto es que la ejemplar leyenda es una invención realizada por Fernández de los Ríos en su Guía de Madrid publicada en 1876.

En cambio la reconstrucción más probable de los hechos que tenemos hoy en día es que la muchacha, de quince años por entonces, no participó en el levantamiento y una vez cesaron los disparos y pareció restablecerse la calma salió de un taller de costura en el que trabajaba, probablemente ubicado en la calles de las Fuentes, para dirigirse a su casa, que desgraciadamente se encontraba situada en la calle San Andrés, al lado del parque de artillería sublevado. Por ello durante el trayecto, a la altura de la calle San Bernardo con la Palma, la abordaron dos de los muchos soldados galos que permanecían en la zona, los cuales hicieron amago de registrarla, quizás por rutina o tal vez con intención de abusar de ella luego. Manuela, seguramente asustada, se resistió, tal vez usando sus tijeras de costura. Debido a lo cual, los soldados en cuestión, frustrados, usaron ese pretexto para detenerla y luego fusilarla, verdadero motivo de su muerte. Un suceso triste pero desde luego no tan épico y glorioso como la leyenda posterior.

En todo caso puede decirse como conclusión que el ejército francés en cuanto a su aventura española en época de Napoleón cometió errores parecidos a los del ejército estadounidense en su reciente operación iraquí: confió demasiado en su superioridad militar y la capacidad consiguiente de resolver los problemas mediante el recurso a la fuerza. Al hacerlo desechó otro tipo de vías y por ello fue perdiendo o ignorando progresivamente apoyos que podrían haberles ayudado a controlar a la población mediante métodos más próximos al “poder blando”.

No está de más recordar a ese respecto que una década después de finalizada la citada guerra contra Francia un masivo ejército francés de más de 60.000 hombres atravesó de nuevo la Península con el propósito de deponer al Gobierno español del período. Pero esta vez todo ocurrió entre la indiferencia cuando no los vítores de la población que los había combatido a muerte unos años antes, gracias a la total sintonía de esa expedición gala con la Iglesia y las élites conservadoras del país, agrupadas en torno a Fernando VII, esta vez sí interesadas en una intervención francesa en el país con el objetivo de deponer a los liberales entonces en el poder.

Pero no me extenderé más por hoy. Tal vez, eso sí, una vez realizado este somero repaso por algunos hitos del pasado histórico peninsular detrás de los cuales se atisban enigmas que aún en la actualidad están por resolver, podría surgirnos la duda de si análisis en cierta forma semejantes deberían proyectarse sobre eventos de nuestra historia un poco más cercanos al presente.  

Por suerte la pluralidad de medios de información existentes hoy en día, el férreo compromiso democrático de las élites españolas de nuestro tiempo, así como el soberbio nivel cultural de nuestra población, hacen prácticamente impensable que ese tipo de manipulaciones hayan podido reproducirse ante nuestros ojos en períodos recientes. La verdad es que somos unos privilegiados por vivir en una época y una sociedad donde ya no debemos preocuparnos lo más mínimo de quienes acechan en las sombras y sus rebuscados engaños. 



10 comentarios:

  1. No sé como encajaría en esta idea la conspiración máxima de la historia reciente, como supongo que será la rebelión militar que dio origen a la guerra civil.


    PD 1: el título te ha quedado maravillosamente lovecraftiano.

    PD 2: ¿La primera imagen que dé cómic es? ¿Trata de conspiraciones?

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    1. Puestos a pensar uno se queda loco.

      Por ejemplo. Me viene a la cabeza que si aplicamos el esquema del Motín de Esquilache cambiando a la proclama de recortar las capas por la suplencia de cierto portero sobrevalorado, Esquilache por Mourinho, Carlos III por ese déspota ilustrado de nuestro tiempo que es Florentino Pérez, los grandes de España por Ramón de la Morena y su secta de lacayos, los jesuitas por los periodistas de deportes de la COPE y el Marqués de la Ensenada por Valdano... el resultado final resulta inquietante.

      El cómic es una imagen del volumen 7 de la serie "OKKO" de Hub (una de mis BD favoritas). Concretamente el primer tomo del "Ciclo del Fuego". Y por supuesto hay una compleja conspiración de fondo pese a que a primera vista no lo parece, por algo el personaje que sale en la imagen, perteneciente al imaginario clan Ataku, lleva consigo una marioneta.

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  2. Me sorprende que con el rigor que generalmente sueles escribir (y si no rigor académico, sí de espíritu) se cuele algo que creo que no es tema menor: Córboda no era ninguna provincia ni región ni nada por el estilo, cosa que creo que a estas alturas podemos decir sin ninguna clase de problema dado que no existe ningún tipo de debate identitario al respecto, sino que era un reino por derecho propio, como los muchos otros que había en la Corona de Castilla que no era un reino, sino una suma de ellos. No es un tema menor ni baladí, porque la Corona misma (como la posteriormente llamada de Aragón) era algo más parecido a la actual UE, un acúmulo amontonado de estructuras jurisdiccionales bajo una autoridad central que se iba imponiendo a la brava, exactamente como la UE actual. Así que igual que hoy no tiene sentido decir que España es "una provincia" o "una región" de la UE (aunque no es un estado soberano, y no desde luego como Nepal o Seychelles, y esto tampoco es baladí: su jurisdicción depende de Bruselas y no por tratados internacionales, sino por tratados regionales que no son derecho internacional, y el comandante en jefe de sus ejércitos no es el Preparao, sino un general americano, tema tampoco que ni menor ni boutadesco). Por ejemplo, el territorio referido debido a los efectos reseñados, NO pertenecía al reino de Córdoba sino al de Jaén (más cerca de Carpio que de Córdoba misma, dependiente de Martos, creo, enclave que evidentemente sobrevivió hasta las reformas delirantes y cuadriculadas de inicios del XIX (al respecto tengo que decir que la tan atrasada Dinamarca, modificó sus fronteras internas medievales si no me falla la memoria en algún momento de los años 80, mientras que en Suíza siguen en vigor fronteras de 1291 con todos sus enclaves, exclaves y demás).

    No vamos ahora a puntualizar las diferencias, pero las había y eran muy relevantes. De hecho creo que al artículo le falta una pequeña disgresión entre el orden social (estamental) y la organización jurisdiccional, porque los mapas de la época en realidad deberían ser mosaicos en toda Europa, y no al estilo de estados modernos de jurisdicción única (y mercado único, tan o más importante) fruto de las revoluciones de la Ilustración. Dicho sea de paso, los territorios de las Órdenes Militares, por definición, eran de la Corona, aunque efectivamente su administración era la que era (como por otra parte, todas las jurisdicciones medievales y del Antiguo Régimen incluyendo las eclesiásticas).

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    1. Eso que comentas en totalmente correcto. Fíjate que en varias de mis entradas, como en contra de lo que pueda parecer me preocupan más la idea general y el fondo de la misma antes que los detalles, se me tienen que estar colando de vez en cuando errores por pura probabilidad matemática.

      Sin embargo esto ha sido más bien una decisión consciente y racional. Para que lo sepa la gente que lee el blog, la división del territorio en provincias que tenemos en la cabeza hoy en día procede de la reforma de Javier de Burgos, que ya es en el XIX. A partir de ahí comienza a configurarse el espacio peninsular de la forma en que más o menos nos suena a nosotros hoy en día, hasta llegar a la división territorial que se consolida con la Transición.

      Antes de eso las cosas eran bastante más complicadas. Mucho más de lo que la gente piensa. Por ejemplo para las épocas de comienzo del mundo Moderno cuando hablamos de “España” o un poco después cuando mencionamos el “Imperio español” en realidad hablamos de un conglomerado de reinos y otro tipo de entidades, al estilo de la actual UE, dentro de los cuales –para complicar las cosas aún más- existían a su vez subunidades administrativas que no tienen nada que ver con las que conocemos en el presente, las cuales en ocasiones poseían peculiaridades jurídicas o fiscales, o bien aduanas propias, que no siempre estaban presentes por todo el territorio, cuyo alcance no era uniforme, cuyos límites jurisdiccionales eran irregulares y no están claros e incluso varíaban continuamente en el tiempo.

      Para hacerse una idea (a ver si las podéis ver), en estos enlaces se podría ver a grandes rasgos las estructuras del reino de Francia y el Ducado de Borgoña por la época en que estamos hablando. Muy por encima, porque luego dentro de todo las subunidades que se marcan había múltiples subdivisiones menores con varias funciones. Y hablamos de dos zonas más o menos bien estructuradas para la época. La Península era algo parecido incluso para mal en algunos casos.

      http://i.imgur.com/HLZ15Fl.png

      http://i.imgur.com/8rkSIIo.png

      Así por ejemplo en Castilla te encuentras que a veces se llama “provincias” a las ¿dieciocho? ciudades que votaban en Cortes y sus territorios circundantes pero esos hinterland tenían formas irregulares, discontinuas y grandes diferencias de tamaño.

      Esto no me puedo poner a considerarlo o explicarlo en plena narración porque resulta muy confuso para el lector. En todo caso puedo ser sutil con las palabras y mencionar algo así como el “término” de Córdoba en vez de usar la palabra “provincia”, pero al final me parecía que lo mejor era simplificar, hablar de la “provincia de Córdoba” y que la gente visualizara el fondo del asunto que era retratar una pelea por cuestiones de dinero y poder en el marco local, que es el meollo de la cuestión en el caso de Fuenteovejuna. Por eso también al respecto expliqué las líneas de tensión básicas entre ciudad de Córdoba, obispado y orden militar. Y punto, aun cuando en cada detalle podría dibujarse una imagen más compleja del asunto. Por ejemplo no es que en la zona de Córdoba en esa época exista un único gran cacique, Alonso de Aguilar. El mosaico nobiliaro de la época, las familias con intereses y poder en la zona eran unas cuantas más. Y antes de eso la forma en que Fuenteovejuna acaba en las manos de la Orden de Calatrava también resulta un proceso todavía más complejo de lo que explico, debido a que habría que hablar de cómo formó parte de una permuta de varias aldeas en aras de la creación de una especie de mayorazgo para el hijo de un maestre, como explica Maria Dolores Burdeus en “Las órdenes militares: realidad e imaginario” editado por la Jaume I, libro en que se dedica un capítulo al complicado asunto de Fuenteovejuna.

      Sin embargo todo esto lo simplifiqué porque ya de salida era una entrada ambiciosa que mezclaba tres temas y toda divagación un poco fuera del núcleo de cada uno de ellos convertía el texto en demasiado enrevesado.

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    2. Es que la realidad es enrevesada xD

      A pesar de que hoy se nos vende que vivimos en estados normalizados, de jurisdicción única y soberanos, las cosas nunca han dejado de ser complejas. Hoy en día existen agentes tan o más poderosos que antaño, y si bien no echan pulsos al Estado en el sentido de pretender derribarlo, sí que pelean por su control, exactamente igual que hace casi 600 años. El Banco de Santander, Iberdrola, o cualquier otra entidad mercantil cuyo peso económico es mayor casi que el del propio estado (en el primer caso está fuera de duda), no se diferencian demasiado del poder que tenía la Iglesia, ciertas órdenes militares, ciertos grupos sociales o determinadas noblezas estratificadas en capas y territorializadas. Las cosas no son exactamente iguales porque al menos formalmente, sí se ha alcanzado la jurisdicción única respecto a los ciudadanos físicos (que no jurídicos), cosa que antes no existía (en esa época, cosa que a mucha gente aún asombra, no sólo había esclavos, que los había, sino que como es lógico eran bienes muebles). Y como hoy, a veces el poder de Mercadona o Carrefour en determinados contextos (sin ir más lejos, los plazos de pago a sus proveedores que es algo que no es ninguna broma para la economía del subsistema-Hispanistán) es simplemente inatacable por parte del Estado, entendámonos, no es que el estado no pueda aplastarlos, que puede (y siempre y cuando haya un juego de mayorías para avalarlo), es que es como atacar una parte de tu propio cuerpo. Igual que con la orden de Santiago, el Cabildo de Sevilla o la Corte misma.

      Creo que puedo regalar unos mapas de mucho interés, eran de una página que hace no muchos años tenía Joaquín Salas Vara de Rey, unos mapas excelentes y muy asociados a la evolución del concepto moderno de Estado, muchos de ellos aún son fáciles de localizar por internet, otros los vende directamente:

      http://spanyolorszag.us/wp-content/uploads/2010/04/1787_spanyolorszag1.gif

      Este es una versión abreviada del mapa real, mostrando la situación en 1785, que sí tiene diferencias importantes respecto a finales del siglo XV (es interesante subrayar el hecho de que una de las fronteras más antiguas de Europa es la hispano-francesa, no se ha movido desde 1659, cosa que la hispano-portuguesa sí lo ha hecho y varias veces, incluso tiene contenciosos pendientes, y esto -el no moverse- no es síntoma de estabilidad sino de dependencia, algo que puede sonar chocante en casos como el suízo, por ejemplo). El mapa es asombrosamente exacto, aunque faltan detalles muy importantes como la atomización del reino de León (que incluye totalmente a las actuales Asturias, por cierto un invento de 1385 copiado del título de príncipe de Gales y precisamente como consecuencia del desembarco del Lancaster en la península reclamando el trono de Castilla, el éxito de esto hubiera dado pie a una ucronía bastante impresionante), también se aprecian los residuos de lo que en su día fue la Extremadura castellana y se ven perfectamente los restos de los territorios de órdenes militares.

      Los mapas sin abreviar, pero sin suficiente detalle pueden verse aquí:
      http://www.euratlas.net/history/hisatlas/europe/es_index.html

      En realidad estas realidades, que estaban muy territorializadas (dado que la posesión de la tierra era la piedra angular de todo el sistema antiguo, si no se come uno se muere) hoy en día no sabríamos cómo representarlas, dado que el poder se ha desplazado a conceptos mucho más intangibles de nuestra cultura, pero unos mapas así de correctos y ya a escala del Sistema-Mundo podrían ser representar el poder de la dolarización, el alcance y profundidad de las leyes de propiedad intelectual, los sistemas legales, etc. Es decir, hoy como antaño, parece que la estructuración a nivel político (lo que entendemos como política: la capa más externa y visible de todo el tinglado) es simplemente la espuma de todo el proceso, y obviamente lo menos crítico (que lo es en bastante grado), no sólo para entenderlo, sino para caracterizarlo.

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    3. Pedazo de contribución. Pedazo enlace el de los mapas. De hecho yo creo que tengo por un disco duro varios de estos mapas desde hace tiempo, para usarlos en presentaciones y tal, pero descuidado como soy no sabía de dónde salían, de hecho ni me acuerdo de dónde me bajé alguno como este:

      http://i.imgur.com/MQcEx0B.jpg

      que igual no es del mismo autor pero el concepto es el mismo, intentar ilustrar la confusa naturaleza de algunos tipos de circunscripciones y poderes que emergieron del confuso mundo medieval, mucho antes de la instauración de Estados propiamente dichos en época contemporánea (los cuales ciertamente hoy en día están en crisis debido a la emergencia por arriba y por abajo de otro tipo de poderes).

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  3. Es del mismo autor. Entiendo que los que ponía él en su web (abandonada hace tiempo, se puede ver en Time Machine) eran de libre uso, porque en realidad todos eran versiones (muy) abreviadas. Desde luego siguen circulando con profusión.

    Lo más... extraño del caso es que esa situación es confusa para nosotros hoy, para ellos era cristalina, o al menos tan cristalina como lo es nuestro mundo contemporáneo a nosotros. Y es que es la misma realidad, sólo que se adapta de forma diferente a nuestra cosmovisión y nuestra interacción con el mundo físico. Por eso, a pesar de que tenemos un patrón universal a la hora de ver el mundo, en todas las épocas y lugares, los detalles los carga el diablo. *Es* lo mismo, sólo que *no es* lo mismo. Como decía el otro, somos water, my friend.

    Creo que el problema más grave que tenemos como especie es nuestra incapacidad de pensar "en grande", es decir, de planificar o al menos preveer (en la medida de lo posible) a siglos vista. Hoy, como en el pasado, planeamos a horizontes de muy corto plazo, a lo sumo dejando puertas abiertas o despejando caminos a medio plazo. En ese aspecto, teniendo en cuenta el enorme salto de conocimiento que hemos experimentado (en otras palabras: nuestros antepasados al menos tenían la justificación de la ignorancia, nosotros ya no la tenemos), es un poco penoso el lamentable estado actual de la Humanidad.

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  4. Dentro de unos años, sin amputación ni precipitación, a tenor de las declaraciones que realizó Gómez Bermúdez a la presidenta del Foro de Ermua, quizá podamos saber quienes se movieron en las sombras del 11-M.

    Javier Gómez Bermúdez. Presidente del tribunal del juicio del 11M:
    "Hay cosas que son tan complejas, tan graves, que es mejor que no se sepan todavía... que se sepan más adelante"

    https://youtu.be/Kxxo2dG2l4k

    https://youtu.be/OSSHstWXjS4

    Otrosí:

    “... Aznar en sus Memorias dijo que nadie le impuso a Dezcallar como Director del CNI. Desde luego, no entra en el ADN del expresidente reconocer algo de ese tenor, pero su confesión resulta difícilmente creíble teniendo en cuenta cómo en la primera legislatura se le impuso a todo aquello que tuviera algo que ver con la Seguridad o las FFAA: Eduardo Serra en Defensa, Martí-Fluxa Secretario de Estado de Seguridad, y, sobre todo, los que algunos importantes historiadores han considerado como los auténticos cerebros del 23-F (el que involucró a las FFAA para después arrojarlas al estercolero), el general Calderón y el comandante Jose Luís Cortina, blanqueados como Director del CESID y asesor de la Presidencia (vid. 23-F, El golpe del CESID y 23-F, el rey y su secreto de Jesús Palacios). Es lo que se conoce como “el impulso soberano”.
    En el caso de Dezcallar, no es ningún secreto la inmejorable relación del diplomático con el rey (se habló incluso de él–seguramente para quemar ese cartucho- como Jefe de la Casa Real después de su estadía en Washington), ni su buenísima relación, si no inclinación –“penchant”– con socialistas como Felipe González y Rubalcaba. Tampoco es desconocido la preferencia o el favor real hacia estos personajes, lo cual me indujo a sugerir en el cap. 11.1. de Las Cloacas del 11-M que «el rey trata a los socialistas como colegas y a los del PP como súbditos»...”

    https://lascloacasdel11m.wordpress.com/2015/10/12/10-las-medias-verdades-de-dezcallar-ii-el-espia-locuaz/


    "... Un golpe de Estado contra Obiang parecía absurdo, pues era el mejor garante de los intereses petrolíferos de Estados Unidos y España. De hecho, sus peores enemigos estarían entonces en Francia y Gabón y, en menor medida, en Marruecos, cuya guardia presidencial ya había sido desalojada de Malabo en beneficio de MPRI, una empresa norteamericana de seguridad..."
    http://www.libertaddigital.com/opinion/joan-valls/el-11m-y-mbane-44938/

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  5. La verdad es q lo unico en lo q no estaria deacuerdo es en el.parrafo final,pq señores,eso ni ha cambiado ni cambiara.

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  6. Menudo blog!! Enhorabuena.
    En mi opinión el final es descaradamente ironico, y podría interpretarse además como una velada critica a las "revueltas" contemporáneas.
    Me pregunto cuán alejados estaremos de Cánovas y Sagastas?

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