domingo, 3 de enero de 2016

La épica eslava



Todo arte es político Johnson, de otra forma sería solo decoración; y todo artista tiene algo que decir, de lo contrario haría zapatos.

Rhys Ifans en "Anonymous"




El tránsito entre el s. XIX y el s. XX, ese período que tanto me fascina en lo visual, por ejemplo a través de todo lo tocante a la fotografía, fue también el momento de esplendor del Art Nouveau. Un estilo a medio camino tanto del viejo academicismo como de las vanguardias rupturistas que habían hecho acto de presencia en el panorama artístico europeo unas décadas antes. 

   En su tiempo de vigencia ese Art Nouveau dio lugar a varias obras maestras sobre todo en arquitectura y pintura, pero también extendió sus tentáculos por las artes decorativas, plasmando con ello su impronta en campos sobre los que otros estilos artísticos anteriores no habían dejado apenas huella, como por ejemplo la joyería, la creación de muebles o el diseño gráfico de carteles, frascos de perfumes, o etiquetas de productos.

   Las bases intelectuales del movimiento como tal provenían en primer lugar de las ideas difundidas durante las décadas anteriores por diversas personalidades y corrientes artísticas de la Inglaterra decimonónica, sobre todo los pintores prerrafaelitas por un lado y por otro el movimientos Arts and Crafts de William Morris quien abogó por renegar de las nuevas formas de producción de masas que sustituían el trabajo manual por el mecánico, recuperar técnicas antiguas artesanales, actualizarlas y dotarlas de algunas aportaciones provenientes del mundo del arte, todo ello enfocado al diseño textil, la producción de broches o tapices, la fabricación de sillones o la construcción de casas. Se trataba de convertir en bellos también los entornos cotidianos dotándolos de un cierto diseño (en realidad es cierto eso de que Steve Jobs no inventó nada).

En segundo lugar hay que tener en cuenta el impacto que supuso durante la segunda mitad del s. XIX el conocimiento de la obra de algunos artistas japoneses –particularmente Hokusai- en Europa, así como la abundante llegada de manufacturas japonesas al continente tras la Restauración Meiji. Todo ello desató en los años 70 de ese siglo una moda llamada Japonismo que hizo furor en Francia o Inglaterra. Dicha tendencia, como todas, resultó pasajera, pero sirvió para que muchos artistas continentales tomasen nota del minimalismo y la elegancia con que la cultura japonesa trataba la decoración de interiores o la producción de muebles.


Todo eso ejerció como caldo de cultivo para que a partir de la Exposición Universal celebrada en Barcelona en 1888 comenzase a incubarse el nuevo fenómeno que luego se asentó definitivamente tras la Exposición Universal de París en 1900 o la Exposición Internacional de Arte Decorativo Moderno celebrada en Turín en 1902. Los artistas empezaban a ser requeridos para dar un toque de distinción a cosas mundanas y por ello las Artes mayores o Bellas Artes definidas por los griegos empezaban a tocarse con las artes menores, como la orfebrería, el trabajo del vidrio o el moldeado de cerámica. En cierta forma se configuraba así un estilo ornamental, muy decorativo, para algunos recargado, rebuscado, o excesivo, que en cierta forma vendría a ser el equivalente a una suerte de Rococó en un contexto industrial.  

En el seno del mismo supongo que los nombres de Gaudí en arquitectura o de Gustav Klimt en pintura nos suenan fácilmente. Pero como digo algunos de los ejemplos más interesantes del Art Nouveau se dieron fuera de las grandes artes y de la mano de ilustradores como Koloman Moser o Aubrey Beardsley, así como en la obra de mi protagonista de hoy: Alfons María Mucha, más conocido como Alphonse Mucha (1860-1939), un pintor checo de estilo inconfundible debido a su obsesión con las flores o su particular forma de idealizar la figura femenina (de hecho fue uno de los primeros en usar esto al servicio de la publicidad de productos de consumo, una tendencia que gozaría en adelante de gran fortuna, hasta el día de hoy). De él son bastante famosos sobre todo sus diseños para series de paneles decorativos representando alegorías de diversos conceptos, por ejemplo diversos juegos de Las cuatro estaciones, realizados en 1896, 1897 y 1900, un par de los cuales voy a usar estos días como cabecera del blog al cumplir dos años de vida el mismo. 








Lo que ocurre es que Mucha se consideraba a sí mismo un artista, un pintor de talento, y al final de su madurez empezó a preocuparse de resultar conocido básicamente solo por su obra como ilustrador comercial, diseñador de alhajas, o dibujante de carteles publicitarios, posters teatrales, biombos y etiquetas de productos. Es entonces cuando empezó a preocuparle dejar un legado "serio", por así decirlo. Algo que pronto entró en relación con su fuerte nacionalismo cuando tras la Primera Guerra Mundial el Imperio Austrohúngaro fue desmembrado y surgió Checoslovaquia como país independiente.

Alphonse Mucha, que se había formado en Austria y Alemania y que hasta entonces había desarrollado la mayor parte de su carrera en Francia (y había "afrancesado" su nombre por ello), sintió en ese momento que estaba en deuda con su nación y con sus raíces, por lo que regresó a su tierra, se asentó en Praga y comenzó a trabajar para el nuevo gobierno diseñando en este caso sellos postales, billetes de banco o logotipos gubernamentales. Pero claro, eso no era suficiente, por lo que durante la siguiente década se enfrascó en la terminación de su obra maestra, una ambiciosa serie de pinturas que había comenzado en 1910 como un tributo a la historia y la grandeza de los pueblos eslavos en general. Por ello el conjunto vino a llamarse algo así como Epopeya eslava o La épica eslava y consiste en nada menos que veinte grandes cuadros de los cuales pretendo hablaros a continuación, en tanto que tocan simultáneamente dos de las temáticas principales de este blog: historia y pintura, ambas entremezcladas con cuestiones ideológicas y políticas de fondo.  

La serie comienza con un cuadro que pretende representar los orígenes míticos comunes, en la noche de los tiempos, de los pueblos eslavos, una rama de los pueblos indoeuropeos que agrupa a prácticamente todos los pueblos del Este de Europa menos a los rumanos, albaneses, griegos y húngaros. Es decir todos los habitantes de la antigua Yugoslavia (tanto bosnios, como serbios, croatas, eslovenos, macedonios y montenegrinos), así como los checos y los eslovacos, los búlgaros, los ucranianos, los bielorrusos y los propios rusos, también los polacos, pertenecen a un grupo etnolingüístico común, lo que además explica sus frecuentes lazos históricos. 


El segundo cuadro pretende representar su etapa pagana primitiva. 


El tercero representa la cristianización de esos pueblos supuestamente a manos de los Santos Cirilo y Metodio, quienes eran hermanos y con la finalidad de transmitir la Biblia a esos pueblos paganos y por entonces también ágrafos habrían inventado el alfabeto Glagolítico, previo a la expansión por el Este de Europa del alfabeto Cirílico (precisamente nombrado así en honor a Cirilo ya que tal vez fue inventado por discípulos suyos). 


El cuarto representa a Simeón I el Grande quien reinó en Bulgaria entre los años 893 y 927 llevando a los búlgaros a su época de máxima expansión geográfica y esplendor cultural (aspecto este último que es el que se destaca en particular). 


El quinto está dedicado a Ottokar II rey de Bohemia (1233-1278), el monarca de Hierro y Oro, cabeza de la emblemática dinastía Premyslida. 


El sexto cuadro está dedicado a Estefan Uros IV Dusan (1308-1355) quien llevó a los serbios a su máxima expansión en época medieval. Siendo ya monarca, en 1345, se proclamó a sí mismo Emperador, es decir Tsar, y en calidad de tal fue nuevamente coronado al año siguiente, momento que se pretende recrear de forma grandilocuente en el lienzo; aunque dicho momento ya había sido recreado también por el pintor historicista serbio Pavle Jovanovic en otro cuadro realizado en este caso en 1904.


El séptimo cuadro está dedicado a las predicaciones de Jan Milicic un sacerdote checo del s. XIV que prefiguró en gran medida a reformadores religiosos posteriores como Jan Hus o Lutero. 


Al propio Jan Hus predicando en la capilla de Bethlehem está dedicada la siguiente pintura. El subtítulo de la obra ("La verdad prevalece") lo dice todo.


Mientras que la novena pintura sigue con la cuestión de las “herejías” tardomedievales en la zona de Bohemia. 


La décima pintura es muy interesante porque (a semejanza de otro gran cuadro pintado por el pintor nacionalista polaco Jan Matejko en 1878) pretende homenajear la batalla de Grumwald ocurrida en el verano de 1410 cuando una alianza de reino de Polonia y el Gran Ducado de Lituania les permitió derrotar a los Caballeros Teutónicos de Prusia e imponerles unas fuertes reparaciones de guerra. Tras eso Polonia se convirtió en el principal poder de la región hasta bien entrado el s. XVII, todo ello en detrimento de los germanos que entraron en una fase de letargo y postración durante ese período. El subtexto de la obra de Mucha, acabada en 1924, con la Alemania de Weimar hundida por el peso de las deudas de guerra tras la derrota del país en la I Guerra Mundial, resulta creo que evidente.


En el siguiente lienzo, que está dedicado a la batalla de la colina de Vítkov ocurrida a mediados de 1420, se vuelve al tema de la herejía Hussita y las consiguientes guerras que desató. En este caso se muestra la derrota cerca de Praga de las fuerzas del soberano del Sacro Imperio Sigismundo frente a las tropas checas comandadas por el general Jan Zizka (héroe nacional que, por cierto, en su extensísimo currículum militar incluye el haber participado, y vencido, en al menos ocho grandes batallas campales a caballo entre los siglos XIV y XV, incluyendo la antes mencionada batalla de Grumwald).  


La pintura número doce sigue con el tema de la reforma espiritual en la Bohemia del s. XV. 


Así como la número trece que homenajea al monarca Jiri Podebrad, líder de una facción moderada de los rebeldes Hussitas y finalmente rey de Bohemia entre 1458 y 1471. En la imagen se muestra al cardenal católico Fantin explicando la posición de la Iglesia de Roma ante los notables de Bohemia quienes han elegido a Jiri como soberano entre otras cosas por su carácter conciliador y pactista. 


El siguiente cuadro (a veces referido como "El escudo de la Cristiandad") también resulta muy interesante. Muestra la defensa llevada a cabo por parte de Nikola Zrinski, al mando de unos 2.000 o 3.000 húngaros y croatas, de la ciudad de Szigetvar asediada en 1566 por un ejército otomano de más de 80.000 hombres encabezados por el propio Solimán el Magnífico. La pequeña urbe cayó al cabo de treinta y cuatro días de un brutal sitio, tras ser sometida a asaltos continuos, muriendo en el proceso prácticamente todos sus defensores incluido Zrinski. No obstante para entonces los otomanos habían perdido demasiados hombres y demasiado tiempo en la toma de una plaza secundaria, el verano y el buen clima en la zona llegaban a su final, y además Solimán -ya enfermo al comenzar la campaña- murió en su tienda uno o dos días antes de terminado el asedio. Por todo ello, tras la pírrica victoria, el ejército turco decidió replegarse hacia Estambul cancelando el planificado ataque contra Viena (que era el verdadero objetivo de aquella campaña), gracias a lo cual la estratégica ciudad, llave para el acceso a Europa Central desde los Balcanes, no volvió a verse amenazada por los otomanos en más de un siglo. 


El decimoquinto cuadro de la serie está dedicado a la impresión de la Biblia de Kralice llevada a cabo en la ciudad morava de Ivancice en 1579. Se trata de la primera traducción de la Biblia al idioma checo. 


La siguiente pintura representa los últimos días de Jan Amos Komensky (1592-1670) en la ciudad holandesa de Naarden. Komensky, más conocido por su sobrenombre latinizado, "Comenius", fue un filósofo, teólogo y pedagogo checo que realizó importantes aportaciones sobre todo en el último de esos campos de conocimiento, mostrándose a favor de abrir la educación a los hijos de los pobres o a las mujeres y siendo el creador de muchas prácticas educativas usadas hasta hace poco en las escuelas occidentales. 


El siguiente lienzo muestra supuestamente un idealizado monasterio del emblemático Monte Athos, el cual se encuentra en Grecia pero goza de gran prestigio entre la comunidad de cristianos ortodoxos de toda Europa oriental. 


La siguiente pintura está dedicada al movimiento nacionalista radical checo de la Omladina que a finales del s. XIX comenzó a demandar una mayor autonomía para los eslavos dentro del Imperio austrohúngaro desatando la represión por parte del mismo. Con el tiempo varios de sus integrantes acabaron formando parte de los primeros gobiernos de Checoslovaquia una vez independiente, más o menos en la época en que Mucha pintó estos cuadros. Una vez más el mensaje resulta obvio.


La penúltima pintura representa la abolición de la servidumbre en Rusia en 1861 en el marco de las reformas llevadas a cabo por el zar Aleksandr II Nikolaevic (Alejandro II para nosotros). 


Finalmente, el último cuadro representaría simplemente una “Apoteosis” de los pueblos eslavos unidos y contemplados por el resto de naciones del planeta tras ser "liberados" al término de la Gran Guerra. 


Y me diréis, ¿todo esto para qué?. Bueno, al margen de que os guste o no la obra de Mucha esta serie de cuadros de temática histórica tiene en primer lugar la utilidad de permitirnos ver como alguien proveniente de un entorno diferente al nuestro visualiza la historia desde un punto distinto al que estamos acostumbrados. No cabe duda de que el centro de la cosmovisión histórica de Mucha se ubicaba en torno al antiguo reino de Bohemia en algún momento entre los siglos XIV y XV. Y sin embargo muchos de los eventos que él considera capitales en la historia puede que a nosotros ni nos suenen. En suma, lo que podemos apreciar aquí es que cada persona, incluso si se trata de alguien culto y formado, tiende a vislumbrar el pasado lejano en base a sus propias coordenadas culturales. Cada cual contempla la historia "de la Humanidad" desde su ubicación particular dentro de la misma, una falta de perspectiva de la cual resulta muy difícil librarse posteriormente. 

   Este blog pretende atacar esa limitación, obligaros a vosotros (y a mí mismo) a salir de la zona de confort, de lo que nos suena, de lo que nos contaron, de la historia de los “nuestros”, para interesarnos por la  historia de los “otros”, incluso aunque ellos no hagan lo mismo en reciprocidad. Es su problema, allá cada cual, yo prefiero contemplar el mundo a través de un catalejo antes que a través de un microscopio.

Por otra parte este trabajo de Mucha, como no podía ser de otra forma, estaba llamado a despertar fuertes controversias, a diferencia del resto de su obra. Transcurridos apenas diez años desde que finalizó su Épica eslava Checoslovaquia fue invadida por las tropas de la Alemania de Hitler e inmediatamente Mucha fue arrestado e interrogado. No se sabe muy bien lo que ocurrió, parece ser que gracias a su fama no fue maltratado pero sí amenazado debido a sus conocidos postulados nacionalistas. En cualquier caso, ya anciano por entonces, su salud no se recuperó de la tensión y el miedo sufridos y murió poco después de la "entrevista", a mediados de 1939.

Unos años después, al final de la II Guerra Mundial, Checoslovaquia cayó bajo la órbita de influencia de la URSS instaurándose en el país un régimen comunista que en el fondo tampoco veía con buenos ojos la obra de Mucha, considerado un artista decadente y burgués que ignoraba la cuestión social. De hecho esa desconfianza aumentó tras las tensiones ocurridas durante la llamada Primavera de Praga de 1968, tras lo cual Moscú empezó a desconfiar aún más del nacionalismo checo reflejado en los cuadros de Mucha. 

Décadas más tarde, en los años 90, debido la caída de la URSS y la posterior separación de Chequia y Eslovaquia, La épica eslava recuperó prestigio y volvió a ser ensalzada en Chequia todo ello en medio de fuertes disputas por su propiedad legal entre los herederos del artista y diversas entidades políticas y culturales. En definitiva, en relación con la obra anterior, asistimos durante el presente a la culminación de un proceso histórico que muestra sutilmente cómo funcionan los poderosos mecanismos de interdependencia entre sociedad, política, historia y arte. 

2 comentarios:

  1. Felicidades por los dos años de blog. Yo te sigo, anónimamente, desde el primer día.
    Del artista del que hablas tengo alguna reproducción de productos farmacéuticos. Siempre me parecieron muy bellos, pero gracias a esta entrada los voy a ver de una manera diferente.
    A por los 4 años.

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  2. Hola me encanta Alfons Muja, y he estado varias veces en el museo de Mucha en Praga. Aparte de sus pinturas de mujeres me gustó igual o más sus fotografías y sus carteles oficiales.
    La épica eslava es para mirarlo al detalle. Gracias por este blog.

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