lunes, 28 de diciembre de 2015

Iconología de un barrilete


Out of the night that covers me,
black as the pit from pole to pole,
I thank whatever gods may be
for my unconquerable soul.

(…)

It matters not how strait the gate,
how charged with punishments the scroll,
I am the master of my fate,
I am the captain of my soul.

“Invictus”, William Ernest Henley 





Como es lógico la creencia de que los avestruces esconden la cabeza bajo tierra ante el peligro es falsa, lo más parecido a eso que llegan a hacer es bajarla a ras del suelo para pasar desapercibidas entre los arbustos o cavar con sus picos hoyos que sirvan como nidos de sus huevos. Por ello, la frase “esconder la cabeza como un avestruz” no es del todo correcta. En realidad ese mito ha sido puesto de moda por los dibujos animados de hace décadas, si bien su origen puede remontarse incluso a la Historia Natural de Plinio el Viejo.

La cuestión es que antes de los dibujos animados y el cine eran los cuadros y su iconografía una de las principales fuentes de malentendidos sobre historia y también sobre el mundo natural. A ese respecto es muy conocido el caso de los supuestos cascos vikingos con cuernos, idea errónea introducida por pintores suecos del s. XIX y luego perpetuada a través del atrezzo usado en la puesta en escena de las óperas de Wagner. O la imagen de Adán y Eva comiendo una manzana, difundida por los pintores renacentistas sobre todo, ya que en la Biblia no se especifica realmente cual era el “fruto prohibido del árbol del conocimiento del bien y del mal”.

Pero hoy voy a partir de otro equívoco generado por un cuadro. Veréis, yo de pequeño creía que los perros San Bernardo andaban por la vida con un barrilete lleno de bebida al cuello. Lo cual es una tontería claro está. Luego, ya más crecido, buscando el origen de tal idea y tras ubicarlo inicialmente en los dibujos animados acabé descubriendo que en realidad es uno más de los muchos clichés engañosos que se remontan a la pintura académica del s. XIX. 

Repasemos un poco el asunto. En la región de Saboya, durante el año 923, nació un tal Bernardo de Menthon el cual, tras seguir la carrera eclesiástica y obtener un puesto como archidiácono de Aosta, dedicó la mayor parte de su vida a difundir la fe cristiana a lo largo y ancho de los Alpes. Debido a ello, en los pasos ubicados en la frontera entre Suiza e Italia, acabó fundando diversos hospicios para albergar a los viajeros agotados por la travesía de dichas regiones de alta montaña, destacando uno en concreto que en el año 1049 pasó a ser conocido, por motivos obvios, con el nombre de Hospicio del Gran San Bernardo. 



Sin embargo, había un problema, ya que debido al tránsito continuo de viajeros y la lejanía de núcleos urbanos dicho paso era una zona muy apetecible para que cuadrillas de bandoleros tendiesen emboscadas. Así las cosas entrada la Edad Moderna, alrededor de finales del s. XVII, los monjes cistercienses de la zona empezaron a ser conocidos por usar en labores de vigilancia del Hospicio perros de gran tamaño, parecidos a molosos o mastines, que antes de eso solían ser empleados en la región para proteger el ganado de los lobos.

Con el tiempo esos perros ya no solo se utilizaron para vigilar el Hospicio por la noche y protegerse de ladrones sino también para ayudar a localizar accidentados o viajeros perdidos en la niebla y la nieve. Es decir como perros de salvamento alpino, ya que el tamaño de estos animales los hacía ideales para desplazarse por la nieve abriendo senda a los equipos de socorro, ayudando a transportar sobre su lomo utensilios o mantas y para buscar mediante su olfato a viajeros sepultados en posibles aludes. Todo ello en terrenos accidentados y muy escarpados donde los caballos tenían dificultades para circular, además de que podían despeñarse fácilmente y se asustaban, por lo que no resultaban útiles. 



En ese contexto durante la primavera de 1800 un gran ejército francés al servicio de Napoleón cruzó el famoso paso del Gran San Bernardo. Un evento que fue a su vez inmortalizado por David a través de un famoso cuadro con varias versiones (si bien Napoleón en la realidad atravesó los complicados senderos alpinos a lomos de una fiable mula como muestra el cuadro de más abajo, mucho menos conocido y obra de Paul Delaroche). 



   En fin, la cuestión es que los soldados franceses veteranos de las campañas de Italia extendieron luego la fama de aquellos perros empleados por los monjes para asistir a los viajeros en tránsito por las montañas. Y así en las primeras décadas del s. XIX esa raza de perros llegó a la cúspide de su fama y de su utilidad.

Especialmente durante los años de Barry der Menschenretter, un perro concreto del Hospicio que vivió entre 1800 y 1814 y al que se le atribuye el salvamento de unas cuarenta personas. Si bien su figura está envuelta en la leyenda, incluida su muerte, ya que según algunos acabó feliz sus días viviendo en un monasterio de Berna, mientras que según otras fuentes lo habría matado un viajero asustado al que intentaba ayudar.

Con todo eso en la cabeza, en torno a 1820, cuando solo tenía 18 años, un pintor británico llamado Edwin Henry Landseer inventó la conocida imagen del perro con barrilete ayudando a un viajero en apuros en su cuadro Alpine Mastiffs Reanimating a Distressed Traveller



De hecho Landseer destacó durante el resto de su carrera como un excelente retratista de animales, sobre todo perros, y particularmente en contextos donde dichos animales mostraban ciertos rasgos humanos (por ejemplo, él es de los primeros en pintar una escena donde el perro fiel añora y espera a su dueño muerto). 



Dentro de esas coordenadas para su primer cuadro importante a Landseer le pareció que su retrato de un rescate en la montaña quedaba mejor si uno de los perros que aparecía llevaba consigo un barrilito de brandy, ya que a su modo de ver eso era lo que más necesitaría un viajero recién rescatado. Bien pensado es una estupidez: lo peor que se puede hacer, o casi, con una persona en plena hipotermia es darle de beber alcohol, pero bueno, esos detalles no le importaban mucho a Landseer quien tampoco es que frecuentase la alta montaña desde su estudio londinense.

No obstante, con el tiempo, el éxito del cuadro popularizó la imagen como algo real y pasadas las décadas la misma se asoció iconográficamente con los perros "San Bernardo", pese a que los perros que dibujó Landseer en su cuadro no está muy claro que se correspondiesen claramente con los rasgos de los existentes por entonces o que a su vez estos fuesen semejantes a los que conocemos en la actualidad.

De hecho inicialmente los perros criados por los monjes en los refugios alpinos no se parecían en nada a las bolas de pelo con aspecto tontorrón que hoy asociamos con la denominación "San Bernardo" (salvo, quizás, en el caso de los fans de Stephen King). Eran en cambio perros un poco más pequeños, más vivaces, con bastante menos pelo y orejas no tan grandes. Desgraciadamente diversas avalanchas ocurridas en los inviernos de 1816-1818 y otra serie de eventos acabaron con gran parte de los mejores ejemplares de la manada de perros que el Hospicio del Gran San Bernardo disponía, por lo que de cara a preservarla ante la amenaza de la endogamia se tuvieron que realizar cruces de los perros supervivientes con canes provenientes de Terranova, lo que cambió las características de la raza para dar lugar a la imagen con la que hoy asociamos a los perros de San Bernardo, a la vez que dicho nombre se empezó a generalizar (antes se hablaba de mastines alpinos y otras denominaciones).

Además los canes empleados en los rescates por los monjes del hospicio realmente nunca recibieron un entrenamiento especial sino que todo se basaba en que los perros más viejos de la manada enseñasen de forma cotidiana una serie de comportamientos y habilidades a los más jóvenes. Por tanto los hechos a los que me refiero unidos a la hibridación digamos que significaron una pérdida irreparable de “capital humano” de la cual las cuadrillas de perros del Hospicio nunca se repusieron. 

Con todo es en ese momento de crisis cuando otros pintores de animales -como John Emms (1844-1912), autor del cuadro de más abajo- fijaron definitivamente en el subconsciente colectivo la figura de los perros con los barriletes, en este caso ya asociándola visualmente con perros San Bernardo del nuevo tipo híbrido, más peluchable, que se estaba expandiendo por entonces y llega hasta hoy (definido en cambio por los cuidadores de perros del último siglo y medio como el "canon" de la raza, pese a ser un producto nuevo, como digo creado en época contemporánea, un poco al estilo de lo ocurrido con el euskera). 



   Poco después, a principios del s. XX, debido al avance de la tecnología y las comunicaciones así como la progresiva decadencia de los hospicios monásticos, las nuevas manadas de perros San Bernardo cada vez más extendidas por el mundo dejaron de desempeñar  de verdad, es decir auténticamente, un papel decisivo de rescatadores de alta montaña, para pasar a ser meramente un cliché cinematográfico, un icono turístico en sus regiones de origen, o en el mejor de los casos llevar a cabo labores de apoyo a equipos de salvamento integrados por especialistas, aunque se suelen usar perros de menor tamaño pero más olfato. 


   
   A ese respecto en el último siglo son verdaderamente incontables las razas y los contextos en los cuales se han usado perros como apoyo a diversas labores de rescate humanas. Sin duda junto con los caballos han sido el gran amigo del hombre a lo largo de la historia, por oposición a los soberbios y egoístas gatos, siempre agazapados conspirando en la sombra y pese a ello tan idolatrados por el envilecido Internet. 



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