sábado, 19 de diciembre de 2015

Hera mitocondrial


Usted es siciliano ¿eh?, ¿sabe? yo leo mucho, sobre todo cosas ocurridas en la historia. Para mí es un hecho fascinante y hay algo que no se si usted conoce: los sicilianos descienden de negros. Y si usted no me cree documéntese, hace cientos y cientos de años los moros conquistaron Sicilia. Y los moros... son negros.

(Dennis Hopper durante un inolvidable intercambio de pareceres con Christopher Walken en “True Romance”)


                   



Lo cierto es que el trabajo de escudriñar en el pasado tiene a veces su lado sucio. Hace unos quince años, a eso de las seis de la mañana de un día cualquiera, periodistas del diario Mainichi Shimbun grabaron a Shinichi Fujimura, director del Instituto Paleolítico de Tohoku y por entonces quizás el arqueólogo más famoso de Japón, enterrando piezas en uno de los yacimientos que estudiaba con la intención de realizar su sorprendente “descubrimiento” durante los días siguientes “demostrando” así de paso la antigüedad de las primeras culturas japonesas. 

Al parecer no era algo aislado. Confesó que había hecho lo mismo en el pasado con docenas de piezas, por lo que a partir de ahí quedaron bajo investigación los restos hallados en sus anteriores veinte años de excavaciones siempre extrañamente afortunadas para alguien que de hecho ni siquiera se había formado como arqueólogo. Debido al escándalo subsiguiente Mitsuo Kagawa, arqueólogo de la Universidad de Beppu cuyos decubrimientos también empezaron a ponerse en duda, se suicidó y Fujimura acabó internado en un hospital psiquiátrico. Desconozco si habrá muerto ya. Desde entonces toda la Prehistoria japonesa quedó un poco bajo en cuestión. Antes de la extraordinaria serie de hallazgos de Fujimura, la presencia humana en la isla se databa en torno al 30.000 antes de nuestra era; tras él esa cifra se había elevado a cientos de miles de años. Por lo demás siempre hubo sospecha de que un cierto porcentaje de arqueólogos japoneses, igual que los israelíes por ejemplo, están en general bastante más influidos de lo deseable por cuestiones de orgullo nacional y determinadas conveniencias políticas, a lo que debería sumarse en lo tocante al peculiar caso nipón la falta de crítica interna en sus congresos debido a su obsesión por el respeto a la jerarquía.

Aunque en el fondo estas cosas pasan en todos los sitios como ya sabemos. Incluso en la fiable Alemania. Un poco después de lo de Fujimura se descubrió que Reiner Protsch von Zieten, catedrático de la Universidad de Frankfurt y supuestamente una eminencia internacional en la datación de restos prehistóricos, llevaba treinta años inventándose radiodataciones. De hecho ni siquiera sabía usar los equipos de laboratorio puestos a su disposición al efecto y debido a ello otorgaba a ojo la antigüedad de los diversos restos obtenidos en excavaciones que se enviaban para validarlos a su universidad. No obstante había conseguido encubrir su ignorancia durante tanto tiempo mediante el plagio de los trabajos de estudiantes y otros investigadores menos prestigiosos que él (los cuales a su vez no se atrevían a quejarse so pena de represalias académicas). Claro está, cuanto más renombre acumulaba, más intocable se volvía. Cuando lo cogieron, a sus 65 años, se iba a jubilar de todas formas, así que supongo que le dio igual. Sobre todo porque Protsch era descendiente de una familia de aristócratas o sea que dinero no le faltaba. Lo mejor de todo es que, quizás debido a que su familia en su día tuvo conexiones con el movimiento nazi, parece ser que también destruyó, valiéndose de su cargo, diversos documentos relacionados con el Tercer Reich que estaban depositados en su universidad.

De hecho ya en su día los propios nazis desarrollaron cierto interés por los estudios de Prehistoria. De esa forma gracias al dinero generado por la patente del pedal de bicicleta con reflectante, que Himmler obligó a montar a todos los fabricantes alemanes, financiaron una organización no muy conocida ligada a las SS, la Ahnenerbe, cuyo objetivo era rastrear los vestigios arqueológicos o antropológicos de una supuesta raza aria ancestral que estaría en el origen de la civilización. De ahí en parte surgieron algunas de las pintorescas expediciones de investigación enviadas al Tíbet o la Antártida por el Gobierno nazi. Aunque en el fondo dicha organización, pese a toda la parafernalia y secretismo que la rodeó, no fue sino uno más de los peculiares intentos de los nazis de instrumentalizar la Historia en favor de su peculiar visión del mundo.

Dicho eso, la Ahnenerbe estuvo interesada, entre otras cosas, en justificar el germanismo del llamado “hombre de Cro-Magnon”. Esa denominación, que habréis escuchado más de una vez, tenía por entonces un cierto componente racista inadvertido de fondo, no solo en Alemania, en tanto que el nombre "Cro-Magnon" se refería a los primeros Sapiens que colonizaron Europa, dando con ello por supuesto que el Homo Sapiens que colonizó Europa era de alguna forma distinto, más evolucionado, quizás más inteligente, que los Sapiens que habían surgido en África o se habían extendido por el resto del planeta, algo que probarían supuestamente las excepcionales obras de arte rupestre que los hombres de las cavernas europeos legaron al mundo. Por eso en cierta forma los Sapiens prehistóricos europeos merecían un nombre propio así como abundantes estudios encaminados a estudiar sus variadas subculturas, mientras los Sapiens que habían colonizado otras zonas del globo serían Homo Sapiens, a secas, y no suscitaban demasiado interés entre la comunidad científica de la primera mitad del siglo (integrada esencialmente por hombres blancos, europeos y norteamericanos).

Con el tiempo la cosa se descontroló un poco y diversos investigadores fueron teorizando otras “razas” de Sapiens europeos con supuestas particularidades, caso de los Chancellade o los Grimaldi (ubicados en Italia y nada que ver con la casa real monegasca, tranquilos). Pero sobre la peculiar tendencia de todo paleontólogo a intentar convertir en una especie diferenciada “sus” fósiles o los de su país ya hablé en otra entrada.

No obstante hoy sabemos que el arte rupestre no fue un fenómeno exclusivo de Europa ni por tanto una prueba de la especial inteligencia superior de los habitantes del continente por entonces. Y en general, dado que no está nada claro eso de que existan “razas” de Sapiens según la zona del planeta de la que hablemos, en las publicaciones recientes se está dejando atrás esa terminología y se prefiere emplear denominaciones como “Primeros Humanos Modernos” y cosas así, aunque el público de alguna manera sigue empleando el término Cro-Magnon para denominar a los Sapiens europeos de época Paleolítica.      

Recuperando el hilo de la narración, la Ahnenerbe llegó a interesarse en el marco de sus pesquisas por las islas Canarias y el Norte de África. Y el caso es que en ese último espacio también acabaron haciendo acto de presencia diversos arqueólogos y antropólogos anglosajones movidos por los más variopintos propósitos. Pues bien, uno de ellos era un antropólogo estadounidense destinado en Tánger durante la II Guerra Mundial y llamado Carleton Stevens Coon.

Tras la debacle alemana y el final de dicho conflicto, Carleton asumió parte de los postulados defendidos por Franz Weidenreich, precisamente un paleontólogo judío alemán que tuvo que huir de su país a causa de la persecución nazi para establecerse en los EE.UU. Y finalmente, de la amalgama entre los trabajos de esos dos hombres (sobre todo de las publicaciones de Carleton ya que Weidenreich murió poco después de finalizada la guerra mundial) nació el llamado modelo multiregional o modelo candelabro (en realidad cada una de las dos denominaciones posee diversas peculiaridades -insistiendo más en el flujo genético entre poblaciones el multiregionalismo de Weidenreich- pero no voy a entrar en esas sutilezas). Lo que nos tiene que interesar llegados aquí es que, paradójicamente, dicho modelo no hubiese molestado en nada a los nazis de la Ahnenerbe pese a nacer a partir de los trabajos de dos investigadores integrados en el bando aliado y aparentemente muy alejados del nazismo.

¿Por qué digo eso?. Veamos. La hipótesis básica de ese modelo afirmaba que la humanidad se escindió ya desde la época del Homo Erectus aproximadamente en cinco ramas distintas y separadas. Dos razas “negroides”, por un  lado la Capoide (con origen en África oriental y del Sur) y por otro la Congoide (surgida en África occidental); luego una raza Australoide en Oceanía; así como una raza Mongoloide en Asia (a partir de la cual, previo paso del estrecho de Bering, habrían surgido también los pueblos nativos americanos luego en su mayor parte exterminados durante la colonización del continente en la Edad Moderna); hasta llegar finalmente a la raza Caucasoide, extendida en un primer momento por Europa y las zonas cercanas y más adelante protagonista de una nueva colonización del continente americano a partir de época moderna.

Ese último nombre se relacionaba a su vez con algunas de las teorías sobre el origen de los indoeuropeos ubicándolo en el Cáucaso, de las que ya hablé en su día. Y por ello también desde entonces se popularizó el término “caucásico” como sinónimo de hombre blanco, algo que se refleja por ejemplo en las películas de detectives o con tramas policiales (esas descripciones de: varón blanco, caucásico, metro setenta de estatura…).

Pero en cualquier caso lo que se planteaba de fondo, como digo, es que durante el último medio millón de años diversas especies humanas habrían evolucionado de forma independiente desde un tronco común (como los brazos de un candelabro) para dar lugar al hombre moderno en cada uno de los continentes. El Homo Sapiens no sería por tanto una especie plenamente homogénea sino que estaría compuesta por distintas variedades raciales reflejo de los distintos caminos y cronologías a través de las que se habría llegado al último estadio evolutivo según la zona del globo a que nos refiramos. 

En otras palabras, el Homo Sapiens no habría aparecido (solamente) en África a causa de alguna mutación y desde allí se habría extendido por el resto del mundo (como creemos hoy) sino que habría tenido varios orígenes diferentes en el tiempo y/o el espacio, más o menos uno por continente. Luego cada uno de esos tipos de Homo Sapiens según la zona donde hubiese surgido poseería diferencias genéticas específicas que poco a poco se habrían reflejado en las diversas culturas propias de los distintos grupos humanos que pueblan el planeta. Por tanto esos grupos constituirían, en la práctica, razas diferenciadas con orígenes separados.

Lo que me interesa recalcar, insisto, es que en realidad todo ese conjunto teórico estaba elaborado en torno a diversas ideas con un fuerte componente racista oculto ya que, aunque suene duro decirlo, muchos de los primeros antropólogos y paleontólogos, no solo alemanes, sino sobre todo anglosajones, eran también unos racistas obsesivos (con el matiz de que unos despreciaban sobre todo a los judíos mientras que los otros infravaloraban sobre todo a la población negra). Por ejemplo, en la foto de encima vemos al bueno de Carleton midiéndole el cráneo (en la mejor tradición de los “científicos” raciales nazis obsesionados por los datos antropométricos y el “índice cefálico”) al conocido luchador ruso-francés Maurice Tillet “The Angel”, el cual en realidad sufría de acromegalia debido a una alteración en su glándula pituitaria.

De todas formas no existía por entonces una explicación mucho mejor para las últimas fases del proceso de evolución humano por lo que el modelo Weidenreich-Coon, integrado dentro de la corriente que se conoció como poligenismo, no tuvo problemas en convertirse después de la II Guerra Mundial en una hipótesis ampliamente difundida y defendida en ámbitos científicos y académicos perfectamente respetables.

Sin embargo frente a los defensores de tal modelo se encontraban los partidarios del llamado monogenismo que defendían un origen único para el Homo Sapiens dentro de un debate que, por tanto, no solo se daba en el plano científico sino que también poseía un matiz ideológico, aunque de una forma encubierta.

Teniendo todo eso en consideración es como se explica el impacto que produjo en su momento un artículo publicado el uno de enero de 1987 en la revista Nature y firmado por Allan Wilson, profesor de la Universidad de California, mano a mano con dos de sus estudiantes de doctorado, Mark Stoneking y Rebecca Louise Cann. Este trío aplicó los por entonces relativamente pioneros avances en estudios genéticos (en concreto el llamado ADN mitocondrial descubierto a principios de los años 60, más o menos por la época en que se teorizó también el llamado “reloj molecular”) al marco de analizar la evolución humana. Así, a través de un estudio sobre el ADN de 147 mujeres, el trío identificó un origen africano para la humanidad moderna ubicado en algún lugar de África hace entre 140.000 y 200.000 años. Aunque esas cifras han sido luego matizadas lo importante es que la por entonces joven arqueogenética alcanzaba su madurez y su mayor éxito hasta la fecha.

De paso así se estableció la teoría de la famosa Eva mitocondrial o Eva negra que hoy deriva en el modelo Out of Africa, el cual plantea que la génesis de los Sapiens está en un solo continente, África, y desde allí salieron -hace unos 100.000 años- para ir colonizando progresivamente el resto de los continentes, de tal forma que hace algo menos de 30.000 años todos ellos (menos la Antártida, obviamente) se encontraron poblados por nuestros antepasados, los Homo Sapiens del registro fósil. Ellos fueron los primeros en llegar a Oceanía y América mientras que en el caso de la propia África, Asia y Europa su irrupción habría coincidido con el final de las poblaciones de otras especies de Homininos menos evolucionadas (por ejemplo los Neanderthales en Europa) que ocupaban por entonces, en muchos casos languideciendo, algunas áreas. Pálidos herederos, todos estos últimos especímenes, de las poblaciones de Homo ergaster que protagonizaron la primera salida de África -hacia Eurasia, un millón de años antes- y con el tiempo habrían quedado estancadas en vías muertas evolutivas.


Ese ha sido, durante el último cuarto de siglo, el modelo hegemónico respecto a la fase final del proceso de hominización. Modelo que de paso rechaza la existencia de razas dentro de la especie Sapiens, relegando el antiguo poligenismo a las sombras.

Pero hay un detalle en el que me voy a centrar a continuación. Y es que en realidad Allan Wilson y los otros dos padres del estudio que desde entonces sirve de base a la teoría en realidad nunca hablaron en concreto de una "Eva" mitocondrial. Algo comprensible ya que esa denominación no solo tiene implicaciones digamos religiosas sino que también induce a una serie de confusiones. Realmente dicho epíteto poco afortunado fue popularizado sobre todo por periodistas a la hora de divulgar en los medios de comunicación de masas, y de una forma digamos accesible, el impactante estudio científico sobre genética de poblaciones que he mencionado. Lo cual, como digo, sin embargo ha contribuido desde entonces a generar varias confusiones importantes a la hora de difundir lo que realmente significa el concepto de fondo.

Es algo que se puede percibir en la cultura de masas por ejemplo revisitando el último capítulo de Battlestar Galactica.

En el final de dicha serie (spoilers, como ya han pasado unos cuantos años no creo que importe) descubrimos que Hera Agathon la hija híbrida de dos de los personajes de la serie, venidos a nuestro planeta hace cientos de miles de años después de un largo viaje espacial, sería la Eva mitocondrial de nuestra especie. Todo ello planteado a lo largo de una escena en la que otros personajes distintos, ubicados en el presente, leen una revista en un kiosco donde se anuncia el hallazgo de los restos fósiles de Hera en algún lugar de Tanzania.

Esa visión que se da en Battlestar de la Eva mitocondrial como una suerte de madre primigenia, única y original de la población humana del planeta, la cual descendería de ella y solo de ella, es la que más se ha difundido popularmente, pero en realidad no se corresponde con el significado que los genetistas le otorgan al concepto. Porque una "Eva mitocondrial" en realidad no se parece en nada a lo que representa la figura de la Eva bíblica.  

El problema es que, como se ha dicho, el emblemático estudio de Allan Wilson, debido a razones en las que no vamos a entrar, usó para “mirar hacia atrás” el ADN mitocondrial (que se transmite solo a través de la vía materna: de la madre a sus hijos). Más en concreto lo que hizo el equipo de Wilson fue usar el material genético contenido en las mitocondrias de un conjunto de mujeres actuales, de muy variado origen, para determinar un grado de divergencia genética entre ellas. Visto que las mayores diferencias se encontraban en mujeres africanas respecto al resto de mujeres procedentes de otros lugares, se dedujo que el proceso de diferenciación comenzó en ese continente y luego en base a ello se calculó -mediante la técnica del llamado “reloj molecular”- el tiempo necesario para acumular la cantidad de variaciones detectada en la información genética estudiada, obteniendo como resultado un arco cronológico amplio.

En realidad el estudio no apunta a un individuo concreto sino que otorga un margen temporal dentro del cual teóricamente es posible remontar hacia el pasado una cadena matrilineal ininterrumpida desde el presente. Y una vez que se obtiene un cierto arco cronológico es posible deducir que en ese periodo del pasado debieron existir diversas hembras, en África, que sembraron la simiente de la nueve especie: el Homo Sapiens. Lo que ocurre es que varias de ellas generaron, evidentemente, linajes que llegan a nuestro tiempo pero intercalando algunas generaciones en las que no hubo hijas, solo hijos. Debido a lo cual esos linajes no se reflejen a través de un estudio basado en el peculiar ADN mitocondrial.

Por todo ello el cálculo de la Eva mitocondrial como concepto supone simplemente una estimación. En la medida en que dentro del material genético mitocondrial existe un determinado grado de divergencia transmitido por línea femenina y es posible remontar dicho proceso una serie de años en el tiempo, todo ello nos asegura que en torno a las fechas que arroja el cálculo ya había tenido que arrancar de alguna manera el proceso de diferenciación del Homo Sapiens dentro del árbol genealógico de la especie humana. 

En otras palabras. La Eva mitocondrial no es el antepasado del que descienden todos los seres humanos. De hecho muy probablemente el Homo Sapiens no procede de una única y primigenia hembra, o de una pareja de macho y hembra concretos. En realidad debemos pensar en un grupo, reducido pero grupo al fin y al cabo, de hembras (y machos) que compartían en algún momento entre hace 150.000 y 250.000 años (o incluso algo más) un determinado conjunto de mutaciones lo suficientemente relevantes como para empezar a individualizarlos, a ellos y su descendencia, del resto de poblaciones de homininos bípedos, quizás Homo  Rhodesiensis, que pululaban en la época por alguna zona del Sureste de África. 

Así que "Eva mitocondrial", al contrario que lo que sucede en la Eva de la Biblia, no es la primera mujer humana, ni es el antepasado común a todas las mujeres y hombres actuales. Sólo una es una estimación que ni siquiera podemos precisar con total exactitud en el espacio y el tiempo.

En el capítulo final de Battlestar se insinúa incluso que algunos arqueólogos han encontrado restos fosilizados de una joven mujer que sería la propia Hera Agathon, la supuesta Eva mitocondrial. Pero lo cierto es que no se llega a la Eva mitocondrial por la vía de los restos fósiles. La Eva mitocondrial es más un concepto que alguien real y concreto en tanto que cambia con el tiempo a cada generación que pasa y a medida que las mejoras científicas nos van permitiendo aquilatar el cálculo. Por todo ello no es un espécimen preciso e invariable dentro de nuestro registro fósil y cuyos restos vayamos a desenterrar un día de estos.  

Lo que es más, igual que se pueden rastrear pistas sobre el pasado a través del material genético transmitido por vía materna resulta que es por vía paterna como se heredan los cromosomas Y. Por lo tanto es válido aplicar estrategias parecidas a las seguidas para definir una Eva mitocondrial en este caso para rastrear un Adán (sic) cromosómico.

Lo curioso es que al hacerlo las fechas arrojadas han tendido a variar y sobre todo a diferenciarse de los márgenes cronológicos en torno a los cuales se ubica la Eva mitocondrial. Pero claro, ya he insinuado que la Eva mitocondrial no se trata de un individuo fijo, ni la única mujer mutada de su tiempo y de hecho el Adam cromosómico no fue su pareja sexual, ni siquiera fue contemporáneo suyo con toda probabilidad.

Por ello no debe sorprendernos demasiado que los márgenes de tiempo calculados para el Adán cromosómico lo situasen primero apareciendo antes que la Eva mitocondrial, luego mucho después y, finalmente, los estudios más recientes tienden a aproximar los márgenes de tiempo para nuestros "Adán" y "Eva" particulares. En concreto las últimos estimaciones de las que tengo noticia indican que el Adán cromosómico se hallaría en algún punto entre 120.000 y 155.000 años atrás en el tiempo y la Eva mitocondrial entre 100.000 y 150.000 años atrás. Aunque puede que dichas fechas hayan vuelto a variar hace poco, o lo hagan en los próximos años. Tenemos así en todo caso unos límites cronológicos en torno a los cuales el material genético propio de los Sapiens actuales, tanto en el caso de los machos como de las hembras, parece que ya se había configurado, lo cual da pistas de que el proceso de tránsito se había iniciado quizás unas decenas de miles de años antes, quizás en el arco de tiempo que mencioné unos párrafos más atrás: entre hace 150.000 y 250.000 años

   En cualquier caso esta historia todavía tiene bastante que dar de sí. Mucho nos queda por saber y mucho de lo que he contado será revisado con el tiempo, seguramente. Por de pronto los estudios de ADN antiguo llevados a cabo durante la última década por investigadores como Svante Pääbo están dando lugar a algunos cambios respecto a la propia imagen que teníamos respecto al poblamiento del planeta por parte de los Sapiens según el modelo Out of África tradicional. Se ha descubierto por ejemplo que los primeros Sapiens que salieron de África tuvieron descendencia con individuos pertenecientes a otras especies, particularmente Neanderthales en zonas de Oriente Medio y con grupos Denisovianos (que no está muy claro qué son) en el Sur de Siberia y Asia Central.



Pues bien, el resultado de ese mestizaje entre especies fue un cierto flujo genético que afectó sobre todo a la configuración del sistema inmunitario y se extendió después desde las zonas donde se produjo el mestizaje hacia el resto del planeta. A excepción, claro está, de las propias zonas de África de las que provenían los Sapiens emigrantes. Por ello las actuales poblaciones de africanos subsaharianos serían las únicas del planeta que no tienen un pequeño porcentaje de ADN neandertal que, al parecer, tiene el resto de la Humanidad.

Esto no se ajusta a ninguno de los modelos tradicionalmente planteados y de los que he hablado. Ya que la hipótesis Out of África en principio postulaba una salida de África de los Sapiens sin que a eso siguiera ningún cruzamiento con otras especies humanas más arcaicas. Por ello es posible que en los próximos años o décadas haya que pasarse a un modelo mental del tipo: salida de África de Sapiens sumada luego a una hibridación con Neandertales y otras poblaciones, al poco de partir.

Por si fuera poco, a raíz de estas cuestiones y otra serie de debates, incluso el antiguo multiregionalismo, al cual se dio por muerto antes de tiempo, está recuperando fuerza de forma insospechada en algunos ámbitos. En general en Asia, pero sobre todo en China, diversos académicos están volviendo a viejos postulados sobre la supuesta evolución humana hacia el Sapiens mediante vías diversas según continentes. A fin de cuentas falta mucho por conocer sobre la Prehistoria de esa zona tan poco estudiada hasta la fecha y los últimos hallazgos sugieren que es posible encontrar sorpresas. 



   Explotando esas lagunas paleontrapólogos como el chino Xinzhi Wu han contribuido a asentar en algunos círculos la idea de que los Homo Erectus establecidos en el Extremo Oriente hace cientos de miles de años pudieron tal vez evolucionar de forma más o menos independiente hacia la condición de Homo Sapiens. 

En cierta forma quizás todo eso constituye una pista de que, con un siglo de retraso respecto a lo propugnado por Spengler, ahora sí estamos asistiendo a la decadencia de Occidente, o al menos de una parte concreta del mundo occidental. Europa ya hace bastante que ha dejado de ser el centro económico, político o cultural del planeta. Y eso acabará inevitablemente teniendo su plasmación en otros campos insospechados, como el de las ideas que se consideran válidas o convenientes para explicar el pasado humano. Tal vez en unas décadas los hombres primitivos que poblaron Europa hace docenas de miles de años dejen de ser vistos como Sapiens especialmente inteligentes para empezar a ser contemplados como simples mestizos decadentes expulsados hacia un área marginal del planeta por otros grupos mejor adaptados. Al final la "ciencia" en lo tocante a cuestiones sociales no deja de ser, sutilmente por supuesto, una cuestión de prejuicios e intereses. 

3 comentarios:

  1. "Estamos asistiendo a un cambio de paradigma. Asia deja de desempeñar un papel secundario y cobra un protagonismo revelador en etapas claves de la evolución":

    http://elpais.com/elpais/2016/02/16/ciencia/1455633230_824000.html
    http://www.publico.es/ciencias/sapiens-y-neandertales-tuvieron-hijos.html

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  2. A pesar del sexo recurrente entre ambas especies, ningún gen del cromosoma Y pasó al 'Homo sapiens', según un estudio:

    http://elpais.com/elpais/2016/04/07/ciencia/1460038928_584158.html

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  3. Lo primero felicitarte por tan extraordinario blog, que aunque tarde, he descubierto para mi regocijo.
    No suelo hacer comentarios, y menos de este tipo, pero en fin tomo mis precauciones con los estudios del señor Pääbo, y los mantengo en cuarentena a pesar de su tarjeta de presentación y de que por otra parte soy un indocumentado, y todo porque me desilusiono que para sus estudios sobre el material genético de los neardentales se basara en los restos aparecidos ya hace tiempo en una cueva de Croacia, y no en los de la cueva del Sidrón, que con toda probabilidad estén libres de contaminación en mayor medida.
    Un saludo. Juan Ramón DV

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