lunes, 21 de septiembre de 2015

Si me queréis, ¡irse¡


¿Alguna vez viste un desastre más espléndido?

Anthony Quinn en “Zorba el griego”

        


                       



Supongo que a estas alturas todo el mundo lo sabe pero lo comentaré igualmente. Los lemmings, esos simpáticos roedores nórdicos protagonistas de una adictiva serie de videojuegos, no se suicidan en masa. Nunca lo han hecho. Esa falsa creencia procede de un tramposo documental de 1958 producido por la casa Disney llamado White Wilderness y cuyas peripecias de rodaje seguramente podréis encontrar en la web. 


                                       


En realidad el animal conocido con mayor tendencia a desarrollar pautas de comportamiento contraproducentes y estúpidas, en cierta forma parecidas a las que falsamente hemos atribuido a los lemmings, es precisamente el más inteligente de todos: el ser humano. En ese sentido se podría redactar un artículo completo recopilando, por ejemplo, desastres relacionados con estampidas humanas masivas en conciertos de música o celebraciones deportivas (desde la Tragedia del Estado Nacional del Perú, hasta las celebérrimas catástrofes de Heysel y Hillsborough). De hecho las catástrofes colectivas de este tipo podrían remontarse mucho más atrás en el tiempo, hasta la época de los primeros anfiteatros romanos, construidos en madera; a los altercados entre verdes y azules en el hipódromo de Constantinopla ya en época justinianea; o a las barbaridades que tal vez ocurrieron -aunque no dejasen rastro documental- en época medieval durante momentos de catarsis religiosa colectiva.

Sin embargo una de las primeras referencias precisas a este tipo de fenómenos la tenemos en fecha tan tardía como el s. XVIII cuando una crónica de época nos informa que durante la representación de una obra de Beaumarchais murieron tres personas aplastadas debido a una avalancha espontánea entre un sector de los espectadores. Eran tiempos en los que se producían abundantes altercados en representaciones teatrales o musicales debido a la beligerancia del público (parte del cual a veces era comprado para asegurar el éxito de la obra con sus vítores, o bien para todo lo contrario, hundirla con sus vehementes protestas).

Pero es ya en plena época contemporánea, debido al crecimiento de la población y la acumulación de cada vez mayores aglomeraciones urbanas, cuando estos fenómenos saltaron al siguiente nivel. En 1823 más de cien personas murieron en las celebraciones del Carnaval en la capital de la isla de Malta y en 1883 fueron cerca de doscientas las víctimas en Sunderland durante una estampida que se produjo en un reparto de regalos a niños.

  Viajemos ahora a mayo de 1896 en Moscú, durante las celebraciones posteriores a la coronación de Nicolás II como zar, escenario del que quizás sea el primero de estos desastres cuyos detalles conocemos a través de una extensa documentación.


              
             

Pero vayamos al grano. El problema empezó debido a que, con motivo de las festividades de la Coronación del nuevo zar, se fue acumulando muchísima gente en determinadas áreas de la ciudad. Lo cual se vio agudizado por el anuncio de que, como culminación de las festividades, se ofrecerían comida gratis y regalos en una plaza llamada Khodynka.

            

  Ciertamente en aquel lugar se tenía previsto repartir un trozo de pan con una salchicha, algunos dulces y una taza conmemorativa llena de cerveza a cada ciudadano que pasase a recoger los presentes. Una vez sabido eso desde las cinco de la mañana comenzó a agolparse en la zona la parte más pobre de la población de la capital hasta que, unas horas después, se acumuló allí una cifra indeterminada de tal vez medio millón de personas. Todo eso en un espacio no particularmente amplio y que desde luego no estaba preparado para acoger a tanta gente.

            

    A primeras horas del día, cuando la propia masa humana empezó a darse cuenta de su tamaño, se difundió el rumor de que en el fondo de las tazas de cerveza que se repartían había una moneda pero que no había suficientes existencias para todo el mundo. A continuación comenzaron las avalanchas y debido a las mismas empezó a morir gente aplastada contra las vallas y las casetas construidas en los límites de aquel espacio. Tras eso se produjo un pánico colectivo que llevó a nuevas oleadas masivas entre la turba y, consiguientemente, a que varios cientos de personas más muriesen pisoteadas en medio del gentío.

                     
                      
                                                      

Para la hora del desayuno habían muerto asfixiadas o aplastadas más de 1.300 personas, algo que pese a todo resultó básicamente ignorado por el resto de la turba y las autoridades. De hecho a mediodía la mayor parte de los cadáveres habían sido diligentemente retirados por la policía y el nuevo zar se presentó a saludar mientras la banda de música tocaba y la gente lo aclamaba y recogía sus dulces y su cerveza. En el diario personal de Nicolás II la tragedia ocupó apenas dos líneas de texto, fue un día en el que lo que más le impactó fue el calor que había tenido que soportar durante un vals al que acudió por la noche. En cierta forma no resulta extraño por tanto que bajo su mandato acabase estallando la mayor revolución del s. XX. 

   Décadas después de la misma y tras la consiguiente llegada al poder de los bolcheviques en Rusia todo había cambiado... para que nada cambiase en el fondo. En marzo de 1953 el terror de las purgas stalinistas sumado al culto a la personalidad obsesivo promovido por el genocida georgiano culminaron durante su funeral. 

              

   Presas de un delirio colectivo con tintes sadomasoquistas docenas de miles de personas histéricas se agolparon en las calles para dar un último testimonio de amor a su amo. Producto de ello las avalanchas en las colas para ver el cuerpo de Stalin causaron una cifra indeterminada de bajas que jamás se hizo pública pero que oscila según fuentes entre los 100 y los 1.500 muertos. No existen fotografías que yo conozca, aunque los hechos se han recreado en algunos productos de ficción como la película The inner circle de 1991.

          
               

Pese a que este tipo de paroxismos colectivos puedan parecernos lejanos en realidad se reproducen cíclicamente por todo el planeta, con especial predilección por las sociedades menos desarrolladas política y culturalmente. Aunque lo anterior no siempre se cumple. En 1956, durante una ceremonia sintoísta en el Santuario Yahiko, aproximadamente 200 km. al Norte de Tokio, mientras se lanzaban pasteles de arroz a una multitud de treinta mil personas se produjo una desbandada en una escalera de piedra próxima al altar. Al extenderse el pánico parte del público fue pisoteado por los que intentaba huir. Finalmente la presión de la multitud derrumbó un muro lo que elevó el saldo de víctimas a más de un centenar de personas muertas aplastadas o pisoteadas así como otras setenta y cinco heridas.

En general aquellas ceremonias religiosas en las que se junta pasión desmedida y fanatismo pueden convertirse en trampas mortales. En 1954, dos años antes de los últimos sucesos mencionados, más de 500 personas murieron aplastadas durante una ceremonia religiosa en la India en Kumbha Mela. Aunque si he de escoger una tragedia de este tipo a medio camino entre el drama y la comedia me quedo con otro suceso. 

   Esta de más abajo es una de las pocas imágenes fotográficas existentes del delirante entierro del Ayatollah Ruhollah Jomeini a principios de junio de 1989 en Teherán. 

                               

    En el transcurso del mismo una marabunta de entre uno y dos millones de personas se agolpó en forma de cortejo fúnebre en torno al lugar de enterramiento previsto. Emulando a los mozos que saltan la reja al comienzo del Rocío, en el caso iraní en un momento dado parte del público que se encontraba en primera fila espontáneamente deshizo el ataúd de Jomeini en su afán de tocar físicamente el cadáver de su líder fallecido. Tras eso empezó la pelea por hacerse con un trozo del sudario de lino que envolvía el cuerpo del difunto. Todo ello en medio de un calor asfixiante y las ensordecedoras ráfagas de metralleta disparadas al cielo por algunos militares presentes que intentaban contener a la muchedumbre. En un determinado momento los restos de Jomeini medio desnudo casi acabaron rodando por el suelo mientras la Guardia Revolucionaria se peleaba con los más exaltados entre la multitud para mantener la posesión del féretro.

Tras lograrlo tuvieron que esperar cinco horas y volver a intentar el enterramiento del cadáver, esta vez con una mayor comitiva de seguridad y metiendo los restos en un ataúd de metal. En el cementerio se tomaron precauciones adicionales para evitar que la marabunta lo desenterrara una vez sepultado.

Al final del día se contabilizaron ocho muertos, 440 heridos graves y cerca de 11.000 heridos leves de diversa consideración.

                                             

5 comentarios:

  1. En realidad hoy tenía prevista una entrada bastante más ambiciosa, pero ni me siento con ánimo ni tengo tiempo de redactar algo demasiado complejo, así que como no he subido nada desde hace unos cuantos días os dejo con una de las típicas anécdotas que llaman la atención de mi lado morboso y perverso. A ver si el siguiente fin de semana me animo a ponerme con ello.

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  2. ¿La vuelta al trabajo?

    Soy un morboso y esperaba que esta entrada fuera más sustanciosa.

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  3. Pues arriba ese ánimo, no se si somos muchos o pocos seguidores, pero este blog me aporta grandes ratos de disfrute a través del conocimiento que compartes con nosotros. Ojalá pueda seguir siendo así por mucho tiempo.

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  4. Joder, ni a propósito esta entrada. Hoy mismo más de 300 muertos e incontables heridos en la meca.

    Nah!, lo de siempre

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  5. Según El País, la cuenta de lo de La Meca ya supera los 700. Allí de todas formas es tradición. Ya hacía tiempo que no tenían una avalancha mortal de estas.
    Personalmente huyo en lo posible de las grandes aglomeraciones. La última vez que recuerdo participar en una, el riesgo que corrí fue doble. Se trataba de un festival aéreo, otro acontecimiento muy dado a provocar muertes estúpidas. En aquel caso no me pasó nada, aparte de tragarme un atasco de más de tres horas a la salida del aeropuerto. Más de lo que duró el evento en sí.

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