viernes, 10 de abril de 2015

El templo y los mercaderes (I)


Escrito está, mi casa será llamada casa de oración para todas las naciones, pero vosotros la estáis convirtiendo en una cueva de ladrones.


       

  Hoy os traigo la primera de dos entradas que pienso dedicar a contaros la historia (oculta) de las finanzas vaticanas y las cosas extrañas que han sucedido en torno a las mismas entre 1870 y la actualidad.
  

El loco Amaro


Antes de entrar en faena quiero hacer dos incisos. El primero de ellos con el propósito de puntualizar una cuestión referida a la cita que he escogido para encabezar la entrada de hoy. 

No sé si os habéis parado a pensar en ello alguna vez, pero es bien conocido (porque lo cuentan los Evangelios) que, en vísperas de la Pascua judía, el agitador religioso Yeshua bar Yosef, más conocido como Jesucristo, protagonizó una acción contra la explotación económica del Templo de Jerusalén por parte de mercaderes y cambistas, a los cuales expulsó del recinto o al menos amonestó públicamente. Esos comerciantes actuaban en connivencia con las altas jerarquías sacerdotales, las cuales eran perfectamente conscientes de las irregularidades en algunas de aquellas actividades, más aún al ubicarse dentro del mismo recinto sagrado, pero las consentían porque obtenían pingües beneficios económicos con los impuestos que recaudaban gracias a ellas.

Dicho altercado constituye, que sepamos, la única confrontación pública y realmente violenta protagonizada directamente por Jesús contra el orden establecido en su época. El caso es que siempre me ha llamado la atención el que muy posiblemente esto ocurriese durante el último año de vida de Jesús (aunque los propios Evangelios discrepan sobre esto). De ser así da la casualidad de que casi inmediatamente después de esos hechos es cuando Jesucristo -que hasta entonces había podido predicar sin ser molestado que sepamos- fue sujeto de algún tipo de denuncia ante el poder romano por parte de las mencionadas élites sacerdotales judías, juzgado con gran diligencia y ejecutado públicamente. Sucesos, éstos últimos, que a su vez se conmemoran en la Pascua cristiana, aunque dotándolos de un componente puramente místico y simbólico y descartando cualquier relación de causa-efecto entre lo ocurrido en el Templo y el posterior procesamiento de Jesús. A fin de cuentas desde una perspectiva teológica su muerte estaba predestinada por Dios para salvarnos a todos y no tuvo nada que ver con vulgares cuestiones de este mundo relacionadas con el orden público, la política, o los pingües beneficios fiscales relativos a actividades dudosas.

Dicho esto el segundo inciso lo quiero dedicar a recordaros un relato de Manuel Halcón perteneciente a los Cuentos del buen ánimo (1979). En esos cuentos se narra entre otras la historia de un cardenal Arzobispo de Sevilla el cual, mientras se construía el Palacio Arzobispal de dicha ciudad, bajaba muchas tardes a sentarse junto a la llamada Puerta del Lagarto, que daba al Patio de los Naranjos de la catedral, para desde allí presenciar los avances en las obras.

Ocurrió que un día en que el Arzobispo se encontraba en ese lugar, precisamente acompañado de algunos de sus familiares y subordinados, vio acercarse por la calle Placentines a un individuo estrafalario vestido con harapos. El Arzobispo preguntó a sus allegados que quién era aquel pobre hombre y estos le informaron de que se trataba de un loco o un deficiente mental conocido como Amaro y que al parecer era muy famoso y querido en la ciudad por lo que todo el mundo solía darle limosna y así iba sobreviviendo. Al oír eso el humilde prelado, que era muy campechano, le llamó a voces y le mandó por señas que se acercara.

Tras dudar unos instantes Amaro se aproximó al grupo y se quedó delante del señor Arzobispo, el cual le dijo medio en broma:

- Me alegra conocerte, Amaro. No te incomodes que no te llamo por nada malo. El caso es que me han hablado muy bien de ti. Puede verse que eres una persona humilde pero sincera y se que me dirás la verdad, no como todos estos aduladores que me rodean. Así que dime Amaro, ¿qué te parece como van las obras del nuevo palacio que he mandado levantar?.

Y Amaro, con voz respetuosa, le contestó:

- Que su eminencia reverendísima, al revés que Jesucristo, convierte el pan en piedras.

Y así acaba el cuento, con el obispo quedándose escandalizado mientras Amaro se aleja para seguir con su ronda pidiendo limosnas. Puede que no veáis ahora el sentido de esto que os he contado, pero dentro de un rato creo que lo comprenderéis.

El ladrillo y la burbuja


En 1835 unos inversores francobelgas fundaron una institución llamada Banca Romana que, algunos años después, concretamente en 1851, se convirtió en el banco oficial de los Estados Papales. Todo ello en una época en que el Papado -herencia de su pasado como señorío feudal y no solo como entidad espiritual- aún controlaba grandes territorios en el centro de Italia.

Sin embargo, en las décadas siguientes y debido al proceso de unificación italiana, el Estado Vaticano perdió la mayor parte de esos territorios y quedó más o menos reducido a lo que es hoy llegado el año 1870, en época de Pío IX. Debido a ello, en 1874, esa Banca Romana quedó integrada en la estructura bancaria del Reino de Italia convirtiéndose así en uno de los escasos bancos autorizados a emitir billetes de curso legal dentro del territorio del joven Estado. Las otras entidades autorizadas eran la Banca Nacional de Torino, el Banco de Nápoles, el Banco de Sicilia, la Banca Nacional de Toscana y la Banca Toscana de Crédito.

Pues bien, durante los quince años siguientes se desarrolló en el centro-Norte de Italia un contexto, que resultará fácil de entender para cualquier español actual, caracterizado por un boom económico propulsado por la bonanza en el sector de la construcción y los negocios especulativos ligados al mismo. En esa tesitura la Banca Romana empezó a superar ilegalmente los límites de crédito que estaba autorizada a respaldar. A fin de cuentas cada nuevo crédito concedido parecía ser un negocio redondo, ¿qué no se poseían los fondos para otorgarlo?, daba igual, ya se compensarían los balances con las ganancias derivadas de correr esos riesgos. 

Pero claro, en economía siempre después de la subida llega la bajada y a finales de los años 80 se produjo una recesión. En 1889 tres pequeños bancos de Turín muy implicados en la especulación inmobiliaria en la ciudad de Roma suspendieron pagos exponiendo gravemente a otras instituciones que a su vez les habían transferido fondos. Entre ellas, claro está, la Banca Romana.

En junio de ese año el Ministro de Agricultura encargó a un senador llamado Giuseppe Giacomo Alvisi una inspección en dicha Banca Romana, la cual reveló inicialmente la existencia de un agujero en los fondos por valor de al menos 9 millones de liras. Sin embargo los contables de la Banca alegaron que esa discrepancia en los balances era debida a la “impericia” de los autores de la encuesta. De hecho la cantidad de dinero que supuestamente faltaba apareció misteriosamente de la nada al día siguiente de notarse su ausencia. Obviamente dichos movimientos de capital, cuanto menos extraños, no convencieron a Alvisi ni a los funcionarios del Tesoro que lo asistieron en la inspección, y por ello reflejaron todo lo sucedido en un informe que el propio Alvisi hizo llegar al Gobierno.

De esa forma el primer ministro italiano de la época, Francesco Crispi, así como el Ministerio del Tesoro, Giovanni Giolitti, fueron informados de la anómala situación de la Banca Romana, no obstante durante los tres años siguientes el "informe Alvisi" se mantuvo en secreto y ni ellos ni el siguiente gabinete de Gobierno, encabezado por Antonio di Rudini, hicieron nada al respecto, fuese por presiones extraoficiales de poderes en la sombra o por puro miedo a que una intervención en la Banca que descubriese la situación agravase aún más la crisis económica en el corazón del país al provocar un pánico masivo en los inversores. De hecho en 1891 el gobierno de Rudini impidió en el último momento que el senador Alvisi llegase a exponer en el Senado públicamente los resultados de su inspección.

En mayo de 1892 Giovanni Giolitti (recordemos, había sido por así decirlo Ministro de Economía unos años antes, en la época en que se había descubierto la probable insolvencia de la Banca Romana) fue elegido a su vez Primer Ministro y lo primero que hizo fue intentar que el presidente de la Banca Romana desde hacía más de una década, Bernardo Tanlongo, fuese elegido senador, para que así no se le pudiese procesar en caso, digamos, de que algún día la situación se escapase de control. De hecho Tanlongo constituía un director de banco muy peculiar ya que en origen era un granjero semianalfabeto que había empezado a tejer una red de relaciones ejerciendo como espía, había entrado en el negocio bancario de la mano de desconocidas amistades en el Vaticano y luego había sido mantenido en su puesto al entrar capital toscano en la Banca no se sabe muy bien por qué. Era probablemente un hombre de paja, pero aún hoy no se sabe de quién en concreto. 

En cualquier caso, a finales del año 92, antes de que el Primer Ministro pudiese confirmar a Tanlongo como senador, el primitivo informe destacando las  irregularidades en la Banca Romana fue filtrado a la opinión pública por amigos de Alvisi, quien había fallecido amargado en los meses previos. El escándalo subsiguiente desencadenó la creación de una comisión parlamentaria para verificar la seriedad de las acusaciones vertidas. Estas fueron, cómo no, corroboradas con creces a comienzos del año siguiente, descubriéndose un agujero de más de sesenta millones de liras. Básicamente la Banca Romana había prestado dinero muy por encima de sus posibilidades (hasta acumular deudas que doblaban la suma de sus reservas). De hecho gran parte de los activos inmobiliarios que poseía la entidad en garantía por los préstamos ya no respaldaban las cantidades avaladas debido a la caída de precios en el sector. Incluso, en un intento desesperado de camuflar lo anterior, la Banca Romana usando sus privilegios había llegado a emitir de forma incontrolada y subrepticia billetes por valor de unos 40 millones de liras (una cantidad de dinero enorme en aquella época) de cara a respaldar sus pérdidas.

Al día siguiente de que se conociese todo esto Tanlongo fue detenido y la Banca Romana cerrada en agosto del año siguiente, pero el juicio a Tanlongo y el resto de implicados en la gestión de aquel banco se fue retrasando hasta que todos resultaron exonerados de los cargos que se les imputaban a mediados de 1894 debido a la desaparición, probablemente a manos de la propia policía, de los documentos que probaban su culpabilidad y en los que al parecer se implicaba a personalidades e instituciones muy importantes. 

Pero me diréis, ¿y esto que tiene que ver con Jesús y la Iglesia y esas cosas?. Si no os habéis aburrido ya y seguís leyendo dentro de un rato igual lo empezáis a percibir más claramente. 

Sigamos.

No hay que poner todos los huevos en la misma cesta


Casi al mismo tiempo que sucedía todo lo anterior se detectan una serie de movimientos muy curiosos creando o bien posicionando bajo el control de la Iglesia católica una serie de instituciones bancarias. Es una madeja compleja pero la voy a resumir muy rápido.

En el año 1892 se creaba la Banca Cattolica Vicentina, oficialmente casi una institución de caridad y de “socorro mutuo” dependiente indirectamente de la diócesis de Vicenza. A partir de unos orígenes tan humildes dicha sociedad, nacida para “estimular la solidaridad y la colaboración” entre las fuerzas productivas de una modesta diócesis, empezó a adquirir, muy poco a poco, otras entidades como el Banco Bassano del Grappa,  la Banca Cadorina, la Banca Cattolica Atestina, la Banca Cattolica di Udine, la Banca Cattolica di San Liberale, la Banca Feltrina y la Banca Depositi e Prestiti, la Banca provinciale di Belluno, la Banca Agricola Distrettuale, la Banca Veneziana di Crediti e Conti Correnti, la Banca San Daniele, etc., etc. Ya se sabe, lo que sea por los pobres.

De esta forma, ya entrado el s. XX, a medida que iba creciendo dicha Banca Vicentina pasó a ser conocida como Banca Cattolica del Veneto al convertirse en una fuerza financiera a tener en cuenta en toda esa región del Norte del país. Eso sí, manteniéndose como una institución siempre controlada en la sombra por la Iglesia.

Por otra parte en 1896 un abogado de fuertes creencias católicas y muy relacionado con la orden franciscana llamado Giuseppe Tovini creaba en Milán el Banco Ambrosiano, oficialmente una institución privada e independiente pero que por algo pronto pasó a ser conocido como “el banco de los curas” ya que de forma subrepticia era teledirigida también por la Iglesia romana. De hecho entre los miembros del consejo de administración de la entidad en las siguientes décadas encontramos hasta un sobrino del Papa Pío XI; aunque por pura proximidad pasó a ser el Arzobispado de Milán el brazo eclesiástico encargado de vigilar de cerca las actividades de dicho banco. Por supuesto pasado el tiempo el caritativo Giuseppe Tovini fue beatificado.

Finalmente, un poco antes de todo lo que he contado hasta ahora, concretamente en 1887, el Papa León XIII creó una “Comisión para las Causas Pías” la cual durante los siguientes cincuenta años no dejó de ser una especie de institución caritativa muy pequeña. Sin embargo dentro de un rato vamos a ver que llegado un determinado momento esa pequeña institución “para las Causas Pías” iba a cobrar una gran importancia.

En todo caso lo que he contado hasta ahora ha sido cómo, durante el último tercio del s. XIXuna vez perdidos sus territorios y rentas feudales y en un contexto de disminución de las donaciones por la secularización de la sociedad, la Iglesia moderna creó o instrumentalizó una serie de instituciones bancarias a través de las cuales mover dinero y realizar operaciones e inversiones financieras con las que obtener liquidez. En esa etapa en todo caso no aparece nada particularmente extraño, nada especialmente sucio, salvo por el caso de la Banca Romana, y aun así no hay evidencias claras de la implicación del Vaticano con aquella institución en la época de su quiebra. Quizás la única pista respecto a esto último es que, como acabamos de ver, la génesis de las instituciones que en adelante iban a controlar una parte sustancial de los fondos de la Iglesia, al menos en Italia, surgieron casi de forma simultánea a la crisis y posterior colapso de la Banca Romana, como si hubiese sido necesario de repente crear alternativas a aquella vía.

Dicho esto hasta 1929 aproximadamente la tónica en las operaciones económicas emprendidas por la Iglesia iba a ser una paciente y cautelosa normalidad haciendo crecer las semillitas plantadas en las instituciones que he enumerado en este epígrafe. Sin embargo en ese año todo iba a cambiar, y no por la famosa crisis del 29 sino debido a algo totalmente diferente.

El pacto


Para entenderlo hay que comprender a su vez el contexto político, no el económico. A ese respecto la gran preocupación de la Secretaría de Estado vaticana entre 1917 y 1991 fue contener la expansión del comunismo, sobre todo en Europa. A fin de cuentas la Iglesia es una institución peculiar cuya finalidad es salvar almas y en ese sentido el ateísmo propugnado por el nuevo régimen implantado por los bolcheviques en la URSS a finales de 1917 fue visto por diversos pontífices como una amenaza capital en caso de que lograse extenderse firmemente más allá de los confines del mundo ortodoxo.

Por tanto, de cara a contener ese peligro mortal que supuestamente se cernía sobre el rebaño de la Iglesia, casi todos los Pontífices del período de entreguerras se mostraron dispuestos a contemporizar con sistemas “autoritarios” en lo político pero que gracias a ello se mostrasen útiles en la lucha contra la expansión del veneno rojo. Es así como se ha de entender por ejemplo el tácito apoyo de la Iglesia a diversos regímenes dictatoriales e incluso fuertemente represivos, caso del implantado en España tras la "Cruzada" nacional encabezada por Franco. También se explica así que el Vaticano firmase un Concordato con la Alemania nazi de Hitler en 1933, o que en el transcurso de las negociaciones para llegar a dicho acuerdo y probablemente por presiones del Vaticano el poderoso Zentrum, un partido católico de Baviera que llegó a ser la tercera fuerza en el Parlamento alemán, se autodisolviese a comienzos de julio de ese mismo año, ahorrándole a Hitler el engorro de tener que deshacerse por las malas de ese obstáculo en su ascenso hacia el poder absoluto.

Siendo sinceros respecto a esto último no es que la diplomacia vaticana desconociese las extravagantes tendencias paganas de parte de la cúpula nazi, su antisemitismo, o su violencia, pero en aquel momento se infravaloró la determinación nazi a la hora de llevar a cabo su delirante programa. Simplemente, como se ha dicho, desde el Vaticano se pensaba que en aquel momento era clave no obstaculizar la implantación de regímenes fuertes en países clave de la geopolítica europea, aunque fuesen dictaduras, incluso hostiles, si con ello se conseguía erigir un muro contra la posible expansión hacia el Oeste del ogro soviético. No se esperaba de esas dictaduras el grado de beligerancia que algunas de ellas acabaron mostrando. 

Teniendo presente todo eso volvamos a los años 20 y centrémonos en Italia. Allí se estaba produciendo la consolidación de un régimen de ese tipo, la Italia de Mussolini. En base a las coordinadas descritas el fascismo fue visto por la Iglesia del período como un mal menor con el que se podía negociar y al que se podía, supuestamente, controlar. Tal es así que entre ambos poderes se llegó a un acuerdo histórico en 1929, los Pactos de Letrán o Pactos Lateranenses, mediante los cuales se garantizaba de una vez por todas la absoluta soberanía pontificia sobre unas pocas hectáreas alrededor de la basílica de San Pedro, creándose de forma efectiva un Estado independiente dentro de la propia urbe romana, la Ciudad del Vaticano tal y como la conocemos en la actualidad. Lo que ocurre es que eso, aunque no era evidente en un primer momento, también implicaba a su vez privacidad para instituciones financieras que se instalasen allí. Por tanto, en esencia, desde ese momento el Vaticano se convirtió en varias cosas, entre ellas en un paraíso fiscal en potencia ubicado en medio de la propia capital de Italia. Si bien ya digo que inicialmente nadie se dio cuenta de las posibilidades que esto último implicaba.

Por otra parte esos pactos con el Estado fascista proporcionaron a la Iglesia una importante aportación de capital (más de 750 millones de liras de la época contantes y sonantes así como 1.000 millones más en bonos del Estado) en tanto que para congraciarse con el Vaticano, y de paso obtener legitimidad ante el católico pueblo italiano, Mussolini aceptó incluir en los mismos una “indemnización” a la Santa Sede ¡¡por la pérdida de los antiguos Estados Papales de cuño feudal¡¡. Gracias a ello la situación financiera de la Iglesia recibió un fuerte impulso, el cual se consolidó en los años siguientes a través de inversiones realizadas a través del aparato financiero que he descrito hasta ahora así como una especie de holding creado al efecto en Luxemburgo y luego desplazado a Suiza. 

En ese contexto el cerebro de la estrategia financiera que seguiría la Iglesia los siguientes veinticinco años fue Bernardino Nogara, un oscuro ingeniero y financiero milanés amigo de la familia de Pío XI y al que dicho Papa colocó en 1929 a cargo de una institución especialmente creada para gestionar el dinero obtenido de los pactos con Mussolini: la Amministrazione Speciale della Santa Sede. Institución que luego tendría un largo recorrido en el que no voy a entrar aquí. Pues bien, durante los años siguientes el hábil Bernardino transformó parte de los fondos de dinero del Vaticano en reservas de oro, se hizo con importantes participaciones en las principales aseguradoras de Italia así como en la principal empresa de construcción del país y hasta contribuyó -con pingües beneficios- a la compraventa de la munición empleada por las tropas de Mussolini en sus campañas africanas de los siguientes años, particularmente la invasión de Etiopía. Tampoco están muy claras algunas inversiones en industrias farmacéuticas o, sobre todo, los movimientos llevados a cabo durante los años de la II Guerra Mundial. Todo ello por su propia iniciativa en contra de los deseos de la Santa Sede. 

   Obviamente. 

En cualquier caso la estrategia fue tan amoral como exitosa con lo que pronto el Vaticano se encontró con más dinero en sus manos del que podía canalizar con comodidad a través de los modestos bancos que controlaba indirectamente y por ello se hizo evidente la necesidad de crear una nueva entidad. Es así como durante la guerra, por mandato del polémico Pío XII, la vieja y modesta “Comisión para las Causas Pías” se convirtió en 1942 en el Instituto para las Obras de Religión, IOR, el cual poco a poco pasaría a ser conocido popularmente como el “Banco Vaticano” en tanto que, en parte, pasó a serlo.

El propósito oficial declarado de dicha institución sería en adelante conservar y administrar bienes pertenecientes a los ciudadanos del singular Estado vaticano o que tuviesen por objetivo “obras religiosas o de caridad”. Es decir se trataría en teoría de una especie  de banco privado para los peculiares funcionarios de la Iglesia católica -sacerdotes, abades, monjas, frailes- y dedicado no tanto a proporcionarles rentabilidad como a conservar a buen recaudo sus escasos ahorros y en ocasiones también mantener a salvo otro tipo de pecunios que le fuesen entregados a la Santa Sede “para hacer el bien” por así decirlo. Por ello técnicamente el “Banco Vaticano” no fue nunca considerado un banco al uso ya que oficialmente no se dedica a prestar dinero o realizar inversiones sino solo a servir de caja fuerte al personal que trabaja en la Curia Romana y poco más. Pero por otro lado en un determinado momento, como vamos a ver, su utilidad para la Iglesia estribó en poder centralizar en el mismo Vaticano, donde tiene su sede dicha institución, algunas de sus operaciones financieras más importantes y secretas. 

Por supuesto, pese a la creación del IOR, el Vaticano siguió controlando en la sombra los bancos de los que hablé antes, pero desde ese momento pasó a poseer en Roma una sucursal bancaria propia e independiente que, por efecto de los Pactos Lateranenses, resultaba opaca para cualquier organismo fiscal, policial o judicial externo. 

En otras palabras, a partir de ese instante lo que los Pactos Lateranenses habían convertido en una posibilidad rebuscada pasó a ser casi definitivamente posible. En adelante era cuestión de tiempo que un señor, digamos de Palermo o de la cercana Nápoles, se acercarse a Roma con una maleta llena de dinero de procedencia indeterminada. Una vez en la ciudad, confundido con los millares de peregrinos y turistas, es posible que el señor en cuestión y su maleta se adentrasen en el Vaticano y contactasen con un funcionario del IOR al que se podría hacer entrega de dicha maleta llena de dinero destinado a “obras de caridad” para que fuese custodiado allí, al abrigo de los ojos del mundo, de forma indefinida, o quizás para que ese dinero fuese transferido a salvo, fuera de las fronteras italianas, a una cuenta en otra institución financiera del extranjero.

Todo ello con la identidad del misterioso propietario de la maleta y de la consiguiente nueva cuenta en el IOR no solo protegida por todas las salvedades que caracterizan a un paraíso fiscal al uso, sino también por las peculiaridades del Vaticano como paraíso fiscal. A saber: posee un “jefe de Estado” que es técnicamente la cabeza de un régimen teocrático de cuño feudal, gracias a lo cual no debe responder de ninguna forma ante un Parlamento, unas elecciones democráticas o controles de algún tipo; y cuyos burócratas son esencialmente fanáticos religiosos, dispuestos a aceptar ciegamente las órdenes de la jerarquía, curtidos en un régimen de comportamiento donde el guardar secretos es una forma de vida y que pueden invocar excusas especiales, como el secreto de confesión, en el improbable caso de ser interrogados.  

Llegados a este punto puede que a algún lector le choque la asociación que llevo haciendo unos párrafos de las palabras “paraíso fiscal” y Vaticano. Lo cierto es que si bien no hay problemas en considerar a Mónaco, Liechtenstein o Luxemburgo como “paraísos fiscales”, pocas veces esas palabras se relacionan con el Vaticano en un párrafo impreso en un libro o pronunciado en un medio de comunicación. Obviamente la naturaleza esencial del Vaticano es otra, como destino turístico, como foco espiritual o como subestimado centro diplomático. Pero es que eso nos lleva a olvidar que también ha sido otra cosa en una fase muy concreta de su historia de la que voy a empezar a hablar ahora.

Antes de eso debo aclarar que en realidad en lo último que he contado hay una debilidad. Realmente en la historia del misterioso señor con una maleta llena de dinero que se acerca al Vaticano a ponerlo a salvo fallan dos detalles. Al margen de que en los años 40 con la Guerra Mundial y más adelante la ocupación nazi de Roma eso se hacía complicado, por decir algo, está la cuestión de que el hipotético señor para completar con éxito la transacción en aquellos primeros años del IOR necesitaría un pasaporte vaticano y la complicidad de algún tipo de un miembro del IOR.

Esas condiciones ya puedo decir que no se dieron en los siguientes treinta años. Pero el caso es que pasado ese tiempo… llegó un momento en que se dieron. Y, al darse, el IOR del Vaticano se convirtió en un escondite seguro y muy valioso por su invisibilidad pública para políticos corruptos de la democracia cristiana y para la mafia. Así como suena.

Hasta aquí he explicado en detalle la compleja maraña de hechos que pusieron las bases para que algo tan grave como lo que he dicho pudiera cristalizar. Pero como he confesado, aún faltaban detalles. Así que ahora hay que explicar cómo se solventaron esos detalles y quienes lo hicieron posible.

Para ello hay que pegar otro pequeño saltito, esta vez hasta finales de los años 60 y principios de los años 70, concretamente hasta el Papado de Giovanni Battista Enrico Antonio Maria Montini, más conocido como Pablo VI, Pontífice romano entre 1963 y 1978.  

Los tres monos sabios, el señor lobo, los fascistas y los mafiosos


Ese Papa tomó en su momento varias decisiones que tiempo después iban a tener gran repercusión. Para empezar fue él quien elevó al cardenalato y otras dignidades a tres prometedores clérigos: Albino Luciani, Karol Wojtyła y a Joseph Ratzinger, los que acabarían siendo los tres siguientes Papas en la línea sucesoria. En cierta forma la camarilla que controló el Vaticano durante el último medio siglo se formó en aquel entonces. 

   Por otra parte Pablo VI conocía muy bien el Banco Ambrosiano desde su etapa como Arzobispo de Milán cargo al que había accedido en 1954 y gracias al cual empezó a ser conocido como el “arzobispo de los pobres”. Pues bien, una vez ya elegido Pontífice es cuando se produce el ascenso en la jerarquía de dicha entidad bancaria, de un oscuro individuo llamado Roberto Calvi.

Calvi era milanés (igual que lo habían sido casi todos los financieros de los Papas, caso de Giuseppe Tovini o Bernardino Nogara), hijo de un funcionario de banca, había militado en movimientos estudiantiles fascistas pero tras el final de la IIª Guerra Mundial había recibido refugio en el Banco Ambrosiano en 1947. Allí ejerció de eficiente funcionario hasta que en los años 70 se convirtió primero en director general y luego presidente de dicha entidad; una empresa teóricamente privada pero como ya se ha dicho controlada de facto en la sombra desde el arzobispado de Milán y el Vaticano a través del Instituto para las Obras de Religión que era su máximo accionista.

Asimismo bajo la sombra de Pablo VI ascendió y prosperó otro curioso personaje llamado Paul Marcinkus, estadounidense nacido en Chicago de padres lituanos a quien Pablo VI tomó bajo su protectora ala durante su etapa de Arzobispo de Milán. En base a esa confianza, una vez convertido en Pontífice es a Marcinkus a quien Pablo VI encomendó la organización de sus viajes pastorales. Con el tiempo el fiel Marcinkus pasó a encargarse también de la protección del Papa durante dichos desplazamientos y fue durante el desempeño de dicha tarea cuando se produjo el hecho que asentó para siempre la fuerte relación de confianza existente entre ambos hombres.

A finales de 1970 durante un viaje a Filipinas, en el propio aeropuerto de Manila, un pintor surrealista boliviano de nombre Benjamín Mendoza intentó apuñalar al Papa y, aunque apenas logró herirlo superficialmente en el costado, la levedad del ataque se debió a la rápida intervención de varios de los clérigos que rodeaban al Pontífice romano y que impidieron que la situación pasase a mayores.  

Realmente el mérito de identificar y detener al agresor correspondía al obispo Dennis Galvin y sobre todo al secretario personal del Pontífice, Pasquale Macchi, que fue quien se jugó el tipo para detenerlo abalanzándose sobre él. Pero, al formar parte de los clérigos que rodeaban al Papa y sujetaron a Mendoza, de alguna forma Marcinkus logró atribuirse todo el mérito de haber evitado lo peor pese a que en parte fueron los fallos de la seguridad planificada por él los que posibilitaron que el agresor se acercase hasta el Papa sin ninguna dificultad.

En cualquier caso, gracias al crédito hábilmente obtenido tras aquellos sucesos, unos meses después Marcinkus fue puesto a la cabeza del Instituto para las Obras Religiosas. Y es a partir de aquí donde la realidad empieza a superar a la ficción.

Marcinkus era un tipo ambicioso y con unas amistades extrañas en el mejor de los casos. De hecho, al margen de sus cargos religiosos, es probable que ya en este momento de su vida hubiese entrado a formar parte de la masonería junto con otros pesos pesados de la Curia vaticana de la época como el Secretario de Estado del Vaticano Jean Marie Villot, el propio secretario papal Pasquale Macchi antes citado, Roberto Tucci el director de Radio Vaticana, o el subdirector de L´Osservatore romano, órgano oficioso del Vaticano.

En ese sentido la particularidad de la masonería italiana de la época –y de ahí la presencia de tantos religiosos- era su carácter furibundamente anticomunista y conservador, por lo cual albergaba en su seno a antiguos señalados fascistas como Licio Gelli, un tipo del que se podrían hacer tres entradas como ésta contando solo sus trapos sucios, por ejemplo de joven estuvo implicado en la desaparición de veinte toneladas de oro procedente de Yugoslavia.

Llegados a este punto se dio la coincidencia de que el muy bien relacionado Gelli por un lado conocía a mafiosos como Michele Sindona, los cuales poseían maletas de dinero de procedencia dudosa que deseaban guardar a buen recaudo. Por otro lado Gelli conocía a políticos de signo democristiano moderadamente corruptos y siempre dispuestos a mirar hacia otro lado si valía la pena. Asimismo Gelli también trataba ocasionalmente con eclesiásticos y gente relacionada con la estructura financiera del Vaticano que igual que él formaban parte del mundillo masónico, aunque no se sabe muy bien si tomándoselo en serio, solo como pasatiempo pintoresco, o como informadores del Papado de cara a controlar e influir en lo que se cocía allí. En cualquier caso toda esa gente ligada a la estructura financiera vaticana, hagamos memoria, tenía en sus manos un paraíso fiscal por completo impenetrable al que todavía no se le había sacado jugo. Finalmente entre ese grupo de gente que movía dinero para el Vaticano y que intimaba ocasionalmente con Gelli también había seglares con similar pasado fascista olvidado, como Roberto Calvi, recordemos, el tipo que estaba en esos primeros años 70 haciéndose con la gestión del Banco Ambrosiano. ¿Cómo se conjugaron todos esos factores?. No se sabe con seguridad. 

Lo que hoy sabemos es que Marcinkus desde el mismo momento en que se hizo cargo del IOR buscó centralizar y coordinar varias de las instituciones financieras instrumentalizadas por la Iglesia, antes dispersas. Por ello, para empezar, bajo Marcinkus el IOR afianzó su posición de control en el consejo de administración del Banco Ambrosiano como primer accionista del mismo al poseer una quinta parte de sus acciones. En adelante el Banco Ambrosiano pasaría a ser la herramienta a través de la cual saldría a la luz el dinero que a su vez llegaba a la Iglesia por los secretos cauces de las donaciones “caritativas” al IOR con sede en el propio Vaticano.

De cara a potenciar su nuevo instrumento clave, en 1972 y “por las malas”, Marcinkus le quitó el control de la Banca Cattolica del Veneto a otro de los protegidos del Papa y por entonces patriarca de Venezia, Albino Luciani, solo para a continuación entregarle el 37% de las acciones de dicha entidad financiera al Banco Ambrosiano, poniendo de facto a dicha banca véneta bajo control del Ambrosiano. De esta forma Marcinkus alineaba su artillería para ganar potencia de fuego y poder acometer empresas ambiciosas. 

A su vez, operando desde el Banco Ambrosiano, Roberto Calvi, previsiblemente por órdenes de Marcinkus aunque nunca se pudo probar nada, creó toda una red de cuentas y de filiales en países lejanos y paraísos fiscales. Así por ejemplo construyó en Nassau una filial bajo el nombre de Cisalpine Overseas Bank proceso que repitió en otros países como Perú.

Es de suponer que la idea era la siguiente: en adelante, señores misteriosos pero muy caritativos, ocasionalmente pertenecientes a la mafia, podían depositar dinero en el impenetrable y completamente opaco IOR del Vaticano, a salvo del fisco o la Justicia italianas. Luego desde allí, en cierta forma como pago a la Iglesia por esos servicios, una parte de ese dinero se movía hacia el Banco Ambrosiano y, desde él, se desperdigaba y desaparecía a través de múltiples cuentas secretas ocultas en paraísos fiscales distribuidos por todo el mundo. Todo ello con la connivencia de funcionarios y políticos pertenecientes a la democracia cristiana, quienes de vez en cuando también se beneficiaban del entramado de cara a sus propios fines. Por su parte, una vez dispersado el dinero internacionalmente, la Iglesia podía usar esos fondos escondidos para, digamos, operaciones especiales en las que el fin justificaba los medios.  

A su manera Marcinkus se encontraba con una herramienta potencialmente muy poderosa en sus manos. El problema es que también era muy peligrosa si algo de todo esto salía a la luz porque alguien de los implicados en esta cadena se volviese codicioso o descuidado.

Pero de eso hablaré en una segunda entrada, en la cual contaré además qué operaciones eran esas para las que se usaba el dinero, qué salió mal, qué pasó después de que saliese mal, o qué relación tiene todo esto con cosas que han sucedido últimamente en el Vaticano.

2 comentarios:

  1. Enhorabuena, buen artículo sobre un tema muy interesante

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  2. El escenario ya está montado. Hay expectación para ver el drama, aunque ya conozcamos parte del desenlace.

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