martes, 11 de noviembre de 2014

Polichinelas


- ¿Crees que así ligó papá en la universidad?, ¿en vez de tocar la guitarra contaba extrañas anécdotas históricas?.
- Creo que así es cómo papá no ligó en la universidad.

“Falling skies”, capítulo cuarto de la tercera temporada.


- Decidimos que fuera hembra porque son más dóciles y manejables.
- ¿Dóciles y manejables?, se nota que no sales mucho.

Ben Kingsley y Michael Madsen en “Species”.




Hoy vamos a hablar de Corea, una región poseedora de una historia y una cultura muy interesantes. Sin embargo, a ese respecto, desgraciadamente para los coreanos todo ello se encuentra muy influido y condicionado por encontrarse geográficamente justo en medio de quienes tradicionalmente han sido las dos grandes potencias del Extremo Oriente: China y Japón. Algo que además prácticamente vuelve invisible para nosotros los occidentales la historia de esa península olvidada, siempre a medio camino, encajonada entre dos civilizaciones más poderosas y fascinantes a nuestros ojos.

El territorio coreano se convirtió en una unidad política bajo el manto de la dinastía Goryeo (918-1392), la cual completó en el año 935 de nuestra era la unificación de los diversos reinos en que se hallaba dividida hasta entonces la península coreana. De hecho el nombre que usamos en occidente para referirnos a dicha península “Corea” es una palabra que deriva de ese reino de Goryeo, también a veces citado como Koryo, expresión esta última tal vez importada a Europa en tiempos de Marco Polo.

   Sin embargo, el linaje dirigente que experimentó las tensiones del tránsito de Corea desde un estado cuasifeudal hacia la modernidad fue una dinastía diferente a la Goryeo, en concreto la dinastía Joseon.

Esa dinastía Joseon (o Choson según algunas grafías) llegó al poder en Corea en el año 1392, desplazando a la dinastía Goryeo, y tras eso se mantuvo en el poder hasta 1910 -a lo largo del mandato de 27 monarcas sucesivos- momento ese último en que Corea pasó a convertirse en una mera colonia en manos japonesas.

Antes de eso, en sus momentos finales ya avanzado el s. XIX, la dinastía Joseon representó como se ha dicho el papel de casta dirigente que condiciona con sus decisiones, errores o aciertos, la suerte del país durante el necesario tránsito hacia el mundo industrial contemporáneo. De hecho el final de dicha dinastía gobernante se debió en parte a los problemas y tensiones inherentes a la irrupción de la modernidad, precisamente lo mismo que había ocurrido en los países del entorno con los shogunes Tokugawa en Japón, o los emperadores de la dinastía manchú Qing en China.

No obstante eso no debe hacernos olvidar que tiempo atrás, en las primeras décadas y siglos de su existencia, la dinastía Joseon cosechó algunos éxitos. Reubicó la capital en la actual Seúl, extendió la frontera Norte del reino unificado de Corea más o menos hasta su máximo histórico, expandió culturalmente el confucianismo en detrimento del budismo, desarrolló y difundió un alfabeto propiamente coreano y más o menos unificado (el hangul), a la vez que logró a duras penas mantener la independencia de facto del país frente a repetidos intentos de invasión. Sin embargo el precio a pagar, por la estabilidad y la paz necesarias para llevar a cabo todo lo anterior, fue convertir al reino coreano en un satélite -o, dicho de otro modo, un estado vasallo- de China. De hecho ya la Corea de la dinastía Goryeo había dependido temporalmente de la dinastía “mongola” de los Yuan chinos, emancipándose de ese tutelaje solo cuando los mongoles fueron expulsados de China. Pero esa independencia total fue efímera y pronto las nuevas dinastías establecidas tanto en China como en Corea retomaron su relación de patronazgo y sumisión.

Así las cosas la Corea de los Joseon fue ya casi desde su mismo nacimiento, de facto, un protectorado chino, dependiente cultural, diplomática y militarmente de dicho país al que además pagaba tributo. Eso fue así durante la primacía de la dinastía Ming (1368-1644) en China y, más adelante, también durante los años de pujanza de la dinastía Qing (1644-1912). El único momento en que esa situación pudo cambiar se produjo a finales del s. XVI cuando Japón intentó por primera vez en su historia una invasión del continente a través de Corea. Ese intento -precedente del que luego tuvo lugar durante el s. XX- fracasó, pero desde entonces quedó perfectamente perfilado el destino geoestratégico de la península de Corea: a merced de sus dos poderosos vecinos, encajonada entre ellos, aunque tomando partido por asociarse con China, siempre ocupando, eso sí, una posición subordinada en esa relación.

En cualquier caso, como digo, Corea llegó al s. XIX como un reino constituido con una cultura y una entidad propias, englobado en la órbita de China, país que por entonces empezó a experimentar una franca decadencia. Como sabemos durante ese siglo las potencias occidentales fueron extendiendo su influencia en el Extremo Oriente y, por tanto, era cuestión de tiempo que eso afectase a Corea. Debido a ello el país se encontró de repente ante una profunda disyuntiva.

Ya desde la llegada de los primeros mercaderes, misioneros y exploradores europeos a la zona, durante el s. XVI, tanto China como Japón habían mantenido políticas basadas en el proteccionismo mercantil y el aislacionismo político respecto a los occidentales. Corea hizo lo mismo, ganándose el apelativo de Reino Ermitaño. La mentalidad que impulsó ese tipo de política se puede observar ya en este mapa coreano de inicios del s. XV, en el cual la Península de Corea está sospechosamente aumentada en tamaño, China es el centro del mundo y esa especie de Península que se ve en la parte izquierda del mapa se supone que representa a Europa y África, entendidos como territorios insignificantes. Toda una declaración de intenciones. 

   Pero llegados a la segunda mitad del s. XIX, ante la cada vez más clara superioridad y agresividad de las potencias occidentales y la consiguiente dificultad de continuar imponiendo esas políticas basadas en el cierre de fronteras, para los coreanos los caminos a seguir eran dos. O bien continuar imitando el modelo de sus patrones chinos y perseverar resistiéndose por todos los medios a la influencia occidental. O bien seguir el ejemplo japonés y dejar al margen algunos aspectos de su cultura, su organización política o su sistema social tradicional. Es decir la segunda opción consistía iniciar el camino de la occidentalización, aunque solo fuese superficialmente, para así de paso lograr industrializarse y obtener, con ello, la capacidad de modernizar su tecnología militar de cara a resistir la oleada de colonialismo que por entonces recorría el planeta.

Hoy sabemos que la vía acertada fue la japonesa. Pero entonces, en aquel momento, en Corea sus élites aún no lo tenían claro. Entendían que abrir la puerta al comercio o el intercambio cultural con el mundo occidental implicaba riesgos de revueltas sociales, abrir la puerta a las injerencias políticas foráneas, a la penetración de comerciantes extranjeros y otra serie de hipotéticos problemas potenciales. En esa tesitura no es sencillo para una casta el renunciar a sus privilegios personales, o siquiera arriesgarse a ello, aunque eso sea lo mejor para el país como conjunto… Ejem.

De todas formas la lucha entre lo viejo y lo nuevo en aquel lejano reino iba a dirimirse también en el plano de las rivalidades personales y generacionales a través de una trama de traiciones y conspiraciones políticas y familiares con una historia de amor de fondo. Vamos a verlo. 

En 1863 el monarca gobernante en Corea murió sin hijos y sin designar  claramente a ningún heredero. Además por entonces la dinastía Joseon ya se hallaba carcomida por la influencia de poderosos clanes de burócratas que manejaban los hilos del Estado desde la sombra. Por tanto dichos clanes aprovecharon la crisis dinástica para intentar ganar influencia manipulando la elección del sucesor, apostando por diversos parientes integrantes de algunas de las numerosas ramificaciones de la familia real. Al final, tras muchas disputas, ese mismo año el nuevo monarca escogido fue un niño de apenas once años, de nombre Gojong, perteneciente a un linaje secundario de la regia estirpe de los Joseon.

Esa sorprendente elección fue posible porque, desde el punto de vista de los altos funcionarios implicados en el proceso de buscar al futuro monarca, escoger a Gojong ofrecía excelentes oportunidades de cara a manipularlo y controlar el poder en su lugar. Esa suposición fue además hábilmente fomentada por el ambicioso padre del muchacho, Heungseon Daewongun (también mencionado como Li Ha-eung o como Príncipe Gung; el problema con nombres orientales del período es que, además de ser complicados para nuestros estándares, determinados personajes cambiaban de nombre a lo largo de su vida, o bien eran mencionados en según qué documentos en función de títulos variables; por tanto como principio voy a escoger para cada personaje el nombre más reconocible, corto y/o pronunciable entre la amalgama disponible).

En todo caso lo que nos interesa saber de Daewongun es que se trataba de un hábil aristócrata que jugó muy bien sus bazas y se dedicó inicialmente a fingir el ser un alcohólico y un mujeriego totalmente desinteresado por el poder. Eso era algo muy bien valorado por los distintos grupos interesados en hacerse con la regencia y que de ninguna manera pretendían colocar en el trono a un monarca fuerte. Por tanto a primera vista escoger a Gojong -el adolescente hijo de Daewongun- era una buena opción, ya que se trataba de un muchacho fácilmente manipulable con un padre aparentemente desinteresado por los entresijos del poder. No obstante el matiz que nadie apreció en aquel momento es que Daewongun nunca había estado sinceramente interesado en el alcohol o las mujeres, esa era solo una táctica para despistar y pasar desapercibido. En cambio, como la historia iba a demostrar, la verdadera personalidad de Daewongun era la de un individuo total y completamente obsesionado… con el poder.

Por ello no es sorprendente que poco tiempo después, una vez ubicado su hijo en el trono, Daewongun acabó colocándose a sí mismo como regente, puesto que desempeñaría con mano de hierro durante los siguientes diez años.

Ciertamente Daewongun había nacido para ello y ejerció su cargo con gran entrega, luchando contra la corrupción, mejorando la recuadación de impuestos y emprendiendo diversos programas de construcciones arquitectónicas. El problema era que pese a ser una persona eficiente y trabajadora Daewongun carecía de visión estratégica a largo plazo y además estaba demasiado condicionado por su obsesión de mantenerse a sí mismo en la cúspide del poder costase lo que costase. Debido a ello su programa político, en aquel momento histórico decisivo para las sociedades asiáticas en general y la coreana en particular, se redujo a continuar intentando cerrar el país, por todos los medios, ante cualquier influencia foránea, lo que incluía evitar la introducción de tecnología extranjera.

Como sabemos una huida hacia delante parecida, abocando al país al atraso, era algo que sentenció a la antaño poderosa e inmensa China a caer poco a poco bajo el control de diversas potencias coloniales. Por lo tanto dicho intento estaba aún más abocado al fracaso en la débil Corea, reino que contaba con muchos menos recursos demográficos que el Imperio chino de cara a intentar paliar su creciente inferioridad tecnológica y evitar las injerencias en sus asuntos internos por parte de esas mismas potencias occidentales.

Pero Daewongun se negaba a aceptar ese diagnóstico, bloqueando todo intento de reforma consistente en abrirse a las influencias extranjeras, tal vez debido a un sincero convencimiento o tal vez porque, como se ha insinuado, temía que cualquier cambio le pudiese quitar influencia y poder político, la única cosa que él valoraba. De hecho su política era de un aislacionismo tan agresivo que incluso a corto plazo también empezó a resultar contraproducente al tolerar la persecución de los católicos del país, percibidos como una indeseable quinta columna herencia del paso por el país de algunos misioneros europeos. Obviamente esas persecuciones al final solo sirvieron para provocar aquello que pretendían evitar, al estimular y proporcionar un casus belli para la intervención de las potencias coloniales occidentales con intereses en la zona.

De esta forma una ejecución de diversos misioneros católicos pronto fue usada como excusa por parte de los franceses para realizar un primer intento militar de asentar su influencia en el país en 1866. El resultado fue una breve guerra de poco más de un mes durante la cual unos pocos barcos de guerra franceses y algunas tropas coreanas se enfrentaron en la costa. El resultado final fue incierto y los franceses acabaron por retirarse.

Más adelante en 1871 fueron los EE.UU. los que intentaron nuevamente “por las malas” abrir el país al comercio con el exterior al modo en que lo había hecho con Japón en los años 50. La consiguientes sucesión de bombardeos y escaramuzas en la costa acabó dejando varios cientos de muertos coreanos a cambio de solo tres muertos en el bando estadounidense, pero la retirada final de los barcos estadounidenses (por problemas de suministro más que otra cosa) fue interpretada como una victoria por Daewongun quien se reafirmó en su convencimiento de que el país podía resistirse a los intentos de influencia occidentales mediante sus propios medios y empleando armamento tradicional.

Por cierto, precisamente en ese año de 1871 encontramos a nuestro viejo amigo Felice Beato realizando labores de reportero de guerra en el seno de la expedición estadounidense a Corea. Aunque es posible que algún fotógrafo francés anónimo realizase alguna fotografía durante la consabida razzia naval de 1866 ejecutada por los franceses, en realidad las fotografías tomadas por Beato en 1871 son el verdadero punto de partida de la fotografía moderna sobre Corea (como ya lo habían sido en China).

                                             
                                             
                                             

Sin embargo, en Corea y pasado poco tiempo después de estos “éxitos”, las cosas empezaron a torcerse para Daewongun cuando su hijo, a los veinte años de edad, afirmó su intención de asumir el gobierno directamente y pidió a su padre que se retirase. Daewongun estaba desconcertado. Él había intrigado para conseguirle el trono a su hijo, él había gobernado en su nombre –y pensaba que lo había hecho muy bien- y además él sabía mejor que nadie que su hijo era un pelele sin ningún tipo de voluntad propia. ¿A qué venía ese repentino ejercicio de autoridad?. Bueno, es aquí donde entra en la historia… la mujer de su hijo, la reina Myeongseong, a la que en adelante llamaremos reina Min, a secas.

La reina Min era un año mayor que su marido y había sido escogida para casarse con Gojong hacía algún tiempo, cuando ambos tenían 16 y 15 años respectivamente. De hecho, irónicamente, había sido elegida como consorte precisamente porque, en apariencia, no se esperaba que presentase “problemas”. No había recibido una educación especialmente esmerada, no pertenecía a una familia demasiado poderosa o con aspiraciones propias al trono y no poseía parientes cercanos con ambiciones conocidas. Pero Daewongun que, en su momento, había engañado a todos escondiendo su naturaleza ambiciosa se dejó a su vez engañar por el mismo truco. Se fijó demasiado en la familia de la prometida y en sus parientes masculinos, pero poco en ella por sí misma juzgándola demasiado a la ligera como una damisela inofensiva y tonta. El caso es que al final aquella joven, una vez convertida en reina, resultó ser igual de ambiciosa que él, e igual de hábil en el manejo de las maquinaciones palaciegas, sino más. Además resultó no estar demasiado interesada en fiestas, ni en vestidos, ella quería… el poder. Justo como Daewongun. Eran dos almas gemelas, pero el drama para el país consistió en que esas dos mentes brillantes poseían visiones opuestas sobre cuales debían ser las políticas en vigor o las decisiones a tomar y ninguno de los dos pensaba colaborar con el otro.

De hecho la reina Min pronto comprendió que la política de aislamiento auspiciada contra viento y marea por Daewongun, aunque aparentemente exitosa en un primer momento, estaba condenada al fracaso a medio y largo plazo. Por el contrario Min no cerraba las puertas a la posible modernización del país y pronto empezó, en silencio, a reclutar partidarios de este tipo de política en la corte y a formar en torno a ellos su propio bando.

Y la política de bandos era importante. Contra lo que uno pueda pensar el ascenso de la joven reina en detrimento del viejo regente no se basó simplemente en la buena voluntad del inactivo y joven monarca. De hecho inicialmente ambos cónyuges no se aguantaban. Ella era demasiado inteligente e independiente y a Gojong eso no le gustaba. A ella tampoco le gustaba el idiota de su marido, todo sea dicho. Pero poco a poco Min fue aislándolo, primero de otras mujeres, sobre todo concubinas, y luego fue posicionando hombres leales a ella y sus ideas en puestos clave. Llegado el momento la joven Min controlaba un verdadero “partido” dentro de la Corte, formado por aquellos disgustados con los modos de Daewongun. Así pues llegó el día en que Gojong se rindió a la evidencia de que redundaba en interés de todos, también el suyo propio, el que su padre desapareciera de la escena dejando el camino libre.

Llegados aquí y en función de cómo he contado las cosas seguramente el lector ya se habrá formado en su cabeza una imagen sobre qué era lo correcto por hacer y qué lo incorrecto. Pero si hoy cuento esta historia es porque a su modo nos muestra la dificultad de diagnosticar y solucionar grandes problemas socioeconómicos y políticos que afectan a los colectivos humanos en momentos clave de su historia. Los actores implicados en la toma de decisiones raramente poseen en su momento toda la información o la perspectiva del tiempo para saber cuáles serán las acciones que van a tomar los otros jugadores del “gran juego”.

En ese sentido el caso coreano es muy interesante. De haber tomado las decisiones correctas en el momento adecuado tal vez la región podría haberse modernizado con éxito en fechas tempranas, al igual que hizo Japón en aquellos años, y con ello quizás hubiese salvaguardado su independencia. Desde luego Corea no tenía el potencial de convertirse en una potencia, como sus poderosos vecinos China y Japón, pero de haber maniobrado con inteligencia y haber tenido suerte tal vez habría logrado modernizar su sociedad de forma moderada, con el premio añadido de haber obtenido así los medios para preservar su autonomía. Sin embargo, como vamos a ver, todos los esfuerzos desarrollados para modernizar el país fracasaron estrepitosamente hasta tal punto que desembocaron en una durísima ocupación por parte de una potencia extranjera, una potencia que sorprendentemente no fue ningún país occidental, y quizás por ello se mostró como la más despiadada de todos los poderes que acechaban en aquel momento en busca de colonias: el propio Japón.

Lo curioso del caso es que, como también vamos a ver, quienes tomaron las decisiones clave no eran estúpidos y la mayoría de las veces decidieron sus movimientos con la mejor de las intenciones. Y aun así el resultado fue desastroso. Veamos cómo.  

Habíamos dejado a la pareja regia coreana en 1873 haciéndose con el control total del Estado una vez se desembarazaron del anterior y conservador regente, el padre del monarca. La pareja, sobre todo la reina, era totalmente consciente de la necesidad de modernizar el país. A la vez resultaba obvio -debido al ejemplo de lo que estaba pasando en otros territorios asiáticos durante el período- que durante el intento de modernización había que tener mucho cuidado de no dejarse atraer demasiado a la órbita de ninguna de las potencias occidentales que se estaban repartiendo el mundo por entonces y que llevaban ya algunas décadas afianzando su presencia en el Extremo Oriente, siempre a la búsqueda de mercados que monopolizar y territorios que ocupar.

En consecuencia la política que la joven pareja real auspicio en los siguientes años podría definirse como de reformismo moderado. Se buscaba un cambio progresivo, evitando medidas drásticas y buscando preservar la mayor cantidad posible de costumbres e instituciones típicas de la sociedad tradicional coreana, empezando por la propia monarquía. A la vez se deseaba también mantener de alguna forma la vieja “relación especial” con China, esperando que el gigante asiático, aunque en decadencia, aún pudiese proteger Corea de la ocupación externa, al menos el tiempo suficiente para que la propia Corea se fuese modernizando.

En base a todo ello se pretendió por un lado evitar la excesiva penetración de comerciantes y financieros foráneos en el país. Para armonizar esa traba con la necesidad de ir incorporando ciertos progresos la reina empezó a favorecer la llegada e instalación en el país de más misioneros cristianos extranjeros. Esperando de esa forma que, a través de las instituciones educativas y hospitales que les permitió abrir en las grandes ciudades del país, se fuese formando una nueva generación de coreanos más educados y abiertos al cambio sobre la que asentar las siguientes transformaciones.

El problema es que este plan se mostró pronto como demasiado lento y poco radical para las necesidades del momento. El último tercio del s. XIX fue una auténtica carrera desbocada de las principales potencias del planeta buscando extender su influencia hacia los territorios donde las demás aún no tenían presencia. A Corea se le estaba acabando el tiempo (en ese momento ya llevaba casi un cuarto de siglo de retraso respecto a la ya tardía apertura de Japón), aunque por entonces sus élites aún no eran plenamente conscientes.

Sin embargo pronto empezaron a serlo. En 1875, apenas dos años después de la expulsión de Daewongun de la regencia con el consiguiente giro tímidamente aperturista en la política oficial, justo cuando se empezaban a notar las primeras transformaciones, aparecieron los problemas.

Japón, recién entrado en su era Meiji en 1868, se estaba convirtiendo a marchas forzadas en una nación industrial, entendiendo que ese camino era la mejor forma de salvaguardar su propia independencia. Gracias a ello el país se vio pronto fortalecido, lo que a su vez disipaba poco a poco la amenaza de una invasión o una ocupación extranjera. Ahora bien, una vez conseguido eso, para Japón pasaba a ser importante el implicarse en la suerte de los territorios cercanos.    

A partir de ese momento el creciente interés japonés en Corea se centró inicialmente en evitar que alguna gran potencia occidental se asentase en aquella península tan estratégicamente próxima a sus islas. A fin de cuentas si alguna potencia occidental aprovechaba la debilidad del país para hacerse con el control de Corea y situaba tropas allí, o usaba sus puertos como bases, eso supondría una seria amenaza para el propio Japón. Para evitarlo había dos opciones, o anexionar ellos mismos ese territorio o bien asegurar la independencia efectiva de Corea mediante el desarrollo de sus recursos y la reforma de su gobierno por las buenas o por las malas. En Japón, pese a la presencia de un fuerte sustrato belicoso en sus élites, durante las primeras etapas de su propia industrialización se optó por priorizar que Corea también se desarrollase a su vez, como mejor vía para asegurarse la independencia de esa zona estratégica. Ya de paso, la opción anterior también debería servir para poder dinamizar el comercio con ese territorio próximo, obteniendo así de allí el carbón y el mineral de hierro que el crecimiento económico japonés precisaba cada vez más pero que la escasez en materias primas del archipiélago nipón impedía satisfacer con recursos propios.

Por estas razones, inicialmente no del todo irremediablemente hostiles, Japón se decidió a intervenir en Corea de cara a acelerar las incipientes reformas y, sobre todo, para abrir el país al comercio. Sin embargo esto último era algo que el moderado reformismo de los monarcas coreanos entendía que debía dilatarse y posponerse todavía algún tiempo, hasta que el país estuviese preparado para el choque que sin duda supondría. En ese sentido la Corte de Corea pretendía continuar con la política de aislamiento al menos comercial que se había mantenido en la década anterior durante la regencia de Daewongun, todo ello pese a que en otras áreas, como se ha dicho, se hubiese iniciado un tímido aperturismo.

De esta forma, debido a la disparidad de criterios y la falta de entendimiento anterior, Japón despachó en 1875 un barco de guerra moderno hacia las costas de Corea realizando luego dicho buque diversos bombardeos de las defensas costeras coreanas que esta vez, a diferencia de lo ocurrido en años anteriores con franceses y estadounidenses, ya ni siquiera pudieron responder ante la brecha que se agrandaba a cada año entre su armamento tradicional y el nuevo armamento industrial cada vez más avanzado (sobre todo en cuanto al calibre de los cañones y el blindaje de acero para los barcos de guerra). Tras eso Japón obligó al reino de Corea a abrirse al intercambio con el exterior de una forma parecida a la que había experimentado el mismo Japón menos de un cuarto de siglo antes con la llegada de los barcos del comodoro Perry.  

El resultado de todo ello fue la firma del tratado de Ganghwa en 1876 mediante el cual Corea abría al comercio (desigual) con Japón tres puertos en los que además los japoneses gozarían del privilegio que muchos occidentales ya disfrutaban por entonces en algunos enclaves de China: la extraterritorialidad. En otras palabras, esos ciudadanos japoneses no estarían sujetos a la soberanía y las leyes coreanas. Lo anterior resultaba muy humillante, pero lo más grave de todo es que esa firma abrió la veda y pronto otras potencias se presentaron en las costas de Corea iniciándose una escalada de tratados desiguales con las diversas grandes potencias del momento, las cuales buscaban obtener el mismo trato de favor que habían logrado conseguir previamente los japoneses. Un objetivo que alcanzaron los estadounidenses en 1882 y los ingleses en 1885.

Al menos mientras tanto la pareja real aprovechó para intentar introducir en la capital del país y otras zonas urbanas algunas tecnologías occidentales, tales como trenes, tranvías y alumbrado moderno. Incluso la reina patrocinó la fundación de una escuela para muchachas de toda condición social, aunque al final la falta de fondos la convirtió prácticamente en un refugio para niñas abandonadas o pobres. Se trataba en todo caso de la primera institución con tintes educativos abierta para mujeres en todo el país.  

Sin embargo en ese punto los partidarios de las reformas y la modernización del país se escindieron entre los que pretendían mantener la relación de vasallaje y alianza con China y aquellos que, impresionados por la demostración de fuerza japonesa, creían que sería bueno para el país romper con China y aumentar la presencia de los intereses nipones en el país. La pareja real no veía con buenos ojos esta segunda opción lo que les enajenó el apoyo de los sectores que deseaban alinearse con Japón. Poco a poco el país se fragmentaba entre partidarios de los cambios y defensores del status quo, a la vez que entre los primeros crecían las rivalidades entre prochinos y projaponeses. 

Por su parte un viejo conocido se resistía a aceptar su derrota. Daewongun, el antiguo regente y padre del emperador, estaba cada vez más convencido –sobre todo tras los sucesos de 1875/1876- de que su política aislacionista era la correcta y que su hijo y la “zorra” que lo manipulaba estaban llevando al desastre al país. Al fin y al cabo hacía años, bajo su propio mandato, Corea había logrado repeler las agresiones e intentos de influencia exteriores. En cambio había bastado que él fuese desalojado del poder para que todo se fuese al traste y el país tuviese que humillarse ante los odiados japoneses. Por tanto para Daewongun estaba más claro que nunca que él era en sí mismo lo mejor para Corea y, por tanto, debía hacer lo posible para darle a su país lo que necesitaba: que él recuperase el poder. Con lo cual pronto se lanzó a intrigar desde la sombra aunque eso tuviese como precio a corto plazo el desestabilizar aún más al país. 

Debido a ello en 1882 estalló una revuelta antimodernizadora y tradicionalista entre los oficiales del ejército. Era un movimiento en cierta forma parecido a lo que unos años más tarde, durante el cambio de siglo, representarían los "boxers" chinos. La revuelta aparentemente era espontánea pero, al servir particularmente bien los intereses de Daewongun, no es descartable que fuese orquestada en la sombra por sus partidarios. Sin embargo su jugada fracasó debido a la intervención de tropas chinas a favor de los monarcas.

Desgraciadamente eso cabreó aún más a los partidarios de las reformas que eran mayoritariamente ya projaponeses y antichinos. Lo que a su vez desencadenó una nueva revuelta en 1884 de progresistas coreanos aliados con los japoneses.

Así las cosas poco a poco la situación en Corea contribuyó a aumentar la tensión entre China y Japón, la cual estalló en forma de una guerra abierta entre las dos grandes potencias diez años después, a finales de 1894. Fue una guerra rápida. El modernizado Japón aplastó a los ejércitos y a la armada de la atrasada China y todo ello desembocó al año siguiente en la firma del Tratado de Shimonoseki. Básicamente China se vio obligada a pagar una enorme indemnización de guerra y ceder a Japón varias posesiones territoriales, sobre todo islas entre las que destacaba la de Taiwan. Asimismo finalizaba para siempre la relación de vasallaje entre Corea y China que se había prolongado hasta entonces durante casi medio milenio, lo que además, de facto, suponía el reconocimiento por parte de China de los crecientes intereses e influencia de Japón sobre la península coreana. De esa forma además la dinastía Joseon coreana, que llevaba medio milenio asociando su suerte al cobijo bajo la sombra china, se quedó de repente descubierta a pleno sol. 

El pequeño reino de Corea (que a su vez había tenido que afrontar -mientras se desarrollaba la guerra entre China y Japón- una nueva revuelta de campesinos descontentos con el tímido proceso de modernización emprendido) vio como tras todo aquello su posición diplomática en el tablero de las relaciones internacionales cambiaba de dos formas. Por un lado, privado definitivamente de todo apoyo por parte de la cada vez más debilitada China, el reino coreano se quedó completamente solo, sin ningún aliado al que recurrir en caso de conflicto bélico. Por otra parte Japón, convertido ya en un Estado con mentalidad imperialista, dejó de ver como una prioridad el fortalecer Corea o limitarse a comerciar con ella. Al contrario, los dirigentes japoneses comenzaron a ver como algo posible y hasta necesario el ocupar militarmente la cercana península.

Es entonces por tanto cuando los japoneses, victoriosos en la reciente guerra con China e interesados en asentar a continuación su influencia sobre la península coreana, empezaron asimismo a sentir una gran aversión por la reina Min, quien con sus apetencias modernizadoras y sus pasadas tendencias prochinas representaba quizás la mayor amenaza para sus nuevos propósitos. Así es como se inició la planificación de su asesinato.

El subsiguiente complot inicialmente fue urdido por dos diplomáticos japoneses de alto rango presentes en el país, Miura Goro y Sugimura Fukashi. Pero pronto atrajeron hacia su causa a diversos sectores ingenuamente filojaponeses de la administración coreana, quienes no se daban cuenta de que la dirección del viento había cambiado y la diplomacia japonesa ya no estaba interesada en la modernización de Corea, sino todo lo contrario. Asimismo dentro de la Corte coreana también se sumaron a la conjura algunos fervientes partidarios del confucianismo, descontentos con el apoyo prestado por la reina Min a los misioneros occidentales. Llegado un punto hasta el resentido Daewongun decidió apoyar tácitamente la maquinación en marcha, por venganza y con la secreta esperanza de que la inminente muerte de la soberana le proporcionase la oportunidad de recuperar su antiguo poder. De esta forma paradójicamente muchos coreanos interesados en el progreso de su país, debido a diferentes tipos de motivaciones, ayudaron a iniciar una cadena de acontecimientos que desembocaría en el caos político y con el tiempo en una brutal ocupación militar de Corea por parte de Japón.

Así, a finales de 1895, en lo que se conoció como El incidente de Eulmi, un grupo de japoneses armados irrumpió en el palacio real. Una vez dentro se les unieron diversos partidarios del antiguo regente Daewongun mientras la mayoría de los varios cientos de soldados coreanos de guardia en el palacio dejaban penetrar en el mismo a aquella turba sin hacer nada para evitarlo. Enfrentados así a una escasa resistencia los conjurados consiguieron abrirse paso hasta las habitaciones de la reina donde inmediatamente la asesinaron sin contemplaciones junto a varias de sus damas de compañía.

Tras esos hechos la situación política en la cúpula del Gobierno de Corea se fue deteriorando. Inmediatamente tras al asesinato de la reina el rey Gojong se convirtió en un rehén de la facción projaponesa que de facto pasó a controlar el reino. Al año siguiente el rey y su heredero Sunjong (uno de los cinco hijos que había tenido con la reina asesinada) huyeron furtivamente del palacio para refugiarse en la embajada rusa recién abierta. Una nueva potencia entraba así en el juego por controlar el pequeño reino coreano cada vez más debilitado por la pugna entre facciones y la injerencia en sus asuntos internos de terceros países.

Pasado otro año más, en 1897, el rey Gojong -quien hasta entonces había sido siempre un peón en manos de otras personalidades más fuertes que la suya- se armó por fin de valor, renunció al refugio bajo el ala rusa y regresó a palacio. Como signo de su recién adquirida determinación y como gesto de cara a reafirmar su tambaleante autoridad se proclamó Emperador, retomando a continuación el intento de reformar y modernizar las estructuras del país en la línea de las políticas que hacía años había intentado implantar bajo el aliento de su fallecida esposa. Pero ahora ese esfuerzo se iba a realizar, merced a un audaz giro diplomático, bajo el patronazgo ruso.

  Comenzaba así la llamada Era Gwangmu. Durante los años siguientes el rey Gojong intentó fomentar la construcción de infraestructuras y escuelas según el modelo occidental, así como de algunas manufacturas textiles para atender al mercado doméstico. También se intentaron introducir métodos médicos como las vacunas y uniformes de estilo europeo. Asimismo en 1903 unos asesinos fueron enviados a Japón con la misión de ejecutar al antiguo oficial de los guardias coreanos que debían proteger el palacio real pero que en cambio se habían unido a los japoneses durante el fatídico día del ataque que acabó con la vida de la reina Min. El traidor, de nombre Woo Beom-seon, para entonces casado con una mujer japonesa y refugiado en Hiroshima, fue eficazmente eliminado. 

Se hacía evidente para los japoneses que Corea se estaba fortaleciendo ligeramente y, peor aún, estaba cobijándose a la sombra de la expansiva área de influencia rusa en la zona. De hecho el Imperio de los zares también estaba extendiendo sus tentáculos a través de la zona de Manchuria y asimismo había establecido una fuerte base fortificada en la zona de Port Arthur, ubicada en la cercana península de Liaodong, a medio camino entre la frontera china y la coreana.

Sin embargo los japoneses no iban a permitir llegado ese punto que todos sus esfuerzos por hacerse con un Imperio propio en el continente cayesen en saco roto debido a que una tercera potencia se aprovechase de su trabajo previo debilitando a China y Corea. 

Primero Japón se cubrió las espaldas firmando en 1902 una alianza con la gran potencia de la época, Gran Bretaña. Luego declararon la guerra a Rusia a principios de 1904, contienda que terminó a finales del año siguiente con una victoria nipona tan rotunda como sorprendente. Pese a ello las concesiones territoriales hechas por los rusos en los acuerdos de paz fueron escasas gracias al apoyo diplomático estadounidense (que no quería ver a Japón salir excesivamente fortalecido del conflicto). No obstante todos sabían que en el fondo la derrota rusa traía aparejado un premio adicional: Corea. Aislada finalmente de toda posible alianza era cuestión de tiempo que el moderno y cada vez más militarizado Japón, tras imponerse a chinos y rusos, ocupase la península coreana.

Solo faltaba roer un último hueso, los EE.UU. (una potencia emergente con crecientes intereses en Asia tras la ocupación de las Filipinas arrebatas a España en la guerra de 1898). Con ellos firmó Japón un acuerdo secreto (el denominado Taft-Katsura agreement) también en 1905, lo que les dejaba a los japoneses vía libre en Corea a cambio de que a su vez Japón reconociese un área de influencia estadounidense en las Filipinas y el Sur de China. Tras todo ello Japón tenía por fin el campo despejado para asentarse en la península coreana e iniciar definitivamente la construcción su propio Imperio colonial en el continente asiático.

Empezaba así la fase final de la escalada en la penetración japonesa en Corea, reino que, después de todo lo visto en los párrafos anteriores, en la práctica pasó a ser desde ese año de 1905 poco más que un protectorado japonés a la espera de la ocupación definitiva.

En base a ello durante 1907 el Emperador Gojong fue forzado a abdicar en su hijo Sunjong, convertido ya en una figura meramente protocolaria y sin ninguna capacidad de decisión. Finalmente en 1910 el nuevo soberano fue obligado a firmar un tratado de anexión mediante el que traspasaba al emperador de Japón la soberanía sobre el antiguo reino de Corea. Finalizaban así más de cinco siglos de gobierno de la dinastía Joseon en el país. Luego de eso el antiguo monarca Gojong murió en 1919 y su hijo Sunjong lo hizo en 1926, ambos desprovistos para entonces de todo poder y recluidos en palacios coreanos bajo estrecha vigilancia por parte de los ocupantes japoneses. En adelante la presencia militar japonesa se prolongaría, bajo un régimen de ocupación represivo y depredador, hasta 1945 con el final de la IIª Guerra Mundial, momento en que la península coreana se vio nuevamente inmersa en una pelea de grandes potencias por asentarse en la zona, en ese caso China y Rusia -para entonces países comunistas- frente a los EE.UU.

De todo esto que he contado podemos extraer varias conclusiones. Por un lado asumir una vez más que el pasado histórico en cierta forma condiciona el comportamiento colectivo del presente al modo en que lo hacen con el comportamiento individual los traumas freudianos escondidos en el subconsciente. Tal es así que gran parte de las crisis diplomáticas que periódicamente se suceden en torno a la península coreana (hoy dividida en dos Estados), así como el interés que suscita todo lo que ocurre allí en China, EE.UU. y Japón, son cosas que no pueden entenderse atendido exclusivamente a los intereses y alianzas del presente, sino que para ello es necesario también tener en cuenta una vieja historia de desencuentros, traiciones y afrentas que, como vemos, se remonta en el tiempo al menos siglo y medio hacia atrás.

Por otra parte si la exitosa industrialización japonesa durante el s. XIX es un modelo de estudio lo ocurrido en Corea nos ofrece otro sujeto de debate, pero en este caso de cara a analizar qué es lo que falló. A diferencia de China el reino de Corea no contaba con un vasto tamaño, ni un gran mercado interno, o una mano de obra inmensa compuesta por cientos de millones de trabajadores. Por otra parte la península coreana, menos poblada que Japón, poseía un acceso a materias primas algo mejor que el archipiélago japonés. Pero en cuanto a esta última comparación la sociedad coreana era a finales del s. XIX mucho más pobre y estaba mucho más fragmentada que la japonesa debido al peso de primitivos sistemas de clanes, así como la rígida separación en clases (solo abolida en 1894) y el importante papel que la esclavitud pura y dura jugó en la economía de la región hasta fechas muy tardías. Es en la combinación de todos esos factores junto con las disputas políticas explicadas donde habría que buscar tal vez la respuesta a los interrogantes sobre los errores cometidos. 

Finalmente, de cara a poner rostro a este período del que he hablado os dejo con una galería de fotografías históricas sobre Corea, todas anteriores a 1910 entendiendo esa fecha como un punto de corte. Obviamente al ser Corea una zona mucho más pobre, atrasada y aislada que el Japón, e incluso que la China del momento, la calidad del material fotográfico con el que contamos es también peor que el disponible sobre los otros dos países. No obstante el conjunto de imágenes que he seleccionado permite apreciar algunas cosas: la pobreza en que vivía gran parte de la población de la época por oposición a la situación relativamente acomodada de la que disfrutaban los yangban ( la clase gobernante formada por terratenientes y burócratas); también podremos intuir rudimentos del vestuario; la apariencia de las antiguas kisaeng (el equivalente coreano a las oiran y geishas japonesas); o el estilo arquitectónico tradicional de las viviendas (hanok) antes de la entrada plena del reino de Corea en el mundo moderno.



  
 

1 comentario:

  1. Una tontería que me ha llamado la atención:

    http://www.boredpanda.com/asian-korean-fairytale-remake-illustration-na-young-wu/

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