martes, 2 de septiembre de 2014

Photochrom I Love You


    - ¿Tu vienes a clase por venir a clase, verdad?

    - Se podría decir...

    - Pues te ahorraré mucho tiempo. A las millonarias, los eternos estudiantes y a los de tu generación de las mil opciones os va la clase de Tim para oírle hablar de la televisión, o si no la clase de Historia del arte sobre la llegada de la fotografía en color y así tener luego algo de que hablar en las fiestas. 

     “La desaparición de Eleanor Rigby”.




Las últimas entradas del blog, como casi todas por otra parte, poseen un tono amargo que me gustaría hacer olvidar por un momento volcando fugazmente vuestra atención sobre alguna cuestión positiva y hermosa. Por otra parte mucha gente habrá regresado de sus vacaciones, al menos en el Hemisferio Norte, pertrechado de hermosas fotografía de sitios exóticos. Debido a todo ello, hoy, en cierta forma, voy a dedicar esta nueva entrada a hablar precisamente de bellas fotografías, para luego en siguientes entregas de este blog dejar temporalmente de lado la temática fotográfica y volver a dedicar esfuerzos a revisitar otras cuestiones más relacionadas con la arqueología o el pasado más lejano.

Veamos. A lo largo de diversas entradas anteriores ya he intentado ir familiarizando a los lectores habituales de este blog con la existencia de fotografía en color en épocas muy tempranas. Particularmente en Mundos perdidos ya vimos que el ruso Serguéi Mijáilovich Prokudin Gorski en torno a 1905 empleaba un sistema para lograr imágenes en color de gran calidad a través de la toma sucesiva de tres fotografías de la misma escena usando en cada una un filtro distinto (verde, azul o rojo) y finalmente superponiendo las tres tomas capturadas para formar una única imagen. Entonces me concentré en presentar las fotografías de la Rusia de la época que Serguéi había tomado así como alguna otra fotografía que ya no era obra suya, pero no entré en detalles. Hoy voy a hacerlo.

En realidad el verdadero pionero en los métodos luego usados y perfeccionados por Serguéi fue un alemán, Adolf Miethe, inventor también del flash de magnesio y que ya un poco antes que Serguéi, quizás en torno a 1900 o 1902, había logrado imágenes en color de bastante calidad.  Como este ejemplo:


          

Aquí podéis ver algunas otras imágenes tomadas por él. No obstante tanto Serguéi como Miethe eran a su vez deudores de los trabajos anteriores del físico y matemático escocés James Clerk Maxwell que ya en 1861 consiguió fotografías en color usando ese truco de combinar tres fotografías sucesivas tomadas cada vez con la lente tras un filtro de color diferente: rojo, verde y azul. Método que hoy en día conocemos como Tricomía.

En el fondo a finales del s.XIX y principios del s.XX existieron múltiples precursores de la fotografía en color actuando más o menos por separado cada uno en su país. Así en Francia los pioneros fueron Charles Cros y Louis Ducos du Hauron y en Alemania antes de Miethe tenemos los trabajos de Hermann Wilhelm Vogel.

   El problema es que por entonces y hasta bien entrado el s.XX todos los métodos que desarrollaron esos pioneros resultaban demasiado complejos, caros y lentos como para convertir la fotografía en color en algo rentable a nivel comercial y popular, además de que la mayoría de esos sistemas no permitían la realización de copias de las imágenes captadas. Por todo lo cual esas técnicas primitivas apenas salieron de un reducidísimo círculo de interesados y con el tiempo en la mayoría de los casos cayeron en el olvido. Sin embargo eso no debería llevarnos a olvidar también que algunos de esos métodos además de primitivos eran capaces de lograr imágenes de gran calidad, aunque fuese a través de esos procedimientos que los hacían tan trabajosos y precisamente demasiado costosos.

Entre 1903 y 1907 se desarrolló en Francia el método de la placa autocroma o Autochrome, patentado precisamente por los hermanos Lumière, para hacer fotografías en color sobre placas de vidrio a través de recubrir con granos de almidón, usualmente fécula de patata, la base de una película normal para blanco y negro. Los granos eran previamente teñidos de color naranja, verde y morado, actuando de esta forma como filtros de color, produciendo diferentes densidades del mismo en la imagen dependiendo del color real y su intensidad. Al ser un método por entonces innovador y “elitista” en cuanto a costes al final fue gente como el banquero Lionel de Rothschild quienes optaron por emplear este sistema en aquel período.
                                                                                           
                                     
                                     
                                         

Otro método diferente se desarrolló en Inglaterra en los años previos a la Iª Guerra Mundial y fue el llamado proceso Paget. Aquí vemos una imagen tomada en Jaffa en 1918 usando dicho sistema.

    

De hecho, durante la Gran Guerra esos dos (el Autochrome y el proceso Paget) fueron los procedimientos a través de los cuales se capturaron las escasas imágenes en color disponibles de aquel conflicto.

      
     
 
     

Luego, ya en los momentos finales del reinado del blanco y negro, en el período de auge del nazismo en Alemania, se desarrolló a su vez el sistema Agfacolor.   

Pero hoy quiero resaltar en particular uno de todos estos métodos, el más increíble de todos a mi juicio. Me refiero al Photochrom, o Photochrome o Fotocromo, según el idioma. Una técnica que combinaba fotografía en blanco y negro y litografía en color que tuvo su momento de auge entre 1890 y 1910 más o menos.

El fotocromo consistía en crear una impresión en color a partir de un negativo de una fotografía en blanco y negro, usando entre cuatro y quince placas litográficas para ello (normalmente en torno a 10) y diversas combinaciones de líquidos de revelado. La técnica se desarrolló primero en Suiza y luego se popularizó en los EE.UU. Hecho que, por cierto, explica que hoy en día los dos principales archivos de este tipo de imágenes se encuentren en Suiza (unas 7.000 imágenes) y EE.UU. (la Biblioteca del Congreso tiene abierto al público un fondo de unas 6.000 imágenes, de donde salen buena parte de las incluidas aquí hoy).

En concreto el proceso fue inventado en la década de 1880 por el empleado de una imprenta suiza llamado Hans Jakob Schmid, pero solo se empezó a usar de forma relativamente importante cuando en 1898 el Congreso de Estados Unidos permitió a los editores privados producir timbres postales. En base a ello -principalmente a cargo de una empresa radicada en Detroit- se elaboraron miles de impresiones de fotocromo, sobre todo de ciudades o paisajes, para ser luego usadas como portadas de postales. Sin embargo pocos años después -coincidiendo más o menos con el final de la Primera Guerra Mundial- el procedimiento, faraónicamente complejo y caro, pasó prácticamente a la historia.

No obstante, como vamos a ver a lo largo de lo que resta a esta entrada de hoy, las imágenes producidas con esta técnica resultan increíblemente coloridas y poseen una gran definición de los detalles. El problema es que el método en cuestión como digo era costoso y complejo, requería el uso de múltiples placas -bastante caras además- para tomar las fotografías originales, mucho tiempo para revelar las imágenes y/o para hacer copias, precisaba de mucha luz para hacer las fotografías, además algunas partes de las imágenes podían salir del revelado dotadas de tonos en exceso chillones o brillantes y por si fuera poco esta técnica no capturaba bien los rostros y figuras de los individuos al precisar completa inmovilidad en las figuras que se querían captar de cara a lograr los mejores resultados. Por todo ello y por otros muchos pequeños impedimentos no hizo fortuna pese a que en condiciones ideales lograba producir imágenes de una calidad que, como vengo insinuando, tardaría muchas décadas en emularse. Además, debido a todas estas cuestiones relativas a la complejidad y altos costes, la difusión de esta técnica fue muy parcial geográficamente, lo que se refleja en que la mayoría de imágenes de que se dispone muestran los EE.UU., Escandinavia y Alemania en aquel tiempo. Hoy vamos a ver de hecho una selección de las mejores imágenes entre el material existente para el resto de Europa y del mundo en general, que no son muchas, y si gustan otro día me tomo la molestia de compilar alguna otra galería. 

    Bueno. Dicho todo esto viajemos una vez más al pasado. Vamos a empezar dando un paseo por La Habana y alrededores a comienzos de 1900, luego veremos los restos del USS Maine e imágenes de algunos de los barcos que destruyeron a la flota española en la guerra del 98.




    Vamos a acercarnos ahora a Estambul:



    Venecia:



      Roma:



    Y finalmente vamos a ver un conjunto al azar de panorámicas de ciudades perteneciente a diversas partes de la Europa de aquella época (1890-1905/1910) y alrededores. En la parte de abajo de las imágenes, o en el nombre del archivo si le dais a guardar, se especifican el nombre del lugar y a veces la fecha concreta en que se tomó la imagen (frecuentemente 1895 o 1900). A ver si adivináis a dónde corresponde cada imagen sin mirar. Por lo demás, como siempre, las imágenes pueden agrandarse y, hoy especialmente, son de gran calidad.


                                  
 

4 comentarios:

  1. Las fotografías hechas con fotocromía parecen pinturas.

    Una pregunta: si en EEUU hicieran una serie o película sobre la guerra hispano-estadounidense, ¿cuál sería la causa de la explosión del Maine?

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    1. Supongo que dependería. En EE.UU. tienen tanto productos increíblemente rancios, patrioteros y manipuladores como otros increíblemente autocríticos, aunque estos últimos suelan ser más minoritarios. Por eso su cultura resulta tan poderosa de cara a la exportación. Supongo que dependería del canal o la productora que financiase el producto. No es lo mismo la HBO que Fox o Disney. Un buen guión desde luego tendría que aclarar que se trató de una explosión accidental debida a causas internas a la estructura del barco.

      Eso sí, mi impresión es que viendo el nivel de autocrítica de lo que se suele producir en España no estamos mucho mejor que ellos (nadie lo está, también el cine histórico ruso o chino es maniqueo y chauvinista a niveles infectos), diría que al contrario, estamos peor.

      Dicho esto es un conflicto muy olvidado el de Cuba en el s.XIX. Tanto en España como en EE.UU. supongo que en Cuba será al contrario. Supongo que se debe a que ni España primero, ni los EE.UU. después, se portaron muy bien y por eso nos conviene más como colectivo el olvidar.

      Un par de películas recientes, no particularmente buenas, pero es lo que hay, son "Amigo" (2010) de John Sayles, sobre la ocupación estadounidense de Filipinas por aquellos años, un sitio en el que pasaron cosas más graves que lo del Maine. Y respecto a Cuba tienes la española "Mambí" (1998) de los hermanos Ríos.

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  2. Verdaderamente son unas imágenes preciosas. Interesante lo del Maine, a todo esto, en particular porque aún se ha olvidado más el tema de Filipinas que el de Cuba. O esa impresión tengo, que de Filipinas sólo se recuerda a "los últimos de Filipinas", y punto.

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  3. Se ha publicado hace poco “The first World War in colour” de Peter Walther un libro donde se recopilan varios cientos de fotos en color de la contienda. En general es un material que por un lado permite una visión diferente de la época al añadirle el color. El problema es que aunque en el caso del blanco y negro hay alguna fotografía que muestra las miserias de la guerra la fotografía en color, una rareza por entonces como bien sabemos, cuenta con mucho menos material disponible para nosotros y además en su momento era más compleja, cara y estaba aún más controlada por lo que lo que muestran las imágenes recopiladas por Walther es muy poco sobre la realidad de los frentes. Ahora bien para aficionados a la historia militar esa imágenes son un festín a la hora de observar con sus colores originales y con mucha más claridad de lo habitual respecto al resto de material existente los uniformes y armas de la contienda, especialmente interesante por ejemplo en el caso de los aviones.

    El libro vale unos 40 euros. Algo caro porque más allá de su material gráfico no aporta nada nuevo a nuestra comprensión de la época. Claro que no es poco. Quizás es un libro para sugerir que lo añada a su lista de la compra el encargado de la biblioteca pública de turno y con mucho más motivo si es una Biblioteca de una Facultad de Humanidades.

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