domingo, 28 de septiembre de 2014

Montañeses y carboneros


Es una mierda ser escocés. Somos lo más bajo de entre lo más bajo, la escoria de la puta tierra, la basura más servil, miserable y más patética jamás salida del culo de la civilización. Algunos odian a los ingleses, yo no, sólo son soplapollas. Ni siquiera encontramos una cultura decente que nos colonice. 

Ewan McGregor en “Trainspotting”


La gente dice, ¿no la echas de menos Gal?, y yo digo ¿Inglaterra?, que va, un lugar de mierda, horroroso. No me hagas reír. Gris, sucio, deprimente… vaya lugar asqueroso, una cloaca. Todo dios con una cara así de larga, quejándose, preocupándose. No gracias, para mí no. Dicen, ¿qué tal en España?. Y yo les digo, hace calor, ca-lor, joder…uhmm… que calor…, a mí me encanta.

Ray Winstone en “Sexy Beast”


                                          


A la luz de los recientes acontecimientos en torno al referéndum sobre la posible independencia en Escocia, así como la situación que se vive en España en torno al mismo tipo de reivindicaciones en Cataluña, hoy se me ha ocurrido hacer una entradita sin demasiadas pretensiones contando un suceso interesante y no demasiado conocido ocurrido en el s. XVIII el cual, en cierta forma, pone en relación un trozo de la historia de ambos territorios. 

El contexto de fondo en el que tenemos que ubicarnos es el de la hostilidad latente entre las monarquías española e inglesa mantenido durante casi toda la Edad Moderna. Una vez que esa hostilidad desembocó en conflictos abiertos, a partir de la época de Felipe II, la monarquía española intentó en diversas ocasiones usar como baza contra Inglaterra a las poblaciones “sojuzgadas” en las islas británicas.

Un primer intento tuvo como escenario Irlanda a comienzos del s. XVII. La guerra que se había iniciado en 1585 entre la España de Felipe II y la Inglaterra isabelina se extendió desde el saqueo de Vigo por parte de Drake ese mismo año 85 hasta la firma del Tratado de Londres en el año 1604 teniendo como hechos de armas más destacados un nuevo ataque realizado también por Drake esta vez a la flota amarrada en la bahía de Cádiz durante 1587 y luego los respectivos fracasos tanto de la "Empresa de Inglaterra" en 1588 como, durante el año siguiente, de la también fallida expedición inglesa Drake-Norris, más conocida como "Contraarmada".  

Ahora bien, como he insinuado más atrás, en el marco de ese conflicto la monarquía de los Austrias, ya durante los tiempos de Felipe III, intentó usar a los patriotas irlandeses a modo de ariete contra los intereses ingleses. De esta forma a finales de 1601 desembarcó un cuerpo de varios miles de soldados hispanos en el Sur de Irlanda con el fin de apoyar la lucha de diversos nobles locales contra la "pérfida Albión", aventura que terminó mal tras la derrota de las fuerzas coaligadas de irlandeses y españoles en la llamada batalla de Kinsale librada a comienzos de 1602. 

    Esa es una historia no muy conocida pero aún menos conocido es el posterior intento hispano de apoyar la independencia de Escocia.

Viajemos por tanto a inicios del s. XVIII. Acababa de finalizar por entonces la llamada Guerra de Sucesión Española, un conflicto internacional que duró desde 1701 hasta 1713. Esa guerra significó el punto final a la posición hegemónica que había ocupado el Imperio hispano de los Austrias durante buena parte de los dos siglos anteriores, aunque probablemente ya hacía medio siglo que realmente esa posición preponderante se había perdido. En consecuencia, tras los acuerdos de paz, constituidos por un conglomerado de tratados llamado de Utrecht-Rastatt, se produjo el desmembramiento y reparto entre diversos países de buena parte de las posesiones europeas de los Austrias (la rama española de la dinastía Habsburgo) a cambio de la implantación en España de una nueva dinastía, los Borbón, de origen francés. 

Mientras todo eso ocurría, en la propia España continuaban los últimos estertores de ese gran enfrentamiento armado -que en la Península se tradujo a todos los efectos en una guerra civil- los cuales no se extinguieron hasta finales de 1714 con la capitulación de Barcelona, o más bien hasta 1715 con la rendición de Mallorca ante las fuerzas del nuevo monarca Felipe V.

Además, a medida que se sucedían todos esos acontecimientos, el nuevo soberano fue acabando con la estructura digamos feudal-federal que hasta entonces había tenido la denominada monarquía compuesta de los Austrias por medio de los denominados como Decretos de Nueva Planta. Esos famosos Decretos consistieron en una sucesión de medidas que afectaron sobre todo (aunque no exclusivamente) a los territorios del Reino de Aragón donde el candidato rival del Borbón había concentrado la mayoría (que no la totalidad) de sus partidarios. En adelante pasaba a existir España como un reino (más o menos) unificado y no como la mera superposición de dos entidades administrativas (Castilla y Aragón) cada una con sus propias leyes e instituciones (eso sí las zonas vascas siguieron manteniendo hasta el día de hoy una serie de privilegios fiscales propios, de origen medieval). A partir de ahí, pasado el tiempo y reinterpretado todo ese proceso a la luz del nacionalismo contemporáneo, estos hechos, con razón o sin ella, han acabo constituyendo una parte importante de la base sentimental, simbólica y moral, del nacionalismo catalán en España.

No obstante tras todos esos eventos mencionados Felipe V no se hallaba satisfecho con el estado en que habían quedado las cosas, particularmente en lo tocante a las imposiciones establecidas por los tratados de Utrecht-Rastatt. Así pues, cuando tan solo habían pasado un par de años del final de las hostilidades que lo habían aupado al trono ibérico, decidió pasar a la acción y en 1717 inició un intentó armado de recuperar parte de los territorios perdidos durante los recientes acuerdos de paz, esos acuerdos que le habían permitido acceder al trono español pero a cambio de importantes cesiones de territorios. En concreto Felipe V centró su atención en el espacio italiano, iniciando la invasión de Cerdeña y Sicilia.

Obviamente esa agresiva jugada provocó la inmediata reacción de las grandes potencias enemigas de la España de la época: la monarquía austríaca y la británica, las cuales le declararon la guerra.

Por si todo eso fuese poco en 1718 los servicios secretos de Felipe V iniciaron también un complot dentro de la corte francesa para favorecer las posibles pretensiones al trono francés del por entonces monarca español (todo ello pese a la renuncia a tales propósitos formalizada en los acuerdos de Utrecht). La intriga tomó el nombre de conspiración de Cellamare debido a uno de sus principales ejecutores, Antonio del Giudice, príncipe de Cellamare, en aquel tiempo embajador de Felipe V ante la corte de Versalles. Como nota anecdótica y paradójica en dicho complot estaba implicado el mariscal Louis François Armand de Vignerot du Plessis, apodado el “Alcibíades francés”, ahijado de Luis XIV y duque de Richelieu en tanto que sobrino nieto del famoso cardenal Richelieu que décadas antes había contribuido a poner los clavos sobre el ataúd de la hegemonía española en Europa. Louis (cuyo retrato, que podemos ver a la izquierda, constituye una prueba irrefutable de la evolución de la moda en tanto que su protagonista fue considerado uno de los grandes "sex symbol" del s. XVIII) estaba molesto por haber sido encarcelado con motivo de un duelo dos años antes por lo que aceptó unirse a la maquinación solo para acabar siendo encarcelado fugazmente en la Bastilla cuando dicha conjura fue descubierta. No obstante las represalias recayeron principalmente sobre la diplomacia hispana y pronto, como revancha -pese a los lazos familiares que unían a los Borbones franceses con su nueva rama, reinante al Sur de los Pirineos- la monarquía francesa se unió a las otras tres potencias entonces en guerra contra España

  Asimismo, pasados unos pocos meses de lo anterior, las Provincias Unidas de los Países Bajos decidieron también declarar la guerra a España al oler la sangre. Nacía así la llamada Cuádruple Alianza como una congregación de las principales potencias de la época decididas a enfrentarse conjuntamente a España con el fin de obligar de una vez por todas a que su monarca, Felipe V, acatase las resoluciones tomadas en Utrecht, especialmente las que limitaban su rango de acción y obligaban al antaño todopoderoso reino de España a realizar importantes concesiones a Inglaterra y Austria nuevas grandes potencias en ciernes tanto en el mar como en el continente.

Al llegar a ese punto la situación se volvió muy peligrosa para los intereses de la rama borbónica española, todavía no plenamente consolidada en la Península y ya cercada militarmente por todas partes. Era preciso sacar algún conejo de la chistera y a ello se dispuso el principal consejero de Felipe V por entonces, el cardenal italiano Alberoni, quien propuso un plan para desencadenar una rebelión en Escocia como primer paso dentro de un esquema aun más ambicioso que incluiría una invasión de Inglaterra.

Para comprender ese aparentemente disparatado plan hay que entender varias cosas. Para empezar que el equivalente británico a los Decretos de Nueva Planta fue el Acta de Unión proclamada en 1707 (precisamente el mismo año en que empezaron a sucederse los famosos Decretos de Nueva Planta en España) por medio de la cual se disolvió el Parlamento escocés y se integró el reino de Escocia junto con el de Inglaterra en un nuevo reino unificado que pasaría a recibir el nombre de Gran Bretaña y sería gobernado, obviamente, desde Londres. Algo similar a lo ocurrido con el ducado de Prusia y el margraviato de Brandeburgo, dos entidades anteriormente independientes subsumidas en un nuevo reino unificado solo seis años antes. Era el signo de los tiempos: frente al "federalismo" feudal se imponía la centralización en torno a Estados fuertes y cuanto más grandes mejor.  

En el caso de la unión entre Escocia e Inglaterra quizás conviene una pequeña explicación adicional ya que estamos hablando de una cuestión central de cara a entender parte de la entrada de hoy. En 1603 Jacobo VI de Escocia, de la casa Estuardo, heredó el trono de Inglaterra uniéndose desde entonces ambas coronas aunque conservando cada territorio por separado sus propias leyes y costumbres, un poco a la manera de lo que había sucedido en la Península con la unión de los reinos de Castilla y Aragón bajo los llamados Reyes Católicos. Claro que si en la naciente España los problemas estallaron en el s. XVII en el caso británico las cosas no fueron muy diferentes. Allí los problemas empezaron tras la llamada Revolución Gloriosa de 1688 la cual supuso el derrocamiento del monarca Estuardo de turno, que por entonces era el católico Jacobo II de Inglaterra y VII Escocia. Eso implicó el ascenso a ambos tronos de su hija María II y de su esposo Guillermo III de Orange, un holandés ajeno a la casa Estuardo que pasó a ocupar en solitario el título real en Inglaterra y Escocia tras la muerte de su esposa en 1694

   En ese punto la nobleza escocesa, que en el pasado había aceptado unir sus destinos con el vecino reino de Inglaterra por una mera cuestión de herencia dinástica de su soberano, sin que mediase conquista ni acuerdo formal alguno, empezó a plantearse (como ya lo había hecho en décadas precedentes tras la ejecución por parte inglesa del monarca Estuardo de turno en 1649) en qué medida -siendo Inglaterra y Escocia dos reinos distintos que simplemente compartían monarca- su país debía seguir unido a Inglaterra si la dinastía reinante bajo la que se había formalizado la unión de ambas coronas fuese expulsada o se extinguiese sin descendencia. A raíz de esa incómoda cuestión, para evitar posibles tensiones o incluso una hipotética escisión del reino escocés, en 1707 Inglaterra amenazó con cerrar el comercio con Escocia (un territorio por entonces inmerso en una gravísima crisis económica) si los notables escoceses no firmaban la famosa Acta de Unión que certificaba la creación del Reino Unificado de Gran Bretaña. En respuesta la mayoría de los miembros del Parlamento escocés se avinieron a certificar esa unión, dejando de facto de existir entonces el reino de Escocia como una entidad política y administrativa independiente.

La medida resultó muy oportuna porque unos años más tarde, en 1714 concretamente, la reina de Inglaterra y Escocia por entonces, Ana I (hija de María II y Guillermo III de Orange) murió sin descendencia (de hecho la pobre Ana tuvo nada menos que diecinueve hijos de su matrimonio con un príncipe danés, pero ninguno de ellos llegó con vida a la edad adulta, toda una lección sobre cómo funcionaba el régimen demográfico antiguo). Debido a ello Ana I fue sucedida en el trono (ahora de un único reino denominado Gran Bretaña) por su pariente lejano Jorge I, un alemán que instaló la Casa de Hannover en el trono británico.

En ese contexto durante la primera mitad del s. XVIII cobró fuerza el llamado movimiento jacobita que se hallaba volcado en defender la restauración de la dinastía Estuardo en dicho trono a través de los descendientes varones del monarca expulsado en 1689. Pronto esa postura pasó a tener gran número de partidarios precisamente en la descontenta Escocia, un poco a la manera en que el bando carlista contó con gran número de partidarios en la España del s. XIX concentrados en Cataluña y sobre todo en el País Vasco por cuestiones relativas a la defensa de los fueros. En el caso escocés por entonces se esperaba que una hipotética restauración de la dinastía Estuardo en el trono permitiese recuperar la situación anterior a la disolución del reino de Escocia y su absorción en la práctica por parte de Inglaterra (los propósitos del movimiento eran más complejos y amplios y se remontan a los años finales del s. XVII, aun antes del Acta de Unión, pero sería demasiado complicado de explicar).

De esa manera las continuas revueltas en las tierras altas escocesas dieron color a la época, como digo a modo de una especie de variante británica de las guerras carlistas ocurridas en España durante el siglo siguiente. Es bien conocido que la épica conclusión de las mismas solo llegó en 1746 cuando los partidarios escoceses de Carlos Eduardo Estuardo fueron derrotados en la legendaria batalla de Culloden. Pero antes de todo eso ya en 1689, 1708 y 1715 habían estallado rebeliones jacobitas en Gran Bretaña que, obviamente, cada vez más hallaban a sus partidarios concentrados sobre todo en Escocia. En concreto las dos últimas rebeliones, las de los años 1708 y 1715 fueron encabezada por el padre de Carlos Estuardo, ese señor que aparece representado en el retrato de la derecha, llamado Jacobo Francisco Eduardo Estuardo (en realidad todos los Jacobos mencionados hasta ahora en inglés se llamaban coloquialmente "James", pero su nombre en latín, el usado como monarcas, sería Jacobus, de ahí esa traducción de "Jacobo" en lugar del más habitual pero incorrecto "Jaime" y también de ahí el nombre de jacobitas para sus partidarios). Ambos levantamientos citados fracasaron, siendo la última de sus revueltas sofocada a comienzos de 1716, pero el resquemor de fondo seguía existiendo, listo para estallar algún día, sobre todo en las tierras altas escocesas.

Y es así como tres años después de ocurrido todo eso Felipe V y sus ministros, enfrentados como se ha dicho a una coalición de las principales potencias de la época debido a la imprudente intervención militar en Italia y a la aún más imprudente conspiración en torno al trono francés, estaban suficientemente desesperados como para tentar a la suerte y jugarse el todo por el todo en base a una nueva y, cómo no, imprudente intervención militar agitando el avispero escocés. 

De esa forma a comienzos de 1719, con la ya explicada situación diplomática y política de fondo, varios cientos de arrojados infantes de marina españoles pertenecientes al regimiento Galicia desembarcaron en el Oeste de Escocia. Su propósito era el de sublevar a los clanes escoceses y desatar una nueva rebelión jacobita en la zona que atrajese al ejército británico al Norte de la isla para alejarlo de otros teatros bélicos y así preparar el terreno de cara a un posterior desembarco masivo del ejército hispano en el Sur de Inglaterra acompañando al pretendiente Jacobo Estuardo. De hecho la diplomacia española se había puesto en contacto con él para que se dirigiese a la Península y se pusiese a la cabeza de la futurible fuerza de invasión, cosa a la que había accedido

Como se ha dicho el plan era descabellado por su optimismo y ambición y pronto la realidad comenzó a imponerse. Para empezar -como había ocurrido en su momento con la "Empresa de Inglaterra" o un siglo antes con la invasión de Irlanda- la distancia, los problemas logísticos, el estado de la mar y la poderosa flota inglesa conspiraron para dar al traste con ulteriores intentos de desembarco en las islas británicas. De hecho la proyectada flota de invasión no logró siquiera reunirse en torno a los puertos gallegos sin antes ser desperdigada por los temporales de la costa portuguesa. Debido a ello pronto los poco más de 300 (no me negaran que es un número emblemático) infantes de marina españoles desembarcados como avanzadilla en territorio enemigo se encontraron aislados a su suerte en Escocia sin demasiadas perspectivas de recibir refuerzos o ser evacuados. Además en esa tesitura inicialmente tampoco recibieron apenas apoyo de la población escocesa que no estaba demasiado por la labor de sublevarse en masa solo tres años después de que la última rebelión fuese aplastada (como sabemos habrían de pasar algo más de dos décadas para que estallase su siguiente y última intentona seria).

Pese a todo la tropa española decidió seguir adelante con su parte del plan, aunque desestimando el objetivo inicial de atacar Inverness ante la falta de apoyos locales. Pasaron así a dirigirse hacia el famoso castillo de Eilean Donan, conocido sobre todo por su aparición en películas como Los inmortales (1986), donde establecieron una base de operaciones provisional dejando allí una guarnición de unos 50 hombres. De hecho precisamente debido a las secuelas de este conflicto -cuando más adelante el citado castillo fue asaltado para desalojar a esa parte de las tropas españolas destacadas allí- la mítica fortaleza quedó en estado de ruina hasta ser restaurada ya en el s.XX.

El caso es que los españoles de la expedición iban acompañados de algunos nobles ingleses y escoceses exiliados y gracias a ese hecho, pese a todas las dificultades y la reticencia inicial de la población local, a lo largo de los dos meses que siguieron a su desembarco, mientras las primeras tropas británicas se aproximaban a la zona para sofocar la amenaza, poco a poco los recién llegados consiguieron recabar el apoyo de algunos clanes levantiscos, esencialmente el llamado clan Mackenzie, hasta reunir una fuerza de apoyo de unos 1.000 highlander escoceses que sumar al destacamento de soldados españoles. Curiosamente entre los partidarios locales que se incorporaron a la revuelta había algunos nombres anónimos que estarían llamados a desempeñar un cierto papel en la historia. Por ejemplo, un grupo de unos 40 hombres llegó encabezado por un tal Robert Roy McGregor, más conocido como Rob Roy, el cual con el tiempo acabaría convertido en héroe de leyenda gracias a la pluma de literatos como Daniel Defoe o Walter Scott.

Sin embargo antes de que ese contingente tuviese tiempo de reclutar más partidarios o hacerse con el control de algún puerto o ciudad clave una tropa inglesa de unos 900 hombres salió a su encuentro e interceptó a la columna de españoles y escoceses en las cañadas de Glenshiel, cerca del llamado desde entonces “Paso de los españoles”. Allí el superior entrenamiento y disciplina del destacamento británico se impuso sobre las huestes escocesas que habían sido alineadas en los flancos de la tropa rebelde. Pronto Rob Roy resultó herido y el clan McGregor abandonó la batalla en masa para poner a salvo a su carismático líder. Poco después otros grupos de combatientes escoceses fueron siguiendo el ejemplo a medida que acumulaban bajas y perdían el ímpetu combativo, por así decirlo. Debido a ello los soldados españoles en el centro de la formación fueron los únicos que resistieron de forma desesperada hasta el final de la batalla (puede recurrirse a los tópicos como el valor y esas cosas, pero creo que resulta más lógico atribuirlo al hecho de que al fin y al cabo la huida no era una opción para ellos porque, aislados en territorio enemigo como se encontraban, simplemente no tenían a dónde huir). Con todo, al cabo de varias horas de refriega esas últimas tropas fueron rodeadas en una colina y tuvieron que rendirse.

Acababa de esa forma la aventura escocesa auspiciada por Felipe V pero no la guerra, cuyas tornas se volvían cada vez más contra los intereses hispanos. Tal es así que, mientras todo esto que he contado ocurría, un ejército francés a las órdenes del duque de Berwick -quien durante la Guerra de Sucesión había luchado al lado de Felipe V, conquistando las ciudades de Valencia y de Barcelona- invadió el País Vasco, Navarra y Cataluña, zona esta última donde, paradójicamente, pese a su pasado, contó con el apoyo de abundantes catalanes y valencianos que habían militado en el bando austracista durante la reciente Guerra de Sucesión. En adelante, si bien los españoles habían usado a los escoceses partidarios de los Estuardo contra los británicos, la coalición de la Cuádruple Alianza no tenía problemas de usar contra los Borbones españoles a catalanes partidarios de los Austrias (o de la independencia, pero esto es más dudoso porque lo que se les prometió por parte de sus aliados fue la abolición de los Decretos de Nueva Planta, no otra cosa). Es en ese contexto donde estalla en Cataluña el alzamiento de los carrasclets (por su líder Pere Joan Barceló más conocido como el Carrasclet, es decir “el carbonero”), el cual llegó a movilizar a varios miles de personas en torno a la exigencia -cómo no- la restitución de las leyes, instituciones y privilegios abolidos por los celebérrimos Decretos de Nueva Planta.

Y me permito hacer un inciso antes de acabar de contar esta pequeña historia de hoy. El caso es que a fin de cuentas lo que he ido narrando puede llevarnos a pensar en exceso en términos de ideologías nacionales cuando estamos hablando de una época donde no está tan claro que algo así resulte adecuado para entender la mentalidad del momento. Tampoco digo que no, simplemente es una cuestión que da lugar a un debate mucho más amplio de lo que hoy pretendo. Por de pronto algo que debemos tener en cuenta es que en aquella época las lealtades basadas en parentescos o lazos puramente personales, así como los remanentes de las relaciones de cuño feudal, se interconectaban a veces con la defensa colectiva de ordenamientos de raíz medieval por puras razones de provecho económico antes que profundos motivos ideológicos o culturales (claro que esto último también ocurre hoy en día, para añadir confusión al asunto). Todo ello hasta hacer más complicado de lo que parece juzgar si las poblaciones del período poseían claramente algo parecido a lo que en época contemporánea ha sido el pensamiento político de tipo nacionalista. 

   Además, aunque en aras de la simplificación en esta entrada se ha asociado el fuerte arraigo escocés de la causa jacobita sugiriendo por ello un cierto sentimiento identitario en la región, sin entrar en demasiados detalles, al final el trasfondo de los apoyos recibidos por dicho movimiento tenía también importantes ramificaciones religiosas (católicos y episcopalianos contra presbiterianos) así como personales (rencillas entre clanes y entre nobles que se adherían a uno u otro bando en función de enemistades, parentescos matrimoniales o expectativas de recompensa) todo lo cual hace muy complicadas de entender el juego de alianzas de la época basándose en conceptos simples propios del presente. Por así decirlo la lógica de los grandes episodios históricos de aquellos tiempos se aproxima bastante más a un "Juego de Tronos" que a la política de partidos de masas y movimientos sociales contemporánea. 

    Por ejemplo, durante los primeros años de la Guerra de Sucesión contra España y Francia los ingleses, en otra maniobra del tipo de las que hemos visto en esta entrada, prometieron su ayuda a los escasos protestantes que quedaban en Francia, los cuales se habían rebelado en la región de Cévennes en lo que se llamó el levantamiento de los Camisards. Al final el monarca francés para sofocar la revuelta empleó como mercenarios a catalanes del Rosellón que combatieron sin problemas en la represión del levantamiento popular. 

 Es más, si todo eso complica la comprensión de los movimientos colectivos en aquel tiempo lo que está clarísimo es que en lo tocante a individuos concretos las lealtades resultaban aún más difusas.

A ese respecto ya se ha mencionado que el principal consejero de Felipe V en sus primeros tiempos como monarca español era un italiano y que muchos de los oficiales que dirigían los ejércitos hispanos en esta guerra concreta habían combatido contra su monarca de turno en la anterior, siendo además los países de nacimiento de muchos de ellos de lo más variado. Es el caso del propio Duque de Berwick un hijo ilegítimo del rey inglés Jacobo II que pasó la mayor parte de su vida al servicio de Francia combatiendo primero a favor y luego en contra de la monarquía hispánica pese a lo cual acabó poseyendo amplias posesiones de tierras en la Península (de hecho la actual duquesa de Alba se apellida entre otras cosas "Fitz-James" en tanto que la propia casa de Alba emparentó en su momento con los descendientes hispanos de este duque).

   Otro ejemplo. Uno de los oficiales destacados en la fallida expedición escocesa era un tal George Keith precisamente escocés de nacimiento. Durante la Guerra de Sucesión española George había combatido contra Felipe V integrado en el ejército inglés a las órdenes de Marlborough, pero más adelante cambió de bando al sumarse a la causa jacobita en 1715. En base a ello durante los sucesos aquí narrados luchó a favor de los intereses españoles aunque, con el tiempo, abandonó el servicio a la corona española para exiliarse en Prusia. Tras eso fue nombrado por Federico El Grande embajador de Prusia en España situación que George aprovechó para espiar al gobierno español en beneficio esta vez de los británicos a los cuales informó de los planes de España para unirse a la Guerra de los Siete Años. Esto último permitió al gobierno británico hacer los preparativos para que su ejército o su marina no fuesen cogidos por sorpresa al concretarse la intervención española en dicha guerra, la cual acabó en desastre en parte debido a ello. Finalmente debido a ese oportuno cambio de bando final George pudo a su vez recuperar diversas propiedades familiares ubicadas en Inglaterra, aunque con el tiempo acabaría regresando a Prusia. 

   Por otra parte su hermano, un tal James Keith, el cual se encontraba en Francia mientras los hechos narrados en la entrada de hoy ocurrían, entró poco después al servicio de la Corona española y participó en el segundo asedio de Gibraltar ocurrido en 1726-1727 (los otros dos grandes intentos de recuperar la plaza por parte española se desarrollaron en 1704 y 1779). Más adelante decidió ponerse al servicio de los zares participando en una guerra con Suecia al término de la cual fue designado gobernador de Finlandia. Sin embargo descontento con su paga decidió mudarse a Prusia, junto con su hermano antes mencionado, y ponerse también al servicio de Federico El Grande a favor del cual pasó a combatir en sus guerras contra Austria y Rusia. Y solo estoy poniendo ejemplos sueltos, el mismo Carrasclet acabó combatiendo para el emperador de Austria contra Francia. La realidad es compleja como digo siempre.   

En suma, aunque por entonces existían flotando en el seno de las sociedades de la época fuertes sentimientos de comunidad y de identidad cultural, particularmente en regiones determinadas, es problemático identificar en qué medida las gentes del período obraban en base a identidades nacionales tal y como hoy las entendemos.

Por lo demás, recuperando el hilo de la narración, baste decir que el curso de los acontecimientos siguió poniendo a la política exterior de Felipe V contra las cuerdas. En octubre de 1719, unos meses después de que fracasasen la expedición a Escocia y en general todo el proyecto de invadir Inglaterra, los ingleses respondieron desencadenando a su vez una razzia en Galicia. Tropas británicas desembarcaron en la costa y después atacaron y saquearon Redondela, Pontevedra y Vigo antes de reembarcar sin dar tiempo a la reacción. Todo ello mientras a su vez las tropas francesas campaban a sus anchas en el Norte de la Península y en Cataluña la situación amenazaba con descontrolarse por completo… de nuevo.

Al final todo eso junto obligó a Felipe V a pedir la paz renunciando a sus conquistas en Sicilia y Cerdeña y reiterando su renuncia a los derechos sucesorios sobre la Corona de Francia mediante el tratado de La Haya firmado en febrero de 1720.

A partir de esos sucesos, que certificaban la imposibilidad para Felipe de cumplir sus sueños de reinar en Francia o al menos sobre una España poderosa y relevante en la alta política europea, la depresión se instaló en la vida del monarca, llevándolo a su extraña decisión de abdicar en 1724 y, una vez recuperado el trono al año siguiente, acompañándolo durante las siguientes décadas hasta su muerte ya en condiciones mentales cada vez más precarias.

   Pero claro está hablamos de un tipo que, Farinelli al margen, nunca supo entender la naturaleza profunda de su reino, resignarse a ella y relajarse.


                                    

3 comentarios:

  1. "...un territorio por entonces inmerso en una gravísima crisis económica..."

    El dichoso Proyecto Darién merecería una entrada en este blog.

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    1. Pues sí, muy buen apunte. Además dicho proyecto en cierta forma resulta muy “de actualidad” en la medida en que de cierta forma supuso un derroche monstruoso de recursos producto de malas decisiones políticas.

      Pese a todo no me voy a meter con ello para no dispersarme pero si alguien quiere realizar el intento que me avise y se lo publico aquí como una entrada más del blog.

      Por cierto, se me ocurre que todo eso fue muestra también un ejemplo de los problemas que debían afrontar en aquella época las estructuras “compuestas” resultantes de agregar reinos diversos a una única herencia de cuño feudal. En otras palabras, lo que sucedió tanto en el caso de los Austrias como de los Estuardo fue que llegado un determinado punto el monarca de turno lo era de dos o más reinos diferentes (algo así como si en la actualidad alguien acabase desempeñando de forma simultánea el cargo de jefe de gobierno en dos o tres países independientes) cuyos intereses objetivos no tenían por qué ser idénticos e incluso a veces chocaban. Lo que acababa ocurriendo en esos casos es que tarde o temprano la parte más fuerte y pujante del conglomerado acababa imponiendo sus intereses a las otras partes con las tiranteces que eso suscitaba como respuesta.

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  2. Voy a recomendad un cómic en francés. Son tres números y se titula "Bonneval Pachá". Trata de las andanzas y la vida, real, de un aristócrata francés de este período, Claude Alexandre, conde de Bonneval (1675-1747) quien pasó buena parte de su vida combatiendo al servicio de la monarquía austríaca contra Francia y el Imperio otomano, para luego convertirse al Islam y ponerse al servicio del Imperio otomano y sus guerras contra la monarquía austríaca.

    Conoció a un joven Casanova y otras grandes personalidades de la época. Un tipo francamente interesante y que habla de la porosidad de las fronteras y lealtades "nacionales" de la época si intentamos entenderlas con nuestros parámetros actuales.

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