jueves, 27 de febrero de 2014

La casa de la Garduña es la noche profunda



- ¿Usted sabe lo que es la garduña?
- Se que es un animal carnívoro, que roba con maña y disimulo, que entra en los gallineros y desangra a las aves… pero también sé que es una organización criminal secreta con ramificaciones en casi toda España. (…)
- Mi padre que sabía mucho de historia me lo contó hace años, creo recordar que era una especie de secta que se fundó hace dos o tres siglos, algo así como una hermandad pero de delincuentes.
- Como los bandoleros.
- No, no, los bandoleros suelen ser hombres a los que la desgracia y la miseria han llevado a ponerse fuera de la ley…, no, estos eran hombres poderosos, influyentes, que se entregaban a los crímenes más detestables para enriquecerse y dominar a los demás. Es curioso, mi padre me dijo que ya no existían

Curro Jiménez, capítulo "La noche de la Garduña".


 


Los pensadores románticos alemanes lo llamaron Volkgeist, “espíritu de un pueblo”, un concepto que consiste en atribuir a cada nación unos rasgos culturales y psicológicos comunes e inmutables a lo largo de su historia. Dicho concepto es bastante problemático y hoy en día es rechazado, pero a veces me ha dado en que pensar. Por ejemplo cuando cavilo sobre el hecho de que la historia peninsular irrumpe en la cultura clásica a través de un robo -el de los bueyes de Gerión por parte de Hércules- y desde entonces el latrocinio a gran o pequeña escala parece instalado confortablemente en el seno de dicha historia. Así hasta llegar al día de hoy.  

 Pero en fin, vamos a lo que vamos. Lo que voy a contar esta vez nos obliga a remontarnos a las postrimerías de la Edad Media peninsular. Normalmente cuando nos dedicamos a hablar sobre la antigüedad o el mundo feudal solemos centrarnos en la filosofía, las guerras, la religión o la política. Pero todo ello no quiere decir que la delincuencia no existiese en aquellas épocas, simplemente no contamos con demasiados datos al respecto y, además, los enfoques historiográficos tradicionales ponen el acento en otro tipo de cuestiones más relevantes como la evolución económica o la gran política antes que detenerse en cuestiones menores como la evolución de la comida, de la estética, el sexo o, en lo que nos ocupa, el crimen.   

    No obstante nos interesa tener en cuenta que a finales del medievo peninsular ya existían abundantes bandas locales de delincuentes repartidas por todos los reinos hispanos, destacando especialmente el caso del Reino de Castilla. Debido a esto, como no podía ser menos, en la zona de Toledo -ciudad por entonces populosa e importante en las rutas de comercio castellanas- existía un notable submundo criminal desde el primer tercio del s. XV. Hasta ahí nada interesante.  

En general debido al crecimiento de las ciudades, del poder monárquico, del comercio, así como en relación con el parón del proceso repoblador de la Reconquista, las consecuencias de la crisis del s. XIV y, en definitiva, debido a la llegada progresiva del mundo moderno, poco a poco los nobles  feudales comenzaron a perder peso tanto en la Península como en toda Europa occidental. De hecho la propia irrupción de los Reyes Católicos supondría la plasmación en la Península de un proceso generalizado consistente en la recuperación del concepto de Estado frente al caos feudal. En relación con todo lo anterior, poco a poco, irrumpieron en la vida pública los burócratas tal y como los entendemos y además -sobre todo en el mundo urbano y merced a la protección regia- diversos integrantes de clases sociales dinerarias, no necesariamente pertenecientes a la nobleza, se abrieron paso hacia la ostentación de cargos públicos .

    Por supuesto ubicados en pleno s. XV los indicios de todo ese aún eran muy tímidos, dicha transición todavía duraría cientos de años, pero de todas maneras lo que me interesa recalcar en primer lugar es la coincidencia de dos hechos azarosos: que en los momentos finales del medievo hispano el entorno urbano del municipio de Toledo era controlado por un consejo de notables locales y que a la vez por debajo de todo ello existía en la villa un submundo criminal relativamente numeroso, organizado e influyente.  

En esa coyuntura el poder municipal aún joven y débil necesitaba, de cara a la parte sucia de la política, algún tipo de organización que le proporcionase una cierta capacidad de controlar los suburbios o de acceder bajo cuerda a los beneficios de ciertas actividades no bien vistas pero que podían resultar lucrativas. De forma parecida a los collegia que operaban en la Roma primitiva -muchas veces sirviendo de forma secreta e inconfesable las necesidades de diversas familias patricias- los delincuentes locales toledanos supieron hacerse útiles al poder político establecido en la ciudad, ganando así un cierto margen de actuación (sino dentro de la legalidad plena si a través de la vista gorda hecha por las autoridades).  

¿Por qué nos interesa lo ocurrido en Toledo y no en alguna otra ciudad importante del reino de Castilla como Santiago, Burgos, Ávila o León?. Bueno, veamos. A diferencia de ellas en la Toledo bajomedieval había existido una importante comunidad judía y, por derivación de lo anterior, tras la expulsión de los judíos en 1492 moraba allí un grupo amplio de conversos que la jerarquía eclesiástica local tenía particular interés por controlar, intimidar y, en ocasiones, castigar extrajudicialmente, incluso al margen de la Inquisición. En este contexto específico el gremio delictivo local prestó sus primeros servicios encontrando una nueva forma de financiarse y obtener un poco de poder: ajusticiando o disciplinando a personas a las que la Inquisición quería llegar pero sin las trabas y el tiempo que implicaba un juicio (pese a la negativa visión que se tiene de ellos los procedimientos inquisitoriales en la Península por aquel entonces presentaban unas ciertas garantías, no muchas, pero en todo caso bastante amplias para lo que era la costumbre en aquellos tiempos violentos).  

 Así las cosas cualesquiera que fuesen los dirigentes de aquella primitiva asociación de maleantes toledanos resulta que, aprovechándose de la particular coyuntura local (sobre todo la existencia de un grupo poblacional -los judíos y más adelante los conversos- al que más o menos se podía extorsionar libremente con la aquiescencia de las autoridades), por primera vez gentes de su clase y condición consiguieron llegar a un tipo de relación simbiótica, o quizás parasitaria, con las estructuras del poder político locales. En otras palabras ellos fueron la primera asociación delictiva peninsular de cierto rango en apreciar el mundo de posibilidades que se abría ante ellos si llegaban a un pacto prolongado de cooperación y no agresión con las autoridades establecidas. Por todo lo anterior se dio allí a lo largo del s. XV y primer tercio del s. XVI un primer paso para que gremios de delincuentes locales de tipo medieval se fuesen convirtiendo en organizaciones criminales modernas.  

Nacía así La Garduña, el primer caso conocido de un gremio local de marginados que primero se organizó a gran escala y luego, aprovechándose del hecho anterior, se expandió con éxito por territorios amplios a través de la estrategia, revolucionaria por entonces, basada en corromper a las autoridades locales o bien llegar a pactos extraoficiales con ellas para así poder actuar con una cierta impunidad.  

En otras palabras, de la misma forma que en la Castilla de los inicios de la Edad Moderna nacía una suerte de fuerza policial embrionaria (la Santa Hermandad), su némesis, los delincuentes, también empezaron a reorganizarse y evolucionar. Desde a ese núcleo toledano del que he hablado algunas primitivas bandas locales de ladrones u estafadores empezaron a entrar en contacto y corromper las nacientes burocracias del Estado a medida que tal concepto se retomaba. Finalmente, en base a la buena situación que eso les proporcionó para sobrevivir y crecer, las primitivas estructuras de esas manadas de delincuentes evolucionaron hacia algo más complejo y sofisticado: una hermandad, la Garduña, que pasó a convertirse más bien en una federación de bandas organizadas de gran tamaño con estructuras jerárquicas elaboradas, con símbolos, gestos de reconocimiento y ritos de admisión basados en escenificaciones de juramentos recubiertos de un cierto componente esotérico (no en vano se trataba de grupos de gente normalmente analfabeta). 

Por si fuera poco durante el siglo XVI la crisis económica, las bancarrotas de la Corona, el clima de guerra perpetua, etc., generaron un extraordinario auge de la mendicidad y de la delincuencia, por entonces condiciones casi inseparables. Auge, bien reflejado, por cierto, en la literatura picaresca del Siglo de Oro.  

Llegados así a finales de dicho s. XVI tenemos a la Garduña operando desde Toledo a lo largo de diversas zonas de lo que hoy sería Castilla la Mancha, alcanzando sus tentáculos quizás el Norte de Andalucía, o tal vez incluso llegaban hasta las abundantes bandas de marginados de otra gran ciudad de la época como Sevilla.  

Pero la gran oportunidad que se presentó para que esta asociación se extendiese fuera de este ámbito todavía reducido aparecería tiempo después, a finales del s. XVI y principios del s. XVII (en relación con otro grupo social reprimido): las reubicaciones o más bien deportaciones masivas de moriscos por el territorio peninsular posteriores a la rebelión de las Alpujarras y finalmente la ulterior expulsión de los moriscos en bloque.  

Los moriscos españoles representaron el mayor fracaso en la historia de la Inquisición. Se trató de una amplio grupo poblacional que pese a un esfuerzo evangelizador y de aculturación sin precedentes emprendido tanto por la Corona como por la Iglesia durante más de un siglo... siguió inalterablemente unido como conjunto humano diferenciado, negándose a “integrarse”, a dejar atrás sus tradiciones y peculiaridades y sobre todo manteniendo en la clandestinidad sus prácticas, ritos y costumbres.  

(Para que ustedes lo entiendan, ¡¡¡los moriscos se habían convertido en los catalanes del s. XVI¡¡¡). 

    Se trataba de un fracaso mayúsculo, innegable y humillante, con lecciones peligrosas. Los bogomilos, los cátaros o los husitas en su momento se habían resistido a Roma pero habían sido lo suficientemente estúpidos como para enfrentarse a ella públicamente, los moriscos simplemente no eran tan ingénuos como para enfrentarse abiertamente al régimen establecido y facilitarle las cosas buscando el martirio. Al contrario, solo se mostraban como eran auténticamente en la esfera privada de sus cerradas comunidades donde la Inquisición no podía llegar ni podía obtener pruebas o testimonios tangibles de sus “delitos”. Cientos de miles de “herejes” vivían delante de sus narices desde hacía más de cien años, ignorando la palabra de Cristo, haciendo burla de ella fingiendo aceptarla, año tras año, cuando en la práctica simplemente “pasaban” de la Iglesia oficial de forma cínica y callada, no se molestaban en hacer gala de sus creencias o en predicar abiertamente y sobre todo muy pocos entre ellos aceptaban delatar a sus correligionarios, debido lo cual los Inquisidores no podían hacer gran cosa contra ellos.  

Es en esa tesitura donde la Garduña ganó aún más margen de acción. En el contexto de las reubicaciones de la población morisca tras la segunda rebelión de las Alpujarras y sobre todo en los momentos previos y posteriores a su definitiva expulsión en 1609 la Garduña creció y se enriqueció al ser más útil que nunca: ajustes de cuentas en medio del caos, la posibilidad de robar a los refugiados en la práctica impunidad, numerosas propiedades abandonadas o compradas a precios ridículos que cambiaron de manos de forma dudosa, regidores locales que querían aprovechar para intimidar, robar o vengarse de los moriscos expulsados… no faltaron clientes, oportunidades de negocio y de ganar favores en esos años.  

A partir de ahí, con el Estado en crisis, la pobreza y la miseria en aumento, la Garduña fue lo bastante exitosa para expandirse durante el s. XVII por casi todos los territorios del Sur de la Corona de Castilla primero y después extender sus redes hasta Sicilia y Nápoles, territorios atrasados, abandonados administrativamente, sin demasiada presencia militar y donde los virreyes podían necesitar sus servicios para mantener disciplinados a los campesinos locales e indiscutido el dominio español. No es casualidad que siglos después la primera mafia bien conocida en época contemporánea, la camorra, apareciese como de la nada en un territorio que había permanecido durante siglos (aprendiendo) bajo la influencia de la Corona hispana. De hecho la propia camorra, la cosa nostra o la ndrangheta actuales en sus tradiciones se consideran ramas descendientes de la Garduña.

    Curiosamente es justo cuando aparecen esas mafias modernas, a inicios del s. XIX, en plena época de auge de las sociedades secretas más pintorescas, cuando la Garduña desaparece bruscamente. 
La leyenda dice que fue la vanidad de su último Gran Maestre español, Francisco Cortina, quien trajo el fin de la Garduña al empeñarse en romper una regla no escrita de la organización: no elaborar ningún documento (medida precautoria pero también adaptada al analfabetismo de los primeros grandes maestros quienes en su origen pertenecían a lo más llano del pueblo llano). Alfonso instauró un Libro Mayor donde se inventariaba un listado de miembros preponderantes y también de apoyos clave y funcionarios sobornados en los poderes locales. Sea porque estos últimos no querían verse mencionados, o porque al hacer un listado de los cabecillas de la Garduña se los expuso innecesariamente a una captura en masa, el caso es que entre los años 1821 y 1822 la Garduña fue ampliamente purgada en el centro y sur de España por parte del fugaz gobierno liberal del período, el cual tenía buenos motivos para recelar de una organización criminal que, además, existía inextricablemente unida a las estructuras caciquiles más conservadoras del Antiguo Régimen. De esta forma fueron primero capturados, luego juzgados y por último ejecutados en la Plaza Mayor de Sevilla a finales de 1822, tanto el mencionado Gran Maestre como la mayor parte de sus lugartenientes, pasando para siempre al olvido dicha organización, la cual desapareció, emigró, o tal vez mutó en algo que no conocemos (en el caso italiano es probable que de las "secciones" locales de la organización descabezada en España surgieran las mafias italianas).  

El detallín es que todo esto que he contado es probablemente falso. Es entretenido, posee misterio, hay organización secreta con tintes esotéricos, plausibilidad histórica, una descripción en detalle del supuesto contexto… Pero no hay casi nada de verdad detrás, o al menos de una verdad sostenible con pruebas. 

Como consuelo para los más atraídos por el misterio queda el que resulta tan difícil de probar que todo esto es falso como de probar que es cierto. La verdad y la mentira están tan entrelazadas aquí que no se puede distinguir ya qué es real y qué no lo es. La Garduña es mencionada en el folclore popular desde hace más de 150 años, eso es seguro, pero documentalmente no consta evidencia directa alguna de su existencia (las indirectas son cientos), lo que de todas formas puede obviarse aduciendo que una de las máximas de la organización era no dejar huella. Pese a todo sobre la Garduña hay muchísimos datos, demasiados, se conoce toda su supuesta historia, los nombres de sus maestres, sus acciones, etc., hasta en libros serios algunos autores señalan por ejemplo que Rodrigo Calderón, Marqués de Sieteiglesias, secretario personal de Felipe III, fue uno de los hermanos mayores de la Garduña o que dicha organización pudo haber colaborado en asesinatos como el del conde de Villamediana ordenado tal vez por el propio rey Felipe IV y/o por altas instancias de la Inquisición.  

La Garduña ha sido objeto de publicaciones, trabajos..., y por supuesto aparece por doquier en Internet donde múltiples páginas relativas a sectas, conspiraciones y sociedades secretas la consideran de una existencia indudable. Al fin y al cabo la Garduña es un mito (o no) que permite explicar de una forma alternativa, en forma de conspiración oculta, una serie de páginas oscuras de la historia más negra de la España moderna. Por tanto es uno más de esos misterios perfectos, indemostrables e intangibles que excitan la imaginación y que en el mundo de Internet tienen habitualmente buen recorrido. Yo cito una historia, otro la copia y la pega, nadie lo comprueba y si alguno lo hace no le van a faltar referencias a citas de algún autor más o menos serio que también menciona algo al respecto. En definitiva. ¿Cómo sabe usted que lo que yo le cuento es verdad?, ¿y si es mentira y usted me cita no puede eso dar lugar a un hoax que, una vez llegado a cierta escala, se vuelve real en sí mismo al hacerse imposible separar realidad de ficción o rastrear el origen de la confusión?.  

    No obstante, como les digo, la historiografía más seria se plantea ya desde hace tiempo la posibilidad de que la Garduña no sea una sociedad secreta real sino una sociedad secreta inventada. Inventada por el naciente liberalismo de inicios del s. XIX en muchos casos articulado a su vez en torno a logias más o menos "folclóricas" o a asociaciones locales semisecretas -para no ser perseguidos- y enfrentado al absolutismo fernandino. Es decir el liberalismo de tinte masón del s. XIX estaba necesitado de desprestigiar a una institución como la Inquisición a la que pronto esos mismos liberales pondrían fin y para ello se inventó una sociedad secreta muy antigua ligada a los trabajos sucios para la misma, de igual forma que se inventaban para su propio movimiento rituales y ceremonias iniciáticas de cara a dotarse a sí mismos de una antigüedad y prestigio como colectivo de las cuales sin embargo carecían. 
 

De esta forma es posible concluir que la masonería de principios del s. XIX -esa masonería que muchas veces vivía creyendo en falsos y artificiosos mitos propios- probablemente se inventó asimismo una sociedad secreta como vieja antagonista imaginaria y a partir de entonces realidad y leyenda se confunden. Como si Al Qaeda fuese una invención de la CIA.  

Lo que es más, en las versiones indirectas de la (¿inventada?) Historia de la Garduña que se conocen los propios garduños justificaban la existencia de su organización en base a un mito que es objetivamente falso, es decir que su sociedad había sido creada por el eremita Apolinario en la Sierra Morena al serle ordenada por la mismísima Virgen la creación de una organización secreta para ayudar a expulsar a los musulmanes de Hispania. Resulta interesante el juego de espejos visto así, una sociedad secreta posiblemente inventada (la Garduña), creada de la nada por otro tipo de sociedad secreta organizada en torno a ridículas ceremonias inventadas pero pretendidamente añejas (la masonería) y que en todo caso, de ser real al menos (la Garduña) se mentía a si misma sobre su propio origen ya que sabemos que aparecería en el s. XV y no de manos de ninguna Virgen o en el contexto de la Reconquista.  Un secreto envuelto en una mentira dentro de otro secreto.

Curiosamente la historia está llena de casos dudosos de sociedades secretas inventadas o al menos mitificadas con propósitos literarios (en el caso siciliano por ejemplo los Beati Paoli), para despistar y confundir a las masas o para que los verdaderos detentadores del poder dispusieran en su momento de una coartada para reprimir algún cierto grupo humano (pensemos por ejemplo en los famosos Protocolos de los Sabios de Sion). En el caso español se especula también en ese sentido con que la famosa Mano Negra andaluza y decimonónica (otra sociedad "secreta" de existencia bastante etérea) fuese un bulo creado por diversos caciques en connivencia con jerarquías de la Guardia Civil para poder reprimir a su gusto al anarquismo campesino que se expandía en aquella época entre los jornaleros de la zona. Nunca se sabrá con total seguridad. 

Así pues lo paradójico del asunto es que desviar la atención sobre crímenes y atropellos reales o señalar enemigos fácilmente identificables son las razones históricamente detrás de la creación (más bien invención) de una parte de las sociedades secretas más conocidas. En otras palabras, las sociedades “secretas” conocidas parecen ser en muchos casos bulos creados por las verdaderas conspiraciones o las verdaderas sociedades secretas que son las que no conocemos (de ahí que sean secretas). De la misma forma que muchas de las “conspiraciones secretas” más divulgadas y debatidas suelen ser estupideces que no hacen sino desviar atención y esfuerzos que bien podrían dedicarse a razonar sobre hechos y conspiraciones mucho más reales y graves. A fin de cuentas mientras usted debate activamente sobre los misterios de los templarios o sobre si el Gobierno nos oculta la existencia de extraterrestres es posible que unos señores trajeados a los que esas cosas les importan un pimiento se encuentren en esos momentos reunidos en un restaurante de lujo de Madrid pactando la quiebra fraudulenta del banco donde tiene usted sus ahorros o subir aún más el precio de la luz para dentro de unos meses. Y no lo sabremos nunca porque a fin de cuentas el periódico que usted lee por las mañanas en el bar también es de esos señores. Eso sí que es conspirar, esas sí que son logias siniestras.  

Por lo menos nos queda el dudar. Dudar siempre, dudar de todo, porque ya les digo que no solo no hay que fiarse del Telediario, tampoco de Internet.

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