domingo, 19 de noviembre de 2017

El hereje razonable


En eso consiste ser protestante. Eso es la Iglesia para mí. Eso es la Iglesia para cualquiera que respete al individuo y el derecho del individuo a decidir por sí mismo o misma. Cuando Martín Lutero clavó su protesta en la puerta de una Iglesia en 1517 tal vez no fuera consciente del significado de lo que estaba haciendo pero cuatrocientos años más tarde y gracias a él puedo ponerme lo que me dé la gana en mi pilila. Y el protestantismo no se limita al simple condón, no, incluso puedo usar preservativos que hacen cosquillas.

Monty Python, “El sentido de la vida”





Como sabemos el estilo artístico que hoy denominamos Renacimiento se gestó en el Norte de Italia en el s. XV. Ahora bien, el arte es estética, desde luego, pero -y esto lo he intentado explicar aquí muchas veces- en otro tiempo el arte era también, ante todo, una herramienta del poder. Así que, tras una fructífera primera etapa de experimentación que tuvo como centro Florencia, el potencial propagandístico de dicho movimiento tardó poco en ser percibido por una entidad política aún más poderosa que la República de Florencia, en concreto el Papado. Por eso en una segunda fase, que se desarrolló sobre todo durante el primer tercio del s. XVI, el epicentro del Renacimiento italiano se desplazó a la ciudad de Roma y sus principales artistas se pusieron al servicio de la Iglesia. 

  Ahora bien, además de ser algo hermoso y útil para la propaganda, el Arte, como casi todo lo superfluo, tiene la característica de ser caro. Obscenamente caro. Y en torno a 1515 en Roma gobernaba León X (Giovanni di Lorenzo, segundo hijo del famoso Lorenzo el Magnífico) un Papa siempre necesitado de dinero. En consecuencia, de cara a financiar la reconstrucción de la Basílica de San Pedro, dicho Papa se vio obligado a hacer un funesto pacto de negocios con Alberto de Brandenburgo, en aquel entonces Arzobispo de Maguncia, en territorios de la actual Alemania.

Alberto se había hecho poco antes con el control de ese importante arzobispado pero sin tener la edad preceptiva para ello y cuando además desempeñaba simultáneamente la dignidad de arzobispo de Magdeburgo, debido a todo lo cual necesitaba la dispensa Papal para ejercer su nuevo cargo. Asimismo Alberto se hallaba fuertemente endeudado con la familia Fugger, los cuales habían financiado los sobornos necesarios para su fulgurante ascenso en la jerarquía eclesiástica. Razón por la que también estaba muy necesitado de ingresos. En suma él y el Papa León X, inmerso como estaba en similares problemas financieros, estaban llamados a entenderse. Así el Papa autorizó la venta de indulgencias (es decir documentos oficiales prometiendo el perdón de pecados a cambio de dinero) en las ricas y pobladas tierras bajo la influencia de Alberto a cambio de repartirse los ingresos que éstas eventualmente generarían. Hay que tener en cuenta que el procedimiento de la venta de indulgencias era algo un tanto irregular, incluso para aquellos tiempos, razón por la que la posibilidad de llevar tales transacciones a cabo lejos de Italia parecía una buena idea para el Santo Padre. Quizás esperaba así minimizar los riesgos de recurrir a dicha cuestionable estrategia cuya único propósito era la posibilidad de proporcionar a la Iglesia grandes cantidades de dinero de forma rápida, algo que Alberto y León requerían en aquel momento. 

  Y en un principio todo fue bien hasta que por azares del destino el agente encargado de llevar a cabo el sucio negocio, un corrupto monje dominico llamado Johann Tetzel, pasó por Eisleben en enero de 1517. Aquella era la localidad natal de un monje agustino bastante tozudo llamado Martín Lutero quien se sintió indignado y poco después, a finales de octubre de dicho año, escribió una extensa carta a Alberto de Brandenburgo quejándose y despotricando –con toda la razón- sobre la dudosa validez ética y la catadura moral de las indulgencias como concepto. 

Asimismo Lutero envió copias de dicha carta, casi un manifiesto, a varios de sus superiores eclesiásticos, los cuales como era de prever no le hicieron mucho caso. Sin embargo, y esto resultó clave, por entonces Lutero ejercía no solo como monje sino también como profesor de Teología en Wittenberg y así, deseoso de discutir sus tesis con sus amigos intelectuales, Lutero dio a conocer el texto de la misiva entre algunos laicos del mundillo universitario de la zona. Y resultó que uno de ellos, probablemente llamado Christoph Scheurl aunque no está claro, tradujo el texto de la misiva del latín al alemán y, algo revolucionario, quiso aprovechar las ventajas de un reciente invento que por entonces hacía furor en Alemania: la imprenta. Es así como varios meses después de enviada su carta de protesta a sus superiores las tesis de Lutero fueron impresas en Nuremberg, además en un idioma comprensible para todos, lo que permitió que las ideas de Lutero empezasen a ser darse a conocer fuera de la jerarquía eclesiástica de la región, todo ello a lo largo de un radio de acción, con una velocidad y entre unas capas sociales completamente nuevas. 

  Ese complejo proceso es lo que la historiografía nacionalista y la leyenda han convertido en la iconográfica imagen de un joven monje clavando unas hojas de papel en las puertas de la Schlosskirche, la iglesia de Todos los Santos vinculada al castillo de Wittenberg. Un evento que probablemente nunca se produjo salvo en la imaginación de algunos contemporáneos, los cuales años después, mezclando realidad y ficción, empezaron a narrarlo como si lo hubieran visto con sus propios ojos. Hablamos pues de un fenómeno de reinvención de la realidad común en el origen de todos los cultos y religiones.

No obstante lo que dio auténtico calado a la suma de casualidades anterior fue el momento político. Para entender la Reforma protestante la pregunta clave es preguntarse ¿Por qué? A fin de cuentas casi todas las publicaciones realmente imparciales sobre la figura de Lutero, que no son muchas, destacan las limitaciones tanto personales como intelectuales de Lutero, un personaje bastante alejado de la imagen idealizada que la hagiografía protestante ha proyectado de él. Entonces ¿por qué alguien como Lutero, alguien no especialmente carismático o culto, o al menos no a la altura de las mejores mentes de su tiempo, triunfó donde otros pensadores de gran talla, como Jan Hus o John Wycliffe, habían fracasado previamente? Pues por dos razones. La primera es que a diferencia de sus predecesores Lutero estaba en el lugar oportuno en el momento preciso. Y la segunda es que con un individuo como él, digamos que adecuadamente limitado y “pragmático” (luego volveré sobre esto), para nada un iluminado irracional, sí era posible entenderse. Esto último fue muy bien visto por parte de diversos estamentos y poderes que se sentían insatisfechos con el estado de las cosas en el Sacro Imperio y buscaban la ocasión para solicitar un nuevo reparto de roles.

Porque los movimientos sociales se pueden entender de dos formas. Como algo realmente popular, ya que en definitiva son las masas de gente el elemento clave en todo movimiento revolucionario. O bien como procesos donde, aunque las masas de gente son la parte visible, lo cierto es que esos conjuntos de personas solo son la carne de cañón útil para que, dentro de las élites sociales, diversos grupos con intereses enfrentados diriman sus diferencias.

En la sociedad medieval la religión era el centro de la política y de la vida social. Por tanto la crítica del orden teológico acarreaba preguntas sobre la propia organización de la sociedad. Inevitablemente por tanto la expansión de las ideas de Lutero despertó movimientos genuinamente populares con pretensiones de llevar la crítica doctrinal más allá y aprovechar el replanteamiento de algunas cuestiones teológicas de cara a establecer un nuevo orden social más justo. Era lógico. Muchos pensaron que si se abría la veda para replantearse el orden divino entonces había llegado también el momento de, en paralelo a lo anterior, poner sobre la mesa la profundamente injusta realidad terrenal inmediata, caracterizada por la desigualdad económica y jurídica típica del orden feudal que hasta entonces se había bendecido y justificado desde los púlpitos. Pero eso terminó pronto, con el expreso beneplácito de Lutero, tras el aplastamiento de “Las hordas asesinas y ladronas de campesinos” llevado a cabo por la nobleza militar más o menos para 1525, cuando se produjo el extermino de más de 100.000 desgraciados que pensaron que realmente las cosas iban a cambiar de verdad.

No. El populacho lo entendió todo mal. En realidad se trataba de cambiarlo todo para que nada de lo realmente importante cambiase demasiado. Como siempre. Y Lutero era alguien lo suficientemente conformista y conservador como para aceptar eso. Incluso para desearlo. Y por ello la nobleza podía apoyar a un hereje. Porque lo que Lutero pretendía estaba muy lejos de las críticas a la opulencia lanzadas a veces de forma excesivamente genérica y atrevida por algunas herejías medievales y diversos pensadores místicos.

Por tanto, de cara a entender el mundo de posibilidades que realmente abrían las ideas de Lutero, y que explican su triunfo, fijemos de nuevo nuestra vista en el contexto, razón principal de cara a explicar el triunfo de los planteamientos de Lutero. Y observemos con atención los detalles. 

Para empezar mucha gente importante en tierras de Alemania veía con malos ojos por entonces lo que hoy llamaríamos como “drenaje de capitales” desde sus tierras hacia Roma a través de las indulgencias pero también mediante múltiples pagos al fisco eclesiástico. Con ese paisaje de fondo, sumado al revuelo levantado por la venta de indulgencias, parte de la nobleza alemana comprendió que el creciente clima de descontento y desafección popular hacia la Iglesia de Roma, percibida como corrupta, era un buen momento no solo para terminar con lo anterior sino también para pescar en río revuelto y conseguir un mayor grado de autonomía, puede que incluso la independencia, respecto a la institución Imperial, un poder de tipo político que por su propia justificación divina dependía en gran medida de la sanción religiosa. A fin de cuentas si el orden doctrinal auspiciado por Roma quebraba, entonces la propia institución política legitimada por él (el poder Imperial) quedaba muy tocada. Había por tanto mucho que ganar en el envite. 

   En otras palabras, como los acontecimientos posteriores demostraron, el cuestionamiento de la autoridad Papal a partir de excusa planteada por Lutero abría no solo el camino de la Reforma religiosa sino, sobre todo, la posibilidad de reestructurar el reparto del poder y el dinero dentro del Sacro Imperio. En definitiva: lo que de verdad cuenta.

Es por ello que Lutero, a diferencia de muchos otros iluminados religiosos anteriores no solo no fue perseguido con saña por la nobleza feudal. Muy al contrario: fue protegido por ella. Porque Lutero no quería cambiar el injusto orden social sobre la tierra, y de hecho exhortó claramente a mantenerlo, simplemente quería recubrirlo bajo el manto de una teología ligeramente distinta, actualizada y mínimamente racionalizada a partir de la doctrina católica imperante. Y eso, como muchos príncipes alemanes entendieron rápidamente, permitía cambiar el reparto político del poder en beneficio de unas élites en detrimento de otras y ya de paso transferir el control de rentas y posesiones a gran escala dentro de las clases superiores. De tal forma las críticas de Lutero abrían la posibilidad de un proceso no de redistribución social de tipo vertical, es decir de arriba hacia abajo, sino que iniciaron uno muy diferente, de tipo horizontal, desde arriba hacia arriba pero en este caso quitando poder y recursos a poderes y gobernantes lejanos, especialmente al Papa de Roma y al Emperador, en aquel momento soberano de Castilla y Aragón. Todo ello en beneficio de príncipes y electores puramente alemanes, sobre todo del Norte de Alemania en detrimento de los nobles feudales del Sur. 

   Por supuesto, como hoy sabemos, la Reforma (o más bien una segunda oleada dentro de ella iniciada por pensadores distintos a Lutero) encajó muy bien con las nuevas clases de comerciantes y banqueros dependientes de las nuevas formas capitalistas, lo que generó a su vez grandes cambios sociales (y en última instancia políticos de nuevo cuño, al exigir estas clases un reparto del poder más democrático y menos vertical), pero en aquel momento todo esto era imprevisible y podemos estar razonablemente seguros de que no jugó un papel en la gestación y extensión inicial del credo luterano protestante.

Una vez que entendemos eso vemos que la Reforma fue un proceso eminentemente político y económico pero que de cara a obtener el apoyo necesario de las masas de la plebe se recubrió de la ideología en boga por entonces. Y dado que en aquel tiempo el nacionalismo, el fascismo, el liberalismo, el ecologismo o cosas así no existían, el tipo de programa político interclasista que se usó fue el de las ideas religiosas acerca de cuestiones como los sacramentos.

En el caso de Inglaterra todavía fue más claro porque se usó este tipo de ideas para resolver un problema político puramente práctico: la necesidad para el soberano de obtener un divorcio (y con ello engendrar un heredero legal con una reina fértil y más joven) algo que el Papado, en solidaridad con los intereses del Emperador (hermano de la por entonces esposa legal de Enrique VIII), le negaba al rey de Inglaterra (por varias razones, además del honor familiar en juego el Emperador estaba interesado en obstaculizar los planes de Enrique porque si este no conseguía el divorcio para volver a casarse y engendrar descendencia se abría en Inglaterra la posibilidad de una guerra civil por el poder, una oportunidad interesante para debilitar a un rival y pescar en río revuelto). En ese contexto la solución para la Corona inglesa, de una lógica aplastante vista desde la distancia, fue romper con el Papado y la excusa para ello nuevamente la cuestión de la Reforma eclesiástica, la cual de paso dejó pingües beneficios en las arcas de Enrique VIII por la vía de la expropiación de tierras a la Iglesia.

Obviamente para las clases sociales más bajas prácticamente nada cambió en el proceso, lo que no impidió que grandes grupos de población apoyaran la Reforma con entusiasmo, aportando incluso su sangre o sus vidas, razón por la que al final de dicho proceso de cambio amplios grupos de población entre las clases bajas se creyesen sinceramente protagonistas y beneficiarios del proceso histórico mencionado. Es el poder de las ideas. 

No obstante, volviendo a centrarme exclusivamente en Alemania, puede decirse que el sentido de la Reforma fue que la nobleza alemana uso el programa religioso de Lutero como bandera para librarse poco a poco del control político del Emperador y simbólico del Papa y así consolidar su propio poder sobre sus dominios feudales de los que en adelante pudieron extraer aún más rentas fiscales gracias a la absorción de propiedades y prerrogativas anteriormente reservadas a la jerarquía católica. 
   
A fin de cuentas los gobernantes de los diversos territorios donde el “Luteranismo” triunfó se convirtieron de facto en jefes de la Iglesia en los mismos, lo que implicaba la facultad de disponer de sus cuantiosos bienes y rentas. Es así como gracias a la lucha de Lutero para acabar con la corrupción en la Iglesia casi una cuarta parte de los bienes raíces del Sacro Imperio cambiaron de manos durante las siguientes décadas debido a las confiscaciones de propiedades eclesiásticas y los bienes de algunos ricos católicos recalcitrantes.

Pero que Lutero no acabase sus días en una celda o una hoguera no se explica solo por el timing adecuado y la instrumentalización de sus ideas en beneficio de poderosas élites. Lo que había en juego era demasiado y los enemigos del cambio poderosos. Así que lo que en última instancia ayuda a terminar de explicar el inusitado e imprevisible éxito del reformador alemán fue el egoísmo y la falta de miras de sus oponentes: el Papa y el Emperador (en este caso Carlos V, habitualmente un gobernante sobrevalorado y mitificado, sobre todo por la historiografía hispana). 

Hay que entender que durante los absolutamente claves primeros diez años de la Reforma, los años críticos en que el nuevo movimiento se expandió por el territorio alemán y consiguió una base social casi desde la nada, el Emperador y el Papa, lejos de hacer frente común para detener el proceso, se hallaban ocupados en otros frentes (por ejemplo Carlos V hubo de afrontar hasta 1522 al problema de los Comuneros y las Germanías en la Península, lo que parecía más urgente que los disturbios en Alemania) y luego ambos poderes se dedicaron a enfrentarse por cuestiones políticas, fundamentalmente y simplificando mucho debido a la alianza del Papa con el rey de Francia de cara a torpedear la creciente influencia hispana en Italia.

Así según épocas el Emperador dejó subsistir a los primeros sediciosos luteranos alemanes para de alguna forma minar la autoridad Papal en los territorios del Sacro Imperio pensando que el problema podría arreglarse más adelante cuando su enfrentamiento con el Papado hubiese finalizado. De igual manera, según momentos, el debilitado Papa contemporizó con los rebeldes protestantes en una política absolutamente suicida pensando que la revuelta religiosa en Alemania perjudicaba más al Emperador que a la Iglesia (en definitiva una institución que ha sobrevivido durante miles de años a todo y a todos no se sabe muy bien cómo) y que por ello la situación se podría revertir una vez que el Emperador capitulase ante los intereses papales.

Esa situación terminó con un momentáneo triunfo militar del Emperador sobre Francia, tras la victoria en Pavía (1525), y también sobre el propio Papado tras los eventos del Sacco di Roma de 1527. Pero durante los años siguientes la presión turca sobre Europa Central siguió desviando la atención de los dos grandes poderes "universales" del momento.

Solo en torno a 1530, una vez sus otros asuntos en orden, ambos jerarcas se avinieron a intentar revertir realmente el estado de cosas en Alemania y ocuparse realmente de la situación dejando de sabotearse mutuamente. Pero para entonces la Reforma había se había consolidado lo suficiente, y Lutero vivido y escrito demasiado, como para que la situación pudiese considerarse como reversible. 

En definitiva fueron los intereses políticos, la codicia, la estupidez, y el cortoplacismo de sus principales enemigos, las claves para explicar el éxito de Lutero donde otros movimientos religiosos reformistas anteriores, algunos bastante más avanzados y teológicamente sólidos, habían fracasado en los siglos precedentes. 

Y como las bellas historias tienen finales felices, tras el triunfo de sus ideas Lutero recibió del príncipe de Sajonia, como prueba de gratitud, la posesión de su antiguo convento en Wittenberg. Prácticamente un palacio que Lutero empezó a explotar económicamente de forma muy moderna alquilando a buen precio sus habitaciones como dormitorio a todos los profesores y fieles que deseaban acudir a la ciudad a conocerlo, tratar con él, escuchar sus sabias palabras e impregnarse de su creciente prestigio. Luego, con el flujo de capital resultante, su mujer creo un auténtico "fondo de inversión" a través del cual se hizo con el control de una amplia granja, huertos, pesquerías fluviales, una próspera fábrica de cerveza y fincas en todo el entorno de la ciudad. Al final de su vida su testamento y otros documentos muestran que Lutero se había convertido en uno de los ciudadanos más ricos de Wittenberg y la persona que poseía más ganado en toda la ciudad, mientras media docena de sirvientes trabajaban en su casa atendiendo sus necesidades inmediatas.

Nada mal para alguien que había hecho su fortuna criticando los trapicheos económicos, sin duda ciertos, de parte del estamento eclesiástico de su tiempo. Y que tras empezar su ascendente carrera exigiendo tolerancia para sus ideas, una vez triunfantes las mismas, se dedicó a publicar textos cada vez más encendidos que abrieron el camino a futuras y brutales persecuciones de judíos ("Sobre los judíos y sus mentiras", 1543) o imaginarias brujas por parte de los adeptos a sus ideas.

Aunque de esto último, quizás, hablaré otro día. Hoy simplemente quería plantear varias ideas sueltas. Y sobre todo deseaba mostraros un proceso de enfrentamiento político mezclado con intereses materiales y mucha ideología de fondo. Un proceso iniciado en torno al resentimiento que generó en determinados territorios la monstruosa corrupción de una distante jerarquía percibida como extranjera. Resentimiento luego azuzado por la ineptitud de dichas élites foráneas a la hora de ofrecer soluciones, y en el que los grupos partidarios de la revuelta aprovecharon de forma excelente los por entonces recientes cambios tecnológicos en los medios de difusión de la información para extender sus ideas de formas creativas y muy ágiles, incontrolables para el poder establecido, lo que convirtió en lenta e ineficaz la reacción efectiva del poder central contra el que se enfrentaban. Un proceso habitualmente presentado como un movimiento popular, con tintes nacionalistas, pero que en realidad sirvió esencialmente a los intereses de grupos de élites enfrentadas deseosas unas de mantener sus prerrogativas y corruptelas y otras ansiosas de revertir su situación como cola de león para convertirse en cabeza de ratón.  

Un tipo de proceso que en definitiva se ha repetido en el pasado y aún se reproduce de vez en cuando en el presente bajo nuevas formas y contextos. De hecho no tengo dudas tampoco de que en el futuro continuará reproduciéndose de nuevas y creativas maneras porque a fin de cuentas forma parte del aparentemente complejo funcionamiento interno de las manadas de humanos.

jueves, 16 de noviembre de 2017

Puturrú de Fuá


La verdad es una mierda porque no va a ayudarte y si no te metes eso en la cabeza ahora mismo… a la mierda el resto de tu vida.

The night of, “Subtle Beast” 


                       


Hoy toca reaccionar de forma urgente a una noticia de actualidad. Ayer esta pintura de Leonardo da Vinci que podéis ver debajo de estas líneas se vendió por 382 millones de euros. Casi nada. 


Es muy bonita y desde luego hemos de tener en cuenta que se trata de un da Vinci, pintor emblemático del que apenas se conservan docena y media de obras, pero aún así el precio parece desorbitado. Según muchos expertos este cuadro en concreto es de mala calidad, en la medida en que ni es una de sus obras magnas ni la mayor parte de la pintura que se puede observar a simple vista es genuina ya que es producto de restauraciones modernas realizadas debido al fuerte deterioro acumulado por la obra al llegar el s. XX.  

En cualquier caso el cuadro pertenecía al magnate ruso Dmitry Rybovlev, dueño entre otras cosas del Mónaco Club de Fútbol. Rybovlev la compró hace cuatro años por 108 millones de euros y ahora la ha revendido casi por tres veces y media el ya desorbitado precio que pago entonces.

¿Cómo una obra ha podido revalorizarse tanto en tan poco tiempo? Simple, de cara a "colocar" su pintura el avispado Rybovlev exigió venderla al mejor postor en el transcurso de una subasta de arte “contemporáneo” y no rodeada de cuadros de su propia época porque, conocedor de lo que está pasando desde hace tiempo no ya en el mercado del arte en general sino en ese submercado concreto, Rybovlev prefirió ofertar su posesión en ese tipo de subasta más “loca” en el que cada vez está más claro que operan oscuros intereses.

                      

Yo también hace tiempo que vengo comentando que pasan cosas raras en ese submercado y en las subastas de arte en general. Desde luego las últimas tendencias indican que una vez deforestado el monte completo los tentáculos de los especuladores comienzan a moverse hacia otros estilos y géneros con la intención arañar las últimas ganancias antes de que un año de estos explote la burbuja. Aunque, quien sabe, quizás la tómbola seguirá funcionando mucho tiempo. Todo depende de la estupidez de la gente y todo en los últimos tiempos invita a pensar que esta es mucha más de la que incluso los más pesimistas creíamos. 

domingo, 22 de octubre de 2017

Mátalos suavemente


La reina de las ciudades. Los mármoles y los oros, el exceso de los templos y los palacios justo al lado del barro y la mugre. La más negra miseria junto al esplendor absoluto. Yo amé esa villa, con sus contrastes, sus malos olores y sus perfumes, los gritos y el trasiego incesante de las multitudes a través de calles sombrías. Yo saboreé los placeres de la inmensa ciudad a la que el mundo entero deseaba parecerse.

Isabelle Dethan, “Les ombres du Styx”




Muchos especialistas sobre el Imperio romano han puesto por escrito sus dudas acerca de que tal vez algo no marchaba del todo bien dentro de esa civilización. Y con lo anterior no me refiero exclusivamente a problemas sociales o políticos sino a que algunos investigadores han planteado asimismo cuestiones puramente médicas y químicas de cara a intentar explicar el declive del mundo romano a través de estudios científicos supuestamente objetivos.

En un primer momento ese tipo de teorías se centró en la alta presencia de plomo, un metal bastante tóxico, en la civilización romana. Eso es algo corroborado por diversos estudios realizados a restos inhumados en cementerios romanos, ya que tras analizar huesos de individuos del período se han llegado a encontrar niveles de plomo entre tres y cinco veces más altos que los presentes en un ciudadano de época actual. La explicación para dicha anomalía se basa en que los romanos utilizaron ese material a gran escala para fabricar tuberías y por tanto se ha propuesto como hipótesis que a través de las canalizaciones de agua gran parte de la población de las ciudades habría quedado expuesta un envenenamiento por plomo.

A lo anterior hay que unir el uso que los romanos daban al plomo también para la fabricación de pinturas y cosméticos. A lo que habría que añadir asimismo otra peculiaridad romana un tanto extraña. Y es que los antiguos griegos ya sabían que el agua como tal es muy peligrosa y en ocasiones llena de bacterias dañinas para nuestro organismo, razón por la cual la mezclaban con vino, algo que hoy puede parecernos absurdo pero que en realidad en unos tiempos donde no existían medidas de desinfección y potabilización del suministro público de agua tenía en realidad todo el sentido del mundo. El problema es que los romanos, en cierta forma herederos de los griegos y todavía más compulsivos en cuanto al consumo de vino, recurrieron a diversos sistemas para “endulzar” dicho licor mediante el plomo.

Debido a todo ello en su conjunto, y dado que las pinturas en las villas, el uso de cosméticos y sobre todo el elevado consumo de vino “endulzado” eran propios sobre todo de las clases altas, el crónico envenenamiento por plomo podría explicar por ejemplo la con el tiempo cada vez mayor presencia de problemas mentales, gota y esterilidad en las grandes familias patricias romanas de época imperial.

Por supuesto hay especialistas que no están de acuerdo con esta tesis y aducen argumentos en contra, en la línea de que los niveles de plomo que hoy detectamos en algunos estratos y restos asociados al mundo romano se deben a contaminación natural posterior y que asimismo las tuberías de plomo, aunque efectivamente dañinas, moderarían su carácter tóxico a medida que se calcificaban. Por ello en tiempos recientes ha aparecido otra teoría crítica.

   Nuevamente el punto de partida nos coge desprevenidos al atacar otra idea preconcebida. En este caso la supuesta limpieza y gusto por la higiene de la civilización romana. Esto último se le ha atribuido al mundo romano debido a la importancia que tenía en su cultura el agua y, en paralelo a ello, la obsesión de los romanos por la construcción de termas públicas, por ejemplo. En  contra de lo anterior lo que se ha descubierto es que, más allá de la imagen idealizada que se pueda tener de ese tipo de edificios así como de la ingeniería romana en general, lo cierto es que muchas de las grandes termas públicas ubicadas en las grandes urbes del imperio carecían de canalizaciones de agua suficientemente grandes y eficientes para hacer fluir con celeridad el líquido, asegurando así la evacuación de las enormes cantidades de suciedad y bacterias acumuladas en el agua contenida en ellas. De tal forma no se producía una purificación adecuadamente rápida del "caldo" en el que se “lavaban” los bañistas.

Por esa razón las termas romanas lejos de constituir una efectiva medida pública para reducir la difusión de epidemias habrían contribuido en su momento, bien al contrario, a cronificar y globalizar a lo largo del mundo romano una serie de bacterias dañinas que eran compartidas a través del contacto social en las viciadas aguas de las termas.

Y llego a lo que me interesa. Si bien todo lo anterior ha sido materia de debate durante las últimas décadas ahora aparecen nuevas teorías basadas una vez más en datos arqueológicos que se salen de la normalidad, en este caso un análisis de un trozo de tubería hallado en Pompeya. Tras su estudio aparecieron elevados niveles de antimonio, un elemento químico aún más dañino que el plomo para la salud humana.

Algunos detractores de la nueva idea del envenenamiento por antimonio como gran problema romano aducen que las elevadas concentraciones descubiertas en la muestra se deben a la influencia del vecino Vesubio, ya que al parecer es posible encontrar ese elemento de forma natural en aguas subterráneas cerca de volcanes. De ser cierto no se debería generalizar la hipótesis de la contaminación por antimonio a todo el Imperio, si bien convendría replantearse en qué medida podía ser aceptable para la salud de los habitantes de ciudades como Pompeya o Herculano.

En cualquier caso una vez más se comprueba un paralelismo muy lógico pero inquietante; y es que cuanto mayor ha sido el grado de desarrollo urbano, demográfico y productivo de diversas civilizaciones incluyendo la nuestra, más mierda y alteraciones químicas extrañas encontramos a la hora de analizar su legado y su entorno. Como digo es de cajón, pero da en qué pensar. 

                       

lunes, 25 de septiembre de 2017

La Edad de Bronce


 No era deseable que los proles tuvieran sentimientos políticos intensos. Únicamente se les exigía un patriotismo primitivo que podía invocarse siempre que fuese necesario, bien para que aceptaran una jornada laboral más larga o bien una ración más corta. (…)

George Orwell, “1984”






Durante el s. XIX muchos países de Europa vivieron una evolución desde sociedades rurales de base agrícola a otras de base urbana e industrial. Por tanto, en paralelo a lo anterior, la mayor parte de la población europea experimentó un momentáneo empeoramiento en todo lo relativo a la alimentación y la condición física al generalizarse el trabajo sedentario en grandes ciudades, en las cuales el abastecimiento de alimentos variados y frescos, sobre todo de pescado, hortalizas, leche o frutas, resultaba complicado (al menos hasta la invención de los modernos sistemas frigoríficos y la mejora de las comunicaciones ya a finales de la centuria).

Obviamente ese empeoramiento afectó sobre todo a las clases bajas mientras que por contra provocó entre las clases altas un renovado interés por el ejercicio físico y el deporte bajo parámetros inspirados en la Grecia clásica. Es así como en colegios escandinavos y prestigiosos internados británicos se empezó a insistir en la práctica de gimnasia o deportes colectivos (no en vano muchos de los grandes deportes de masas contemporáneos se inventaron por entonces en Inglaterra) como un medio de tonificar a los vástagos de las clases pudientes para que también se diferenciasen de las famélicas y cada vez más escuchimizadas clases bajas mediante la apariencia física y no solo gracias a sus exquisitos modales o a la posesión de una “cultura” que les permitiese discutir sobre el arte o el teatro de la antigüedad.

Es bajo ese impulso elitista como nacieron los JJ.OO. modernos, publicitados sobre todo por un puñado de snobs clasistas y racistas como el barón De Coubertin. “Desgraciadamente” el invento pronto interesó a las masas y con ello rápidamente muchos individuos pertenecientes a sus estratos más bajos comenzaron a participar en ese tipo de actividades competitivas demostrando con frecuencia unas capacidades físicas o una determinación muy superiores a la de los integrantes de las clases altas para las que en principio estaba destinado el invento. De ahí por ejemplo la obsesión con el “amateurismo” del Comité Olímpico en sus primeros tiempos, es decir en obligar a que los atletas que participasen en las olimpiadas jamás hubiesen ganado dinero practicando deporte a cambio de una remuneración so pena de ser descalificados. Lo anterior no era sino un patético intento de que los “pobres”, es decir la gente necesitada de ganar dinero empleando sus habilidades, no pudiese “ensuciar” con su presencia un elevado homenaje a la cultura clásica como pretendía ser los Juegos.

Por supuesto, como todos sabemos, tal propósito fracasó y con el tiempo no solo los JJ. OO. sino también la mayor parte de los deportes inventados o recuperados en los colegios y las universidades anglosajonas del s. XIX se consolidaron y popularizaron hasta convertirse a día de hoy en espectáculos de masas donde atletas de toda condición y de múltiples razas, tanto hombres como (¡horror¡) mujeres, compiten por gloria y sobre todo dinero y contratos publicitarios frente a una audiencia global proporcionada por los modernos mass media

Hay que tener en cuenta sin embargo que lo anterior ha sido el resultado de los imprevistos producidos por los cambios sociales que se han desarrollado a lo largo del s. XX, sobre todo durante su segunda mitad. En lo tocante a las competiciones deportivas eso ha tenido consecuencias positivas, como la mencionada democratización del deporte (antaño patrimonio casi en exclusiva de las clases pudientes), pero también otras profundamente negativas, como por ejemplo el haberse logrado a costa de exacerbar el nacionalismo, el consumismo y otra serie de -ismos contemporáneos. En definitiva a donde quiero llegar es que el deporte como fenómeno de masas tiene unos orígenes bastante sucios de los cuales preferimos olvidarnos.  

La paradoja

Voy a detenerme ahora en otro tipo de paradoja relacionada en este caso con España. Luego, una vez que la explique y la ponga en relación con lo que acabo de contar, veréis dónde quiero ir a parar.

En su Teogonía el poeta heleno Hesíodo planteó por primera vez el mito de “las edades del hombre” según la cual el mundo de los humanos ha pasado por una serie de edades sucesivas, cada una más decadente que la anterior, simbolizadas progresivamente por metales de menor valor. Pues bien, ese mito, recogido por el romano Ovidio, ha dado lugar a una imagen mental que se ha aplicado con variados propósitos a múltiples campos, entre ellos a la periodización de la cultura hispana en distintas etapas. 

A ese respecto casi todo el mundo ha escuchado hablar de la Edad de Oro de la cultura española, un período nunca totalmente acotado con precisión pero que abarcaría más o menos los siglos siglos XVI y XVII de nuestra historia.

Esa denominación y lo que implica están llenos de paradojas internas, empezando por el hecho de que fue popularizada en el ámbito académico por un norteamericano, el hispanista George Ticknor, que la recogió en una “Historia de la literatura española” escrita en el s. XIX. Pero lo que más debería llamarnos la atención en cambio es que sea particularmente el s. XVII, definido por la penuria económica, el declive militar y la crisis política generalizada dentro de la monarquía de los Austrias, el momento cumbre de la literatura, el teatro o la pintura en castellano.

A fin de cuentas la sociedad peninsular estaba inmersa por entonces en un proceso de repliegue sobre sí misma y de radicalización religiosa tras las sucesivas expulsiones de judíos y moriscos de la Península Ibérica. Hablamos así de una sociedad empobrecida y xenófoba obsesionada con algo tan rancio como la “limpieza de sangre”. Todo ello en consonancia con una época caracterizada por el cierre de las universidades peninsulares a toda influencia externa (con la intención de evitar el “contagio” del protestantismo) lo cual implicó a su vez el estancamiento de las ciencias experimentales en España justo cuando buena parte de Europa occidental se preparaba para vivir la eclosión de una auténtica revolución científica.

Por tanto podría argumentarse (y yo lo voy a hacer) que la habitualmente celebrada Edad de Oro de la cultura española fue en definitiva el resultado de varios hechos nada positivos. La cultura de la Edad de Oro destaca en primer lugar por su singularidad, debida entre otras cosas precisamente a ese repliegue sobre sí misma de la sociedad en general y de los artistas e intelectuales españoles en particular. Es así como en el campo de la cultura se dio vida a un arte sin demasiadas influencias europeas, casi genuinamente español y por tanto pintoresco. El problema es que ese aislamiento del que hablo a la larga resultó tremendamente negativo para otros campos más relacionados con la vida cotidiana, como la innovación económica, tecnológica o educativa. Es así como en la Península casi todas las disciplinas prácticas del saber quedaron estancadas, como conservadas en formol, debido al aislamiento y al peso opresivo de la religión o de los intereses nobiliarios, lo que a la larga desembocó en al atraso productivo de la sociedad ibérica y el consiguiente fracaso de la misma cuando intentó acceder a la revolución industrial siglos después.

De esa forma la cultura española de la Edad de Oro resulta inseparable de la sociedad empobrecida, exhausta y en crisis a la cual retrató. En concreto dentro de lo puramente literario la parálisis económica, social e intelectual, en conjunción con la decadencia política, fueron el caldo de cultivo para una serie de géneros propios y de obras destacadas que debieron su éxito y su originalidad absoluta a ese ambiente de podredumbre que plasmaban. Me refiero en particular a la “novela picaresca” que alcanzó su cumbre con “El Lazarillo de Tormes” o “Guzmán de Alfarache”. Pero también podemos considerar hijo de todo lo anterior al propio “Don Quijote”, obra cumbre de la literatura en español (o eso dicen) a la vez que un producto indisociable de una sociedad decadente sin remedio, la cual es precisamente lo que le da su (pretendido) sentido metafórico a la obra.

En otras palabras, no deberíamos olvidar a la hora de sacar pecho que la Edad de Oro de la cultura española nació del absoluto fracaso social, económico y político de una sociedad pobre e injusta en tanto que profundamente desigual, así como intolerante, militarista y reaccionaria en su conjunto. Por todo ello la Edad de Oro, con sus novelas sobre delincuentes y sus barrocos cuadros llenos de santos, mendigos, y nobles rodeados de boato, no deja de ser la plasmación estética hoy alabada de lo que fue un enorme fracaso colectivo.

Lo anterior no es algo totalmente extraño. De hecho las crisis socioeconómicas y políticas casi siempre han resultado tan estimulantes para un determinado tipo de artes como contraproducentes resultan para todo lo demás. Así ocurre con la novela rusa del s. XIX o el revival que Alemania experimentó en pleno caos de la República de Weimar cuando, en medio de una gran crisis económica y política, Berlín se convirtió en una ciudad bulliente de ideas y de movimientos pictóricos y musicales. En suma, las crisis no son buenas para el ciudadano de a pie, ni para el progreso técnico o social, pero pueden ser excelentes para las artes contemplativas o para la actividad intelectual.

Esto último lo sabemos bien en España porque con posterioridad al final de su Edad de Oro, tras siglos de anónima decadencia, España experimentó una Edad de Plata de la cultura precisamente en otro momento de insoslayable declive y pobreza que coincidió con el fin definitivo de su Imperio. Me refiero a los años del período de la Restauración que van de 1898 a 1931 los cuales alumbraron a tres de las generaciones de artistas y pensadores más importantes de la historia de España. La del 98 (integrada por novelistas y dramaturgos como Baroja, Azorín, Unamuno, Valle-Inclán, Maeztu o Jacinto Benavente, el filólogo Ramón Menéndez Pidal, el superventas Vicente Blasco Ibáñez, el inclasificable arquitecto modernista Antonio Gaudí, músicos como Isaac Albéniz, Enrique Granados o Manuel de Falla y pintores como Ramón Casas, Sorolla y Zuloaga), la del 14 (de la que forman parte Juan Ramón Jiménez, Ortega y Gasset, Pérez de Ayala, Marañón, Ramón Gómez de la Serna, o Eugenio d´Ors, además de pintores como Juan Gris o Picasso y feministas como Clara Campoamor o Victoria Kent) y finalmente la del 27, la cual alcanzaría su culmen durante el desmoronamiento de la República, la posterior Guerra Civil y los primeros años del nauseabundo Franquismo (generación integrada por Jorge Guillén, Rafael Alberti, Federico García Lorca, Dámaso Alonso, Gerardo Diego, Luis Cernuda, Vicente Aleixandre, Miguel Hernández, Max Aub, Enrique Jardiel Poncela, Miguel Mihura, Tono, cineastas como Luis Buñuel  o Edgar Neville y pintores como Miró y Salvador Dalí).

España nunca fue más pobre, más corrupta, más caótica, más deprimente, más dictatorial y más llena de analfabetos que en esos años finales de la Restauración, con la posterior Guerra Civil y la gestación del Franquismo, y sin embargo -quizás debido a ello- nunca más ha vuelto a producir tantos genios y figuras de renombre universal.

Da en qué pensar.

El país de Manolo Lama

Bueno, en realidad ese “nunca más” que he escrito unas líneas más arriba es relativo porque en torno a 1992 comenzó la que voy a bautizar como la Edad de Bronce española, cuyo apogeo hemos vivido en los últimos años y que se caracteriza por ser un período donde no es la cultura al uso la que se ha desarrollado sino un sector que no existía en el s. XVII o a comienzos del s. XIX pero que en gran medida hoy ha sustituido al mundo del pensamiento en el engranaje colectivo de la sociedad española: me refiero al deporte mercantilizado.

Alguien dijo que las primeras páginas de los periódicos suelen estar ocupadas por los fracasos del ser humano, que para enterarse de los éxitos había que ir a las páginas de deportes. Pues bien eso es exactamente lo que pasa en la España del Régimen de la Transición.

España vive hoy una crisis en cierta forma semejante a las que se vivieron durante la decadencia de los Austrias o durante el Gobierno de la Restauración, con la cual posee tantos parecidos la época actual empezando por la extensión de una corrupción sistémica a todos los ámbitos de la economía y la política. Y el caso es que pese a todo España es en la actualidad una potencia mundial en deportes de difusión global como el motociclismo, el tenis, el ciclismo o el baloncesto. Asimismo diversos equipos o deportistas españoles a título individual tienen presencia destacada en espectáculos deportivos de impacto mundial como el París-Dakar, o la F1. España incluso es un país de referencia también en diversos deportes minoritarios como el fútbol sala, el hockey sobre patines o el balonmano y asimismo es cuna de grandes figuras en deportes no demasiado conocidos como el bádminton, triatlón, windsurf, montañismo, trial, pesca submarina o la petanca (con la multicampeona Yolanda Matarranz). Y por supuesto está el fútbol, claro. Cómo olvidar el fútbol.

Lo curioso es que (y ya es hora de decirlo) esa exuberancia competitiva se explica en parte gracias a las miserias de la sociedad de la que se alimenta igual que ocurrió con las edades de Oro y de Plata.

Para empezar, digamos que la España actual no es una sociedad entregada al deporte como práctica saludable sino al deporte como calmante y a la vez antidepresivo, el deporte como opiáceo que produce una sensación generalizada de orgullo e integración étnica. Porque el deporte cumple en la España actual un papel de pegamento político y de relajante social. En un país en el que nada va bien los éxitos deportivos mantienen al espectador abotargado frente al televisor comiendo nachos mientras contempla las gestas de Rafa Nadal o Alberto Contador.

Un Estado que no funciona camufla así sus miserias en forma de patriotismo y a la vez una sociedad destruida por la corrupción y el paro olvida por unos momentos frente al televisor sus fracasos personales, como si el deporte televisado fuese una droga colectiva barata.

Dentro de un sistema político en el que casi todo intento de generar símbolos de identificación nacional ha fallado el espectáculo de ver ganar algo a un atleta español, o a la Selección patria de alguna disciplina, ha sustituido con éxito lo que en otros países se logra mediante banderas, himnos y conmemoraciones colectivas, las cuales en España no suscitan el mismo consenso que las figuras de Gasol o Iniesta. Podría decirse que los grandes deportistas españoles son hoy en día casi el único símbolo de identificación más o menos común que funciona en el marco de la mayoría del territorio del Estado. Triste pero cierto. Lo que a su vez explica otra de las miserias que envuelven y a la vez explican los extraños éxitos de un sistema deportivo que no puede vanagloriarse de contar con excelentes infraestructuras en los colegios, ni nutrirse de una población particularmente atlética o interesada por la práctica deportiva. Me refiero obviamente a la permisividad oficial con el doping.



De hecho el ascenso y eclosión del deporte español a partir esencialmente de los años 90 resulta indisociable por completo de dos fenómenos.

Por un lado la irrupción en paralelo a lo anterior de una serie de médicos de turbio bagaje como Eufemiano Fuentes, Sabino Padilla o Nicolás Terrados, por las consultas de los cuales han pasado prácticamente todos los grandes deportistas españoles de éxito de las últimas décadas.

Por otro lado en esos años la zona de la costa española que va de Lérida a Alicante se llenó de segundas residencias de atletas extranjeros que acudían a España oficialmente a beneficiarse del buen tiempo para completar su preparación mientras que, extraoficialmente, procedían a aprovisionarse de sustancias dopantes gracias a la impunidad y la abundancia con que se podían conseguir en la zona. Es así como en paralelo a la “Ruta del Bakalao” la costa levantina se convirtió en la meca de otro tipo de ruta igual de lucrativa pero en este caso dedicada a aprovisionar a deportistas de élite de sustancias no muy habituales. No deberíamos olvidar por ejemplo que Lance Armstrong en sus años de gloria mantenía una casa en Girona y contactos con diversos galenos patrios.

Debido a esas cosas, en la actualidad y al margen del caso ruso, si hablamos de una suerte de “dopaje de Estado” España es, quizás junto con Jamaica y China, uno de los países que mejor encajan en ese epíteto pero que se benefician de diversas circunstancias azarosas para evitar las sanciones que sí afectan a los deportistas rusos. En esencia que somos demasiado simpáticos e insignificantes como para despertar el mismo interés de los grandes organismos, los cuales en muchos casos se mueven por intereses geopolíticos y diplomáticos. 

Gracias a ello, sumado a la vista gorda casi sistemática de las autoridades patrias, en España resulta prácticamente imposible ser detenido y posteriormente encarcelado por delitos relacionados con el dopaje o el tráfico de este tipo de sustancias, no digamos ya si eres un deportista de élite. De hecho buena parte de ese tipo de personalidades se benefician de la protección de los grandes partidos políticos del sistema. Así, dopados como Marta Domínguez o Alberto Contador han gozado del amparo y refrendo público por parte de presidentes del Gobierno, mientras un personaje tan sospechoso como Abel Antón (la eclosión de los famosos “maratonianos” españoles de finales de los 90 no tuvo casi nada que envidiar a la de las famosas fondistas chinas de la “sopa de tortuga”) ha sido elevado al cargo de Senador, como lo fue en su día la propia Marta Domínguez. Todo ello a la vez que muchos de sus compañeros de fatigas han sido promovidos a puestos secundarios en gobiernos municipales, gracias a lo cual disfrutan de un retiro dorado y de una cierta protección ante la ley a cambio de poner su aura de popularidad al servicio de sus patronos.

Como digo esta impunidad en la práctica que se vivió y se vive aún en España respecto al fraude deportivo es indisociable del hecho de que el deporte en España tiene, como tenía en la extinta RDA o en la también casi extinta cuba castrista, una importancia política que excede su ámbito propio al ser, como digo, el deporte el pegamento que contribuye a camuflar someramente los tremebundos problemas de cohesión que experimenta el fallido Estado “de las Autonomías”, a la vez que funciona como el “opio del pueblo” que permite mantener relativamente en calma a una sociedad empobrecida por la crisis, por el gigantesco paro estructural y por la monstruosa corrupción rampante entre el mundo empresarial y político que gobierna el país. Por todo poner trabas a los nuevos ídolos de la sociedad podría ser como quitar de golpe la tapa a una olla express a punto de estallar. Así que mejor no hacer demasiadas preguntas y mirar hacia otro lado. El deporte en España es una cuestión de Estado, igual que las jeringuillas que le permiten seguir proporcionando éxitos y con ello cumpliendo su función. 

Es así como la Edad de Bronce, al igual que en su día la Edad de Oro y la Edad de Plata, resulta indisociable del fracaso productivo y político que afecta a todos los demás órdenes de la sociedad. El problema es que la Edad de Bronce española posee unas peculiaridades que acentúan todavía más el carácter negativo de su naturaleza y su carácter de símbolo de un tiempo.

Para empezar el que durante la Edad de Bronce la figura del ídolo deportivo se haya convertido en el faro que destaca sobre el resto del estercolero social implica que la figura de referencia deja de serlo en base a su capacidad para articular un discurso complejo. Mal que bien, por mucho que sus obras fuesen en ocasiones de una ideología muy conservadora, o su alcance se circunscribiese a un escaso porcentaje de la población, los artistas y literatos de la Edad de Oro y de la Edad de Plata pensaban y en ocasiones (durante la Edad de Plata) incluso se posicionaban políticamente, mientras que los héroes de la Edad de Bronce se caracterizan precisamente por lo contrario. Los elegidos hoy lo son por sus capacidades físicas y sus valores estéticos, no por su producción de pensamiento en sentido alguno. No tienen capacidad para ello, pero tampoco interés, habida cuenta de que sus asesores por seguro les han recalcado que una sociedad donde el márketing lo es todo y el objetivo consiste esencialmente en ganar dinero, la vía para no incomodar a nadie, y así llegar al máximo número de consumidores, consiste en no tomar partido de forma tajante sobre nada importante o que pueda suscitar controversia.

La figura del deportista de éxito actual deviene así amiga de la clase política con la que vive en simbiosis porque es un héroe adecuadamente controlable y acrítico.

Además, si las élites españolas destacan por algo respecto a las élites parasitarias de otros países, como Inglaterra, Francia o Italia, es precisamente por su incultura y, derivada de ella, la inquina que profesan por el intelectual como figura. A fin de cuentas gran parte de las élites políticas y empresariales de la España actual son directas herederas del Franquismo, el cual antes que intentar domesticar a los artistas e intelectuales se dedicó a su pura y simple exterminación física.

En consonancia con lo anterior la España de la Edad de Bronce se ha construido sobre un páramo del pensamiento en medio del cual a veces se atisba algún bosquecillo creciendo aislado sin que su presencia pueda paliar por sí sola los efectos visibles aún hoy en día del gran incendio que fue el Franquismo. Y en medio de esa llanura deforestada reina un tipo de espécimen particularmente apropiado para adaptarse al nuevo ecosistema: me refiero al deportista de élite español, normalmente un bruto totalmente desconectado de la realidad al que solo le interesa su próximo contrato, aumentar sus seguidores en las redes sociales (y con ello sus ingresos por publicidad), así como no tener problemas con las agencias antidopaje o con el fisco.

De tal forma el deporte de élite por pura lógica, y salvo honrosas excepciones completamente marginales, es un reducto al servicio del mantenimiento del status quo cuando no al servicio de oscuros intereses ideológicos, desde el más rancio nacionalismo español hasta los igualmente rancios nacionalismos catalán y vasco pasando por toda una variada amalgama de paranoias diversas.

Por ejemplo, 55 de los 306 deportistas españoles que acudieron a los últimos Juegos Olímpicos de Río, y en concreto once de los que ganaron medallas (entre ellos Mireia Belmonte, Ruth Beitia, Saúl Craviotto y Lidia Valentín) han estudiado y/o prestan su imagen publicitaria a una institución tan nociva como la Universidad Católica San Antonio de Murcia ligada al movimiento neocatecumenal y conocida por numerosas sospechas de mercadear con títulos universitarios que prácticamente regala mientras salpica sus programas de estudios (independientemente de la carrera en cuestión) de asignaturas tan interesantes como Teología o Doctrina Social de la Iglesia.

Tenemos así un país donde los becarios de investigación  universitarios o las nuevas empresas tecnológicas malviven prácticamente abandonados a su suerte mientras en cada ciclo olímpico se reparten unos 500 millones de euros como becas para la preparación de los proyectos de medallista

Un país donde un deportista de élite, medallista olímpico becado, por ejemplo un nadador o un gimnasta,  puede embolsarse 50.000-100.000 euros por su medalla además de acceder a las consiguientes becas deportivas para el período hasta las siguientes olimpiadas a razón de unos 20.000 o 30.000 euros al año cada uno de esos cuatro años. Por no hablar de contratos publicitarios y otras golosas prebendas de diverso tipo.

Mientras tanto no existe un solo becario de investigación en España que se aproxime a esas remuneraciones. Y eso que en las líneas anteriores me refería a la situación de profesionales de deportes minoritarios (remo, piragüismo, halterofilia, etc.) que viven fundamentalmente de ayudas públicas, ya que la única utilidad de su esfuerzo es la búsqueda de medallas olímpicas que proporcionen “gloria” al país. 

   Si además introducimos en la ecuación a los profesionales de los deportes mayoritarios la comparación deviene un tanto demagógica pero sin duda ilustrativa sobre las prioridades de la sociedad española actual.

               

Así se explica un presente en el que podemos vanagloriarnos de vivir en la Edad de Bronce de nuestra cultura. Una etapa definida precisamente por la práctica irrelevancia de la cultura en cuanto a captar la atención o generar ideología entre el grueso de la población. Sin duda el giro final adecuado para una insuperable obra dramática